CAPÍTULO 2: LA LLAMADA QUE DESTROZÓ A MI PADRE – News

CAPÍTULO 2: LA LLAMADA QUE DESTROZÓ A MI PADRE

CAPÍTULO 2: LA LLAMADA QUE DESTROZÓ A MI PADRE

CAPÍTULO 2: LA LLAMADA QUE DESTROZÓ A MI PADRE

—Señor Walls, cuando el automovilista llegó hasta su hija, ella ya había dejado de respirar.

Durante varios segundos, mi padre no dijo nada.

El teléfono seguía pegado a su oído, pero parecía que había dejado de escuchar. Sus ojos se quedaron fijos en un punto de la pared. Después, sus dedos comenzaron a temblar y tuvo que sujetarse del borde de la encimera para no desplomarse.

—No… No, eso no puede ser —consiguió murmurar—. Mi hija solo salió a caminar. Estará enfadada, pero…

—Señor, necesito que me escuche con atención —lo interrumpió el agente Daniels—. Su hija fue encontrada inconsciente junto a una zanja de drenaje. El conductor llamó inmediatamente a emergencias. Los paramédicos están haciendo todo lo posible por reanimarla.

Karen, que había permanecido junto a la puerta de la cocina, palideció.

—¿Qué pasa, papá?

Él levantó la mirada hacia ella, pero no consiguió responder.

—¿Dónde está? —preguntó finalmente, con la voz rota—. Dígame dónde está mi hija. Voy para allá.

El agente le dio el nombre del hospital y le pidió que acudiera inmediatamente. También le preguntó si había alguien más que pudiera acompañarlo.

Papá colgó sin despedirse.

Durante un instante, permaneció inmóvil. Luego agarró las llaves del coche con tanta fuerza que casi se le cayeron de las manos.

—¡Karen, coge tu abrigo! ¡Tenemos que ir al hospital!

Mi hermana no se movió.

—¿Está… está viva?

Papá la miró.

—No lo sé.

Aquellas tres palabras parecieron llenar toda la cocina.

Karen bajó la cabeza. Sus ojos se dirigieron al frasco naranja que todavía estaba sobre la mesa. El mismo frasco que había utilizado para acusarme.

Papá también lo vio.

—¿De dónde sacaste eso? —preguntó de repente.

—Ya te lo dije. Estaba entre sus cosas.

—¡No te estoy preguntando dónde estaba! ¡Te estoy preguntando de dónde salió!

Karen retrocedió un paso.

—Papá, ahora no es el momento.

—¡Contéstame!

Pero ella no respondió. Se limitó a tomar su abrigo y seguirlo hacia la puerta.


Mientras tanto, yo estaba en una habitación del hospital.

No podía ver nada. No podía escuchar las voces que se movían a mi alrededor. Mi cuerpo estaba cubierto por mantas térmicas y varios médicos trabajaban para estabilizarme.

El conductor que me había encontrado se llamaba señor Miller. Era un hombre de unos cincuenta años que regresaba a casa después de terminar su turno en una fábrica.

Había visto algo extraño junto a la carretera.

Al principio pensó que era una bolsa de basura abandonada. Después, cuando los faros iluminaron la figura, comprendió que era una persona.

Se detuvo, encendió las luces de emergencia y corrió bajo la lluvia.

—¡Oiga! ¿Puede escucharme?

No hubo respuesta.

Cuando se acercó, vio mi rostro pálido y mis labios casi sin color. Mi sudadera estaba completamente empapada. La mochila seguía apretada contra mi pecho, como si hubiera intentado protegerme del frío con ella.

El señor Miller llamó al 911.

—¡Es una chica! ¡Parece una adolescente! ¡Está tirada junto a la carretera y no responde!

La operadora le indicó que comprobara si respiraba. Fue entonces cuando él se dio cuenta de que no podía detectar ninguna respiración normal.

Los paramédicos llegaron pocos minutos después y comenzaron las maniobras de emergencia.

En mi mochila encontraron una libreta de matemáticas, dos bolígrafos y una hoja de ejercicios con mi nombre escrito en la esquina.

Fue así como consiguieron identificarme.

Y fue así como llegaron hasta mi padre.


Cuando papá y Karen llegaron al hospital, el agente Daniels los esperaba cerca de la entrada de urgencias.

—¿Es usted el señor Walls? —preguntó.

—Sí. ¿Dónde está mi hija?

