Capítulo 2: El hombre al que Dominic nunca debió subestimar – News

Capítulo 2: El hombre al que Dominic nunca debió subestimar

Capítulo 2: El hombre al que Dominic nunca debió subestimar

Capítulo 2: El hombre al que Dominic nunca debió subestimar

Cuando llegué a la residencia privada donde mi padre había organizado nuestra estancia, apenas podía mantener los ojos abiertos.

Leo seguía dormido en su sillita, ajeno a todo lo que había sucedido. Una enfermera especializada en cuidados posparto me recibió en la entrada y me ayudó a instalarme en una habitación preparada especialmente para nosotros.

Por primera vez en cinco días, pude acostarme sin escuchar a Dominic quejarse de que el bebé lloraba demasiado.

Una hora después, mi padre apareció en la puerta.

El general Charles Brooks llevaba un traje oscuro, pero no había nada de ceremonial en su expresión. Se acercó a mí, miró a Leo y después observó mi rostro.

—Hija, ¿puedo abrazarte?

Asentí.

Me abrazó con cuidado, evitando la incisión de mi abdomen. Entonces, por primera vez desde que salí del hospital, rompí a llorar.

—Lo siento, papá —murmuré—. Debí haberte contado lo que estaba pasando.

—No tienes que disculparte por haber confiado en alguien.

Se sentó a mi lado.

—Ahora quiero que descanses. De lo demás nos ocuparemos con calma.

Pero yo necesitaba saber algo.

—¿Encontraron la camioneta?

Mi padre miró a su ayudante, que esperaba junto a la puerta.

—Sí. Está estacionada frente al restaurante donde Dominic almuerza con su familia.

—¿Y qué ocurrió?

—Un agente de nuestra oficina de seguridad verificó la documentación del vehículo. La camioneta está registrada exclusivamente a tu nombre. Dominic no tiene autorización para venderla, transferirla ni disponer de ella como propietario.

—¿Se la quitaron?

—No. Se le informó que debía devolverla a su legítima propietaria. La recuperación del vehículo se está gestionando por los procedimientos correspondientes.

Mi padre hizo una pausa.

—Y hay otra cosa que debes saber. Tu marido lleva meses utilizando tu domicilio para presentarse ante posibles inversores como si fuera propietario de los bienes familiares.

Sentí un escalofrío.

—¿Qué?

—Eso es lo que está investigando tu abogado.

Antes de que pudiera preguntar más, mi teléfono volvió a vibrar.

Era Dominic.

¿Dónde estás? La camioneta no está donde la dejé.

No respondí.

Llegó otro mensaje.

Audrey, no empieces con tus tonterías. Necesito el vehículo para llevar a mi madre a casa.

Mi padre leyó la pantalla y frunció el ceño.

—No le contestes todavía. Primero debemos protegerte a ti y al niño.

A las tres de la tarde, la abogada Margaret Collins llegó a la residencia.

Era una mujer de unos cincuenta años, directa y muy cuidadosa con sus palabras. Traía una carpeta gruesa con documentos relacionados con mi matrimonio, el apartamento y la camioneta.

—Audrey, he revisado los registros de propiedad —comenzó—. El SUV fue un regalo de su padre y está registrado a su nombre. Dominic nunca adquirió derechos de propiedad sobre él.

—¿Y el apartamento?

—También debemos aclarar eso. La escritura está a su nombre, aunque Dominic ha estado presentándolo a terceros como una propiedad que ambos controlan.

Me quedé helada.

—¿Ha utilizado mi apartamento para conseguir inversiones?

Margaret abrió otra carpeta.

—Tenemos indicios de que lo ha presentado como parte de su patrimonio personal en varias reuniones. Estamos verificando exactamente qué declaraciones hizo y si utilizó documentos falsos o información engañosa.

Mi padre permaneció en silencio.

Yo miré los papeles.

Durante nuestro matrimonio, había permitido que Dominic manejara muchas cuestiones domésticas porque confiaba en él. Nunca imaginé que esa confianza pudiera convertirse en una herramienta para aparentar una riqueza que no le pertenecía.

—Quiero separarme —dije.

Margaret asintió.

—Entonces prepararemos los pasos legales necesarios. También solicitaremos que cualquier comunicación relacionada con el niño y los bienes se realice por escrito.

Mi padre me tomó la mano.

—Esta vez no tienes que enfrentarlo sola.

Mientras tanto, en el restaurante, Dominic estaba perdiendo la paciencia.

Su madre, Victoria, le preguntó por qué llevaba tantos minutos mirando el teléfono.

—Audrey está haciendo un drama —respondió él—. Seguramente quiere que vaya a buscarla.

Victoria se rio.

—Debiste dejarla con su padre. Una mujer recién operada siempre encuentra algo de qué quejarse.

Dominic sonrió y pidió otra botella de agua.

Entonces se acercó un hombre con traje gris.

—¿El señor Dominic Hayes?

—Sí. ¿Quién pregunta?

—Vengo a informarle de que el vehículo estacionado en la entrada pertenece legalmente a la señora Audrey Brooks. La propietaria ha solicitado que se le devuelva.

Dominic se levantó.

—¡Yo soy su marido!

—Eso no modifica la titularidad del vehículo.

—¡Mi esposa me permite utilizarlo!

—La propietaria ha retirado esa autorización.

Victoria dejó de sonreír.

—¿Quién se cree que es usted?

El hombre no levantó la voz.

—Mi trabajo es asegurar que se respete la documentación de propiedad. Puede comunicarse con su abogado si desea presentar alguna objeción.

Dominic sacó el teléfono inmediatamente.

Me llamó tres veces.

No contesté.

Entonces escribió:

¿Quién demonios te está metiendo estas ideas en la cabeza?

