CAPÍTULO 3: LA FIRMA QUE REVELÓ EL SECRETO DE KAREN
CAPÍTULO 3: LA FIRMA QUE REVELÓ EL SECRETO DE KAREN
—¿Está diciendo que mi hija falsificó una autorización? —preguntó mi padre, mirando al agente Daniels.
El policía no respondió inmediatamente. Abrió una carpeta que llevaba bajo el brazo y sacó una copia de la documentación que había recibido del hospital.
—Todavía estamos verificando todos los detalles, señor Walls. Pero la receta que aparece vinculada al frasco naranja fue solicitada utilizando los datos de su hija menor. La autorización, sin embargo, contiene una firma que no coincide con la de ella.
Papá miró a Karen.
—Dime que no es verdad.
Mi hermana se abrazó a sí misma.
—No es lo que parece.
—Entonces explícame qué es.
Karen miró al agente y después a nuestro padre. Durante unos segundos pareció buscar una salida, una explicación que pudiera salvarla.
—Yo solo quería asustarla un poco.
Papá frunció el ceño.
—¿Asustarla?
—No sabía que ibas a echarla con esa tormenta. Pensé que le gritarías, que la castigarías y que después todo volvería a la normalidad.
—¡Pero me dijiste que tenía drogas en su habitación!
—¡Porque necesitaba que me creyeras!
Mi padre retrocedió como si acabara de recibir un golpe.
—¿Por qué? ¿Por qué querías que creyera eso?
Karen se limpió las mejillas.
—Porque estaba harta de ella. Siempre consigue lo que quiere. Tú la proteges, la escuchas y le das oportunidades. Yo también soy tu hija, papá.
—¿Y por eso decidiste ponerla en peligro?
—No pensé que fuera a pasar esto.
El agente Daniels intervino.
—Señorita, tendrá que explicar exactamente cómo obtuvo el medicamento y quién participó en la solicitud. Por ahora, le recomiendo que no intente justificar ni ocultar nada.
Karen bajó la mirada.
Papá se sentó lentamente en una de las sillas del pasillo.
—La dejé salir con una sudadera —murmuró—. Le pidió su abrigo. Me lo pidió varias veces y yo…
No pudo terminar.
El agente Daniels no suavizó sus palabras.
—Su hija tiene diecisiete años. No llevaba teléfono, dinero ni ropa adecuada para aquella temperatura. Además, usted sabía que estaba lloviendo intensamente.
Papá se cubrió la cara.
—Pensé que volvería.
—Eso no cambia lo que ocurrió.
Unos minutos después, el agente pidió hablar con Karen en una habitación separada.
Mi padre quiso acompañarla, pero Daniels se negó.
—Necesitamos escuchar su versión sin que nadie la influya.
—Soy su padre.
—Precisamente por eso es importante que la entrevista se realice de forma independiente.
Karen desapareció detrás de una puerta.
Papá permaneció sentado, mirando sus manos.
Yo seguía en cuidados intensivos. Los médicos habían conseguido estabilizarme, pero todavía no sabían cuánto tiempo necesitaría para recuperarme.
Mi padre preguntó varias veces si podía verme.
La respuesta siempre era la misma: todavía no.
Entonces sacó su teléfono y comenzó a revisar los mensajes que me había enviado aquella tarde.
No había ninguno.
Yo tampoco le había escrito.
En realidad, mi teléfono seguía sobre la mesita de mi habitación, junto a la chaqueta que me había negado a recoger.
Papá recordó mi última frase:
—Hay una tormenta ahí fuera. ¡Hace un frío glacial!
Y su propia respuesta:
—¡Lárgate!
Se inclinó hacia delante y empezó a llorar en silencio.
La entrevista de Karen duró casi una hora.
Cuando el agente Daniels regresó, llevaba una expresión todavía más seria.
—Señor Walls, necesitamos hacerle algunas preguntas sobre los medicamentos y sobre la información médica de su hija.
—Pregunte lo que necesite.
—¿Su hija ha recibido alguna vez una receta para ese medicamento?
—No que yo sepa.
—¿Ha firmado usted algún documento autorizando una evaluación médica o una prescripción a su nombre?
Papá negó con la cabeza.
—Nunca.
—¿Quién tiene acceso a los documentos personales de sus hijas? ¿Tarjetas de seguro, números de identificación, información escolar?
—Los guardamos en un archivador de casa. Karen suele ayudarme a organizar los papeles.
El agente anotó algo.
—¿Su hija menor sabía que alguien había utilizado sus datos?
Papá recordó la conversación de dos días antes.
Yo había entrado en la cocina mientras él revisaba unos documentos.
—Papá, ¿por qué hay una receta con mi nombre?
Él apenas había levantado la mirada.
—Será un error del seguro. No te preocupes.
—Pero yo nunca he ido al médico para eso.
—Ya lo revisaré. Ahora tengo cosas que hacer.
Había olvidado aquella conversación.
O, peor aún, había decidido no darle importancia.
—Sí —respondió finalmente—. Ella me preguntó por una receta hace dos días.
El agente levantó la mirada.
—¿Y qué le dijo?
Papá cerró los ojos.
—Le dije que no se preocupara.
—¿Y revisó el documento?
—No.
El policía guardó silencio unos segundos.
—Señor Walls, necesitamos saber si alguien más tenía motivos para utilizar la información de su hija.
Papá miró hacia la puerta por la que Karen había desaparecido.
—Creo que ya sabe la respuesta.
Cuando finalmente permitieron que mi padre entrara a verme, yo seguía conectada a varios monitores.
Tenía una manta térmica sobre el cuerpo y una vía en el brazo. Mi rostro estaba pálido y mis labios todavía conservaban el aspecto de alguien que había pasado demasiado tiempo bajo el frío.
