PARTE 2 — LO QUE CLAIRE HABÍA ESTADO ESCUCHANDO
PARTE 2 — LO QUE CLAIRE HABÍA ESTADO ESCUCHANDO
Me quedé completamente inmóvil.
La voz de Claire seguía saliendo del pequeño dispositivo.
—Mia, cariño, vuelve a guardar la tarjeta en tu mochila. Recuerda lo que hablamos.
Mia empezó a temblar.
Yo miré el aparato, luego a la niña que tenía delante.
—Está bien, pequeña —dije suavemente—. No tienes que hacer nada que no quieras.
Pero ella negó rápidamente con la cabeza.
—No, papá. Si no la guardo, mamá se enfadará.
Aquella palabra volvió a golpearme.
Papá.
No sabía si debía sentirme feliz porque finalmente me había llamado así o aterrorizado por lo que estaba descubriendo.
—Mia, ¿puedo preguntarte algo?
Ella asintió.
—¿Tu mamá te dijo que hicieras todas esas cosas?
La niña bajó la mirada.
—Me dijo que tenía que hacerlo para protegernos.
Sentí un nudo en el estómago.
—¿Protegernos de quién?
Mia señaló lentamente la tarjeta.
—De ti.
Durante unos segundos, no pude respirar.
Me levanté de la silla, pero inmediatamente vi cómo sus pequeños hombros se tensaban. Así que volví a sentarme.
No quería que pensara que estaba enfadado con ella.
—Mia, escúchame. No estás en problemas. Nunca estarás en problemas por contarme la verdad.
Ella apretó la tarjeta contra su pecho.
—Mamá dice que los hombres pueden cambiar cuando se casan. Dice que antes eras bueno conmigo porque querías que ella se casara contigo.
Cerré los ojos un instante.
Ahora comprendía por qué Claire siempre me había dicho que no presionara a su hija para quererme.
No era una advertencia inocente.
Era parte de algo que llevaba meses construyendo.
—¿Cuándo empezó esto? —pregunté.
Mia miró las estrellas doradas.
—El primer día después de la boda.
Se me heló la sangre.
—¿Y qué significan las estrellas?
La niña señaló la primera.
—Cada vez que lloraba cuando estábamos solos, mamá ponía una estrella. Decía que era una prueba.
—¿Una prueba de qué?
Mia tardó en responder.
—De que yo tenía razón.
Me incliné ligeramente hacia delante.
—¿Razón sobre qué, cariño?
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Que tú no eras como los demás papás.
Aquella frase me destrozó.
Porque yo había pasado dos años intentando convertirme en alguien en quien Mia pudiera confiar.
Había aprendido sus comidas favoritas, sus canciones, sus miedos nocturnos y hasta la forma exacta en que quería que le acomodaran las mantas.
Y ahora descubrí que cada uno de aquellos momentos había sido registrado como una posible prueba en mi contra.
Entonces el dispositivo volvió a emitir un sonido.
Un pequeño pitido.
Después, la voz de Claire regresó.
—Mia, ¿por qué no estás respondiendo?
La niña miró inmediatamente hacia la puerta.
—Mamá…
Me quedé mirando el aparato.
La luz roja seguía parpadeando.
Claire estaba escuchando en directo.
—Mia, cariño, necesito que me contestes. ¿Está él cerca de ti?
La pequeña comenzó a llorar.
Yo levanté lentamente las manos para mostrarle que no iba a acercarme.
—Mia, puedes responder lo que quieras. No tienes que mentir por nadie.
Ella miró el dispositivo.
Y por primera vez, habló sin miedo.
—Sí, mamá. Está aquí.
Hubo un silencio al otro lado.
Entonces Claire preguntó:
—¿Y ya te hizo llorar?
Mia se limpió la nariz.
—No.
—¿Te preguntó por la tarjeta?
La niña miró hacia mí.
Después, con una voz sorprendentemente firme, respondió:
—Sí. Pero no me gritó. No me obligó a nada.
La respuesta pareció cambiar algo.
La voz de Claire perdió su dulzura.
—Mia, guarda eso inmediatamente.
La pequeña retrocedió en la silla.
—No quiero.
Me quedé paralizado.
Era la primera vez que la escuchaba enfrentarse a su madre.
—¿Qué has dicho? —preguntó Claire.
Mia apretó los labios.
—No quiero seguir llorando cuando estoy con él.
La conexión se interrumpió.
La luz roja se apagó.
Durante varios segundos, ninguno de los dos habló.
Entonces Mia se bajó de la silla y se acercó lentamente a mí.
—¿Estás enfadado conmigo?
Sentí que algo se rompía dentro de mi pecho.
—No, cariño. Nunca.
—¿Aunque haya hecho lo que mamá dijo?
Me arrodillé a cierta distancia, sin tocarla.
—Tú eres una niña. No tienes que solucionar los problemas de los adultos.
Mia empezó a llorar de nuevo.
