Capítulo 3: La mujer que destruyó la boda
Capítulo 3: La mujer que destruyó la boda
—Victoria Hayes —dijo Michael.
Durante unos segundos, no pude comprender lo que acababa de escuchar.
Victoria Hayes.
La mujer que había sido mi dama de honor durante casi dos años.
La misma mujer que me había acompañado a elegir el vestido de novia, que había llorado conmigo cuando mi madre murió y que, apenas la noche anterior, me había abrazado asegurándome que sería la novia más hermosa del mundo.
Sentí que el salón entero se inclinaba a mi alrededor.
—No —susurré—. Victoria no.
Michael cerró los ojos un instante.
—Lo siento.
Negué con la cabeza, aferrándome al borde de la mesa.
—Ella estuvo conmigo ayer. Me ayudó a preparar las flores. Incluso me preguntó si estaba nerviosa por la luna de miel.
—Precisamente por eso tienes que ver esto.
Su madre se abalanzó hacia él.
—¡Basta, Michael! ¡Estás destruyendo a tu propio hermano por un malentendido!
Michael retrocedió, protegiendo el teléfono contra su pecho.
—¿Un malentendido? ¿También es un malentendido que Derrick haya reservado una habitación de hotel para dos personas anoche? ¿O que haya transferido dinero de su cuenta conjunta con ella a otra cuenta?
El silencio fue absoluto.
Yo apenas podía respirar.
—¿Qué cuenta conjunta? —pregunté.
Michael me miró con tristeza.
—La cuenta que abristeis para vuestra casa.
Sentí un vacío en el estómago.
Durante meses, Derrick y yo habíamos ahorrado para comprar una vivienda. Yo había depositado mis ahorros, incluidos los últimos bonos que recibí en el trabajo. Él decía que también estaba contribuyendo, aunque siempre encontraba alguna excusa para aplazar las conversaciones sobre el saldo.
Me había convencido de que era una persona prudente.
De que quería esperar al momento adecuado para comprar nuestra casa.
—¿Cuánto dinero? —pregunté.
Michael dudó.
—Dieciocho mil cuatrocientos dólares.
Mi padre cerró los puños.
La abuela June se llevó una mano al pecho.
Y yo sentí algo mucho peor que la tristeza: una vergüenza profunda por haber confiado en un hombre que aparentemente había estado construyendo una mentira mientras yo preparaba nuestra boda.
—¿Cuándo lo hizo?
—Durante las últimas tres semanas.
Tres semanas.
Tres semanas en las que yo había probado pasteles, enviado invitaciones y elegido canciones para nuestro primer baile.
Tres semanas en las que Derrick me besaba antes de dormir y me decía que estaba deseando empezar nuestra vida juntos.
—¿Y por qué no me lo dijiste antes? —le pregunté a Michael.
Él bajó la mirada.
—Porque mi madre me pidió que le diera tiempo para solucionar las cosas. Me aseguró que Derrick estaba confundido y que terminaría entrando en esa iglesia.
Me volví hacia ella.
La mujer que había llegado exigiendo mi anillo parecía ahora mucho más pequeña.
Pero su voz seguía siendo fría.
—Mi hijo ha cometido errores. No voy a permitir que conviertas esto en un espectáculo público.
—Usted convirtió mi boda en un espectáculo cuando mandó a su hija a exigirme el anillo mientras yo esperaba frente al altar.
—¡Estábamos intentando proteger a la familia!
—¿De qué? ¿De la verdad?
No respondió.
Michael abrió una fotografía en su teléfono y me la mostró.
Era una imagen tomada la noche anterior, frente a un hotel del centro. Derrick aparecía junto a Victoria. Él llevaba la camisa azul que yo le había regalado por su cumpleaños. Ella sostenía su chaqueta sobre los hombros y tenía una mano apoyada en su pecho.
No parecían dos personas que acababan de encontrarse por casualidad.
Parecían dos personas que llevaban mucho tiempo ocultándose.
Amplié la imagen con los dedos temblorosos.
Entonces vi algo que me hizo sentir náuseas.
En la muñeca de Victoria estaba la pulsera de plata que yo le había regalado como agradecimiento por ser mi dama de honor.
La misma pulsera que llevaba puesta cuando me abrazó aquella mañana.
—¿Hay más fotografías? —pregunté.
Michael asintió.
—Sí.
—Enséñamelas.
Su madre intentó intervenir de nuevo, pero esta vez fue la abuela June quien se interpuso.
—Ya has hablado bastante. Ahora deja que la muchacha escuche.
Michael deslizó el dedo por la pantalla.
