PARTE 2 — EL HOMBRE QUE REGRESÓ DE ENTRE LOS MUERTOS
PARTE 2 — EL HOMBRE QUE REGRESÓ DE ENTRE LOS MUERTOS
No dormí ni un minuto aquella noche.
Cada vez que cerraba los ojos, veía aquella cicatriz en la cadera izquierda de Sebastian. La misma marca que yo había limpiado, vendado y besado años atrás cuando Santiago se recuperaba de aquel accidente en nuestra ducha.
No podía ser una coincidencia.
A las seis de la mañana, escuché movimiento en la cocina.
Sebastian ya estaba despierto.
Me quedé sentada en la cama, mirando la puerta del dormitorio. Durante unos segundos, tuve miedo de salir. No porque creyera que fuera a hacerme daño, sino porque temía escuchar una respuesta que pudiera destruir los últimos tres años de mi vida.
Finalmente, me levanté.
Lo encontré preparando café.
Llevaba una camiseta gris y unos pantalones deportivos. Su cabello estaba despeinado y tenía la misma expresión tranquila que había visto tantas veces desde que lo conocía.
Pero ahora, aquella tranquilidad me parecía aterradora.
—Buenos días, Mariana —dijo.
—Buenos días.
Me sirvió una taza sin preguntarme. Sabía exactamente cuánto azúcar me gustaba.
Aquello me provocó un escalofrío.
—¿Cómo dormiste? —preguntó.
—Mal. Todavía tengo dolor de cabeza.
Sebastian dejó la cafetera sobre la encimera.
—Podemos cancelar nuestros planes de hoy.
Lo observé atentamente.
—¿Recuerdas lo que me dijiste anoche?
Sus manos se detuvieron.
—¿Sobre qué?
—La cicatriz.
Una pausa.
Demasiado larga.
—Te expliqué que fue por una caída en moto.
Asentí lentamente.
—Qué extraño.
—¿Qué cosa?
—Nunca supe que tuvieras una moto.
Sebastian se giró hacia mí.
Por primera vez desde que lo conocía, no supe interpretar su expresión.
—Hay muchas cosas que nunca te conté, Mariana.
Sentí que el corazón me golpeaba las costillas.
—¿Como cuáles?
Él dejó su taza.
—No deberíamos hablar de esto ahora.
—¿Por qué?
—Porque acabamos de casarnos. Porque Camila está con mis padres. Porque no quiero que nuestra primera mañana juntos termine así.
Lo miré fijamente.
—¿Nuestra primera mañana juntos?
Él comprendió inmediatamente lo que había dicho.
Pero ya era demasiado tarde.
Me levanté y dejé mi café intacto.
—Necesito salir.
—Mariana…
—No me sigas.
Tomé las llaves del coche y salí de casa.
Conduje directamente hasta la casa de Teresa, mi suegra.
Durante tres años, ella había sido mi mayor apoyo. Había llorado conmigo, me había ayudado a criar a Camila y había hablado de Santiago como si todavía estuviera sentado a nuestra mesa.
Necesitaba preguntarle algo.
Algo que probablemente cambiaría todo.
Cuando llegué, Teresa estaba preparando el desayuno.
Camila estaba sentada en la mesa, dibujando con unos lápices de colores.
—¡Mamá! —gritó al verme.
La abracé con fuerza.
Después miré a Teresa.
—Necesito hablar contigo. A solas.
Su sonrisa desapareció ligeramente.
—Claro, cariño.
Nos dirigimos a la cocina.
Le conté lo de la cicatriz.
Al principio, Teresa no reaccionó.
Simplemente me escuchó.
Pero cuando mencioné la supuesta caída en moto, dejó caer lentamente el paño que sostenía.
—¿Qué has dicho?
—Que Sebastian me dijo que se había hecho esa cicatriz en una moto.
Teresa se llevó una mano a la boca.
—Dios mío…
Sentí que las piernas me temblaban.
—¿Qué pasa?
Ella miró hacia el comedor para comprobar que Camila seguía entretenida.
Después cerró la puerta de la cocina.
—Mariana, hay algo que nunca te conté sobre el accidente de Santiago.
Me quedé inmóvil.
—¿Qué cosa?
Teresa respiró profundamente.
—La noche del accidente, recibí una llamada.
—¿De quién?
—De Sebastian.
Fruncí el ceño.
—Eso es normal. Él fue quien sobrevivió.
Teresa negó lentamente.
—No, cariño. No fue así.
El silencio se volvió insoportable.
—¿Qué quieres decir?
Sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas.
—La policía me dijo que Sebastian había sobrevivido y que Santiago había muerto. Pero aquella noche, antes de recibir esa llamada oficial, alguien me llamó desde el hospital.
—¿Quién?
Teresa bajó la voz.
—Un hombre que decía ser Santiago.