Papá se quedó en la entrada.
No se atrevió a acercarse.
—¿Puedo hablarle? —preguntó a la enfermera.
—Puede hacerlo, pero no sabemos si podrá escucharlo.
Él caminó despacio hasta mi cama.
Durante unos segundos, no dijo nada.
Después tomó mi mano.
—Cariño…
Su voz se quebró.
—Soy papá.
Mis dedos no se movieron.
Él se inclinó y comenzó a llorar.
—Lo siento. Lo siento muchísimo.
Miró mi rostro.
—Debí escucharte. Debí revisar ese frasco. Debí dejarte coger tu abrigo. No tenía derecho a echarte así.
Una lágrima cayó sobre la sábana.
—Te pedí que me escucharas y no lo hice. Me dijiste que tenías miedo y pensé que estabas inventando excusas.
La enfermera le ofreció un pañuelo.
Papá lo aceptó, pero no soltó mi mano.
—Por favor, despierta. Puedes gritarme, puedes odiarme, puedes no volver a hablarme durante meses… Pero despierta.
No hubo respuesta.
El monitor continuó marcando un ritmo constante.
Antes de salir, papá se inclinó una última vez.
—No volveré a permitir que nadie te haga daño. Ni siquiera yo.
Mientras mi padre estaba conmigo, Karen recibió una llamada.
El agente Daniels le pidió que dejara el teléfono sobre la mesa.
—¿Quién la está llamando? —preguntó.
—Una amiga.
—¿Cómo se llama?
—No importa.
—Entonces no debería tener problema en contestar delante de nosotros.
Karen apretó el teléfono contra el pecho.
—No pueden quitarme mi privacidad.
—No estamos hablando de su privacidad, señorita. Estamos investigando un posible uso indebido de la identidad de otra persona.
La llamada terminó.
Pero casi inmediatamente llegó un mensaje.
El agente pudo ver la notificación en la pantalla antes de que Karen guardara el teléfono.
El mensaje decía:
«¿Ya encontraron el frasco? Dime que tu padre sigue creyéndote. No podemos permitir que ella hable de la receta».
Daniels pidió que no borrara nada y que conservara el dispositivo para las diligencias correspondientes.
Karen se puso blanca.
—No sabe lo que significa ese mensaje.
—Entonces puede explicarlo.
—No.
—¿Quién lo envió?
Ella empezó a llorar.
—No puedo decirlo.
—¿Por qué?
Karen miró hacia el pasillo, en dirección a la habitación donde yo estaba.
—Porque no fui la única que hizo esto.
El agente Daniels se quedó inmóvil.
—¿Quién más participó?
Karen se mordió el labio.
—Alguien que tenía acceso a los documentos de mi hermana. Alguien que me dijo que, si mi padre encontraba el frasco, me creería a mí.
—¿Quién?
Karen cerró los ojos.
—Mi padre no sabe nada de esa persona.
Cuando el agente Daniels informó a mi padre, él acababa de salir de mi habitación.
—Señor Walls, necesitamos hablar.
—¿Qué ha pasado ahora?
—Su hija mayor ha reconocido que no actuó sola.
Papá se quedó helado.
—¿Qué quiere decir?
—Recibió instrucciones de otra persona. Además, tenemos un mensaje que indica que alguien quería impedir que su hija menor hablara sobre la receta.
Papá se apoyó contra la pared.
—¿Quién?
—Todavía no tenemos una declaración completa. Pero Karen afirma que esa persona tenía acceso a los documentos familiares.
Mi padre empezó a repasar mentalmente quién había entrado en casa durante las últimas semanas.
Entonces recordó algo.
Una semana antes, había encontrado a Karen revisando el archivador del despacho. Cuando le preguntó qué buscaba, ella respondió que necesitaba una copia de la tarjeta del seguro médico.
Él no había sospechado nada.
—¿Cree que esto fue planeado? —preguntó.
—Estamos investigando esa posibilidad.
Papá miró hacia la puerta de cuidados intensivos.
—Mi hija estuvo caminando bajo esa tormenta durante tres horas porque yo creí una mentira.
El agente Daniels no respondió.
—Y ahora me dice que alguien más estaba detrás de todo esto.
En ese momento, el teléfono de mi padre vibró.
Era un mensaje de un número desconocido.
Solo contenía una fotografía.
En ella aparecía el frasco naranja sobre una mesa, junto a varios documentos médicos.
Debajo había una frase:
«Si quieres saber quién empezó todo, pregúntale a Karen qué hizo con la primera receta».
Papá amplió la fotografía.
En uno de los documentos se veía claramente mi nombre.
Pero también aparecía una segunda firma.
Una firma que él reconoció inmediatamente.
La de su propia esposa.
Mi madre.
El rostro de papá perdió el color.
Porque mi madre llevaba casi seis meses viviendo fuera de casa, y él siempre había asegurado que no tenía ningún contacto con Karen.
El agente Daniels miró la pantalla.
—Señor Walls, ¿reconoce esa firma?
Papá tragó saliva.
—Sí.
—¿De quién es?
Mi padre levantó lentamente la mirada.
—De mi esposa.
Y justo entonces, desde la habitación de cuidados intensivos, una enfermera salió apresuradamente.
—¡Señor Walls! ¡Su hija está despertando!
Papá corrió hacia la puerta.
Pero antes de entrar, escuchó una última advertencia del agente Daniels:
—Cuando despierte, tendremos que preguntarle qué vio y qué escuchó antes de salir de casa. Puede que sea la única persona capaz de explicar por qué su madre aparece en esos documentos.
Papá miró hacia mi habitación.
Por primera vez comprendió que aquella noche no había sido simplemente una discusión entre dos hermanas.
Alguien había preparado una trampa.
Y yo había estado a punto de morir por ella.