CAPÍTULO 2: EL ÚLTIMO SECRETO DE SU PADRE
CAPÍTULO 2: EL ÚLTIMO SECRETO DE SU PADRE
CAPÍTULO 2: EL ÚLTIMO SECRETO DE SU PADRE
Chloe Bennett nunca había creído que el dinero pudiera comprar la libertad.
Hubo un tiempo en que pensó lo contrario. Cuando su padre agonizaba en una cama de hospital y las facturas médicas se acumulaban sobre una pequeña mesa, Chloe habría dado cualquier cosa por escuchar a alguien decirle que todos sus problemas habían terminado. Habría aceptado cualquier trabajo, soportado cualquier humillación e incluso renunciado a sus propios sueños si eso hubiera sido suficiente para salvarlo.
Pero su padre murió.
Y ahora, después de todo lo que había ocurrido en Salonix, Chloe tenía más dinero del que jamás se había atrevido a imaginar. La deuda del hospital estaba liquidada. Sus ahorros habían dejado de ser una cifra ridícula. Por primera vez en años, podía pagar la renta sin contar las monedas que llevaba en los bolsillos.
Incluso podía dejar su trabajo, mudarse a otra ciudad y comenzar de nuevo.
Sin embargo, cada vez que pensaba en hacerlo, recordaba los ojos de Enzo Biankey.
Aquellos ojos oscuros que parecían descubrir las mentiras antes de que alguien pronunciara una sola palabra.
Y recordaba también su última conversación.
—Quiero que trabajes conmigo, Chloe.
Enzo había pronunciado aquellas palabras durante la gala benéfica, poco después de que ella descubriera que Simon, uno de sus hombres de confianza, estaba vendiendo información a los rusos.
—No quiero trabajar para ti —le había respondido ella—. Quiero que me dejes en paz.
Él no se había enfurecido. Ni siquiera había levantado la voz.
Solo la había observado con esa calma que resultaba más inquietante que cualquier amenaza.
—Entonces dime una cosa. ¿Por qué sigues ayudándome?
Chloe no había encontrado una respuesta.
Tal vez porque sabía que, si no le advertía del peligro, habría hombres inocentes atrapados en medio de aquella guerra. Tal vez porque estaba cansada de ver cómo los poderosos aplastaban a quienes no podían defenderse. O tal vez porque, aunque le costara admitirlo, una parte de ella necesitaba comprender por qué Enzo parecía confiar en alguien a quien apenas conocía.
Fuera cual fuera la razón, Chloe había cometido un error.
Había permitido que aquel hombre entrara en su vida.
Y ahora no sabía cómo sacarlo.
Dos días después de la gala, Chloe decidió que era suficiente.
Se levantó temprano, preparó café en su pequeño departamento y extendió sobre la mesa una libreta donde había anotado los gastos del mes. Podía permitirse dejar el restaurante durante un tiempo. Quizá encontraría trabajo en una cafetería de otro barrio. Tal vez podría estudiar traducción profesional y utilizar su conocimiento del siciliano para construir una vida normal.
Una vida sin amenazas, guardaespaldas ni hombres armados esperando junto a los automóviles.
Estaba haciendo una lista de posibles empleos cuando sonó el timbre.
Chloe se quedó inmóvil.
No esperaba visitas.
Se acercó a la puerta sin hacer ruido y miró por la mirilla. En el pasillo no había nadie.
Abrió apenas unos centímetros.
Sobre el tapete descansaba un sobre color crema, sin estampillas, sin dirección y sin nombre del remitente.
Miró a ambos lados del corredor.
Nada.
Recogió el sobre y cerró con llave.
En el interior encontró una fotografía antigua.
Su padre aparecía sentado en una mesa junto a tres hombres. La imagen estaba ligeramente descolorida, pero Chloe reconoció inmediatamente su rostro. Era más joven, quizá diez o quince años antes de que ella comenzara a recordar su infancia con claridad.
A su lado había un hombre de cabello oscuro y expresión severa.
En el reverso de la fotografía alguien había escrito una frase con tinta negra.
«Tu padre no murió dejando deudas. Murió intentando pagar una que nunca fue suya».
Chloe sintió que el estómago se le encogía.
Volvió a mirar la fotografía.
El hombre que estaba sentado frente a su padre llevaba un anillo de plata con un pequeño símbolo grabado: una serpiente enroscada alrededor de una llave.
Chloe había visto aquel símbolo antes.
No podía recordar dónde, pero la imagen despertó una sensación desagradable, como un recuerdo atrapado detrás de una puerta cerrada.