Después llegó otro mensaje:

No olvides que eres mi esposa. No puedes desaparecer con mi hijo y dejarme sin explicaciones.

Leí esas palabras desde la habitación donde Leo dormía tranquilamente.

Por primera vez, no sentí miedo al ver su nombre en la pantalla.

Sentí claridad.

Él seguía creyendo que podía darme órdenes.

Pero ya no tenía el control de mi vida.

A las cinco de la tarde, Margaret recibió una llamada.

Escuchó atentamente durante unos segundos y después abrió uno de los documentos de su carpeta.

—Audrey, necesito que vea esto.

Me mostró una fotografía tomada aquella misma mañana. Dominic aparecía entrando en un edificio de oficinas acompañado de dos hombres vestidos de traje.

—¿Quiénes son?

—Representantes de una empresa de inversiones. Según la información que hemos recibido, Dominic tenía previsto cerrar un acuerdo esta noche.

—¿Y qué tiene que ver eso conmigo?

Margaret señaló una página.

Era una presentación financiera con fotografías de mi apartamento, mi camioneta y una breve descripción de los bienes que supuestamente respaldaban el proyecto de Dominic.

Sentí náuseas.

—Está utilizando mis propiedades como garantía.

—Eso parece. Estamos comprobando si llegó a presentar documentación formal o si simplemente utilizó esa información para convencer a los inversores.

Mi padre se levantó de su asiento.

—¿Quién organizó esa reunión?

—El señor Hayes —respondió Margaret—. Y hay algo más. En la presentación aparece una referencia a un supuesto respaldo institucional de la familia Brooks.

Mi padre entrecerró los ojos.

—¿Ha utilizado mi nombre?

La abogada asintió.

En ese instante comprendí por qué Dominic nunca había mostrado interés en conocer realmente a mi padre. Siempre había pensado que era un funcionario público jubilado, un hombre mayor que pasaba sus días leyendo periódicos y cuidando su jardín.

Nunca había imaginado que Charles Brooks había sido general de cuatro estrellas del Ejército de los Estados Unidos.

—Papá, ¿qué vas a hacer?

Él me miró.

—Nada que esté fuera de la ley. Pero tampoco permitiré que utilicen tu apellido para engañar a nadie.

Margaret recogió los documentos.

—Ya he solicitado que se conserve toda la información relacionada con esas presentaciones. También he recomendado que los posibles inversores sean informados de que no existe autorización para utilizar los bienes de Audrey como garantía.

Mi padre asintió.

—Hazlo.

A las siete y media, Dominic llamó otra vez.

Esta vez contesté.

—¿Dónde estás, Audrey? —preguntó sin saludar.

—Estoy con Leo.

—¡Eso ya lo sé! Quiero saber por qué te has llevado al niño y por qué mi camioneta ha desaparecido.

—No es tu camioneta, Dominic. Es mía.

Hubo un silencio.

—No empieces con eso. Somos marido y mujer. Todo lo que tenemos es de los dos.

—Entonces explícame por qué presentaste mis propiedades como parte de tu patrimonio sin consultarme.

Su tono cambió.

—¿Quién te ha contado eso?

—¿Es mentira?

—Estás confundida. Acabas de dar a luz y necesitas descansar. Mañana hablaremos cuando estés más tranquila.

Casi me reí.

Incluso entonces intentaba hacerme creer que mis preguntas eran consecuencia de mi estado físico.

—No, Dominic. Mañana hablarás con mi abogada.

—¿Tu abogada?

—Sí. Y no vuelvas a presentarte en ningún lugar donde estemos Leo y yo sin coordinarlo previamente.

Él soltó una carcajada incrédula.

—¿Desde cuándo tienes abogada? ¿Qué está pasando contigo?

Miré a mi padre.

Él no intervino. Me dejó responder por mí misma.

—Desde que comprendí que no puedo seguir permitiendo que decidas por mí.

Colgué.

Unos segundos después, llegó un último mensaje.

Audrey, no sabes con quién te estás metiendo. Mañana voy a ir a buscarte y vamos a resolver esto como una familia.

Le entregué el teléfono a Margaret.

—Quiero que guarde todos estos mensajes.

—Por supuesto.

Mi padre se acercó a la cuna y observó a Leo.

—Tu hijo merece crecer en un hogar donde nadie tenga que pedir permiso para ser tratado con dignidad.

Me acarició el hombro.

—Y tú también, hija.

Aquella noche, mientras sostenía a mi bebé, tomé una decisión definitiva.

No volvería a justificar los desprecios de Dominic. No volvería a fingir que sus humillaciones eran simples diferencias de carácter. Y nunca más permitiría que utilizara mi silencio como prueba de que tenía razón.

Sin embargo, todavía no sabía hasta dónde estaba dispuesto a llegar.

Porque a las diez y diecisiete de la noche, Margaret recibió un correo electrónico urgente de uno de los representantes de la empresa de inversiones.

Lo abrió delante de nosotros.

Su expresión cambió inmediatamente.

—Audrey… Dominic acaba de enviarles un documento adicional.

—¿Qué documento?

Margaret giró la pantalla hacia mí.

Era una autorización que supuestamente llevaba mi firma y en la que yo aceptaba utilizar mi apartamento como garantía de una operación financiera.

Pero yo jamás había firmado aquello.

Y en la parte inferior aparecía una segunda firma.

La de mi padre.

Charles Brooks se quedó mirando el documento durante varios segundos.

Después levantó lentamente la cabeza.

—Audrey, mañana no solo tendremos que hablar de tu matrimonio.

Hizo una pausa.

—También tendremos que averiguar cómo consiguió Dominic falsificar mi firma.

Continuará en el capítulo 3…

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Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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