Sentí que el mundo se detenía.
—¿Qué?
—Me dijo que no podía hablar mucho. Que había ocurrido algo terrible y que necesitaba que guardara un secreto hasta que él pudiera explicármelo.
Me agarré del borde de la encimera.
—¿Por qué nunca me dijiste esto?
Teresa empezó a llorar.
—Porque horas después recibí otra llamada. Esta vez, alguien me dijo que mi hijo había muerto. Y cuando vi a Sebastian en el hospital, estaba completamente destrozado. No sabía qué creer.
—¿Reconociste su voz?
Ella cerró los ojos.
—Era la voz de mi hijo.
Sentí un escalofrío que me recorrió todo el cuerpo.
Entonces saqué mi teléfono.
Tenía una fotografía antigua de Santiago, tomada unos meses antes del accidente.
Se la mostré a Teresa.
—¿Recuerdas esta cicatriz?
Ella miró la imagen.
Asintió lentamente.
—Sí. Santiago siempre decía que parecía un anzuelo.
—¿Y recuerdas dónde estaba Sebastian cuando ocurrió lo de la ducha?
Teresa me miró confundida.
—En el hospital. Había ido a visitarlos.
Negué con la cabeza.
—No, Teresa. Estoy hablando de la cicatriz. Santiago se la hizo en 2017. Sebastian nunca tuvo esa herida.
Su rostro perdió todo color.
En ese momento, escuchamos una voz detrás de nosotras.
—Mamá, ¿qué estás haciendo?
Era Camila.
Tenía su dibujo en las manos.
Se acercó y me lo entregó.
—Mira, mamá. Dibujé a papá.
Miré el papel.
Aparecían tres personas tomadas de la mano: Camila, yo y un hombre alto con cabello oscuro.
Pero había algo escrito debajo.
Una frase que me hizo sentir que el corazón se me detenía.
«Mi papá volvió a casa».
—¿Por qué escribiste eso, cariño? —pregunté suavemente.
Camila señaló la puerta.
—Porque anoche escuché a papá hablando por teléfono.
Me arrodillé frente a ella.
—¿Qué dijo?
La niña se mordió el labio.
—Dijo que estaba cansado de fingir que era el tío Sebastian.
Sentí que la sangre abandonaba mi rostro.
Teresa se apoyó contra la encimera.
—No…
Camila continuó hablando, sin comprender el impacto de sus palabras.
—También dijo que pronto podríamos volver a vivir como antes. Que mamá ya no tendría que llorar.
Me quedé mirando a mi hija.
—Cariño, ¿cuándo escuchaste eso?
—Anoche. Cuando fui al baño.
—¿Y con quién hablaba?
Camila señaló mi teléfono.
—Con alguien que tenía tu nombre.
No entendí.
—¿Mi nombre?
Asintió.
—Dijo: «Mariana todavía no sabe que Santiago está vivo».
Sentí que el aire desaparecía de mis pulmones.
Teresa comenzó a llorar desconsoladamente.
Yo me levanté lentamente.
Tres años.
Había pasado tres años visitando una tumba, llorando frente a una fotografía y explicándole a mi hija que su padre nunca volvería.
Tres años creyendo que el hombre que había amado estaba muerto.
Y ahora, en nuestra noche de bodas, había descubierto que quizá nunca había perdido a mi marido.
Pero tampoco sabía quién era el hombre con el que me había casado.
Mi teléfono vibró.
Era un mensaje de Sebastian.
«Mariana, sé que fuiste a ver a mi madre. No escuches nada de lo que te diga. Hay una razón por la que Santiago fue declarado muerto».
Debajo apareció otro mensaje.
Esta vez, de un número desconocido.
«Si quieres saber quién está realmente enterrado en la tumba de tu primer marido, ve al cementerio antes del mediodía. No vayas con Sebastian».
Leí el mensaje varias veces.
Después miré a Teresa.
Ella estaba llorando y negaba con la cabeza.
—No vayas, Mariana.
—¿Por qué?
Teresa me tomó de ambas manos.
—Porque hay algo que debes saber sobre el hombre que está enterrado allí.
Tragó saliva.
—Cuando identificaron el cuerpo, yo estaba presente.
La miré fijamente.
—¿Y?
Su voz se quebró.
—Reconocí algo que solo la madre de Santiago podía reconocer.
Hizo una pausa.
—Ese cuerpo no llevaba la alianza de tu marido.
Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.
Porque yo misma había visto aquella alianza dentro del ataúd.
Y estaba completamente segura de que pertenecía a Santiago.
Entonces Teresa pronunció una última frase:
—Mariana… creo que alguien cambió las alianzas aquella noche.
Y si eso era cierto, significaba que los últimos tres años de mi vida se habían construido sobre una mentira mucho más grande de lo que podía imaginar.
Continuará en la Parte 3.