Parte 2 — El nombre detrás de la deuda
Parte 2 — El nombre detrás de la deuda
Volví a mirar la última página del cuaderno.
El nombre estaba escrito varias veces.
Penelope.
No había ninguna duda.
Las cantidades coincidían con los pagarés que Clara había guardado.
Treinta y cinco mil dólares.
Veintidós mil.
Dieciocho mil.
Y varias cantidades menores que, juntas, superaban los cien mil.
Pero había algo todavía más extraño.
Todas las fechas correspondían a periodos en los que yo había estado fuera del país.
Levanté la mirada hacia Clara.
—¿Cuándo descubriste esto?
Ella se secó las lágrimas.
—Hace cuatro meses.
—¿Por qué nunca me lo dijiste?
Clara bajó la cabeza.
—Porque tu madre me dijo que si te contaba algo, haría que pensaras que yo estaba intentando destruir a tu familia.
Apreté los dientes.
—¿Y esos hombres?
—Penelope los contrató.
Sentí que el estómago se me revolvía.
—¿Estás segura?
Clara asintió.
—Los conocía.
—¿Cómo?
—Uno de ellos me llamó por mi nombre antes de entrar en la casa. Otro me dijo que sabía exactamente cuándo regresabas.
Me quedé inmóvil.
—Entonces sabían que yo no estaba aquí.
—Sí.
—¿Y el electricista?
Clara soltó una pequeña risa amarga.
—No era un amante.
—¿Quién era?
—Un hombre que tu hermana contrató para revisar el cableado de la casa.
—¿Por qué?
—Porque Penelope quería saber si podía instalar una cámara sin que tú la descubrieras.
Mi mano se cerró lentamente.
—¿Cámaras?
Clara asintió.
—Encontré una detrás del detector de humo.
Abrí los ojos.
—¿Dónde está?
Señaló el armario.
—La retiré hace dos semanas.
Fui hasta allí y encontré una pequeña caja envuelta en una camiseta.
Dentro estaba la cámara.
La encendí.
Todavía tenía una tarjeta de memoria.
Conecté la tarjeta a mi teléfono.
Había cientos de archivos.
Grabaciones de la sala.
La cocina.
El pasillo.
Incluso nuestro dormitorio.
Sentí una oleada de rabia.
Pero Clara puso una mano sobre mi brazo.
—Alexander, mira las fechas.
Abrí el primer video.
Penelope aparecía sentada en la sala.
Frente a ella había un hombre que no conocía.
—¿Está lista? —preguntó él.
—Casi.
—¿Y el marido?
Penelope sonrió.
—No regresará hasta dentro de dos semanas.
El hombre colocó varios documentos sobre la mesa.
—Entonces tenemos tiempo.
—Quiero que parezca que Clara pidió el dinero.
—¿Y si se niega a firmar?
Penelope se encogió de hombros.
—Mi madre hará que parezca culpable.
El video terminó.
Abrí otro.
Esta vez estaba mi madre.
—¿Estás segura de que Alexander no sospechará?
Penelope respondió:
—No si encuentra a Clara con otro hombre.
Mi corazón se detuvo.
Otro archivo.
La voz de Penelope volvió a aparecer.
—El electricista será perfecto.
—¿Por qué?
—Porque podrá entrar y salir de la casa sin levantar sospechas.
Apagué el teléfono.
Clara me miró.
—Ahora sabes por qué no podía defenderme.
Me arrodillé frente a ella.
—Lo siento.
—No tienes que disculparte por lo que hicieron ellos.
—Sí tengo.
Ella negó con la cabeza.
—No fuiste tú quien me hizo esto.
Miré las heridas de su rostro.
El cabello rapado.
Los cortes en su cuero cabelludo.
Y comprendí que había estado a punto de llegar demasiado tarde.
Salí del dormitorio.
Mi madre y Penelope estaban en la sala.
Cuando me vieron, dejaron de hablar.
—¿Dónde está Clara? —preguntó mi madre.
—En el dormitorio.
Penelope sonrió.
—Alexander, escucha…
Levanté la mano.
—No quiero explicaciones.
Mi madre frunció el ceño.
—¿Qué te pasa?
Coloqué el teléfono sobre la mesa y reproduje el primer video.
La sonrisa de Penelope desapareció.
Mi madre palideció.
Cuando terminó, nadie habló.
—¿Cuánto? —pregunté.
Penelope no respondió.
—¿Cuánto dinero pediste usando el nombre de mi esposa?
—Alexander…
—¡Cuánto!
Mi madre comenzó a llorar.
Penelope dio un paso atrás.
—Yo necesitaba ayuda.
—¿Más de cien mil dólares?
—Te los iba a devolver.
—¿Y para devolverlos decidiste destruir la vida de Clara?
—No era así.
—¿Entonces cómo era?
Penelope miró a mi madre.
Ese pequeño movimiento lo dijo todo.
—Mamá lo sabía.
Mi madre cerró los ojos.
—Yo intenté detenerla.
—No.
Mi voz salió tranquila.
—No intentaste detenerla.
Señalé las fotografías de Clara.
—La dejaste sangrando en el suelo.
Mi madre comenzó a llorar.
—Pensé que solo querían asustarla.
—¿Y raparle la cabeza también era parte del susto?
No respondió.
Entonces alguien llamó a la puerta.
Tres golpes.
Abrí.
Dos agentes de policía estaban afuera.
Detrás de ellos había un detective.
—¿Alexander Morgan?
—Sí.
