Parte 2 — La tarjeta de memoria – News

Parte 2 — La tarjeta de memoria

Parte 2 — La tarjeta de memoria

Parte 2 — La tarjeta de memoria

La risa al otro lado del teléfono duró apenas unos segundos.

—Has vuelto a casa, soldado.

Miré por la ventana del hospital.

El sheriff Mercer seguía allí, al otro lado de la calle.

No se movía.

No parecía sorprendido de verme.

Parecía estar esperando.

—¿Qué quieres? —pregunté.

La respuesta fue tranquila.

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—Lo mismo que quería tu esposa. Que dejaras de hacer preguntas.

La llamada terminó.

Bajé lentamente el teléfono.

Emily me observaba desde la cama.

—Es él, ¿verdad?

Asentí.

—Mercer.

Ella cerró los ojos durante unos segundos.

—Entonces ya sabe que tenemos la tarjeta.

—¿Qué hay en ella?

Emily miró hacia la puerta.

—No lo sé todo. Pero sé que no se trata solo de nosotros.

Antes de que pudiera preguntarle más, escuchamos pasos apresurados en el pasillo.

Dos agentes armados aparecieron frente a nuestra habitación.

—Señor Dean, aléjese de la ventana.

—¿Qué está pasando?

Uno de ellos levantó una mano.

—El tiroteo de abajo ya terminó. Tenemos un sospechoso detenido.

—¿Quién?

El agente dudó.

—Un ayudante del sheriff.

Emily palideció.

—¿Está vivo?

—Sí.

Entonces el segundo agente recibió una comunicación por radio.

Su expresión cambió.

—Tenemos un problema.

—¿Cuál?

—El sheriff Mercer acaba de entrar al hospital.

Mi mano se cerró lentamente.

—¿Solo?

—Con cuatro hombres.

Emily me agarró del brazo.

—Blake, no.

—No voy a acercarme a él.

—No. Me refiero a la tarjeta.

Sacó la pequeña memoria y la sostuvo entre dos dedos.

—No podemos dejar que la encuentren.

Miré hacia los agentes.

—¿Pueden sacar a mi esposa de aquí?

—Estamos intentando hacerlo.

—No —dijo Emily.

Todos la miramos.

—Si nos vamos ahora, sabrán que la tenemos.

Tenía razón.

Por primera vez desde que había regresado, entendí que no estaban tratando de ocultar un crimen.

Estaban tratando de borrar una prueba.


El general Hale entró en la habitación acompañado por dos investigadores federales.

—Dean.

—General.

Hale miró a Emily.

—¿Puedes explicarnos qué encontraste?

Emily asintió.

—Hace tres semanas, cuando aquella patrulla empezó a aparecer frente a mi casa, tuve la impresión de que algo no encajaba.

—¿Qué hiciste?

—La fotografié.

Señaló una carpeta sobre la mesa.

—Después comparé las matrículas.

Uno de los investigadores abrió las fotografías.

—Todas pertenecen a vehículos oficiales.

—Exactamente —dijo Emily—. Pero había algo extraño.

Sacó una hoja.

—La misma patrulla aparecía en lugares donde nunca había sido asignada.

El general Hale frunció el ceño.

—¿Y la tarjeta?

Emily respiró profundamente.

—Una noche escuché una conversación dentro del vehículo. No podía distinguir las palabras, así que dejé mi teléfono grabando cerca de la patrulla.

—¿Te descubrieron?

—Casi.

Hizo una pausa.

—Al día siguiente, la patrulla desapareció.

—¿Y encontraste la tarjeta dentro?

Emily asintió.

—Estaba debajo del asiento trasero.

El investigador federal extendió la mano.

—Dámela.

Emily no se movió.

—Primero quiero saber quién está investigando esto.

El hombre mostró su identificación.

—Agencia Federal de Investigación.

Hale intervino.

—Emily, puedes confiar en ellos.

Ella miró a mi general.

—¿Usted sabía lo que había en la tarjeta?

—No.

—Entonces nadie la escucha hasta que haya una copia.

El investigador sonrió ligeramente.

—Tu esposa piensa como una buena testigo.

—Mi esposa acaba de sobrevivir a un ataque —respondí—. No la trate como si fuera un expediente.

El hombre dejó de sonreír.

—Entendido.


Quince minutos después, un técnico federal conectó la tarjeta a un ordenador aislado.

Todos permanecimos en silencio.

La pantalla mostró una única carpeta.

OPERACIÓN HARBOR.

Dentro había decenas de archivos.

Fotografías.

Registros.

Grabaciones.

Nombres.

Direcciones.

Y fechas.

El investigador abrió el primer documento.

Su rostro cambió.

—General…

Hale se acercó.

—¿Qué ocurre?

El investigador señaló la pantalla.

—Hay al menos diecisiete personas involucradas.

—¿En qué?

—Desapariciones de testigos.

El silencio se volvió pesado.

Emily tragó saliva.

—¿Desapariciones?

—Personas que habían presentado denuncias contra funcionarios del condado —explicó el investigador—. Después retiraron sus declaraciones o desaparecieron del registro público.