Buscó su teléfono y marcó el número de la funeraria donde habían organizado el entierro de su padre. Después de varios intentos, consiguió hablar con una empleada que llevaba años trabajando allí.
—Disculpe, necesito saber si alguien visitó a mi padre durante sus últimos días en el hospital —explicó Chloe—. Un hombre que quizá no fuera familiar.
La mujer guardó silencio durante unos segundos.
—No sé si debería hablar de eso.
—Por favor. Es importante.
—Recuerdo a un señor que preguntaba por él. Era elegante, siempre vestía de negro. Su apellido… creo que era Biankey.
El teléfono casi se le resbaló de las manos.
Biankey.
El mismo apellido de Enzo.
Chloe terminó la llamada sin despedirse.
Durante varios minutos permaneció sentada en el suelo, con la fotografía entre los dedos.
Su padre nunca había mencionado a los Biankey. Nunca le había hablado de negocios peligrosos, de hombres misteriosos ni de deudas que no le pertenecían. Para Chloe, él había sido un hombre trabajador que pasó sus últimos años intentando mantener a su hija lejos de los problemas.
¿Y si todo aquello había sido una mentira?
No. Su padre podía haber ocultado cosas, pero no habría hecho nada que pusiera deliberadamente en peligro a su hija.
Al menos, eso quería creer.
Tomó nuevamente el teléfono y marcó el número que había jurado no utilizar nunca más.
Enzo contestó al segundo tono.
—Chloe.
No preguntó cómo estaba. Tampoco pareció sorprendido.
—Necesito verte.
Hubo una pausa al otro lado de la línea.
—¿Estás en peligro?
—No lo sé.
La voz de Enzo perdió inmediatamente su tono despreocupado.
—No salgas de tu departamento. Voy para allá.
—No te he pedido que me des órdenes.
—Y yo no te he pedido que confíes en mí. Pero si alguien dejó algo en tu puerta, necesito saber qué es.
Chloe apretó la fotografía.
—¿Cómo sabes que alguien dejó algo?
Silencio.
Un silencio demasiado largo.
—Enzo, ¿qué está pasando?
—Llegaré en diez minutos.
Colgó.
Chloe sintió que la rabia comenzaba a imponerse al miedo.
No quería ser una pieza más en el tablero de aquel hombre. No quería que todos a su alrededor conocieran fragmentos de su vida mientras ella permanecía a oscuras.
Si Enzo sabía algo sobre su padre, iba a contárselo.
Todo.
Enzo llegó acompañado de dos hombres. Uno se quedó vigilando el pasillo mientras el otro revisaba la entrada del edificio.
Él entró solo.
Chloe puso la fotografía sobre la mesa.
En cuanto Enzo la vio, su expresión cambió.
Fue apenas un instante, un movimiento casi imperceptible en la mandíbula y una rigidez repentina en los hombros. Pero Chloe lo notó.
Había aprendido que los hombres peligrosos podían ocultar sus emociones, aunque nunca conseguían borrarlas por completo.
—¿Quién te dio esto? —preguntó él.
—Lo dejaron frente a mi puerta. Quiero saber qué significa.
Enzo no respondió. Tomó la fotografía y estudió los rostros.
—¿Conocías a mi padre? —insistió Chloe.
—No personalmente.
—¿Y entonces por qué estás mirando esa fotografía como si acabaras de ver un fantasma?
Enzo levantó los ojos.
—Porque reconozco a los hombres que aparecen aquí.
Señaló al hombre de cabello oscuro sentado junto al padre de Chloe.
—Este es Vittorio Serra. Durante años manejó ciertos asuntos financieros para mi familia. Era inteligente, discreto y muy peligroso cuando alguien lo traicionaba.
Después señaló al tercer hombre, que apenas aparecía en un extremo de la imagen.
—Y ese es Marco Bellandi. Desapareció hace más de quince años.
Chloe volvió a mirar a su padre.
—¿Qué hacía mi papá con ellos?
Enzo dejó la fotografía sobre la mesa con cuidado.
—Eso es precisamente lo que todavía no sé.
—No me mientas.
—No estoy mintiendo.
—Entonces dime por qué un empleado de la funeraria recuerda que un hombre llamado Biankey visitó a mi padre antes de que muriera.
Esta vez, Enzo no pudo disimular su sorpresa.
—¿Quién te dijo eso?
—No importa. Contesta.
Él caminó hasta la ventana y apartó ligeramente la cortina. En la calle, uno de sus hombres observaba los automóviles estacionados.
—Tu padre trabajó para una empresa que, en apariencia, se dedicaba a transportar mercancías entre puertos. Era un negocio legal. Pero algunos de sus socios utilizaban las rutas para mover dinero y mercancía sin declarar.
