Capítulo 4: La verdad finalmente salió a la luz aquella noche – News

Capítulo 4: La verdad finalmente salió a la luz aquella noche

Capítulo 4: La verdad finalmente salió a la luz aquella noche

Capítulo 4: La verdad finalmente salió a la luz aquella noche

Durante varios segundos, nadie dijo una palabra.

La imagen congelada de mi jefe seguía iluminando la pantalla de la computadora.

Su rostro.

Su automóvil.

Nuestra casa.

Seis meses atrás.

Maya fue la primera en reaccionar.

—Tenemos que llamar a la policía.

Daniel negó con la cabeza.

—Todavía no.

Ella lo miró sorprendida.

—¿Cómo que todavía no?

—Si alguien ha estado manipulando documentos y siguiendo a tu familia durante seis meses, necesitamos saber qué información tiene antes de hacer cualquier movimiento.

Me levanté de la silla.

—Ya sé suficiente.

Daniel me miró.

—No. Aún no.

—Ese hombre ha estado vigilando mi casa.

—Sí.

—Usó mi nombre para mover dinero.

—Probablemente.

—Y alguien intentó entrar en el apartamento de mi hermano.

Daniel asintió.

—Exactamente.

—Entonces dime qué más necesitamos saber.

Daniel señaló la memoria USB.

—Quién está trabajando con él.

La habitación quedó en silencio.

Maya bajó la mirada.

—Creo que ya sé quién.

Todos la miramos.

—¿Quién? —pregunté.

Ella respiró profundamente.

—Mi director financiero.

Fruncí el ceño.

—¿Estás segura?

—No completamente.

—Entonces, ¿por qué lo dices?

Maya caminó hasta la mesa y tomó una de las hojas.

—Porque hace cuatro meses descubrí una transferencia extraña. Pensé que era un error. Se lo mencioné a mi director financiero y, dos días después, el registro desapareció del sistema.

Daniel la observó con atención.

—¿Y no dijiste nada?

—No quería acusar a nadie sin pruebas.

—Entonces empezaste a investigar por tu cuenta.

Maya asintió.

—Sí.

La miré.

—¿Desde cuándo?

—Desde hace cuatro meses.

Sentí una mezcla de enojo y tristeza.

—Cuatro meses.

—Sí.

—Durante cuatro meses estuviste investigando todo esto mientras yo pensaba que simplemente estabas trabajando demasiado.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Quería protegerte.

—¿Protegérme mintiéndome?

Ella no respondió.

Yo tampoco sabía qué decir.

Porque una parte de mí seguía dolida.

Pero otra empezaba a comprender por qué había actuado así.

Entonces Daniel recibió una notificación en su computadora.

La miró.

Su expresión cambió.

—Tenemos un problema.

—¿Qué pasó? —preguntó Ethan.

Daniel giró la pantalla.

Había una alerta de seguridad.

Alguien estaba intentando acceder remotamente a la memoria USB.

—¿Cómo puede alguien saber que la conectamos? —pregunté.

—Porque probablemente estaba diseñada para avisarle a su propietario.

Daniel desconectó inmediatamente el dispositivo.

—Ya saben que la encontramos.

Maya se puso pálida.

—Tenemos que salir de aquí.

Entonces escuchamos un automóvil detenerse frente a nuestra casa.

Todos miramos hacia la ventana.

Las luces delanteras iluminaron las persianas.

Un segundo después, se apagaron.

Ethan se acercó a la ventana.

—Hay alguien afuera.

Daniel levantó una mano.

—No te acerques.

Las luces de la casa se apagaron de repente.

Todo quedó oscuro.

Maya agarró mi mano.

—No te separes de mí.

Esta vez no discutí.

Daniel sacó su teléfono y miró la pantalla.

—Alguien cortó la electricidad.

Mi corazón comenzó a latir con fuerza.

Entonces escuchamos tres golpes en la puerta principal.

Toc.

Toc.

Toc.

Nadie respiraba.

Luego una voz masculina llegó desde el exterior.

—Sé que están ahí.

Reconocí la voz.

Era mi jefe.

Maya apretó mi mano.

Ethan susurró:

—¿Cómo nos encontró?

Daniel respondió:

—La memoria USB.

Los golpes volvieron.

—No quiero hacerles daño —dijo mi jefe desde afuera—. Solo quiero recuperar lo que encontraron.

Miré a Maya.

Ella negó lentamente con la cabeza.

—No le abras.

—No pensaba hacerlo.

Entonces escuchamos un sonido metálico.

La puerta comenzó a moverse.

Daniel miró a Ethan.

