Capítulo 3: El amante que también quería verme muerto – News

Capítulo 3: El amante que también quería verme muerto

Capítulo 3: El amante que también quería verme muerto

Capítulo 3: El amante que también quería verme muerto

—¿Julian Cross? —repetí, intentando incorporarme.

El investigador asintió.

—El registro de la farmacia indica que él recogió personalmente varios medicamentos destinados a usted. La receta estaba emitida a su nombre, pero la autorización de recogida fue presentada por el señor Cross.

Daniel Reeves abrió inmediatamente su carpeta.

—¿Tenemos pruebas de que esos medicamentos fueron administrados a Arthur?

—Todavía estamos reconstruyendo la cadena de custodia. Pero hay suficientes irregularidades para investigar una posible administración intencional de una sustancia peligrosa.

Me quedé mirando el techo.

Vanessa había dicho que llevaba meses envenenándome. Ahora su amante aparecía relacionado con los medicamentos.

—Quiero saber cuánto tiempo llevan trabajando juntos.

El investigador tomó nota.

—Vamos a averiguarlo.

Mientras tanto, Vanessa estaba en el apartamento de Julian, en el centro de Chicago.

Había llegado furiosa.

—¡Me dijiste que todo estaba controlado!

Julian dejó su teléfono sobre la mesa.

—¿Qué pasó ahora?

—La policía está investigando los medicamentos. Preguntaron por ti en la farmacia.

Julian palideció.

—¿Cómo saben que fui yo?

—¡No lo sé! Pero Arthur está haciendo algo. Su abogado ha aparecido con documentos nuevos y ahora parece que todo está cambiando.

Julian se levantó.

—¿No me dijiste que estaba demasiado débil para hacer nada?

—¡Eso creía!

Él caminó nerviosamente por la habitación.

—Vanessa, necesito que me escuches. Si encuentran los registros de nuestras transferencias, estamos acabados.

—Tú dijiste que después de su muerte tendríamos ochenta y dos millones.

—Y los tendremos si no cometemos otro error.

Vanessa lo miró con desprecio.

—¿Otro error? ¡Tú fuiste quien consiguió los medicamentos!

Julian se acercó y bajó la voz.

—Y tú fuiste quien se los dio.

Los dos permanecieron en silencio.

Por primera vez, comprendieron que ninguno podía culpar completamente al otro sin incriminarse también.

Aquella tarde, Daniel me mostró una copia del nuevo testamento.

—Arthur, quiero que entiendas algo. La decisión de dejar una parte importante de tu patrimonio a Caleb debe quedar perfectamente documentada. No queremos que Vanessa pueda impugnarla alegando que estabas confundido o que alguien te manipuló.

—¿Qué más necesitas?

—Una evaluación independiente de tu capacidad mental, testigos adecuados y la documentación médica correspondiente.

La doctora Helen entró poco después.

—He revisado tu estado cognitivo. Estás orientado, comprendes las consecuencias de tus decisiones y puedes expresar claramente tus deseos. Tu enfermedad es grave, pero eso no significa que hayas perdido tu capacidad para decidir.

Arthur sonrió débilmente.

—Entonces hagámoslo correctamente.

Daniel guardó los documentos.

—Ya está en marcha. También hemos establecido un procedimiento para preservar las pruebas y evitar que se alteren los registros de la empresa.

Miré a Caleb, que permanecía junto a la puerta.

—¿Cómo está tu hermana?

El joven bajó la mirada.

—Mia está esperando. Los médicos dicen que todavía puede operarse, pero necesitamos encontrar una solución pronto.

—No te preocupes por el dinero de la operación. El fondo médico que he creado cubrirá sus gastos, siempre que los procedimientos legales y administrativos se completen.

Caleb comenzó a llorar.

—No sé cómo agradecerle.

—No me agradezcas todavía. Quiero que tu hermana tenga la oportunidad de vivir una vida larga. Eso será suficiente.

Al día siguiente, el investigador regresó con información nueva.

—Hemos revisado las transferencias hacia JC Holdings. Una parte del dinero terminó en una cuenta utilizada para pagar el alquiler de un apartamento en Malibú.

—¿El apartamento que Vanessa y Julian habían elegido? —pregunté.

—Exactamente.

Daniel intervino:

—¿Y las transferencias realizadas desde las cuentas de Arthur?

—Algunas se hicieron mediante autorizaciones electrónicas. Estamos investigando quién utilizó las credenciales y desde qué dispositivos.

El investigador dejó una fotografía sobre la mesa.

Era una imagen de Vanessa entrando en una sucursal bancaria.

Llevaba una carpeta negra bajo el brazo.

—La fotografía fue tomada el día en que se registró el primer cambio de beneficiarios de sus inversiones —explicó—. Queremos saber qué documentos presentó.

Daniel observó la imagen.

—Esto puede ser importante.

Yo reconocí inmediatamente la carpeta.

Era la misma que Vanessa había llevado a nuestra casa tres semanas antes.

Me había dicho que contenía documentos para actualizar los seguros y organizar nuestras propiedades.

Había confiado en ella.

Firmé dos hojas sin leerlas detenidamente porque me aseguró que eran simples autorizaciones administrativas.

—Necesito saber qué firmé —dije.

Daniel asintió.

—Solicitaremos los originales y compararemos cada firma. No podemos asumir que todos esos documentos sean válidos.

Esa noche, Vanessa volvió a llamarme.

Esta vez no fingió tristeza.

—Arthur, tenemos que hablar.

—Te escucho.

—Me han dicho que cambiaste tu testamento.

No respondí.

—¿Es verdad que vas a dejarle tu fortuna a ese celador?