Chloe negó con la cabeza.
—Mi padre era contador.
—Lo sé.
—Trabajaba en una oficina pequeña. Llegaba a casa cansado y cenaba conmigo. No era un criminal.
—No he dicho que lo fuera.
—¡Pero estás hablando como si hubiera formado parte de tu organización!
Enzo se volvió hacia ella.
—Tu padre pudo haber descubierto algo que no debía.
Chloe sintió un nudo en la garganta.
Recordó las últimas semanas de su padre. Las noches en que permanecía despierto hasta tarde, los sobres que escondía en el cajón de su escritorio y aquella ocasión en que le pidió que nunca confiara demasiado en las personas que ofrecían dinero fácil.
En aquel momento, Chloe había pensado que solo estaba preocupado por sus estudios y por las dificultades económicas que atravesaban.
Ahora aquellas palabras adquirían un significado completamente distinto.
—¿Por qué no me lo dijiste antes? —preguntó.
—Porque no estaba seguro de que tu padre estuviera relacionado con todo esto.
—¿Y ahora sí?
Enzo miró nuevamente la fotografía.
—Ahora alguien quiere que tú también lo descubras.
Chloe se cruzó de brazos.
—¿Quién?
—No lo sé todavía.
—Siempre tienes una respuesta para todo, Enzo. Pero cuando te pregunto algo que realmente importa, de pronto no sabes nada.
Él aceptó el reproche sin apartar la mirada.
—Tienes razón.
La respuesta la desconcertó.
Esperaba una amenaza, una explicación arrogante o una orden para que dejara de hacer preguntas. No esperaba que el hombre más temido que conocía admitiera que estaba equivocado.
Enzo sacó su teléfono y envió un mensaje breve.
—Voy a investigar quién dejó el sobre. Mientras tanto, necesito que me digas si hay algo más que debas contarme.
Chloe soltó una risa amarga.
—¿Algo más? ¿Qué tal si empezamos por que mi padre está muerto y alguien acaba de decirme que murió por una deuda que nunca fue suya?
Enzo guardó el teléfono.
—Chloe, escúchame con atención. Si esa nota es auténtica, es posible que la muerte de tu padre no fuera tan sencilla como te hicieron creer.
Ella sintió que el mundo se inclinaba bajo sus pies.
—¿Estás diciendo que lo asesinaron?
—Estoy diciendo que todavía no tenemos pruebas de nada. No voy a darte una respuesta solo para tranquilizarte.
Chloe agradeció aquella honestidad, aunque le doliera.
—Entonces voy a encontrar las pruebas.
—No vas a investigar esto sola.
—No eres mi dueño.
—Nunca he dicho que lo seas.
—Pero actúas como si pudieras decidir qué debo hacer.
Enzo se acercó a la mesa.
—Porque sé lo que ocurre cuando alguien empieza a hacer preguntas sobre hombres que llevan quince años ocultando sus secretos.
—¿Y qué ocurre?
—Que esos hombres hacen lo imposible para que las preguntas desaparezcan.
Durante un instante, ninguno de los dos habló.
Después, Chloe recogió la fotografía y la guardó en el bolsillo de su chaqueta.
—Voy a ayudarte a descubrir la verdad —dijo—, pero con una condición.
Enzo arqueó una ceja.
—Te escucho.
—No volverás a ocultarme información sobre mi padre. Si descubres algo, me lo dirás. No me importa lo peligroso que sea.
Él la observó durante varios segundos.
—De acuerdo.
—Y no voy a matar, amenazar ni engañar a nadie por ti.
—No te pediría eso.
—Todavía no has tenido tiempo de pedírmelo.
Por primera vez desde que había entrado en el departamento, Enzo esbozó una sonrisa casi imperceptible.
—Empiezo a entender por qué te resulta tan difícil obedecer órdenes.
—Y yo empiezo a entender por qué tus hombres te tienen miedo.
—¿Porque soy un hombre terrible?
—Porque estás acostumbrado a que todos te den la razón.
La sonrisa desapareció, pero algo en su mirada cambió.
Quizá respeto.
Quizá curiosidad.
O quizá algo mucho más peligroso.
Aquella misma noche, Chloe acompañó a Enzo a un almacén ubicado en una zona industrial a las afueras de la ciudad.
No le gustaba la idea de entrar en un lugar donde varios hombres armados vigilaban las puertas, pero se negó a quedarse esperando en el automóvil. Si su padre había dejado algún rastro, quería verlo con sus propios ojos.
