PART 5: EL ÚLTIMO SECRETO DE LOS MENDOZA – News

PART 5: EL ÚLTIMO SECRETO DE LOS MENDOZA

PART 5: EL ÚLTIMO SECRETO DE LOS MENDOZA

PART 5: EL ÚLTIMO SECRETO DE LOS MENDOZA

—¡Gabriel! ¡No cierre los ojos! ¡Por favor!

Lucía presionó ambas manos contra la herida del hombre mientras la sangre comenzaba a mancharle la ropa.

Sebastián desmontó de inmediato y corrió hacia ellos.

—¡Trae el botiquín! —gritó a uno de sus trabajadores—. ¡Y prepara el caballo más rápido!

Pero Lucía apenas podía escucharlo. Miraba a Gabriel, el hombre que acababa de descubrir que era su padre, y sentía que podía perderlo antes de haber tenido siquiera la oportunidad de conocerlo.

—¿Por qué volvió ahora? —preguntó entre lágrimas—. ¿Por qué después de tantos años?

Gabriel abrió los ojos con dificultad.

—Porque… tu madre nunca dejó de esperarte.

Intentó levantar una mano, pero no tuvo fuerzas.

—El documento… Ernesto lo tiene…

Sebastián miró al antiguo administrador.

—¿Qué documento?

Ernesto bajó de su caballo y abrió una carpeta de cuero.

—La prueba de que Ramiro falsificó las escrituras, robó las tierras de Isabel y utilizó identidades falsas para apropiarse de varias propiedades. Pero hay algo todavía más importante.

Sacó una hoja amarillenta.

—Aquí aparece el nombre de la persona que lo ayudó durante todos estos años.

Lucía levantó la mirada.

—¿Quién?

Ernesto dudó unos segundos.

—El notario que certificó todos los documentos. Es alguien que vive en este pueblo y que conoce a tu familia desde hace décadas.

Sebastián frunció el ceño.

—Diga su nombre.

Ernesto respiró profundamente.

—Don Aurelio. El hombre que administraba los asuntos legales de tu padre.

Sebastián se quedó inmóvil.

Aurelio había sido prácticamente un miembro de la familia. Había asistido a su boda, había aconsejado a su padre y había estado presente durante los momentos más difíciles del rancho.

—Eso es imposible —murmuró.

—No, Sebastián. Es exactamente lo que Ramiro quería que creyeras.

Gabriel fue trasladado al pequeño hospital del pueblo.

Los médicos confirmaron que había sobrevivido al disparo, pero necesitaba reposo y vigilancia.

Lucía permaneció junto a su cama hasta que Gabriel volvió a abrir los ojos.

—Pensé que no volvería a verte —dijo ella.

Él intentó sonreír.

—No tienes que perdonarme ahora. Sé que te debo demasiadas explicaciones.

Lucía se sentó a su lado.

—Solo quiero saber por qué me dejaron crecer creyendo que estaba sola.

Gabriel cerró los ojos.

—Cuando naciste, Ramiro descubrió que Isabel había heredado unos terrenos que pertenecían legalmente a tu familia materna. Él quería quedarse con todo. Amenazó a tu madre y a mí. Cuando nos negamos, comenzó a perseguirnos.

—¿Y por qué no me llevaron con ustedes?

—Porque alguien nos hizo creer que estarías más segura con Julián. Él aceptó cuidarte y protegerte. Pero después nos dijeron que había muerto y que tú habías sido trasladada a otro lugar. Pasé años buscándote.

Lucía sintió que las lágrimas volvían a llenar sus ojos.

—Julián me crió como a su propia hija.

—Lo sé. Y nunca podré agradecerle lo suficiente.

Gabriel hizo una pausa antes de continuar.

—Pero hay algo que tu madre necesita contarte personalmente. Una verdad que yo no tengo derecho a revelar.

Lucía se inclinó hacia él.

—Entonces vamos a encontrarla.

Mientras tanto, Sebastián y Ernesto llegaron a la oficina del notario Aurelio.

El anciano estaba cerrando las persianas cuando los vio entrar.

—Sebastián, muchacho. ¿Qué te trae por aquí a estas horas?

Sebastián dejó una copia de los documentos sobre el escritorio.

—Quiero saber por qué su firma aparece en escrituras que nunca fueron autorizadas por mi familia.

Aurelio miró los papeles.

Por primera vez, perdió la sonrisa.

—No sé de qué estás hablando.

Ernesto dio un paso adelante.

—No pierda el tiempo. Tengo los originales.

El notario palideció.

—Usted debería estar muerto.

—Eso mismo pensó Ramiro. Pero cometió un error: creyó que podía borrar todas las pruebas.

Aurelio se levantó lentamente.

—Escúchenme. Yo no tenía opción. Ramiro amenazó a mi familia.

Sebastián golpeó el escritorio con la palma.

—¿Y por eso ayudó a destruir la vida de Lucía?

—¡No saben lo que ese hombre es capaz de hacer!

—Entonces cuéntenos todo —exigió Ernesto.

El anciano miró hacia la puerta antes de hablar.

—Ramiro no actuó solo. Alguien le entregó las primeras escrituras y las cartas originales de la familia. Alguien que tenía acceso a la casa de Isabel.

Sebastián sintió un escalofrío.

—¿Quién?

Aurelio bajó la voz.