Había mensajes.
Decenas de mensajes entre Derrick y Victoria.
No leí todos. No pude.
Bastaron unas pocas líneas.
Victoria: «¿Estás seguro de que podrás hacerlo mañana?».
Derrick: «No puedo seguir fingiendo. Ella merece saberlo».
Victoria: «Si se lo dices ahora, todo se acaba».
Derrick: «Ya lo sé. Solo necesito resolver lo del dinero».
Me quedé mirando aquellas palabras.
No estaba confundido.
No había tenido un ataque de pánico.
Había considerado decirme la verdad.
Y después había elegido guardar silencio.
—¿Qué significa lo del dinero? —pregunté.
Michael respiró profundamente.
—Eso es lo que no consigo entender. Ayer, cuando fui a buscarlo al lago, me dijo que no podía casarse contigo porque había descubierto algo terrible sobre tu familia.
Sentí que la sangre se me helaba.
—¿Sobre mi familia?
—Dijo que tu padre le había ocultado información y que, si se casaba contigo, podía terminar perdiéndolo todo.
Mi padre dio un paso adelante.
—Eso es una mentira.
Michael asintió.
—Ahora lo sé. Pero Derrick parecía convencido de que tenía documentos que lo demostraban.
Miré a mi padre.
Él tenía el rostro pálido.
No parecía enfadado.
Parecía preocupado.
—Papá, ¿hay algo que deba saber?
Durante un instante, no contestó.
Después me tomó de la mano.
—Hay algo que debí explicarte hace mucho tiempo. Pero no quería que cargaras con ello durante los preparativos de tu boda.
Aquella respuesta me asustó más que todas las fotografías.
—¿Qué cosa?
Mi padre miró a Michael, luego a la madre de Derrick.
Finalmente, volvió a mirarme.
—Hace seis meses, Derrick vino a verme para pedirme dinero.
Parpadeé.
—¿Qué?
—Me dijo que tenía problemas económicos. Me pidió un préstamo de treinta mil dólares y prometió devolverlo antes de la boda.
—Nunca me hablaste de eso.
—Porque me pidió que no lo hiciera. Dijo que quería demostrarte que podía resolver sus propios problemas.
Me aparté lentamente.
Treinta mil dólares.
Dieciocho mil cuatrocientos desaparecidos de nuestra cuenta.
Nueve mil que su familia afirmaba haber gastado en la boda y la luna de miel.
Las cifras empezaron a encajar de una manera aterradora.
—¿Le prestaste el dinero?
Mi padre negó con la cabeza.
—No. Le pedí que me explicara para qué lo necesitaba. Cuando se negó a mostrarme sus cuentas, le dije que no podía ayudarlo.
Miré a la madre de Derrick.
Ella había dejado de fingir indignación. Ahora observaba a mi padre como si acabara de escuchar una confesión peligrosa.
—¿Y qué tiene que ver mi familia con esto? —pregunté.
Mi padre tardó unos segundos en responder.
—Derrick me dijo que había invertido dinero en un negocio que no estaba funcionando. También me pidió que firmara un documento que me habría hecho responsable de sus deudas. Me negué.
Michael parecía desconcertado.
—Él nunca me contó eso.
—Porque sabía que estaba mal —respondió mi padre.
La madre de Derrick levantó la barbilla.
—Usted no entiende la presión bajo la que estaba mi hijo.
Mi padre la miró fijamente.
—Entiendo perfectamente lo que significa tener dificultades económicas. Lo que no entiendo es utilizar a una mujer para resolverlas.
Ella se puso roja.
—¡Derrick quería casarse con ella!
—Entonces, ¿por qué no vino?
No hubo respuesta.
Yo miré nuevamente el teléfono de Michael.
Entre los mensajes había una captura de pantalla de una conversación de aquella misma mañana.
Victoria: «¿Y si ella descubre lo de la casa?».
Derrick: «No lo hará. Después de hoy, todo estará resuelto».
Sentí un escalofrío.
Después de hoy.
No decía «cuando hable con ella».
No decía «cuando le explique lo sucedido».
Decía que todo estaría resuelto.
Como si mi ausencia de su vida fuera una operación que había calculado cuidadosamente.
Le devolví el teléfono a Michael.
—Necesito llamar a Derrick.
—No creo que debas hacerlo sola —dijo mi padre.
—No voy a pedirle que vuelva. No voy a suplicarle que me explique por qué me ha hecho esto.
Me limpié las lágrimas con el dorso de la mano.
—Solo quiero escuchar qué mentira va a contarme ahora.
Marqué su número.
Una vez.