El almacén pertenecía a una antigua empresa de transporte que había cerrado sus operaciones años atrás. Enzo explicó que su organización había comprado el inmueble después de que el propietario desapareciera.
—¿Por qué me trajiste aquí? —preguntó Chloe mientras avanzaban por un pasillo oscuro.
—Porque Vittorio Serra guardaba documentos en este lugar.
—¿Y nunca revisaste los archivos?
—Lo hicimos. Pero no encontramos nada relacionado con tu padre.
—Entonces, ¿qué esperas encontrar ahora?
Enzo se detuvo frente a una puerta metálica.
—Algo que no supimos buscar.
Un guardia abrió la cerradura.
En el interior había archivadores, cajas de cartón y estanterías cubiertas de polvo. Un foco iluminaba una mesa en el centro de la habitación.
Enzo encendió una lámpara y comenzó a revisar una serie de carpetas.
Chloe hizo lo mismo.
Durante casi una hora, solo se escuchó el sonido de las hojas al pasar y el movimiento ocasional de las cajas.
Hasta que encontró una carpeta azul escondida detrás de un archivador.
En la cubierta aparecía un nombre escrito a mano.
Daniel Bennett.
Su padre.
Chloe dejó de respirar por un instante.
Abrió la carpeta con dedos temblorosos. Dentro había copias de documentos bancarios, registros de envíos y una lista de pagos realizados a distintas personas. Algunos nombres estaban tachados. Otros aparecían acompañados de cifras que parecían demasiado elevadas para tratarse de simples operaciones comerciales.
En la última página había una nota escrita por su padre.
«Si algo me sucede, la llave está donde comenzó todo. No confíes en Serra. No confíes en los Biankey. Y, sobre todo, protege a Chloe».
Ella sintió que las piernas le fallaban.
Volvió a leer la frase.
No confíes en los Biankey.
Levantó lentamente la mirada hacia Enzo.
—Tu familia aparece en la nota.
Él se acercó y leyó las palabras.
Por primera vez, Chloe vio algo parecido al desconcierto en su rostro.
—No sabía que existía este documento —dijo él.
—Pero tu apellido está escrito aquí.
—Lo veo.
—Mi padre te señaló como alguien en quien no debía confiar.
Enzo no intentó defenderse.
—Entonces tendrás que decidir si crees más en una nota escrita hace años o en lo que has visto de mí desde que nos conocimos.
Chloe sintió una punzada de indignación.
—No conviertas esto en una cuestión de confianza personal. Estamos hablando de mi padre.
—Lo sé.
—No. No lo sabes. Tú puedes marcharte de aquí y volver a tu vida. Yo no puedo. Si alguien le hizo daño, necesito saber quién fue.
Enzo bajó la mirada hacia el documento.
—Y lo sabremos.
Chloe guardó las hojas en la carpeta.
En ese momento, escucharon un golpe en el pasillo.
Enzo levantó inmediatamente una mano para indicarle que guardara silencio.
Un segundo golpe resonó al otro lado de la puerta.
Después, una voz habló desde el exterior.
—Señor Biankey, tenemos un problema.
Era uno de sus hombres.
Enzo abrió la puerta.
El guardia estaba pálido.
—Encontramos un automóvil estacionado detrás del almacén. El conductor escapó cuando intentamos acercarnos.
—¿Vieron su rostro?
—No, señor. Pero dejó esto en el parabrisas.
El guardia le entregó una pequeña caja negra.
Enzo la abrió con cuidado.
Dentro había un teléfono antiguo y una fotografía.
Chloe reconoció el lugar de inmediato.
Era la casa donde había pasado su infancia.
La imagen mostraba la puerta principal, las ventanas y el pequeño jardín donde su padre solía sentarse los domingos. La fotografía parecía reciente.
En el reverso había otra frase.
«La llave sigue donde la escondiste, Daniel. Si tu hija la encuentra, todos morirán».
Chloe sintió que la sangre abandonaba su rostro.
—¿Qué llave? —susurró.
Enzo la miró.
—No lo sé.
Pero esta vez, ella no estaba segura de creerle.
Regresaron al departamento de Chloe poco antes de la medianoche.
Dos hombres de Enzo se quedaron vigilando la entrada del edificio, mientras otro revisaba los alrededores. Enzo insistió en que ella no pasara la noche sola.
Chloe estuvo a punto de discutir, pero el miedo había empezado a convertirse en una certeza insoportable: alguien estaba observándola.
Y esa persona conocía su pasado.
Cuando entró en su habitación, se dirigió directamente al pequeño armario donde guardaba las pocas pertenencias que conservaba de su padre.