—Aléjate de la entrada.

Todos retrocedimos.

Pero justo antes de que la cerradura cediera, escuchamos sirenas.

Mi jefe dejó de golpear.

Un automóvil arrancó violentamente frente a la casa.

Las luces rojas y azules iluminaron las paredes.

Daniel soltó el aire que había estado conteniendo.

—¿Llamaste a la policía? —pregunté.

Maya negó con la cabeza.

Ethan levantó su teléfono.

—Yo lo hice.

Pocos minutos después, dos agentes entraron en la casa.

Explicamos todo.

Las fotografías.

Los documentos.

La memoria USB.

El hotel.

Las amenazas.

Y finalmente, el video.

Uno de los agentes observó la grabación varias veces.

—Esto es suficiente para comenzar una investigación —dijo—, pero necesitamos saber quién está detrás de todo.

Daniel respondió:

—Creo que tenemos una idea.

Entonces Maya sacó su teléfono.

—Hay algo que todavía no les hemos mostrado.

Abrió la conversación con la mujer del hotel.

Había un último mensaje que había recibido después de salir de la habitación 614.

“Tu esposo no es el objetivo.”

Me quedé mirando la pantalla.

—¿Qué?

Maya continuó leyendo.

“El objetivo es alguien mucho más cercano a él.”

Sentí un nudo en el estómago.

—¿Quién?

Maya deslizó el dedo.

Había otra línea.

“Pregúntale a tu marido qué ocurrió el 14 de marzo.”

La miré.

—¿Qué pasó el 14 de marzo?

Maya me sostuvo la mirada.

—Eso es lo que quería preguntarte.

Mi mente comenzó a buscar en mis recuerdos.

14 de marzo.

No recordaba nada especial.

Hasta que Ethan habló.

—Yo sí.

Todos lo miramos.

Mi hermano parecía aterrorizado.

—Ese día fue cuando papá nos llamó por última vez.

El silencio que siguió fue absoluto.

Nuestro padre había fallecido hacía tres años.

Pero antes de morir, había trabajado durante mucho tiempo para una empresa de inversiones.

Y siempre había insistido en que jamás debíamos investigar ciertos asuntos relacionados con su antiguo trabajo.

Nunca entendí por qué.

Hasta esa noche.

Ethan sacó su teléfono.

—Papá me dejó un mensaje de voz el 14 de marzo.

—¿Hace tres años?

—Sí.

—¿Por qué nunca me lo enseñaste?

Ethan bajó la cabeza.

—Porque pensé que estaba confundido.

Abrió el archivo.

La voz de nuestro padre llenó la habitación.

Era débil.

Cansada.

Pero perfectamente reconocible.

“Si están escuchando esto, significa que alguien finalmente encontró los documentos.”

Maya se llevó una mano al pecho.

La grabación continuó.

“No confíen en la empresa. No confíen en los registros. Y, sobre todo, no confíen en el hombre que dice que está tratando de ayudarlos.”

La grabación terminó.

Nadie se movió.

Yo miré a Daniel.

Él permanecía completamente serio.

Entonces recordé algo.

La primera vez que había visto a Daniel había sido aquella misma noche.

La persona que mi esposa había llevado a nuestra casa.

El hombre que supuestamente estaba allí para ayudarnos.

Y mi padre acababa de decirnos que no confiáramos en el hombre que decía estar ayudándonos.

Miré a Daniel.

—¿Quién eres realmente?

Su expresión cambió.

Maya abrió los ojos.

—No…

Daniel permaneció en silencio durante unos segundos.

Luego dejó lentamente su teléfono sobre la mesa.

—Creo que ya es hora de que les diga la verdad.

Ethan se levantó.

—¿Qué verdad?

Daniel miró primero a Maya.

Después a mí.

—No trabajo para la empresa.

Hizo una pausa.

—Y tampoco trabajo en seguridad corporativa.

Mi esposa palideció.

—Daniel…

Él sacó una identificación de su bolsillo y la colocó sobre la mesa.

Era una identificación oficial.

—He estado investigando a tu jefe durante más de tres años.

Miré la tarjeta.

Después miré a Maya.

—¿Tú sabías esto?

Ella negó con lágrimas en los ojos.

—No.

Daniel respiró profundamente.

—Pero hay algo que ninguno de ustedes sabe.

Señaló la fotografía de mi padre.

—Tu padre no murió dejando una investigación inconclusa.

Hizo una pausa.

—Dejó pruebas.

Y esas pruebas estaban escondidas en un lugar que yo había visitado cientos de veces sin sospechar jamás que estaban allí.

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Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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