Dos veces.
A la tercera, contestó.
—¿Sí? —Su voz sonaba irritada, como si yo lo estuviera molestando.
Cerré los ojos.
—Soy yo.
Hubo un silencio.
—Ahora no es un buen momento.
Miré el vestido blanco que llevaba puesto. Miré las mesas donde nuestros invitados habían terminado de cenar. Miré a mi padre, que se había comprado su primer traje nuevo desde que mamá murió para acompañarme al altar.
Y comprendí que Derrick no merecía ni un segundo más de mi vergüenza.
—No te preocupes. No te estoy llamando para pedirte que vengas.
Su respiración cambió.
—Entonces, ¿qué quieres?
—Quiero que me respondas una pregunta. ¿Has estado con Victoria?
Silencio.
Largo.
Inconfundible.
—¿Quién te ha dicho eso?
Solté una risa amarga.
—Gracias. Era todo lo que necesitaba saber.
—Espera. No entiendes lo que está pasando.
—Entonces explícame por qué sacaste dinero de nuestra cuenta. Explícame por qué tu madre exige que devuelva nueve mil dólares. Explícame por qué llevas semanas mintiéndome.
Su voz se volvió más dura.
—Tu padre también te ha mentido.
Miré a mi padre.
—¿Qué tiene que ver mi padre con esto?
—Pregúntale quién es realmente el dueño de la casa que pensábamos comprar. Pregúntale qué firmó hace años. Cuando descubras la verdad, entenderás por qué no podía casarme contigo.
Se me secó la boca.
—Derrick, ¿qué has hecho?
Pero él no respondió a mi pregunta.
—No vuelvas a llamarme hasta que hables con tu padre.
Y colgó.
Me quedé inmóvil, sosteniendo el teléfono junto a la oreja.
La madre de Derrick aprovechó el silencio para recoger sus llaves.
—Ahora entiendes por qué mi hijo necesitaba tiempo —dijo.
La miré.
—No. Todavía no lo entiendo.
Ella se dirigió hacia la salida.
Antes de cruzar la puerta, se volvió una última vez.
—Pues deberías preguntarle a tu padre por el apellido Hayes.
Y se marchó.
Sentí que el corazón me daba un vuelco.
Hayes.
El apellido de Victoria.
Me volví lentamente hacia mi padre.
Él había perdido el color del rostro.
—Papá —susurré—, ¿qué relación tiene nuestra familia con los Hayes?
No contestó enseguida.
Se quitó las gafas, las limpió con una servilleta y volvió a ponérselas. Era un gesto que hacía siempre que intentaba ganar tiempo antes de decir algo doloroso.
—Hace veinticinco años —comenzó—, tu madre y yo teníamos un socio.
—¿Quién?
Mi padre me miró con los ojos llenos de una tristeza que jamás había visto en él.
—El padre de Victoria Hayes.
La abuela June dejó de apoyarse en su bastón.
Michael levantó la cabeza.
Y yo comprendí que la mujer que acababa de salir del salón no había sido la única que conocía secretos capaces de destruir una familia.
Mi padre respiró profundamente.
—Ese hombre nos traicionó. Perdimos nuestro negocio, nuestros ahorros y casi nuestra casa. Tu madre nunca se recuperó del todo de aquella pérdida.
Sentí un nudo en la garganta.
—¿Y Victoria lo sabía?
—No lo sé.
—¿Derrick lo sabía?
Mi padre bajó la mirada.
—Eso es lo que me preocupa.
En ese momento, Michael recibió una notificación en su teléfono.
La leyó una vez.
Después volvió a leerla, con la boca entreabierta.
—No puede ser —murmuró.
—¿Qué ocurre? —pregunté.
Me mostró la pantalla.
Era un mensaje de Derrick.
«Mamá ya ha hablado con ella. Si pregunta por el documento, dile que no existe. No puede descubrir quién tiene los derechos sobre la propiedad».
Levanté la vista.
—¿Qué propiedad?
Mi padre no respondió.
Michael deslizó el dedo por la pantalla y abrió el archivo adjunto que acompañaba al mensaje.
Era una fotografía de un documento legal antiguo.
En la parte superior aparecía el nombre de mi madre.
Debajo, una firma.
Y al final de la página, una cláusula que nadie en aquella familia debería haber ocultado durante veinticinco años.
La casa donde yo había crecido no pertenecía legalmente a la persona que yo siempre había creído.
Y alguien acababa de descubrirlo.
Alguien que estaba dispuesto a destruir mi boda para conseguir lo que quería.
Continuará en el capítulo 4… 💔