Capítulo 2: La mujer que tuvo que empezar de nuevo – News

Capítulo 2: La mujer que tuvo que empezar de nuevo

Capítulo 2: La mujer que tuvo que empezar de nuevo

Capítulo 2: La mujer que tuvo que empezar de nuevo

Catorce horas después de abandonar todo lo que conocía, llegué al pequeño pueblo costero donde vivía mi tía May.

El autobús me dejó frente a una gasolinera antigua, a pocas calles del puerto. El cielo estaba cubierto de nubes grises y el viento del mar me atravesaba la ropa. No llevaba maleta, ni teléfono, ni dinero suficiente para comprar otro boleto. Solo tenía la ropa que llevaba puesta y un pequeño sobre con algunos documentos que había conseguido conservar.

Al otro lado de la carretera vi una vieja camioneta azul.

Mi tía May estaba apoyada junto a la puerta del conductor. Tenía el cabello plateado recogido en una trenza y llevaba el mismo abrigo marrón que recordaba de mis visitas durante la infancia.

En cuanto me vio, abrió los brazos.

No preguntó por qué había llegado sin equipaje. Tampoco quiso saber qué había ocurrido ni por qué tenía los ojos hinchados.

Simplemente me abrazó.

—Vamos a casa, cariño.

Y aquellas tres palabras hicieron que rompiera a llorar.

Había pasado las últimas horas intentando mantenerme fuerte. Había soportado el miedo, la incertidumbre y la sensación de que alguien podía encontrarme en cualquier momento. Pero, cuando sentí los brazos de mi tía alrededor de mis hombros, dejé de fingir que podía soportarlo todo.

Durante el trayecto, May condujo en silencio. Las pequeñas casas de madera, las tiendas antiguas y los barcos pesqueros fueron apareciendo detrás de la ventanilla.

Finalmente, se detuvo frente a una casa blanca con contraventanas verdes. Tenía un pequeño jardín, un porche de madera y una campanilla que sonaba cada vez que soplaba el viento.

—Aquí estarás segura —dijo mientras abría la puerta.

No sabía si realmente podía estar segura en algún lugar, pero asentí.

Aquella noche me preparó una sopa caliente y me dejó dormir en la habitación que había pertenecido a mi madre cuando era joven.

No recuerdo haberme quitado los zapatos.

Simplemente me acosté y cerré los ojos.

Dormí durante casi dos días.

Cuando desperté, la luz del sol entraba por las cortinas. Durante unos segundos no reconocí el techo ni los muebles. Me incorporé de golpe, con el corazón acelerado.

Entonces escuché la voz de mi tía desde la cocina.

—El desayuno se enfría.

Encontré huevos revueltos, pan tostado y una taza de café sobre la mesa. Junto al plato había un sobre blanco.

Dentro encontré trescientos dólares y una dirección escrita a mano.

—¿Qué es esto? —pregunté.

May se sentó frente a mí.

—Mi amiga Martha es dueña del restaurante de la calle principal. Necesita ayuda en la cocina y en el comedor. Le he hablado de ti.

Miré el dinero.

—No puedo aceptar esto.

—No te estoy regalando nada. Es dinero para que puedas comprar lo necesario mientras empiezas a trabajar.

—Tía, no sé cuánto tiempo voy a quedarme.

—No necesitas decidirlo hoy.

Bajé la mirada hacia el sobre.

Entonces May añadió algo que me hizo levantar la cabeza.

—Hasta que decidas qué hacer a continuación, utiliza el apellido de soltera de tu madre.

Sentí un nudo en el estómago.

—¿Crees que pueden encontrarme?

Mi tía dejó la taza sobre la mesa.

—No lo sé. Pero tampoco quiero que alguien pueda localizarte con una simple búsqueda. Por ahora, cuanto menos sepan de ti, mejor.

Me quedé mirando mis manos.

—¿Y si vienen aquí?

May me tomó de la mano.

—Entonces nos ocuparemos de eso. Pero no voy a permitir que vivas aterrorizada dentro de tu propia casa.

Aquella mañana entendí que mi tía no estaba intentando resolver todos mis problemas. Estaba ofreciéndome algo que llevaba mucho tiempo sin tener: un lugar donde pudiera respirar sin sentir que debía pedir permiso.

Tres días después, acompañé a May hasta el restaurante de Martha.

El establecimiento se llamaba The Blue Harbor. Era un local pequeño, con mesas de madera, fotografías antiguas de pescadores y grandes ventanas que daban al puerto.

El olor a café recién hecho y pan caliente llenaba el ambiente.

Martha era una mujer de unos sesenta años, de voz fuerte y ojos amables. Llevaba un delantal rojo y tenía harina en las manos.

—Así que tú eres Lena —dijo, estrechándome la mano.

Por un instante me quedé paralizada.

Después recordé lo que mi tía me había explicado.

—Lena Morgan —corregí suavemente.

Martha miró a May, quien simplemente asintió.

—Muy bien, Lena Morgan. Aquí necesitamos a alguien que sepa trabajar y que llegue puntual. Lo demás no me importa.

Me mostró la cocina, el pequeño almacén y las mesas que tendría que atender durante el almuerzo.

—El sueldo no es extraordinario, pero tendrás comidas y propinas. Si haces bien tu trabajo, podrás quedarte.

—Gracias. No la decepcionaré.

