Capítulo 2 — El detalle de la mochila rosa
Capítulo 2 — El detalle de la mochila rosa
—No abras la puerta —susurró Avery.
Ethan no se movió.
Miró a la niña.
—¿Por qué?
Avery señaló la mochila rosa que Nolan sostenía contra el pecho.
—Porque esa no es la mochila de Elsie.
Ethan volvió a mirar al hombre al otro lado del cristal.
Nolan levantó la mano y señaló hacia las niñas.
—Avery, cariño, ven aquí. Tu hermana necesita su medicina.
Elsie comenzó a temblar.
—No —susurró.
Ethan se inclinó junto a ella.
—¿Qué pasa?
La niña señaló la mochila.
—Ahí está.
—¿Qué hay dentro?
Elsie cerró los ojos.
—Lo que papá quería que tragáramos.
Ethan sintió que la situación acababa de cambiar.
Hizo una señal al ayudante que estaba en la sala trasera.
—Que nadie entre. Quiero una ambulancia y un supervisor aquí ahora.
Luego se acercó a la puerta.
—Doctor Pierce, necesito que coloque la mochila en el suelo y dé un paso atrás.
Nolan frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Es un procedimiento.
—Soy médico.
—Precisamente por eso debería conocer el procedimiento.
El hombre miró a las niñas.
Después dejó lentamente la mochila en el suelo.
Pero no retrocedió.
—Mis hijas tienen una condición médica —dijo—. Elsie ha tenido episodios de ansiedad y Avery suele imitarla. Debieron asustarse durante la tormenta.
Avery negó con la cabeza.
Ethan la observó.
No parecía una niña asustada por una tormenta.
Parecía una niña intentando decidir cuánto podía decir sin poner en peligro a su hermana.
—Doctor Pierce —dijo Ethan—, ¿por qué llamó al condado para decir que sus hijas se habían perdido?
—Porque no sabía dónde estaban.
—¿Cuándo las vio por última vez?
—A las cuatro.
Ethan miró el reloj.
5:26 p. m.
—¿Y cuándo llamó?
—Hace unos veinte minutos.
—Entonces supo que habían desaparecido alrededor de las cinco.
—Sí.
—¿Y por qué dijo que se habían desorientado después de negarse a tomar su medicación?
Nolan se quedó callado.
Sólo un segundo.
Pero Ethan lo vio.
—Porque conozco a mis hijas —respondió finalmente.
—¿Qué medicamento?
—Un sedante recetado.
Avery levantó la cabeza.
—No es verdad.
Nolan la miró.
La expresión de su rostro cambió durante una fracción de segundo.
Fue suficiente.
Ethan se interpuso entre él y las niñas.
—Señor, manténgase alejado de la puerta.
—Soy su padre.
—Y ellas están bajo protección mientras investigamos una posible emergencia médica.
—Está cometiendo un error.
—Entonces será muy fácil aclararlo.
Ethan señaló la mochila.
—Dígame qué hay dentro.
Nolan respondió inmediatamente.
—Ropa.
Ethan miró la mochila.
Era pequeña.
Demasiado pequeña para contener la ropa que llevarían dos niñas.
—¿Ropa para quién?
—Para Elsie.
Avery volvió a susurrar:
—Es mentira.
Ethan no apartó los ojos de Nolan.
—Abra la mochila.
El hombre negó con la cabeza.
—No puedo permitir que manipule las pertenencias médicas de mis hijas.
—Entonces no la abra usted. La examinaremos nosotros.
Nolan dio un paso atrás.
Por primera vez parecía nervioso.
La puerta de la ambulancia se escuchó a lo lejos.
Los paramédicos entraron rápidamente.
Ethan les indicó que atendieran primero a Elsie.
La niña apenas podía mantener los ojos abiertos.
Uno de los paramédicos se arrodilló.
—¿Nombre?
—Elsie Bennett.
—¿Edad?
—Siete.
—¿Qué tomó?
Elsie miró a su hermana.
Avery respondió:
—No sabemos.
El paramédico revisó sus pupilas.
—Está somnolienta.
—¿Es grave? —preguntó Ethan.
—Todavía no lo sé.
Nolan golpeó suavemente el cristal.
—Necesita su medicación habitual.
El paramédico se volvió.
—¿Qué medicamento toma?
Nolan dijo el nombre.
El paramédico frunció el ceño.
—¿Dosis?
Nolan respondió.
Ethan lo anotó.
Después preguntó:
—¿Por qué una niña de siete años necesita ese medicamento?
—Trastorno del sueño.
El paramédico miró a Elsie.
—¿Desde cuándo?
—Desde hace meses.
Avery volvió a negar con la cabeza.
—Eso tampoco es verdad.
