Capítulo 2 — El plan que mi padre dejó preparado
Capítulo 2 — El plan que mi padre dejó preparado
Los pasos de Brendan se detuvieron frente a la puerta.
No me moví.
Tenía la urna de Chloe entre las manos y miraba hacia la ventana, fingiendo no haberlo escuchado.
La puerta se abrió.
Brendan apareció con el teléfono en una mano y una expresión de fastidio en el rostro.
—¿Por qué estás aquí arriba?
No respondí.
Sus ojos se dirigieron hacia la cuna.
Entonces vio la urna.
—¿Todavía tienes eso aquí?
Sentí que algo dentro de mí se rompía, pero mantuve la voz tranquila.
—Es nuestra hija.
Brendan suspiró.
—Nora, ya hablamos de esto. No puedes quedarte encerrada aquí para siempre.
Lo miré.
—¿Cuándo hablamos?
Frunció el ceño.
—Sabes a qué me refiero.
—No. No lo sé.
Brendan pareció irritado.
—Tengo mucho trabajo.
Casi me reí.
Mucho trabajo.
Mientras nuestra hija había estado muriendo, él había estado cenando con otra mujer.
—¿Sabías que Chloe murió hace tres días?
Su expresión cambió apenas un instante.
—Me imaginé que las cosas no iban bien.
—No te lo imaginaste. No sabías nada.
—Nora…
—No importa.
Me levanté.
—Ya no voy a discutir contigo.
Eso pareció desconcertarlo.
Durante tres años, Brendan había estado acostumbrado a verme pedir explicaciones, defender cada gasto y suplicar por más tiempo con nuestra hija.
Ahora ya no tenía nada que suplicar.
Brendan se acercó a la cuna.
—¿Qué piensas hacer?
—Todavía no lo sé.
—Pues será mejor que lo sepas pronto. La familia tiene una reunión mañana.
Lo miré.
—¿Una reunión?
—Sí. Hay asuntos financieros que deben resolverse.
Sentí un frío recorrerme el cuerpo.
Incluso después de la muerte de Chloe, lo primero que le preocupaba era el dinero.
—¿Qué asuntos?
Brendan se encogió de hombros.
—Tu situación.
—¿Mi situación?
—Has estado gastando demasiado durante los últimos meses.
No pude creer lo que estaba escuchando.
—¿Gastando demasiado?
—Los médicos, las enfermeras, el hospital…
Se detuvo.
—Todo eso costó una fortuna.
Miré la urna.
—Nuestra hija estaba muriendo.
Brendan no respondió.
Entonces sonó su teléfono.
Miró la pantalla.
Samantha.
No contestó delante de mí.
Simplemente salió de la habitación.
Esperé hasta escuchar sus pasos alejarse.
Entonces saqué el teléfono que mi padre me había dejado.
Marqué nuevamente el número de Raymond.
Contestó al primer tono.
—¿Ya llegó?
—Sí.
—¿Está contigo?
—No.
Raymond guardó silencio.
—Entonces escucha atentamente. Tu padre dejó instrucciones muy precisas.
Me senté en el borde de la cama.
—Dígame.
—Cuando decidiste casarte con Brendan, tu padre transfirió temporalmente una parte de sus activos a una estructura legal independiente.
Me quedé inmóvil.
—¿Qué significa eso?
—Significa que Brendan nunca tuvo control sobre todo lo que creía controlar.
—¿Cuánto?
Raymond soltó una respiración lenta.
—Lo suficiente para que tu padre pudiera protegerte durante décadas.
Cerré los ojos.
De repente recordé aquella conversación que había tenido con mi padre tres años antes de mi boda.
«Si algún día necesitas volver a empezar, no vuelvas con las manos vacías».
En aquel momento pensé que estaba hablando metafóricamente.
No lo estaba.
—¿Por qué nunca me lo dijo?
—Porque quería que tomaras tus propias decisiones. Pero también sabía cómo funcionaba Brendan.
Sentí un escalofrío.
—¿Lo investigó?
—Mucho antes de que tú lo conocieras.
Raymond continuó:
—Tu padre descubrió que la familia Fairchild había estado utilizando empresas relacionadas para ocultar determinadas operaciones financieras.
Me quedé callada.
—¿Ilegales?
—Algunas transacciones merecen una investigación. Y tu padre reunió documentos durante años.
—¿Por qué no denunció a Brendan?
—Porque no quería destruir tu vida por una sospecha. Quería darte la oportunidad de descubrir por ti misma quién era.
Miré hacia la puerta.
Brendan podía regresar en cualquier momento.
—¿Qué tengo que hacer?
—Primero, no firmes nada.
