Capítulo 4: El precio de diez años de sacrificio
Capítulo 4: El precio de diez años de sacrificio
Me quedé mirando a Elizabeth, incapaz de pronunciar una palabra.
—¿Qué quiere decir con que Mark intentó vender algo que me pertenece?
La abogada abrió su maletín y sacó una carpeta gruesa.
—Hace aproximadamente ocho años, usted recibió una herencia de su padre. Según los documentos originales, ese dinero debía permanecer bajo su titularidad. Sin embargo, su esposo abrió una cuenta conjunta utilizando parte de esos fondos y posteriormente realizó varias transferencias sin su autorización.
Sentí que el corazón me golpeaba el pecho.
Mi padre había fallecido poco después del accidente de Mark. Me había dejado una cantidad de dinero que yo pensaba utilizar para asegurar el futuro de Sophie.
Pero nunca imaginé que Mark hubiera tocado aquel dinero.
—¿Cuánto? —pregunté.
Elizabeth consultó los documentos.
—Ciento ochenta mil dólares, aproximadamente. Una parte fue utilizada para gastos personales y otra terminó en una cuenta vinculada a Jessica.
Miré a Mark.
—¿También utilizaste la herencia de mi padre?
Él apretó los labios.
—Sarah, ese dinero estaba en nuestra familia. Yo también tenía derecho a disfrutarlo.
—¿Disfrutarlo? ¡Yo trabajaba hasta quedarme dormida de pie para pagar tus tratamientos!
Mark levantó la voz.
—¡Ya basta! ¡No tienes idea de lo que significa pasar diez años dependiendo de una silla de ruedas!
Elizabeth intervino inmediatamente.
—Señor Mark, nadie está cuestionando las dificultades que usted atravesó. Pero eso no le daba derecho a falsificar documentos ni a disponer del dinero de su esposa.
Entonces colocó una última hoja delante de él.
Era una solicitud para vender nuestra casa.
Mark había intentado transferir la propiedad a una sociedad privada antes de abandonarnos. Si aquella operación se completaba, yo podría haber perdido incluso el techo bajo el que vivíamos.
—¿Por qué? —pregunté, con lágrimas en los ojos—. ¿Por qué querías quitarme absolutamente todo?
Mark guardó silencio durante unos segundos.
Finalmente, respondió:
—Porque quería empezar de nuevo. Jessica y yo teníamos planes. No quería que mi pasado se interpusiera.
Lo miré sin poder creerlo.
—¿Tu pasado? ¿Así llamas a tu esposa y a tu hija?
En ese momento, Sophie se levantó de la silla.
—Papá, cuando no podías caminar, mamá nunca te llamó una carga. Nunca dijo que eras un problema. Pero tú acabas de demostrar que para ti nosotros sí lo somos.
Mark intentó acercarse a ella.
—Cariño, no entiendes las cosas de los adultos.
Sophie retrocedió.
—Entiendo perfectamente que mamá lloraba por las noches porque estaba cansada. Entiendo que dejó de comprarse cosas para que tú pudieras recibir tratamiento. Y entiendo que ahora quieres marcharte con otra mujer como si esos diez años nunca hubieran existido.
Mark bajó la cabeza.
Por primera vez, no tenía argumentos.
Elizabeth me entregó una tarjeta.
—Sarah, le recomiendo que no firme ningún documento relacionado con la propiedad o las cuentas sin asesoramiento independiente. También podemos iniciar los procedimientos correspondientes para proteger sus bienes y reclamar las cantidades que hayan sido utilizadas sin su consentimiento.
Asentí.
Durante diez años había vivido pensando que mi única misión era conseguir que Mark volviera a caminar.
Había olvidado que yo también tenía derecho a una vida.
Mark tomó sus maletas y se dirigió hacia la puerta.
—Me voy. Ya no tengo nada que hacer aquí.
Pero Elizabeth lo detuvo.
—Antes de marcharse, debe saber que hemos solicitado conservar toda la documentación relacionada con estas operaciones. Y cualquier intento de vender o transferir la propiedad podría tener consecuencias legales.
Mark la miró furioso.
—¡No pueden hacerme esto!
—Nadie le está haciendo nada, señor. Tendrá que responder por sus propias decisiones.
En ese instante, su teléfono volvió a sonar.
Era Jessica.
Esta vez contestó delante de todos.
—¿Qué sucede? —preguntó con impaciencia.
La voz de Jessica se escuchó claramente desde el otro lado:
—Mark, ¿dónde estás? Llevo media hora esperando. Y otra cosa, ¿ya conseguiste el dinero de la casa? Necesito que me confirmes lo de los doscientos mil dólares.
Mark se quedó paralizado.
Yo miré a Elizabeth.
Ella levantó lentamente las cejas.
—¿Doscientos mil dólares? —pregunté.
Jessica continuó hablando sin saber que todos podíamos escucharla:
—No me digas que tu esposa está complicando las cosas. Me prometiste que hoy saldríamos de allí con todo resuelto. No pienso seguir esperando.
Mark colgó inmediatamente.
Pero ya era demasiado tarde.
Elizabeth anotó algo en su carpeta y me miró con seriedad.
—Sarah, parece que hemos encontrado una operación adicional que debemos investigar.
Sophie se acercó a mí y me abrazó.
—Mamá, no llores más. Esta vez no estás sola.
La abracé con todas mis fuerzas.
Y entonces comprendí algo: durante diez años había luchado para que Mark recuperara sus piernas, pero ahora me tocaba a mí recuperar mi dignidad.
Sin embargo, aquella noche todavía me esperaba una última sorpresa.
Cuando Elizabeth revisó el último documento, encontró una cláusula que Mark había intentado ocultar.
Una cláusula relacionada con Sophie.
Al leerla, la abogada levantó la mirada y preguntó:
—Sarah, ¿usted sabía que su esposo había intentado utilizar el futuro de su propia hija para conseguir ese dinero?
Sentí que la sangre se me helaba.
—¿Qué ha hecho con Sophie?
Elizabeth cerró lentamente la carpeta.
—Creo que será mejor que se lo explique todo antes de que él intente marcharse definitivamente.