Pero esta vez no se apartó.
Se acercó y me abrazó.
La abracé con cuidado, intentando contener mis propias lágrimas.
—Perdóname —susurró—. Yo sí quería llamarte papá.
Cerré los ojos.
—No tienes que pedirme perdón por eso.
Permanecimos así durante varios minutos.
Después, Mia se separó y señaló el dispositivo.
—Hay otra cosa.
Miré la tarjeta.
—¿Qué cosa?
Ella sacó de la mochila un pequeño sobre rosa que estaba escondido debajo de sus cuadernos.
—Mamá me dijo que nunca debía enseñártelo.
Lo abrí lentamente.
Dentro había once fotografías impresas.
Todas mostraban momentos cotidianos entre Mia y yo.
Una en la que preparábamos tortitas.
Otra en la que leía un cuento antes de dormir.
Una tercera en la que la llevaba de la mano durante un paseo por el parque.
En el reverso de cada fotografía había una fecha y una anotación escrita por Claire.
Pero no eran anotaciones sobre mi comportamiento.
Eran instrucciones.
«Debe llorar cuando él se acerque».
«No debe responder cuando le pregunte si está bien».
«Comprobar si intenta abrazarla».
«Registrar si la niña lo llama papá».
Sentí náuseas.
Aquello no era una simple preocupación de una madre.
Era un plan.
Y entonces encontré la última fotografía.
Era de nuestra boda.
Claire aparecía sonriendo mientras sostenía la mano de Mia.
En la parte posterior había una frase escrita con tinta negra:
«Cuando tenga suficientes grabaciones, podré demostrar que no es seguro dejarla con él».
Me quedé mirando aquellas palabras.
—Mia, ¿sabes por qué tu mamá quería demostrar eso?
La niña negó con la cabeza.
Pero después dijo algo que me dejó completamente helado.
—Porque mamá dice que si tú te vas, podremos quedarnos con la casa.
La miré.
—¿Qué casa?
—La nuestra. Dice que tú la compraste antes de casarte con ella y que, si todos creen que eres malo conmigo, ella podrá quedarse con ella.
Sentí que el corazón me golpeaba el pecho.
La casa había sido mi mayor inversión. La había comprado años antes de conocer a Claire y, cuando nos casamos, decidí que sería nuestro hogar.
Nunca imaginé que alguien pudiera utilizar a una niña para intentar arrebatármela.
Pero había algo más.
—¿Quién te dijo que tenías que hacer esto, Mia?
Ella se quedó mirando sus zapatos.
—Mamá no estaba sola cuando me lo explicó.
Me incliné ligeramente.
—¿Había alguien más?
Mia asintió.
—Un hombre.
—¿Quién?
La niña levantó la cabeza.
Sus ojos estaban llenos de miedo.
—El señor que viene cuando tú estás trabajando.
Antes de que pudiera preguntarle algo más, escuchamos el sonido de una llave girando en la cerradura.
Me levanté inmediatamente.
Mia corrió hacia mí.
La puerta se abrió.
Claire entró con su maleta de viaje.
Su sonrisa desapareció cuando vio la tarjeta sobre la mesa, el dispositivo de grabación apagado y el sobre rosa abierto.
Durante unos segundos, nadie habló.
Después miró a Mia.
—Cariño, ve a tu habitación.
Mia se aferró a mi mano.
—No.
Claire parpadeó, sorprendida.
—Mia, he dicho que vayas a tu habitación.
La niña comenzó a temblar, pero no soltó mi mano.
Entonces Claire me miró.
Y su expresión cambió por completo.
—¿Qué le has hecho a mi hija?
No respondí inmediatamente.
Saqué el sobre rosa y lo coloqué sobre la mesa.
—Creo que esa es una pregunta que deberías responder tú.
Claire miró las fotografías.
Por primera vez, vi miedo verdadero en sus ojos.
Pero no era el miedo de una mujer preocupada por su hija.
Era el miedo de alguien que acababa de descubrir que su secreto había salido a la luz.
Entonces mi teléfono vibró.
Era un mensaje de un número desconocido.
«No confíes en Claire. Ella no fue quien instaló el dispositivo. Yo tengo las grabaciones originales y sé quién le está dando instrucciones».
Levanté lentamente la mirada hacia mi esposa.
Claire estaba observando mi teléfono.
Y cuando leyó el mensaje, sus labios perdieron todo color.
—No contestes —susurró.
La miré fijamente.
—¿Por qué?
Ella comenzó a llorar.
—Porque si esa persona habla, Mia y yo estaremos en peligro.
Mia apretó mi mano.
Y entonces comprendí que aquella historia era mucho más oscura de lo que había imaginado.
Porque el hombre que visitaba nuestra casa mientras yo trabajaba no era un desconocido para Claire. Era alguien de su pasado… y alguien que, según ella, llevaba meses esperando el momento de destruir nuestra familia.
Continuará en la Parte 3.