El Secreto del Anillo de Zafiro
El silencio en el salón de baile era tan denso que se podía escuchar el latido de los corazones.
Don Alejandro Garza dio dos pasos hacia el pequeño Mateo, con la mirada fija en el anillo de zafiro. Sus manos temblaban ligeramente mientras extendía la palma. El niño, aunque asustado por la opulencia del lugar, no soltaba la sortija.
—¿Dónde… dónde encontraste esto, muchacho? —preguntó Alejandro con la voz quebrada, incapaz de apartar los ojos del único recuerdo físico que le quedaba de su amada Catalina.
Antes de que Mateo pudiera responder, una voz fría y cortante atravesó la multitud.
—¡Es un mentiroso! —exclamó Victoria, avanzando a zancadas desde el rincón más oscuro del salón, con el rostro pálido y los ojos inyectados en pánico—. ¡Ese niño es solo un raterillo callejero que intenta extorsionarnos! ¡Seguro le robó esa baratija a algún coleccionista! ¡Guardaespaldas, sáquenlo de aquí ahora mismo!
Los guardias de seguridad se acercaron rápidamente, pero Alejandro levantó la mano con autoridad, deteniéndolos en seco. Nadie se atrevía a desobedecer al magnate.
Mateo retrocedió un paso, pero con la valentía inocente de los siete años, alzó el mentón y miró directamente a los ojos de Victoria.
—Mi mamá no era una ladrona —dijo el niño con firmeza, sacando del bolsillo del pantalón una pequeña fotografía gastada y arrugada—. Y ella me dijo que si algún día el mundo me cerraba las puertas, buscara al hombre con este mismo anillo… mi abuelo.
Alejandro arrebató la fotografía de las manos del niño. Al voltearla, sus ojos se llenaron de lágrimas instantáneamente. En el reverso, con la inconfundible caligrafía de su hija, decía: «Para mi padre, con todo mi amor. Catalina».
Y junto a ella, en la foto de estudio tomada hace años, aparecía Victoria sonriendo siniestramente al fondo, sosteniendo un documento que Alejandro jamás había visto.
El magnate giró lentamente la cabeza hacia su esposa. La máscara de perfección de Victoria se había desmoronado por completo; sus labios temblaban y las piernas le fallaban.
—Tú… —susurró Alejandro, con una rabia fría que hizo temblar a todos los presentes—. Tú me dijiste que ella había muerto en aquel accidente… ¡Tú me mentiste!
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