Capítulo 2 — La versión que nadie debía cuestionar
Capítulo 2 — La versión que nadie debía cuestionar
Las puertas del quirófano se abrieron justo cuando Brock Timmons terminó de escribir en su libreta.
El ayudante del sheriff se volvió.
Un médico salió apresuradamente.
—¿Familia de Cassidy Huxley?
Me levanté de inmediato.
—Soy su padre.
El médico se quitó la mascarilla.
—Su hija está viva. Pero ha sufrido un traumatismo importante y hemos tenido que practicar una cesárea de emergencia.
Sentí que las piernas casi dejaban de sostenerme.
—¿Y el bebé?
El médico hizo una pausa.
—Está vivo.
Cerré los ojos durante un segundo.
—¿Está bien?
—Es prematuro. Necesita cuidados intensivos neonatales, pero está respondiendo.
Respiré por primera vez en varios minutos.
—¿Puedo ver a mi hija?
—Todavía no. Está sedada. En cuanto la estabilicemos, podrá verla.
Asentí.
—Gracias, doctor.
Cuando se marchó, me giré hacia Lydia.
La niña seguía abrazada a su elefante.
Me arrodillé frente a ella.
—Mamá está viva.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—¿Y el bebé?
—También.
Por primera vez desde que había llegado al hospital, Lydia sonrió.
Pero la sonrisa duró apenas unos segundos.
Porque Brock se acercó.
—Señor Huxley, necesito hablar con usted.
Me puse de pie.
—Adelante.
Brock miró a Lydia.
—¿Podemos hablar en privado?
—No.
—Es un asunto policial.
—Entonces hable.
Brock suspiró.
—Tenemos que determinar exactamente qué ocurrió esta noche.
—Mi nieta ya se lo explicó.
—Tiene seis años.
—Y fue testigo.
Brock cerró la libreta.
—Los niños pueden confundirse.
Lo miré fijamente.
—¿Qué está insinuando?
—Que antes de acusar a Trent de algo tan grave deberíamos escuchar su versión.
Sentí que la rabia comenzaba a subir.
—Trent huyó.
—Eso no significa que sea culpable.
—¿Y empujar a una mujer embarazada tampoco?
Brock no respondió.
Entonces escuché una voz detrás de él.
—No lo empujé.
Me quedé inmóvil.
Giré lentamente la cabeza.
Trent estaba al final del pasillo.
Tenía la camisa arrugada y una pequeña herida en la frente.
Pero estaba caminando.
Y estaba sonriendo.
Lydia se escondió inmediatamente detrás de mí.
—Papá…
La abracé.
—No pasa nada. Estoy aquí.
Trent levantó las manos.
—Solo quiero explicar lo ocurrido.
Di un paso hacia él.
—Aléjate de mi familia.
Brock se interpuso.
—Señor Huxley.
Trent habló antes que él.
—Cassidy se cayó.
Lydia empezó a temblar.
—No.
La niña levantó la cabeza.
—Papá la empujó.
Trent la miró.
—Lydia, cariño, estás confundida.
—¡No!
Su voz resonó por el pasillo.
—¡Tú le hiciste daño a mamá!
Trent dejó de sonreír.
Yo tomé la mano de Lydia.
—Ya basta.
Brock miró a Trent.
—¿Dónde estuvo después del incidente?
—Fui a buscar ayuda.
—¿Por qué no llamó al 911?
Trent señaló hacia mí.
—Porque sabía que él iba a convertir esto en una guerra.
Lo miré.
—Tú te fuiste.
—Tenía miedo.
—¿Miedo de qué?
Trent no respondió.
Brock cerró la libreta.
—Necesito que ambos mantengan la calma.
Entonces una enfermera salió de la zona de maternidad.
—¿Señor Huxley?
—Sí.
—Su hija ha despertado.
Me giré hacia ella.
—¿Puedo verla?
—Sí, pero solo una persona.
Miré a Lydia.
—Quédate con la enfermera.
Ella asintió.
Entré en la habitación.
Cassidy estaba pálida.
Tenía oxígeno colocado bajo la nariz y varios cables conectados al monitor.
Cuando me vio, comenzó a llorar.
Me acerqué a la cama.
—Estoy aquí.
—Papá…
—No hables.
—No quería que Lydia viera…
—Ya pasó.
Ella negó lentamente con la cabeza.
—No.
Me agarró la mano.
—No pasó lo peor.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué quieres decir?
Cassidy miró hacia la puerta.
—Trent no estaba enfadado solo por dinero.
Me incliné.
—Entonces, ¿por qué?
Ella respiró con dificultad.
—Encontré unos documentos.
—¿Qué documentos?
—De una cuenta bancaria.
Mi corazón comenzó a latir con fuerza.
—¿Qué cuenta?
—Una cuenta a mi nombre.
—¿Y qué tenía?
Cassidy cerró los ojos.
—Dinero.
—¿Cuánto?
—Mucho.
La miré sin entender.
—¿De dónde venía?
—No lo sé.
Abrió los ojos.
—Pero Trent sí lo sabía.
En ese momento, escuchamos un golpe en la puerta.
Brock entró.
—Necesito hacerle unas preguntas.
Cassidy lo miró y su expresión cambió.
—No.
Brock frunció el ceño.
—Señora Huxley…
—No quiero hablar con usted.
—Es importante que me diga qué ocurrió.
Cassidy apretó mi mano.
—Él no vino a ayudarme.
Brock se quedó inmóvil.
—¿A quién se refiere?
Cassidy señaló hacia el pasillo.
—A Trent.
Brock tomó aire.
—Su marido afirma que usted se cayó.
—Miente.
La palabra salió débil, pero clara.
—Me empujó.
Brock comenzó a escribir.
—¿Por qué?
Cassidy miró hacia mí.
—Porque le dije que había encontrado la cuenta.
—¿Qué cuenta? —pregunté.
Cassidy tragó saliva.
—Una cuenta que lleva años recibiendo dinero de alguien que no debería conocerme.
Brock levantó la mirada.
—¿Quién?
Cassidy abrió la boca.
Pero antes de responder, todas las luces del pasillo se apagaron.
Durante unos segundos, el hospital quedó completamente oscuro.
Se escucharon gritos.
Una alarma comenzó a sonar.
Y entonces Lydia gritó desde el pasillo:
—¡Abuelo!
Salí corriendo.
La encontré junto a la enfermera.
El elefante de peluche estaba en el suelo.
Y Lydia señalaba hacia la salida de emergencia.
—¡Trent estaba aquí!
Miré hacia las puertas.
Estaban abiertas.
Pero Trent había desaparecido.
Sobre el suelo había un sobre blanco.
Lo recogí.
En el frente solo había cuatro palabras escritas a mano:
«Deja de buscar la cuenta.»
Miré a Brock.
Por primera vez, su expresión ya no parecía segura.
Porque alguien había entrado en un hospital durante una emergencia, había provocado un apagón y había dejado una amenaza.
Y ahora sabía que aquella noche no había comenzado con una pelea por dinero.
Había comenzado mucho antes.
Con una cuenta secreta.
Y alguien estaba dispuesto a hacer cualquier cosa para impedir que yo descubriera quién estaba detrás de ella.