El agente lo condujo hacia una zona de espera.

—Los médicos están atendiéndola. Ha sufrido una hipotermia grave. Su temperatura corporal descendió peligrosamente y llegó al hospital en estado crítico.

Papá se llevó una mano a la boca.

—Pero… ¿va a recuperarse?

—Los médicos todavía no pueden asegurarlo.

Karen empezó a llorar.

—Yo sabía que estaba enfadada, pero nunca pensé que…

El agente Daniels la observó con seriedad.

—¿Usted estaba en casa cuando su hermana salió?

—Sí.

—¿Y sabía que no llevaba abrigo ni teléfono?

Karen miró a mi padre antes de contestar.

—Sí.

El agente anotó algo en su libreta.

—¿Y nadie salió a buscarla?

Papá abrió la boca, pero no encontró palabras.

—Pensé que iría a casa de una amiga —dijo finalmente.

—¿A qué amiga?

—No lo sé. Tiene amigos en la escuela.

El agente lo miró fijamente.

—Señor Walls, su hija tiene diecisiete años. Salió de su casa durante una tormenta, sin abrigo, sin teléfono y sin dinero. ¿No se le ocurrió comprobar dónde estaba?

Papá bajó la mirada.

—Fue una discusión familiar.

—¿Qué clase de discusión?

—Encontramos medicamentos que no debía tener. Se puso desafiante y le dije que se marchara para que aprendiera a respetar las reglas de esta casa.

El agente dejó de escribir.

—¿La echó de casa?

Papá tragó saliva.

—Solo quería que entendiera que no podía hacer lo que quisiera.

—¿Y sabía que había una alerta meteorológica por lluvia helada?

Papá no respondió.

Karen comenzó a llorar con más fuerza.

—Papá, por favor…

Pero el agente Daniels levantó una mano.

—Necesito que ambos sean sinceros. Esto es importante.

Entonces preguntó algo que hizo que Karen dejara de llorar inmediatamente.

—¿Quién compró el medicamento que encontraron en la casa?

Mi padre frunció el ceño.

—No lo sé. Estaba entre las pertenencias de mi hija.

—¿Está seguro de que el frasco le pertenecía?

—Eso fue lo que nos dijo Karen.

El agente giró lentamente la cabeza hacia mi hermana.

—¿Usted fue quien encontró el frasco?

Karen asintió.

—Sí.

—¿Dónde exactamente?

—En su habitación.

—¿Y estaba abierta la etiqueta?

Karen apretó los labios.

—No recuerdo.

El agente Daniels cerró su libreta.

—Necesitamos conservar ese frasco. No lo tiren ni lo manipulen. Un equipo puede necesitar examinarlo.

Papá miró hacia mi hermana.

Por primera vez aquella noche, parecía estar cuestionando lo que ella le había contado.


Pasaron casi cuarenta minutos antes de que un médico saliera de urgencias.

Papá se levantó tan rápido que la silla cayó hacia atrás.

—¡Doctor! ¿Cómo está mi hija?

El médico tenía el rostro serio.

—Hemos conseguido recuperar su pulso y estabilizarla parcialmente. Sin embargo, sigue en estado crítico. La hipotermia fue muy grave y estamos vigilando de cerca su función cardíaca y neurológica.

Papá parecía incapaz de comprender las palabras.

—¿Puedo verla?

—Todavía no. Necesitamos terminar algunos procedimientos.

—Por favor… Solo quiero decirle que lo siento.

El médico lo observó unos segundos.

—Ahora lo más importante es que ella reciba atención y se mantenga estable.

Papá se dejó caer en la silla.

Se cubrió el rostro con las manos y comenzó a llorar.

Nunca lo había visto llorar así.

Ni siquiera cuando murió mi abuelo.

Karen se sentó a su lado, pero él apartó el brazo cuando ella intentó tocarlo.

—¿Qué hiciste? —susurró.

—Papá…

—¿Qué hiciste con ese frasco?

Karen empezó a temblar.

—Yo no quería que pasara esto.

Papá levantó la cabeza.

—¿Qué significa eso?

Ella miró al agente Daniels, que seguía cerca de ellos.

—No quería que la echaras durante la tormenta. Solo quería que se metiera en problemas.

El silencio fue inmediato.

—¿Por qué? —preguntó papá.

Karen se limpió las lágrimas.