Sacó una caja de madera que llevaba años sin abrir.
Dentro había cartas, fotografías familiares, un reloj viejo y un llavero de cuero que su padre había utilizado durante buena parte de su vida.
Chloe lo tomó entre las manos.
Recordó que, cuando era niña, su padre siempre le decía que algunas cosas no debían perderse nunca. Ella había pensado que hablaba de recuerdos.
Ahora examinó cuidadosamente el llavero.
En la parte posterior descubrió una pequeña abertura que nunca había notado. Presionó el borde con la uña y una pieza de cuero se desprendió.
Debajo había una llave diminuta.
Chloe se quedó mirándola, incapaz de moverse.
La llave.
La misma de la que hablaba la nota.
Enzo apareció en la puerta al escucharla contener el aliento.
—¿Qué encontraste?
Ella levantó la llave.
Por primera vez, el rostro de Enzo perdió toda su seguridad.
—¿De dónde la sacaste?
—Era de mi padre.
Él se acercó, pero no intentó arrebatársela.
—Chloe, necesito que me escuches. Si esa llave es lo que creo que es, hay personas que llevan años buscándola.
—¿Qué abre?
Enzo no contestó inmediatamente.
Entonces, el teléfono antiguo que habían encontrado en el almacén comenzó a sonar desde la mesa de la sala.
Ambos se quedaron inmóviles.
Enzo sacó el arma que llevaba bajo la chaqueta y le indicó a Chloe que permaneciera detrás de él. Después tomó el teléfono y contestó sin pronunciar una palabra.
Durante varios segundos, solo se escuchó una respiración lenta al otro lado de la línea.
Finalmente, una voz masculina habló.
—Buenas noches, Enzo.
La expresión de Enzo se endureció.
—¿Quién eres?
El hombre soltó una risa breve.
—Pregúntale a Chloe quién era su padre. Pregúntale qué ocurrió la noche en que Daniel Bennett desapareció durante seis horas y regresó a casa cubierto de sangre.
Chloe sintió que el corazón le golpeaba las costillas.
Su padre jamás le había contado aquello.
—¿Qué quieres? —preguntó Enzo.
—La llave. Entrégamela antes del amanecer y la chica seguirá viva.
—Si quieres hablar, tendrás que hacerlo conmigo cara a cara.
—No, Enzo. Esta vez las reglas son diferentes. Esta vez no eres tú quien decide quién vive y quién muere.
La llamada terminó.
Enzo dejó el teléfono sobre la mesa.
Chloe lo miró, aterrorizada.
—¿Mi padre regresó a casa cubierto de sangre?
Él no respondió.
—¡Contéstame!
Enzo cerró los ojos durante un instante.
—Hay algo que debo decirte.
—¿Qué cosa?
—La noche en que tu padre desapareció, mi hermano mayor también desapareció.
Chloe sintió que el suelo se movía bajo sus pies.
—¿Tu hermano?
—Se llamaba Gabriel Biankey. Tenía veintinueve años cuando desapareció. Mi familia creyó que había muerto, pero nunca encontramos su cuerpo.
Enzo miró la pequeña llave que Chloe sostenía entre los dedos.
—Y si Daniel Bennett tenía algo que ver con su desaparición, esta llave podría revelar lo que realmente ocurrió.
Chloe quiso hacer otra pregunta, pero un ruido procedente del pasillo la interrumpió.
Uno de los guardias gritó.
Después se escuchó un disparo.
Enzo empujó a Chloe detrás de la pared y apagó las luces. Afuera, alguien corría por las escaleras.
—Quédate aquí —susurró él.
—No voy a dejarte solo.
—Chloe, por una vez en tu vida, hazme caso.
Antes de que pudiera responder, la puerta del departamento se abrió violentamente.
Un hombre vestido de negro apareció en el umbral, con el rostro cubierto y una pistola en la mano.
Enzo levantó su arma.
Pero el intruso no apuntó hacia él.
Apuntó directamente a Chloe.
—La llave —ordenó—. Dámela ahora mismo.
Chloe apretó el pequeño objeto dentro del puño.
El hombre dio un paso hacia ella.
Y entonces pronunció unas palabras que la dejaron completamente paralizada.
—Tu padre no murió por una deuda, Chloe. Murió porque descubrió quién ordenó matar a Gabriel Biankey.
Chloe miró a Enzo.
El rostro de aquel hombre, que hasta entonces siempre parecía tener el control de cualquier situación, se había quedado sin color.
Porque el intruso acababa de revelar algo que Enzo llevaba quince años intentando descubrir.
Y la persona que había ordenado la muerte de su hermano seguía viva.