Martha me observó unos segundos.

—No tienes que demostrarme nada el primer día. Solo aprende dónde guardamos las cosas y no quemes el pan.

Por primera vez en mucho tiempo, sonreí de verdad.

Los primeros días fueron agotadores.

Me levantaba antes del amanecer, ayudaba a preparar el desayuno, lavaba platos, limpiaba las mesas y atendía a los clientes.

Al principio, me costaba recordar los pedidos. Algunas veces confundía las bebidas y otras tenía que pedir disculpas porque tardaba demasiado.

Pero nadie me gritaba.

Nadie me humillaba.

Y nadie me recordaba constantemente que debía estar agradecida por tener un techo.

Los clientes habituales comenzaron a reconocerme.

El señor Peterson, un pescador jubilado, siempre pedía café negro y dos tostadas. Una mujer llamada Evelyn venía todos los jueves con su nieta. Y un joven repartidor llamado Noah solía dejar periódicos junto a la caja.

Poco a poco, el restaurante dejó de parecerme un escondite y comenzó a sentirse como un lugar al que pertenecía.

Sin embargo, todas las noches, antes de dormir, revisaba las ventanas y comprobaba que la puerta estuviera cerrada.

Todavía tenía miedo.

Y aunque había dejado atrás mi antigua vida, sabía que no podía escapar para siempre de lo que había ocurrido.

Una tarde, mientras limpiaba una mesa cerca de la ventana, escuché a dos clientes hablar sobre las noticias.

—¿Viste lo que publicaron esta mañana? —preguntó uno.

—Sí. Parece que están buscando a una mujer que desapareció hace unos días.

Sentí que el paño se detenía entre mis dedos.

—Dicen que se llama Lena Harris.

Mi corazón comenzó a golpearme el pecho.

El hombre sacó su teléfono y mostró una fotografía.

Era yo.

La imagen había sido tomada meses atrás, durante una celebración familiar. Sonreía con un vestido azul, sin imaginar que algún día aquella fotografía aparecería acompañada de la palabra «desaparecida».

—Su familia dice que podría estar en peligro —continuó el hombre—. Incluso ofrecen una recompensa por cualquier información que ayude a encontrarla.

Me obligué a seguir limpiando.

No podía mirar demasiado tiempo.

No podía hacer preguntas.

No podía demostrar que conocía a aquella mujer.

Porque Lena Harris había desaparecido.

Y Lena Morgan estaba trabajando tranquilamente en un restaurante de un pueblo costero.

Al terminar mi turno, fui directamente a casa de mi tía.

Le mostré la noticia desde el teléfono de Martha, que me había permitido fotografiar la pantalla.

May la leyó dos veces.

—Esto no es una búsqueda normal —murmuró.

—¿Qué quieres decir?

Se sentó lentamente en el sofá.

—Mira cómo está redactado. No dicen que quieren saber si estás bien. Hablan de que estás desaparecida y de que tu familia necesita encontrarte.

—Quizá solo quieren que vuelva.

May me miró directamente a los ojos.

—¿Y tú crees que deberías volver?

No respondí.

Porque la verdad era que todavía no sabía qué quería.

Solo sabía que no estaba preparada para enfrentarme a ellos.

Esa noche, mi tía recibió una llamada.

Yo estaba en la cocina cuando escuché que su voz cambiaba.

—No, no he sabido nada de ella.

Hizo una pausa.

—Ya te lo he dicho. No sé dónde está.

Me acerqué lentamente a la puerta.

May me vio y levantó un dedo para pedirme que esperara.

—Lo siento, no puedo ayudarte —dijo antes de colgar.

Cuando dejó el teléfono sobre la mesa, tenía el rostro pálido.

—¿Quién era? —pregunté.

—Un hombre que decía ser periodista.

—¿Qué quería?

May respiró profundamente.

—Quería saber si una mujer llamada Lena Morgan estaba viviendo aquí.

Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.

—¿Mencionó mi nombre?

—No. Pero sabía que soy tu tía.

Me quedé inmóvil.

Alguien había conectado las piezas.

Y lo peor era que aquella persona sabía exactamente dónde empezar a buscar.

May se levantó, fue hasta un cajón y sacó un sobre viejo que llevaba años guardando.

—Hay algo que nunca te conté sobre tu madre —dijo.

La miré confundida.

—¿Qué tiene que ver mamá con esto?

Mi tía abrió el sobre y sacó una fotografía antigua. En ella aparecía mi madre, mucho más joven, junto a un hombre que yo nunca había visto.

En la parte posterior había una fecha y una frase escrita con su letra:

«Si alguna vez Lena necesita desaparecer, él sabrá cómo protegerla».

—¿Quién es ese hombre? —pregunté.

May me miró con una expresión que nunca había visto en su rostro.

—Alguien que tu madre conocía muy bien. Y alguien que, según me pidió, jamás debía entrar en tu vida.

Entonces el teléfono volvió a sonar.

Esta vez, en la pantalla apareció un número desconocido.

May no contestó.

Pero un segundo después llegó un mensaje:

«Sabemos que Lena está contigo. Necesitamos hablar antes de que ella descubra lo que su madre hizo hace veinte años».

Y en ese instante comprendí que mi huida no había sido el final de mi historia.

Era apenas el comienzo.

👉Toca para pasar a la siguiente sección 👈
Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

Related Articles