Nolan la miró fijamente.
—Avery.
La niña se encogió.
Ethan se agachó frente a ella.
—No tienes que hablar con él. Mírame a mí.
Avery asintió.
Entonces sacó algo de su bolsillo.
Un pequeño papel doblado.
Se lo entregó.
Ethan lo abrió.
Era una hoja arrancada de un cuaderno.
Había un dibujo infantil.
Dos niñas estaban debajo de una mesa.
Un hombre estaba de pie frente a ellas.
En su mano sostenía una jeringa.
Encima del hombre, Avery había escrito:
PAPÁ.
Debajo había una frase:
“NO ES LA PRIMERA VEZ.”
Ethan sintió un escalofrío.
Levantó la mirada hacia Nolan.
El médico seguía al otro lado del cristal.
Pero ahora ya no parecía un padre preocupado.
Parecía un hombre que acababa de darse cuenta de que una niña de siete años había conservado una prueba que él había olvidado.
—Quiero hablar con mi hija —dijo Nolan.
—No.
—Es mi derecho.
—Ahora mismo no.
—Usted no entiende.
—Creo que estoy empezando a entender.
Nolan se acercó al cristal.
—Agente, si no abre esa puerta, cometerá un error que puede costarle la vida a mi hija.
Ethan señaló a Elsie.
—Ella ya está recibiendo atención médica.
—No sabe lo que necesita.
—Y usted sí.
Nolan guardó silencio.
Ethan observó sus manos.
No estaban temblando.
Un padre que acababa de encontrar a sus hijas después de una supuesta desaparición debería estar alterado.
Nolan no.
Estaba calculando.
Entonces llegó otro ayudante.
—Cole.
Ethan se acercó.
—¿Qué ocurre?
—Encontramos el vehículo de las niñas.
—¿Dónde?
—A dos calles de aquí.
—¿Abandonado?
—Sí.
—¿Hay algo dentro?
El ayudante asintió.
—La mochila escolar de Avery.
Ethan miró hacia el suelo.
La mochila rosa seguía junto a Nolan.
Entonces entendió.
Había dos mochilas.
Una estaba con el padre.
La otra estaba en el vehículo.
—¿Y las huellas?
—Hay dos juegos de huellas infantiles.
—¿Y de adultos?
El ayudante bajó la voz.
—Una.
Ethan miró a Nolan.
—¿Quién condujo el coche?
—Yo —respondió Nolan.
—Entonces explíqueme por qué sus huellas aparecen dentro del vehículo y por qué sus hijas dicen que usted las llevó a casa antes de que escaparan.
Nolan no respondió.
El silencio se hizo pesado.
Avery comenzó a llorar.
Ethan volvió junto a ella.
—¿Qué más hay en esa mochila?
La niña miró la mochila rosa.
—Un teléfono.
—¿De quién?
—De mamá.
Ethan se quedó inmóvil.
—¿Tu madre sabe lo que está pasando?
Avery asintió.
—Mamá nos dijo que si alguna vez papá intentaba llevarnos a un lugar donde no pudiéramos pedir ayuda, teníamos que venir aquí.
Nolan golpeó la puerta.
—¡Eso es absurdo!
Ethan levantó una mano.
—Retroceda.
—Mi exesposa está manipulando a las niñas.
—¿Dónde está ella?
Nolan abrió la boca.
No respondió.
Ethan repitió:
—¿Dónde está la madre de las niñas?
Finalmente, Nolan dijo:
—No lo sé.
El ayudante que estaba junto a Ethan recibió una llamada.
Escuchó durante unos segundos.
Su rostro cambió.
—Cole…
—¿Qué?
—Encontraron a una mujer.
—¿Dónde?
—En el coche de Nolan.
Ethan se quedó quieto.
—¿Está viva?
—Sí.
—¿Quién es?
El ayudante miró a Nolan.
—Laura Bennett.
Las gemelas dejaron de llorar.
Avery levantó la cabeza.
—Mamá…
Ethan miró a Nolan.
El médico había perdido completamente el color del rostro.
Y entonces Elsie, que apenas podía mantener los ojos abiertos, agarró la manga de Ethan.
—Ella sabe quién nos hizo esto.
—¿Tu mamá?
Elsie negó lentamente con la cabeza.
—No.
Miró hacia Nolan.
—Mamá sabe quién está ayudando a papá.
En ese momento, las luces de la comisaría parpadearon.
Una vez.
Dos veces.
Después se apagaron.
Todo quedó oscuro.
Y desde el otro lado de la puerta cerrada se escuchó la voz de Nolan.
Pero ya no sonaba como la de un padre preocupado.
Sonaba fría.
—Deberías haber abierto la puerta, Cole.