PARTE 2 — LO QUE LA PAREJA HABÍA DEJADO ATRÁS
PARTE 2 — LO QUE LA PAREJA HABÍA DEJADO ATRÁS
Miré el objeto que Jett acababa de poner en mi mano.
Era una pequeña memoria USB negra, aparentemente común, con una cinta adhesiva blanca alrededor. En ella había algo escrito con marcador rojo: una fecha y una serie de números que no reconocí.
—¿Qué se supone que es esto? —pregunté.
Jett tragó saliva antes de responder.
—No lo sabemos exactamente. Pero hay algo más.
Levanté la mirada.
—¿Qué?
—Anoche revisamos las cámaras. Y creo que deberías sentarte antes de verlo.
Sentí que el corazón comenzaba a latirme más rápido.
—Jett, deja de dar vueltas. ¿Qué viste?
Él miró alrededor para asegurarse de que nadie estuviera escuchando. Después me condujo hasta su pequeña oficina, detrás de la cocina.
Cerró la puerta y encendió el monitor.
—Observa la mesa doce —dijo.
El video comenzó.
Allí estaban ellos.
La misma pareja elegantemente vestida, sentada en mi sección, disfrutando de sus filetes y su costosa botella de vino.
Al principio, todo parecía normal.
Pero entonces Jett adelantó la grabación.
Vi cómo el hombre miraba varias veces hacia la entrada. La mujer, mientras tanto, mantenía su bolso sobre las piernas y parecía revisar constantemente su teléfono.
—¿Ves eso? —preguntó Jett.
Asentí.
El hombre se inclinó hacia su acompañante y le susurró algo.
Ella negó con la cabeza.
Después, él sacó discretamente un pequeño dispositivo de su chaqueta y lo colocó debajo de la mesa.
Me acerqué al monitor.
—¿Qué es eso?
—No lo sabemos. Pero sigue mirando.
Unos minutos después, el hombre se levantó y caminó hacia el baño.
La mujer permaneció sentada.
Cuando regresó, ambos intercambiaron una mirada extraña.
Entonces ocurrió algo que me dejó helada.
Antes de levantarse, la mujer deslizó algo debajo del asiento del reservado.
Exactamente donde encontramos la memoria USB.
—Espera… —murmuré—. ¿Estás diciendo que dejaron eso intencionalmente?
Jett no respondió.
Rebobinó el video.
Esta vez, me fijé en sus movimientos.
La mujer no parecía estar olvidando nada.
Miró directamente hacia la cámara de seguridad antes de esconder el objeto.
Y después sonrió.
Una sonrisa pequeña, casi imperceptible.
Sentí un escalofrío.
—¿Por qué harían eso?
Jett apagó el video.
—Eso es lo que todavía no entiendo.
Entonces abrió un cajón y sacó una hoja impresa.
Era una fotografía tomada de las cámaras de seguridad.
Mostraba al hombre acercándose a mi estación de trabajo mientras yo atendía otra mesa.
Pero no estaba robando nada.
Estaba dejando un sobre blanco junto a mi bolso.
Me quedé paralizada.
—Ese es mi bolso…
—Lo sé.
—¿Qué hay dentro?
Jett bajó la mirada.
—Lo encontramos esta mañana, cuando revisamos tus pertenencias con tu autorización.
Me quedé mirándolo, indignada.
—¿Revisaste mi bolso?
—No encontramos nada hasta que vimos las imágenes. Pero antes de acusarme, escucha.
Sacó otra fotografía.
En ella aparecía el mismo sobre, abierto.
Dentro había una tarjeta bancaria y un pequeño papel doblado.
Sentí que se me secaba la garganta.
—Yo nunca había visto eso.
—Te creo.
Por primera vez, Jett parecía hablar con sinceridad.
Tomó el papel y lo colocó frente a mí.
Solo contenía una frase:
«Si ella paga la cuenta, todo estará resuelto».
La leí una vez.
Luego otra.
—¿Qué significa esto?
Jett se pasó una mano por el rostro.
—Creo que intentaron incriminarte.
Me levanté de golpe.
—¿Incriminarme por qué? ¡Yo ni siquiera conozco a esas personas!
—Lo sé. Pero hay algo todavía peor.
Abrió una carpeta que tenía sobre el escritorio.
Dentro había una copia de la factura de la noche anterior y varios documentos impresos.
Uno de ellos mostraba una transacción bancaria realizada minutos después de que la pareja abandonara el restaurante.
El importe era exactamente de 4.800 dólares.
No cuatrocientos.
Cuatro mil ochocientos.
—¿De dónde salió ese dinero? —pregunté.
Jett señaló la pantalla.
—De una cuenta vinculada a una empresa que figura a nombre de la mujer.
Me quedé confundida.
—¿Y eso qué tiene que ver conmigo?
Él deslizó otro documento hacia mí.
Era una fotografía de una identificación.
El nombre de la mujer aparecía claramente.
Y debajo había una dirección.
Una dirección que reconocí inmediatamente.
Era la de la empresa donde trabajaba mi padre.
Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.
Mi padre llevaba meses trabajando allí como encargado de mantenimiento. Nunca hablaba demasiado de sus problemas laborales, pero últimamente había estado preocupado por algo.
Incluso me había pedido dinero prestado dos semanas antes.
—No puede ser… —susurré.
Jett me observó.
—¿Conoces a esa mujer?
Negué lentamente con la cabeza.
—No. Pero conozco esa dirección.
Entonces mi teléfono vibró.
Era un mensaje de mi padre.
Lo abrí sin pensarlo.
«Hija, necesito que me contestes. Hay dos personas preguntando por ti en mi trabajo. Dicen que tienes algo que les pertenece. No les he dicho nada, pero creo que esto tiene que ver con lo que pasó anoche».
Sentí que me faltaba el aire.
Le mostré el mensaje a Jett.
Su rostro perdió todavía más color.
—No respondas todavía —dijo.
—¿Por qué?
Se levantó, caminó hasta la puerta y comprobó que estuviera cerrada.
Después regresó y habló en voz baja.
—Porque acabo de recibir una llamada del dueño del restaurante.
—¿Y qué quería?
Jett me miró fijamente.
—La mujer de la mesa doce acaba de llamar. Dice que tú le robaste una memoria USB que contiene información confidencial de su empresa.
Me quedé inmóvil.
La memoria USB negra seguía sobre el escritorio.
—Pero ella la dejó aquí…
—Exactamente.
Jett abrió el video una última vez y señaló un detalle que no habíamos observado.
En el momento en que la mujer escondía la memoria, sus labios se movían.
Había activado la cámara lenta y aumentado el contraste.
No se escuchaba nada, pero las palabras parecían bastante claras.
Jett se acercó a la pantalla.
Yo también.
Y cuando finalmente entendí lo que estaba diciendo, sentí que se me helaba la sangre.
«Mañana, ella será la culpable».
Pero lo más aterrador no era que aquella pareja hubiera planeado incriminarme.
Era que, al ampliar la imagen, descubrimos que el hombre no estaba mirando a la cámara.
Estaba mirando directamente hacia mí.
Y en su mano sostenía una fotografía.
Una fotografía de mi padre.
Continuará…