—Mercedes.

Cuando Lucía recibió la noticia, se negó a creerla.

—¡Mercedes nos ayudó! ¡Nos contó todo lo que sabía!

Sebastián intentó tranquilizarla.

—No significa necesariamente que haya participado voluntariamente. Tal vez Ramiro la obligó.

Pero Ernesto negó lentamente con la cabeza.

—Hay algo que deben entender. Mercedes fue quien entregó a Ramiro la ubicación de Isabel hace muchos años. Sin esa información, nunca habría podido encontrarla.

Lucía sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

Mercedes había sido como una madre para ella.

Había estado a su lado cuando no tenía a nadie.

Y ahora existía la posibilidad de que hubiera sido responsable de tantos años de sufrimiento.

—Quiero escucharla de su propia boca —dijo finalmente.

Esa noche, los tres regresaron al rancho.

Encontraron a Mercedes en la cocina, preparando una infusión como hacía cada noche.

Al ver sus rostros, dejó lentamente la taza sobre la mesa.

—Ya lo saben, ¿verdad?

Lucía sintió un nudo en la garganta.

—Dígame que no es cierto.

Mercedes cerró los ojos.

Durante varios segundos no respondió.

Después, comenzó a llorar.

—Yo no quería hacerlo, hija.

—No me llame hija. ¡Dígame por qué entregó a mi madre!

Mercedes se sentó, temblando.

—Ramiro tenía a mi hijo. Me envió una fotografía de él y me dijo que lo mataría si no le decía dónde estaba Isabel.

Lucía retrocedió.

—¿Su hijo?

—Sí. Mi pequeño Mateo. Yo creía que había muerto años atrás, pero Ramiro lo encontró y lo utilizó para obligarme a obedecer.

Sebastián se acercó.

—¿Y dónde está ahora?

Mercedes levantó la mirada.

—No lo sé. Pero hace tres días recibí una carta suya.

Buscó en un cajón y sacó un papel doblado.

Lucía lo abrió.

Solo contenía una dirección y una frase escrita con tinta roja:

«Si quieres volver a ver a tu hijo, lleva a Lucía a la antigua estación de tren. Ven sola».

Lucía levantó lentamente la cabeza.

—¿Por qué no nos lo dijo?

—Porque sabía que Ramiro no quería verme a mí. Te quería a ti.

Sebastián tomó la carta.

—No vamos a permitir que Lucía vaya a ninguna parte sin protección.

Pero Lucía ya estaba mirando la dirección.

—No puedo dejar que otra persona pague por los secretos de mi familia.

A la mañana siguiente, Lucía llegó a la antigua estación antes del amanecer.

No había trenes desde hacía décadas. Las ventanas estaban rotas y la hierba crecía entre los raíles.

Llevaba una pequeña grabadora escondida en el bolsillo y el documento de Ernesto dentro de su chaqueta.

—Sabía que vendrías —dijo una voz desde el interior.

Ramiro apareció entre las sombras.

A su lado había un hombre joven con las manos atadas.

Mercedes había dicho la verdad.

Era Mateo.

—Déjalo ir —exigió Lucía.

Ramiro sonrió.

—Primero dame el documento.

—No.

—Entonces tu madre seguirá encerrada. Y este muchacho no volverá a ver la luz del día.

Lucía apretó los dientes.

—¿Dónde está Isabel?

Ramiro se acercó lentamente.

—Tu madre está más cerca de lo que imaginas.

Entonces abrió una puerta lateral.

Al otro lado apareció Isabel, pálida y con los ojos llenos de lágrimas.

—¡Lucía! —gritó.

Lucía dio un paso hacia ella.

—¡Mamá!

Pero antes de que pudiera alcanzarla, Ramiro sacó una pistola y apuntó directamente hacia las dos mujeres.

—Nadie se mueve.

En ese instante, se escuchó el relincho de un caballo afuera.

Sebastián había llegado.

Ramiro giró la cabeza apenas un segundo.

Fue suficiente.

Mateo se lanzó contra él, Sebastián entró por la puerta principal y Lucía corrió hacia su madre.

Un disparo retumbó en la estación.

Después, todo quedó en silencio.

Cuando Lucía abrió los ojos, vio a Sebastián arrodillado junto a Ramiro.

El arma estaba en el suelo.

Isabel abrazaba a su hija mientras Mateo ayudaba a Mercedes a entrar.

Por primera vez en muchos años, aquella familia parecía estar reunida.

Pero Ernesto, que había llegado con la policía, encontró algo en el bolsillo interior de la chaqueta de Ramiro.

Era una fotografía antigua.

En ella aparecían Ramiro, Aurelio y otro hombre cuya identidad dejó a todos sin palabras.

Lucía tomó la fotografía.

Reconoció inmediatamente el rostro.

Era Julián, el hombre que la había criado.

En la parte de atrás había una fecha y una frase escrita a mano:

«El verdadero heredero nunca fue Sebastián. La tierra pertenece al hijo que todos creyeron muerto».

Lucía miró a Sebastián.

Él también había leído la frase.

Y entonces Ernesto pronunció unas palabras que hicieron que todos guardaran silencio:

—Hay alguien más que debemos encontrar. Porque si este documento es auténtico… el hijo desaparecido de Julián podría estar vivo.

Y ese hombre podría ser el verdadero dueño de Los Cuervos.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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