—Porque siempre la defiendes. Siempre estás pendiente de ella. Todo lo que hace está bien, pero cuando yo cometo un error, nunca me perdonas.

—¡Eso no tiene nada que ver con los medicamentos!

—¡Sí tiene que ver! —gritó ella—. ¡Estaba cansada de que todos la trataran como si fuera la hija perfecta!

El agente Daniels dio un paso hacia ella.

—Señorita, quiero que tenga mucho cuidado con lo que dice. ¿Está afirmando que colocó ese frasco entre las pertenencias de su hermana?

Karen abrió la boca.

Pero antes de que pudiera responder, papá se puso de pie.

—Dime que no lo hiciste.

Ella no lo miró.

Y aquel silencio fue suficiente para que él comenzara a comprender que tal vez había expulsado a su hija de casa por una mentira.


Unos minutos después, una enfermera se acercó con una bolsa transparente.

Dentro estaban mis pertenencias: la mochila, la libreta de matemáticas y los zapatos empapados que los paramédicos habían retirado.

—Esto venía con la paciente —explicó—. El personal encontró algo dentro de la mochila que quizá deban revisar.

Papá se acercó.

—¿Qué cosa?

La enfermera sacó una hoja doblada que estaba entre las páginas de mi cuaderno.

Era una nota escrita a mano.

La letra era mía.

Decía:

«Papá, por favor, cuando leas esto, escúchame antes de enfadarte. No sé qué está pasando con esos medicamentos, pero tengo miedo. Hace dos días vi una receta con mi nombre y no entiendo por qué alguien está utilizando mis datos. Intenté preguntarte, pero no quisiste escucharme».

Debajo había otra frase, escrita con tinta azul:

«Karen sabe algo. La escuché hablando por teléfono. Dijo que esta vez papá me creería a mí menos que a ella».

Papá dejó de respirar por un segundo.

Miró la nota una vez. Después otra.

—¿Por qué no me dijo esto? —preguntó con voz quebrada.

La enfermera respondió con suavidad:

—Quizá intentó hacerlo, señor.

Papá apretó el papel contra el pecho.

Entonces se volvió hacia Karen.

—¿Qué receta?

Mi hermana retrocedió.

—No sé de qué habla.

—¡No me mientas! ¿Qué receta tenía el nombre de tu hermana?

Karen empezó a llorar de nuevo.

El agente Daniels intervino:

—Señor Walls, necesitamos hablar con su hija por separado. También vamos a investigar el origen de ese medicamento y cómo llegó a la habitación.

Papá no apartaba los ojos de Karen.

—Me dijiste que ella estaba tomando esas pastillas.

—Yo…

—Me dijiste que era una drogadicta.

—¡Solo quería que me escucharas!

—¡Te escuché! ¡Te creí! ¡Y por eso la eché!

Su voz se quebró en la última palabra.

En ese momento, el médico volvió a salir.

—Señor Walls, su hija está respondiendo al tratamiento. Todavía no está fuera de peligro, pero hay una pequeña mejoría.

Papá se llevó las manos al rostro.

—Gracias a Dios…

El médico continuó:

—Sin embargo, hay algo más que debemos comunicarle. Durante la evaluación inicial encontramos indicios de que la situación podría no limitarse a una simple discusión familiar. La policía ya está al tanto.

El agente Daniels se acercó.

—Señor Walls, necesitamos que venga con nosotros. Hemos comprobado los primeros datos del medicamento y hay una irregularidad importante.

Papá lo miró desconcertado.

—¿Qué irregularidad?

El agente bajó la voz.

—El frasco no fue recetado a su hija. La receta aparece asociada a otro miembro de su familia.

Papá giró lentamente la cabeza hacia Karen.

Y entonces ella hizo algo que terminó de destruir cualquier esperanza de que todo fuera un simple malentendido.

Intentó salir del hospital.

El agente Daniels se interpuso en su camino.

—Señorita Walls, todavía no hemos terminado de hablar.

Karen se quedó inmóvil.

Papá miró el frasco naranja, luego la nota que yo había escrito y finalmente a su hija mayor.

—Karen… ¿qué hiciste?

Ella comenzó a llorar, pero esta vez no pudo inventar una respuesta.

Porque el agente Daniels acababa de descubrir que la receta había sido solicitada utilizando información personal que no pertenecía a quien aparecía como paciente.

Y había un detalle todavía más inquietante: la firma de autorización no era la de mi padre.

Era la de Karen.

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Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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