PART 4 La humillaron por pobre, pero él nunca la olvidó
La noche cayó sobre el pueblo, pero la hacienda “El Cardonal” brillaba con la intensidad de un sol de medianoche. Para acelerar sus oscuros planes y asegurar que ninguna sombra del pasado amenazara el futuro que había diseñado, Doña Carmen organizó una fiesta magna. No era una simple celebración; era una demostración de poder, una exhibición obscena de riqueza diseñada con un solo y cruel propósito: pisotear la dignidad de Rosalía hasta reducirla a cenizas. Todo el pueblo, desde los terratenientes vecinos hasta los comerciantes que antes saludaban a Rosalía con respeto, había sido invitado. Y allí, en medio del lujo, los candelabros de cristal y la música estridente de los mariachis, estaba Rosalía, embutida en un delantal de sirvienta que le quedaba grande, sosteniendo bandejas pesadas cargadas de copas de champán y bocadillos finos.
“Para que todos sepan cuál es tu lugar en este mundo, muchacha”, le había siseado Doña Carmen al oído antes de que comenzara el evento, clavando sus uñas afiladas en el brazo de la joven. “Tú naciste para servir, y mi hijo nació para mandar. Que te quede muy claro hoy”.
Rosalía caminaba entre las mesas con la mirada baja, sintiendo el peso de los murmullos a sus espaldas. Cada paso era una tortura, cada mirada de lástima o de burla de sus antiguos vecinos era una daga en su orgullo. Pero ella, sacando fuerzas de flaqueza, mantuvo la frente en alto. Su madre le había enseñado que la pobreza no era sinónimo de indignidad, y no le iba a dar a esa familia el gusto de verla derrotada.
Sin embargo, Brenda estaba decidida a hacerle la noche imposible. La prometida de la ciudad, enfundada en un vestido de seda escarlata que dejaba poco a la imaginación, buscaba cualquier excusa para humillarla. Cuando Rosalía se acercó a su mesa para retirar unos platos, Brenda levantó la voz lo suficiente para que todos los invitados cercanos, incluido Esteban, la escucharan.
—¡Muchacha, ten cuidado! —exclamó Brenda con un tono cargado de veneno, fingiendo asco—. Casi manchas mi vestido. Y por favor, límpiate bien esas manos antes de volver a tocar mi copa. No quiero que me pegues alguna enfermedad del pueblo. Mis manos están limpias, señorita, más que las de otras personas que esconden su suciedad bajo ropa cara, pensó Rosalía, pero se mordió la lengua, bajó la cabeza y continuó su trabajo bajo la mirada atónita y silenciosa de Esteban, quien apretaba los puños bajo la mesa, incapaz de intervenir por el orgullo y el rencor que lo cegaban.
El reloj avanzaba y la tensión en el ambiente era insoportable. En el clímax de la noche, cuando el champán fluía y las risas llenaban los amplios corredores de la hacienda, Doña Carmen se puso de pie y golpeó suavemente su copa con un cubierto de plata. El tintineo agudo cortó la música del mariachi y exigió el silencio absoluto de los presentes. Rosalía, que estaba cerca de la gran escalera sosteniendo una bandeja, sintió un nudo en el estómago. Sabía que lo que venía iba a destrozarla.
—Queridos amigos, vecinos todos —comenzó Doña Carmen, proyectando su voz con la teatralidad de una reina—. Hoy los he reunido en esta, su casa, El Cardonal, no solo para celebrar el regreso de mi adorado hijo Esteban, sino para compartir con ustedes una noticia que me llena el corazón de orgullo y de alegría.
Doña Carmen hizo una pausa dramática, buscando con la mirada a Rosalía para asegurarse de que estaba escuchando. Al encontrarla, esbozó una sonrisa cargada de maldad pura.
—Dado que el amor verdadero no sabe esperar, y que las bendiciones deben multiplicarse pronto… ¡les anuncio que en un mes, mi hijo Esteban y la hermosa Brenda se unen en sagrado matrimonio!
Los aplausos estallaron como truenos. La multitud vitoreó, las copas se alzaron al aire. Brenda, radiante de un triunfo perverso, levantó su mano izquierda para que las luces de los candelabros arrancaran destellos del enorme y obsceno anillo de diamantes que llevaba en el dedo anular. “¡Salud por los novios!”, gritaban los invitados.
Para Rosalía, el sonido de los aplausos se transformó en un zumbido ensordecedor. El aire abandonó sus pulmones. La visión se le nubló. La bandeja que sostenía tembló peligrosamente en sus manos hasta que, incapaz de soportar un segundo más de aquella tortura pública, la dejó caer sobre una mesa cercana con un ruido sordo. Sin mirar a nadie, dio media vuelta y salió corriendo de la fiesta, atravesando los grandes ventanales de cristal hacia la inmensidad de los jardines de la hacienda, con las lágrimas desbordándose finalmente por sus mejillas.
Corrió hasta llegar al viejo patio trasero, lejos de la música y las luces, refugiándose bajo la sombra de un enorme sauce llorón. Allí, apoyada contra el tronco rugoso, se dejó caer, sollozando con una desesperación profunda, sintiendo que le arrancaban el alma a pedazos.
—¡Rosalía, espera! —La voz áspera y agitada de Esteban cortó el silencio de la noche.
Ella se sobresaltó y se limpió las lágrimas con el dorso de la mano, intentando recomponerse. Él había salido tras ella, ignorando los llamados de Brenda y de su madre. La luz plateada de la luna iluminaba a medias el rostro de Esteban, revelando la angustia y la furia que libraban una batalla campal en su interior.