Pasó a otro archivo.

Entonces apareció una fotografía.

Un hombre de unos treinta años.

Debajo aparecía su nombre.

Daniel Mercer Jr.

El mismo hombre que había hablado conmigo por teléfono.

El hijo del sheriff.

Emily cerró los ojos.

—Él estuvo en mi casa.

El investigador siguió desplazándose.

Y entonces apareció otro documento.

OBJETIVO: EMILY DEAN.

Sentí que todo mi cuerpo se congelaba.

—Amplíalo.

El investigador lo hizo.

Había una fecha.

Tres semanas antes.

Y una nota.

Presionar hasta obtener el dispositivo.

Mi mandíbula se tensó.

—No querían matarla.

Emily me miró.

—Querían encontrar la tarjeta.

Hale permaneció inmóvil.

—¿Por qué?

Nadie respondió.

Hasta que otro investigador abrió un archivo de audio.

La grabación comenzó con ruido de estática.

Después apareció una voz.

—El problema es que el soldado está fuera del país.

Otra voz respondió:

—Entonces tenemos tiempo.

—¿Y la esposa?

—Ella no sabe nada.

Una pausa.

—Todavía.

Emily me apretó la mano.

La grabación continuó.

—Si encuentra algo, asústenla.

—¿Y si no funciona?

La respuesta fue fría.

—Entonces hacemos que deje de preguntar.

El audio terminó.

Nadie habló.

Pero entonces escuchamos tres golpes en la puerta.

Todos levantamos la mirada.

Una voz apareció desde el pasillo.

—Señora Dean, soy médico. Necesito revisarla.

Emily negó lentamente con la cabeza.

—Ese no es mi médico.

Hale hizo una señal.

Los agentes desenfundaron sus armas.

La puerta comenzó a abrirse.

Pero antes de que pudieran detenerlo, alguien lanzó una granada de humo dentro de la habitación.

Todo se volvió blanco.

Escuché gritos.

Alguien cayó.

Emily gritó mi nombre.

—¡Blake!

Corrí hacia ella.

A través del humo vi una silueta acercándose a su cama.

La agarré del brazo.

—¡Suéltala!

El hombre retrocedió.

Entonces escuché un disparo.

El vidrio de la ventana explotó.

El atacante salió corriendo hacia el pasillo.

Dos agentes fueron tras él.

Yo permanecí junto a Emily.

—¿Estás bien?

Ella asintió, aterrorizada.

Pero entonces miró hacia la mesa.

La tarjeta había desaparecido.


Salimos del hospital por una entrada subterránea.

El general Hale caminaba delante de nosotros.

—¿Quién sabía que la tarjeta estaba aquí? —pregunté.

—Muy pocas personas.

—Entonces tenemos una filtración.

Hale no respondió.

Eso era suficiente respuesta.

En el vehículo, el investigador revisó nuevamente los archivos recuperados.

—Dean.

—¿Sí?

—Hay algo más.

Me entregó una fotografía.

Era una imagen de mi propia casa.

Tomada desde la calle.

La fecha era de dos meses atrás.

Pero debajo había una anotación que me hizo sentir un frío en el pecho.

VIGILAR A BLAKE DEAN AL REGRESAR.

—Esto fue preparado antes del ataque —dije.

—Sí.

Emily miró la fotografía.

—Entonces sabían que ibas a volver.

Hale permaneció mirando por la ventana.

—No, Emily.

Su voz era grave.

—Sabían exactamente cuándo ibas a volver.

Todos quedamos en silencio.

El teléfono del investigador sonó.

Contestó.

Escuchó durante unos segundos.

Luego miró hacia mí.

—Tenemos al atacante.

—¿Quién?

—Un hombre que trabajaba para el departamento del sheriff.

—¿Está hablando?

El investigador negó con la cabeza.

—No.

—¿Por qué?

—Porque apareció muerto en una celda hace cuatro minutos.

El vehículo quedó en silencio.

Entonces mi teléfono vibró.

Número desconocido.

Abrí el mensaje.

Solo había una fotografía.

Era Emily.

Dormida en la cama del hospital.

La fotografía había sido tomada desde dentro de nuestra habitación.

Debajo había una frase:

“La tarjeta era solo el principio.”

Levanté lentamente la mirada.

Hale ya estaba mirando la pantalla.

—Dean…

—¿Qué?

Señaló la esquina inferior de la fotografía.

Había un reflejo en el cristal.

Una persona estaba de pie detrás de la cámara.

Y en su mano llevaba algo que reconocí inmediatamente.

La placa del sheriff Mercer.

Pero Mercer seguía al otro lado de la calle.

O eso creíamos.

El vehículo frenó bruscamente.

Un agente gritó:

—¡Tenemos un vehículo siguiéndonos!

Miré por la ventana trasera.

Un sedán negro apareció entre el tráfico.

El mismo modelo.

El mismo vehículo que Emily había fotografiado durante tres semanas.

Y entonces las luces delanteras se encendieron.

El conductor aceleró directamente hacia nosotros.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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