—¿Qué podrían pedirme?
—Cualquier cosa. Una renuncia a bienes, un acuerdo de separación, documentos relacionados con la herencia o incluso una modificación de tu régimen matrimonial.
Sentí que la sangre se me helaba.
—¿Creen que intentarán quitarme algo?
—Creo que, después de lo ocurrido con Chloe, van a asumir que estás demasiado vulnerable para defenderte.
Miré la urna.
—Se equivocan.
Raymond sonrió al otro lado de la línea.
—Tu padre esperaba que dijeras exactamente eso.
Antes de colgar, me pidió que revisara una caja de seguridad.
Me dio una dirección y una combinación.
Era una sucursal bancaria a menos de veinte minutos de la mansión.
Fui esa misma noche.
Dentro de la caja había varias carpetas.
Una contenía documentos de mi antigua carrera.
Otra contenía declaraciones financieras.
La tercera tenía una etiqueta escrita a mano:
FAIRCHILD.
Abrí la carpeta.
Había copias de transferencias bancarias, contratos, correos electrónicos y fotografías.
Al principio no entendía qué estaba mirando.
Hasta que encontré un documento firmado por Brendan.
Era un acuerdo relacionado con una empresa que no reconocía.
El beneficiario final aparecía oculto detrás de varias sociedades.
Pero había un nombre en uno de los anexos.
Samantha Hayes.
Me quedé mirando aquel nombre.
La mujer con la que Brendan estaba teniendo una aventura no era simplemente su amante.
Tenía vínculos financieros con una de las empresas de su familia.
Seguí revisando los documentos.
Entonces encontré algo mucho peor.
Una transferencia reciente.
La fecha coincidía con la semana en que Ximena había rechazado el medicamento de Chloe.
El dinero había salido de una cuenta familiar.
Pero no había ido al hospital.
Había terminado en una cuenta relacionada con Samantha.
Me quedé sin respiración.
Durante siete días yo había suplicado por dinero para salvar a mi hija.
Y mientras tanto, Brendan había autorizado una transferencia mucho mayor para una mujer que estaba con él.
Cerré la carpeta.
Las lágrimas empezaron a caer.
No por Brendan.
Por Chloe.
Pensé en aquella última noche en el hospital.
En cómo mi hija había apretado débilmente mi dedo.
En cómo yo había prometido que papá llegaría pronto.
Él nunca llegó.
Y ahora sabía por qué.
No había sido simplemente negligencia.
Había sido una elección.
Guardé las pruebas en mi bolso y regresé a casa.
Cuando entré en la mansión, encontré a Brendan esperándome en la sala.
Junto a él estaban su madre, su hermana y Ximena.
Sobre la mesa había varios documentos.
Brendan se levantó.
—Tenemos que hablar.
Miré los papeles.
—¿Qué son?
Su madre respondió:
—Documentos para proteger los bienes de la familia.
Sonreí por primera vez.
—¿De quién?
Nadie respondió.
Brendan se acercó.
—Nora, estás atravesando un momento difícil. Queremos evitar que tomes decisiones impulsivas.
—Qué considerados.
Ximena empujó una carpeta hacia mí.
—Solo necesitas firmar aquí.
La abrí.
Era un acuerdo mediante el cual renunciaba a cualquier reclamación sobre determinados bienes familiares.
También incluía una cláusula sobre los gastos médicos de Chloe.
La miré.
Después miré a Brendan.
—¿Quieres que firme esto?
—Es lo mejor para todos.
Recordé las palabras de Raymond.
No firmes nada.
Cerré la carpeta.
—No.
Brendan frunció el ceño.
—¿Qué has dicho?
—He dicho que no.
Su madre se levantó.
—No seas difícil.
La miré.
—Durante tres años hice exactamente lo que todos ustedes querían.
Tomé la urna de Chloe, que había dejado sobre una mesa cercana.
—Pero ya no.
Brendan se acercó.
—Nora, piensa bien lo que estás haciendo.
Lo miré directamente a los ojos.
—Ya pensé.
Entonces saqué mi teléfono viejo y lo coloqué sobre la mesa.
—Y creo que ahora deberías empezar tú a pensar.
Brendan miró el teléfono.
—¿Qué es eso?
Sonreí.
—La razón por la que mi padre me dijo que nunca debía deshacerme de él.
Su rostro perdió el color.
Porque, por primera vez, Brendan comprendió que la mujer que había creído dependiente y sin recursos acababa de descubrir algo que podía cambiarlo todo.
Y yo todavía no le había mostrado la prueba más importante.
La que demostraba que él sabía exactamente por qué se había rechazado el tratamiento de Chloe.