Capítulo 2: No me olvides
Capítulo 2: No me olvides
El silencio en el comedor era total.
Emily desenvolvió el segundo objeto. Otro plato. Blanco, con las florecillas azules de “no me olvides” y el filo dorado.
Idéntico a los de Brittany.
—Pero… —susurró la madre de Brittany—. ¿Qué es esto?
Emily desenvolvió el tercero. Y el cuarto. Y el quinto.
Cinco platos. Cinco platos exactamente iguales a los que Brittany había tardado seis años en coleccionar.
Brittany había dejado de moverse. Tenía un plato de postre en cada mano y la cara completamente blanca.
—¿De dónde…? —empezó.
—De los mismos sitios que tú, querida —dije con calma—. Tiendas de antigüedades. Ventas de graneros. Subastas por internet a las tres de la mañana.
—¿Tú? —Brittany dejó los platos sobre la mesa con un golpe—. ¿Tú has estado coleccionando MI vajilla?
—Hace seis años me enseñaste tu primer plato —dije—. Estabas tan ilusionada… Recuerdo que pensé: “Voy a ayudarla a completar la colección. Será mi regalo sorpresa.” —Miré los platos de Emily—. Cada vez que encontraba uno, lo imaginaba en tu mesa, Brittany. En una cena familiar. Con todos nosotros.
—¿Y por qué no me los diste? —preguntó, con la voz aguda—. ¡Llevo años buscando el octavo plato! ¡Años!
—Porque esta noche —dije, y mi voz sonó clara en el silencio—, cuando me diste un plato de papel delante de veinte personas y dijiste que siempre rompo las cosas… entendí algo.
—¿El qué? —susurró Emily.
—Que no querías compartir tu mesa conmigo, Brittany. Solo querías que la admirara desde un plato de cartón. —Miré a mi nieta—. Así que decidí darles los platos a alguien que sí quiso compartir su plato conmigo esta noche.
Emily abrazó la caja contra su pecho. Tenía los ojos brillantes.
—¡Son míos! —dijo Brittany de pronto—. ¡Completan MI colección! ¡Joan, no puedes hacer esto!
—¿No puedo? —dije—. Los compré yo. Con mi dinero. En mis viajes. Son míos. Y ahora son de Emily.
—¡Te los compro! —gritó Brittany—. ¡Di un precio!
—No están en venta.
—¡Kevin! —Brittany se volvió hacia mi hijo—. ¡Di algo!
Kevin llevaba toda la noche mirando el pavo, los platos, el suelo. Cualquier cosa menos a mí. Ahora me miró. Y vi en sus ojos al niño que fue, al hombre que es, y todo lo que había entre medias.
—Mamá… —empezó.
—No, Kevin —dije con suavidad—. Esta noche no necesitas decir nada. Ya lo dijiste todo cuando miraste el pavo.
Se le llenaron los ojos de lágrimas. Asintió. Y no dijo nada más.
Cogí mi bolso. Emily me acompañó a la puerta, todavía abrazando su caja.
—Abuela —susurró—, ¿estás enfadada?
—No, mi amor. Estoy… cansada. Pero no enfadada.
—¿Vas a volver en Navidad?
—Si me invitan —dije, mirando hacia el comedor, donde Brittany discutía con su madre en voz baja—. Ya veremos.
La besé en la frente y me fui a casa. Sola. Como tantas noches desde que murió el padre de Kevin.
A las once sonó mi teléfono. Era Emily, desde su cuarto, en voz baja.
—Abuela, ¿estás despierta?
—Para ti, siempre.
—He puesto los platos en mi estantería —dijo—. Los miro y… no sé. Me dan ganas de llorar.
—¿Por qué, cariño?
—Porque mamá nunca me había hecho sentir vergüenza de ella. Hasta hoy. —Hizo una pausa—. Abuela, ¿de verdad ibas a dárselos a ella?
—De verdad —dije—. Durante seis años, cada plato que encontraba lo envolvía pensando en su cara de sorpresa. —Suspiré—. Pero las personas cambian, Emily. O quizá siempre fueron así y yo no quise verlo.
—Yo te quiero, abuela. Con plato de papel o sin él.
—Y yo a ti, mi niña. Duerme bien.
Colgué y me quedé mirando la pared de mi cocina. En la repisa, mi propia vajilla de diario —desportillada, vieja, mía—. Pensé en las flores del borde de aquellos platos: “no me olvides”.
No me olvides.
Tres días después, sonó el teléfono. Era Brittany.
—Joan —dijo, sin preámbulos—. He estado pensando. Esos platos… completan mi colección. Te ofrezco dos mil dólares por los cinco.
—No.
—¿Tres mil? Joan, sé razonable.
—Brittany —dije—, no es cuestión de dinero. Esos platos son de Emily.
—Escúchame bien —dijo, y su voz se volvió fría—. Si no me vendes esos platos… quizá Emily esté muy ocupada para visitarte estas fiestas. Ya sabes cómo son los adolescentes. Siempre con planes.
Se me heló la sangre.
—¿Me estás amenazando con no dejarme ver a mi nieta?
—Te estoy diciendo cómo son las cosas —dijo—. Piénsalo.