—¿A dónde vas así? ¿Huyendo como siempre? —le recriminó él, acortando la distancia entre ambos, con la respiración entrecortada. —Lejos de tu fiesta, lejos de tus humillaciones y lejos de tu prometida —respondió Rosalía, con la voz rota pero firme—. Brenda no debió hablarme así, y lo sabes. —Nadie te obligó a venir a trabajar a esta casa, Rosalía. Tú solita te metiste en esto. —¡Me obligó la necesidad, Esteban! ¡El hambre de mi madre, no el corazón! —gritó ella, enfrentándolo—. Pero tú te quedaste ahí, callado como una piedra, permitiendo que me pisotearan. Ya no queda nada del hombre del que me enamoré.
Esteban soltó una risa amarga y seca que no tenía nada de gracia. —¿Del hombre del que te enamoraste? No seas cínica, Rosalía. Tú elegiste a otro. Tú fuiste la primera en olvidar. —¡Otra vez con esa maldita mentira del matrimonio! —exclamó ella, agarrándose la cabeza con desesperación—. ¡Yo te esperé seis años, Esteban! ¡Seis malditos años secándome al sol en esa plaza, escribiéndote setenta y dos cartas que nunca me contestaste! —¡Y yo también te esperé! —rugió Esteban, perdiendo el control y agarrándola por los hombros, sacudiéndola levemente—. ¡Yo te esperé, aunque no lo creas, hasta que me enviaste tu maldita carta!
Rosalía se quedó paralizada, el corazón latiéndole desbocado. —¿Cuál carta? Yo nunca recibí nada tuyo, y tú dices que yo te envié… ¿qué?
Esteban la soltó bruscamente, como si quemara. Metió la mano temblorosa en el bolsillo interior de su saco fino y sacó un trozo de papel. Estaba amarillento, gastado por el tiempo, doblado y desdoblado mil veces por unas manos que habían buscado respuestas en la desesperación. Era la prueba de su dolor, el veneno que había alimentado su odio durante tanto tiempo.
—Seis años cargando esto conmigo. Seis años leyendo tus mentiras —Esteban desdobló el papel con rabia y se lo plantó frente al rostro, a escasos centímetros de sus ojos—. Léela. Léela y dime en mi cara que no es tuya.
Bajo la pálida luz de la luna, Rosalía tomó el papel con manos temblorosas. Sus ojos recorrieron las líneas escritas con tinta azul. La respiración se le cortó.
Esteban, me caso con otro. No me busques más. Olvídame. Y abajo, el nombre: Rosalía Mena.
El horror se apoderó de cada célula de su cuerpo. El papel se sentía pesado, como si estuviera hecho de plomo. Levantó la vista hacia Esteban, con los ojos muy abiertos, llenos de un terror absoluto al comprender la magnitud de la trampa en la que ambos habían caído.
—Esteban… esta no es mi letra —susurró, con la voz ahogada por la incredulidad—. Yo escribo redondito. Estas letras son picudas, rápidas. Esto lo escribió otra mano. —¡No me mientas! —estalló él, negándose a soltar su escudo de rencor—. ¡Es tu nombre, Rosalía! Está ahí abajo, claro como el agua.
—¡Cualquiera puede escribir un nombre, Esteban! —gritó ella, aferrando el papel con fuerza, sintiendo que la verdad por fin salía a la luz, abriéndose paso a empujones a través de seis años de oscuridad—. ¡Pero yo nunca firmo sin mi flor!
Esteban frunció el ceño, confundido. —¿Cuál flor? ¿De qué me hablas ahora para intentar salvarte? —¡La florecita que dibujaba debajo de mi nombre! —le explicó Rosalía, desesperada, acercándose a él hasta que sus pechos casi se rozaron—. El día que te fuiste, tú me pediste que nunca la olvidara. La flor de la feria, Esteban. El maldito símbolo de nuestro listón azul. En cada una de las setenta y dos cartas que te escribí, dibujé esa pequeña flor debajo de mi nombre. ¡Si no está ahí, esta carta no es mía!
El mundo de Esteban pareció detenerse de golpe. El sonido de los grillos, la música lejana de la fiesta, el viento en las hojas del sauce… todo desapareció. Arrebató el papel de las manos de Rosalía y lo acercó a la luz de una farola cercana. Sus ojos recorrieron el trazo del nombre Rosalía Mena una, dos, tres veces. Buscó en los márgenes, debajo de la firma, en el reverso.
No había ninguna flor.
El papel empezó a temblar en sus manos. Seis años de su vida, seis años de dolor, de soledad en el extranjero, de lágrimas derramadas en silencio, de un odio amargo que lo había empujado a comprometerse con una mujer que no amaba. Todo basado en un pedazo de papel falso.
—No hay ninguna flor… —susurró Esteban, sintiendo que el suelo se abría bajo sus pies. El aire se volvió pesado, irrespirable. Levantó la mirada, encontrándose con los ojos llorosos de Rosalía. Ella no le había mentido. Ella lo había esperado. Alguien le había robado la vida, le había robado a la mujer que amaba.
—Si tú no escribiste esto, Rosalía… —La voz de Esteban era un hilo roto, lleno de pánico y dolor—. ¿Quién? ¿Quién me hizo esto?
Rosalía lo miró con una mezcla de piedad y furia justiciera. La respuesta era un monstruo que habitaba dentro de aquella misma casa, festejando su aparente victoria.
—Pregúntate quién era la única persona interesada en separarnos, Esteban —sentenció Rosalía, con una frialdad que congeló la sangre del joven—. Pregúntale a quién recibía mis cartas. Pregúntale a tu madre.