—Mi patrimonio se distribuirá según mi voluntad.

Ella soltó una risa nerviosa.

—¿Tu voluntad? Apenas puedes mantener los ojos abiertos. Julian y yo sabemos que alguien está aprovechándose de tu estado.

—Qué curioso. Tú también parecías muy interesada en mi estado cuando me dijiste que solo me quedaban cinco días.

Se hizo un silencio.

Después Vanessa susurró:

—No tienes pruebas de nada.

—Entonces no deberías tener miedo.

Escuché cómo respiraba agitadamente.

—Si me excluyes de la herencia, voy a impugnar todo. Voy a decir que no estabas en condiciones de firmar.

—Haz lo que consideres necesario.

—Arthur, no sabes con quién te estás metiendo.

—Creo que empiezo a saberlo.

Colgó.

Daniel, que había escuchado la conversación con mi autorización, me miró seriamente.

—Su reacción confirma que debemos preservar todas las comunicaciones.

—Hazlo.

Dos días después, los investigadores encontraron algo que cambió completamente el rumbo del caso.

En una cuenta de correo electrónico vinculada a Julian había una conversación entre él y Vanessa.

El primer mensaje estaba fechado cinco meses antes.

«Cuando Arthur ya no esté, podremos vender las propiedades y mudarnos a California».

El segundo era todavía más inquietante.

«No podemos esperar demasiado. Si sigue vivo mucho tiempo, empezará a revisar las cuentas».

Y el último mensaje, enviado apenas una semana antes de mi ingreso en el hospital, decía:

«Asegúrate de que tome las vitaminas. No quiero que el médico sospeche de nosotros».

Daniel leyó los mensajes dos veces.

—Esto es muy grave.

El investigador asintió.

—Estamos verificando la autenticidad de los correos y solicitando los registros originales. También necesitamos determinar si hubo más personas involucradas.

Yo permanecí en silencio.

Entonces recordé algo.

—Hay una persona que puede saberlo todo.

Daniel se inclinó hacia mí.

—¿Quién?

—Mi antigua asistente personal. Se llama Margaret Ellis. Trabajó conmigo durante dieciocho años y conoce cada movimiento de mis cuentas. Fue ella quien empezó a sospechar que Vanessa estaba revisando mis documentos privados.

Daniel anotó el nombre.

—La contactaremos.

A la mañana siguiente, Margaret apareció en el hospital.

Tenía sesenta y dos años y llevaba una carpeta azul que parecía haber guardado durante mucho tiempo.

Al verme, se acercó y me tomó la mano.

—Señor Vance, lamento no haber hablado antes.

—¿Qué sabes, Margaret?

Abrió la carpeta.

Dentro había copias de facturas, mensajes impresos y una fotografía de Vanessa entrando en mi despacho mientras yo estaba de viaje.

—Hace cuatro meses encontré documentos financieros que no correspondían a ninguna operación de la empresa. Vanessa me pidió que los archivara como gastos médicos, pero los importes eran demasiado elevados.

—¿Se lo dijiste a alguien?

—Intenté hablar con usted, pero Vanessa me aseguró que estaba al tanto. Después me pidió que firmara una declaración diciendo que usted había autorizado los movimientos.

—¿Y lo hiciste?

Margaret negó con la cabeza.

—No. Por eso me despidió dos semanas después.

Daniel tomó la carpeta.

—¿Hay algo más?

Margaret respiró profundamente.

—Sí. La última vez que estuve en la oficina, escuché una conversación entre Vanessa y Julian. No hablaban solamente de la herencia.

Me incliné hacia ella.

—¿De qué hablaban?

Margaret sacó una pequeña memoria USB.

—De una póliza de seguro de vida que usted no sabía que existía.

Sentí que la habitación se volvía fría.

Daniel conectó la memoria a un equipo seguro para revisar su contenido.

Apareció una copia de una póliza por veinte millones de dólares.

El beneficiario principal era Vanessa.

Pero había un detalle todavía más inquietante.

La fecha de contratación era de apenas seis meses atrás.

Y en el apartado de autorización figuraba mi nombre.

Miré a Daniel.

—Yo nunca contraté ese seguro.

Él examinó el documento.

—Entonces tenemos que averiguar cómo se obtuvo esta póliza y quién autorizó la solicitud.

Margaret añadió una última frase:

—Señor Vance, hay algo que no le he contado. Cuando Vanessa habló con Julian sobre el seguro, dijo que, si usted sobrevivía, tenían un segundo plan.

—¿Qué segundo plan?

Margaret tragó saliva.

—Dijo que podían conseguir que lo declararan incapaz de administrar sus bienes y enviarlo a una institución médica. Así podrían intentar controlar su fortuna mientras usted siguiera vivo.

Cerré los ojos.

Ahora comprendía que mi muerte no era la única salida que habían planeado.

Querían quitarme también mi libertad.

Daniel guardó la memoria USB y miró al investigador.

—Tenemos que solicitar una investigación urgente sobre esa póliza y proteger legalmente a nuestro cliente.

Yo miré a Caleb, que acababa de entrar con un vaso de agua.

—Caleb, llama a tu hermana. Dile que pronto podremos hablar de su operación.

Después volví la mirada hacia Daniel.

—Y quiero que encuentren a Julian antes de que desaparezca.

Porque Vanessa había cometido un error.

Había creído que un hombre moribundo no podía defenderse.

Pero todavía no sabía que la persona que más podía destruir su plan no era yo.

Era alguien que llevaba meses trabajando a su lado y que acababa de entregar a los investigadores la prueba que podía cambiarlo todo: el propio Julian había grabado una conversación en la que Vanessa explicaba cómo pensaba deshacerse de mí.

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Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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