El polvo levantado por las llantas del auto del abogado tardó en asentarse, pero la pesadez en el aire de Piedras Blancas pareció anclarse en el pecho de Rosendo. Sentado en el banco de madera rústica bajo la sombra del tejado, el vaquero miraba sus manos callosas. Esas manos que sabían lazar novillos, reparar cercos y calmar a una res asustada, ahora le parecían inútiles, incapaces de retener lo que más amaba en el mundo.
Dolores lo observó desde el marco de la puerta. Conocía esa postura. Era la de un hombre al borde del precipicio, contemplando la caída. Apretó los labios, su mente trabajando a una velocidad vertiginosa. No iba a permitir que unos burócratas de ciudad, con sus trajes limpios y su desdén por la vida de campo, destruyeran el santuario que, casi sin darse cuenta, habían construido en ese rancho.
Esperó a que Luciana se quedara dormida en su cuna antes de salir al porche. El sol comenzaba a teñir el cielo de esos tonos cobrizos que presagiaban el final de la tarde. Caminó con paso firme, sintiendo el peso de la tierra bajo sus botas.
—Rosendo, necesito hablar con usted —dijo Dolores, deteniéndose a un par de metros de él. Su voz era tranquila, pero llevaba la urgencia de quien tiene una batalla que librar.
Rosendo levantó la cabeza lentamente. Sus ojos, normalmente llenos de una determinación serena, ahora reflejaban un cansancio profundo, casi antiguo.
—La escucho, doña Dolores. ¿Pasó algo más con el abogado? —preguntó, temiendo que hubiera dejado algún otro papel, alguna otra amenaza oculta.
—Duda que Luciana tenga un hogar permanente —respondió ella, yendo directo al grano, como era su costumbre—. Cree que un papel con mi nombre borra el hecho de que esta niña duerme segura todas las noches bajo este techo.
Rosendo dejó escapar un suspiro amargo, pasándose una mano por el cabello polvoriento.
—Y con la ley en la mano, tienen las de ganar. Van a decir que soy un muerto de hambre, un vagabundo. ¿Y usted cómo piensa demostrarle que sí tenemos un hogar?
Dolores no apartó la mirada. El viento cálido le alborotó un poco el cabello, pero ella permaneció inmóvil, como un roble plantado en medio de la tormenta.
—Hay una manera de hacer nuestro hogar permanente, Rosendo. Ante la ley, ante sus hermanos y ante cualquiera que quiera poner un pie en estas tierras para amenazarnos.
Rosendo frunció el ceño, genuinamente confundido. Se puso de pie, acortando la distancia entre ellos.
—¿Qué manera, doña Dolores? No tengo dinero para comprar tierras, ni para pagar un batallón de abogados.
Ella tomó aire. Las siguientes palabras cambiarían el rumbo de sus vidas para siempre, pero no sentía miedo. Sentía una certeza que hacía mucho no experimentaba.
—Quiero que se case conmigo, Rosendo.
El silencio que siguió a esa frase fue absoluto, roto únicamente por el canto lejano de una cigarra. Rosendo la miró, buscando algún rastro de burla o de lástima en su rostro, pero solo encontró una convicción inquebrantable. Parpadeó, procesando el impacto de la propuesta.
—¿Usted quiere que nos casemos? —repitió, su voz apenas un susurro áspero—. Doña Dolores, yo no tengo tierras ni dinero que ofrecerle. Ni siquiera soy un hombre fácil. Tengo mis fantasmas, mis días oscuros…
—Yo tampoco lo soy —lo interrumpió ella, su tono suavizándose ligeramente—. No le exijo sentir lo que no siente, Rosendo. No espero que olvide a Esperanza, como yo no he olvidado a Genaro.
Rosendo bajó la mirada, abrumado por la magnitud del sacrificio que ella estaba dispuesta a hacer.
—Lo hace solo por defender a mi hija. Se está echando una carga que no le corresponde.
Dolores dio un paso al frente, acortando el último espacio que los separaba, y lo miró con una honestidad que lo desarmó por completo.
—También estoy cansada de vivir sola, Rosendo —confesó, y en esa vulnerabilidad, el vaquero vio a la mujer detrás de la armadura de patrona—. Tiene esas manos que saben trabajar la tierra, y sabe escucharme. Antes, el silencio de esta casa me ensordecía. ¿Y qué siente usted de verdad desde que llegaron?
Rosendo pensó en las noches cálidas cenando juntos, en el olor a café por las mañanas, en cómo el llanto de Luciana se calmaba apenas sentía los brazos de Dolores. Pensó en la forma en que el rancho había vuelto a la vida, y en cómo su propio corazón había dejado de sentirse como un pedazo de carbón apagado.
—Ya no me siento solo —admitió él, su voz cobrando fuerza, encontrando la verdad en sus propias palabras—. Siento que aquí, mis pies tocan suelo firme.
—Si usted está seguro, yo también quiero intentarlo —dijo Dolores, extendiendo una mano hacia él. No era la mano de una patrona ofreciendo un trato, sino la de una compañera ofreciendo un refugio.
Rosendo miró esa mano curtida por el trabajo y el dolor. No era una obligación, ni un contrato frío. Era una puerta abierta hacia la paz. La tomó con firmeza, entrelazando sus dedos con los de ella.
—Lo estoy —afirmó Rosendo, y por primera vez desde que recibió la carta del abogado, sonrió—. Pero decidiremos juntos, sin apuro. No quiero que esto sea una obligación para usted por lástima.
—No lo es —le aseguró Dolores, apretando su mano—. La decisión también nace de mí. Jamás reemplazaremos a Genaro ni a Esperanza.
—No —coincidió él, sintiendo que el peso de la culpa por seguir adelante se evaporaba con esa promesa—. Pero podemos cuidar lo que sigue vivo. Quiero que Luciana crezca sintiéndose querida.
—Y usted también, Rosendo… —murmuró Dolores, mirándolo a los ojos con una dulzura profunda—. Usted también merece sentirse en casa.