—Recibimos una llamada relacionada con una agresión.
Miré a mi madre.
Después a Penelope.
—¿Quién llamó?
El detective me miró.
—Su esposa.
Me quedé sorprendido.
—¿Clara?
—Sí.
Uno de los agentes entró y comenzó a hacer preguntas.
Cuando vio el estado de Clara, llamó inmediatamente a una ambulancia.
El detective observó el cuero cabelludo de mi esposa y tomó fotografías.
—¿Quién hizo esto?
Clara señaló lentamente a Penelope.
Mi hermana comenzó a llorar.
—No quería hacerle daño.
El detective se volvió hacia ella.
—Entonces tendrá oportunidad de explicarlo.
Penelope miró hacia mí.
—Alexander, por favor.
No respondí.
—Soy tu hermana.
—Lo sé.
—Mamá me obligó.
Mi madre levantó la cabeza.
—¡Eso es mentira!
Por primera vez, ambas comenzaron a acusarse mutuamente.
El detective permaneció en silencio mientras los escuchaba.
Después dijo:
—Tenemos suficiente por ahora.
Los agentes se llevaron a Penelope.
Mi madre se quedó sentada en el sofá.
Parecía mucho más pequeña que unas horas antes.
Pero todavía quedaba una pregunta.
—¿Quiénes eran los hombres que vinieron aquí? —pregunté.
El detective abrió una carpeta.
—Los estamos buscando.
—¿Y por qué sabían que Clara tenía esos documentos?
Me miró directamente.
—Porque alguien les informó.
—¿Quién?
El detective deslizó una fotografía sobre la mesa.
Era un hombre saliendo de un restaurante.
Lo reconocí inmediatamente.
—Es el abogado de mi familia.
—¿Lo conoce?
—Desde que era niño.
El detective asintió.
—Él preparó varios de los pagarés.
Sentí que todo empezaba a encajar.
Pero entonces el detective añadió:
—Y hay algo más.
—¿Qué?
—Los documentos no solo contienen deudas.
Me entregó una copia.
En la parte inferior había una cláusula que nunca había visto.
Decía que, si las deudas no eran pagadas, el propietario de la vivienda podía ser obligado a transferir determinados derechos sobre la propiedad.
Leí la línea dos veces.
—¿Qué significa esto?
El detective señaló el nombre del beneficiario.
No era Penelope.
No era mi madre.
Era una empresa.
Morgan Holdings LLC.
—¿Quién es el dueño? —pregunté.
El detective me miró.
—Eso es lo que estamos investigando.
Aquella noche, después de que Clara fuera trasladada al hospital, me quedé solo en la casa.
Revisé todos los documentos.
Entonces encontré una carpeta escondida dentro del escritorio de mi padre.
Había registros bancarios.
Contratos.
Transferencias.
Y una fotografía antigua.
Mi padre aparecía junto a un hombre.
El mismo hombre de la fotografía del detective.
El abogado.
Pero la fecha de la fotografía era de doce años atrás.
Debajo había una anotación escrita por mi padre:
“Si Alexander descubre lo que hicimos, perderemos todo.”
Sentí un escalofrío.
Seguí leyendo.
Había una transferencia de casi 200.000 dólares.
El dinero había salido de una cuenta que pertenecía a mi padre.
Y había terminado en una cuenta vinculada con Morgan Holdings LLC.
Entonces comprendí.
Mi familia no había estado intentando pagar una deuda.
Habían estado ocultando una deuda mucho más antigua.
Y mi nombre había sido utilizado como garantía.
A la mañana siguiente fui al hospital.
Clara estaba despierta.
Cuando me vio, sonrió débilmente.
—¿Lo descubriste?
Me senté junto a ella.
—Sí.
Le conté todo.
Ella permaneció en silencio.
—Alexander…
—¿Qué?
—Hay algo que no te conté.
—Dime.
Clara miró hacia la puerta para asegurarse de que nadie escuchaba.
—Hace seis meses, antes de que todo esto comenzara, encontré una carta en nuestro buzón.
—¿De quién?
—De tu padre.
Mi corazón se aceleró.
—Pero mi padre murió hace tres años.
—Lo sé.
Sacó una pequeña fotografía de debajo de la almohada.
—La carta llegó después de su muerte.
La tomé.
En el reverso de la fotografía había una frase escrita a mano.
“Si estás leyendo esto, significa que tu familia ya descubrió que conoces la verdad.”
Miré a Clara.
—¿Qué verdad?
Ella respiró profundamente.
—Tu padre no murió creyendo que había dejado todo resuelto.
—¿Qué quieres decir?
Clara señaló la fotografía.
—Él sabía que alguien intentaría quedarse con esta casa.
—¿Quién?
Ella negó con la cabeza.
—No lo escribió.
—Entonces, ¿qué escribió?
Clara me entregó la carta.
La abrí.
Solo había tres líneas.
“Alexander, nunca confíes en el abogado de la familia.”
“Tu madre sabe dónde está el dinero.”
Y la última línea me dejó sin respiración:
“Pero la persona que realmente debes temer no está dentro de nuestra familia.”
Levanté la mirada.
—¿Quién entonces?
Clara señaló lentamente hacia la ventana del hospital.
Al otro lado de la calle, un hombre permanecía sentado dentro de un automóvil negro.
Observándonos.
Entonces mi teléfono vibró.
Un mensaje de un número desconocido.
Solo decía:
“Capitán, ya encontró el dinero. Ahora descubra quién lo tomó.”