PART 2: EL AMOR QUE NINGÚN ORGULLO PUDO DOMAR – News

PART 2: EL AMOR QUE NINGÚN ORGULLO PUDO DOMAR

PART 2: EL AMOR QUE NINGÚN ORGULLO PUDO DOMAR

PART 2: EL AMOR QUE NINGÚN ORGULLO PUDO DOMAR

La vida en Los Cuervos había cambiado por completo desde que Sebastián y Lucía se dieron el sí frente a todo el pueblo. Por primera vez en muchos años, la hacienda estaba llena de risas, música y esperanza. Ya no había candados en la compuerta ni amenazas entre los dos ranchos. El agua corría libremente y los trabajadores volvían a mirar el futuro con tranquilidad.

Pero Lucía sabía que conquistar el corazón de Sebastián había sido mucho más fácil que ganarse un lugar entre quienes siempre habían considerado aquella hacienda como una propiedad exclusiva de los hombres poderosos.

Y pronto descubriría que todavía quedaba una última batalla por librar.

Tres meses después de la boda, Lucía estaba revisando las cuentas del rancho cuando Rómulo entró apresuradamente en el despacho.

—Patrona, tenemos un problema grave.

—¿Qué sucede, Rómulo?

—Llegaron tres hombres de la ciudad. Dicen que representan a una empresa que acaba de comprar una parte importante de las tierras del norte. Y traen documentos firmados por el antiguo administrador.

Lucía dejó los papeles sobre el escritorio.

—¿Qué administrador?

—Don Ernesto. El hombre que trabajaba para el padre de Sebastián.

Lucía sintió un escalofrío.

Ernesto había desaparecido años atrás, después de que Sebastián asumiera el control de Los Cuervos. Nadie sabía dónde estaba ni por qué había abandonado la hacienda sin despedirse.

—¿Y qué quieren esos hombres?

—Dicen que tienen derecho a quedarse con el pozo grande, los establos del norte y parte de nuestros terrenos.

—Pues tendrán que demostrarlo ante un juez.

Cuando Sebastián regresó de revisar el ganado, encontró a Lucía esperándolo con los documentos sobre la mesa.

—Mi amor, tenemos un problema.

Sebastián leyó los papeles y su expresión cambió inmediatamente.

—Esto no puede ser. Mi padre jamás habría vendido esas tierras.

—Entonces alguien está intentando robárnoslas.

Sebastián apretó los puños.

—Ernesto tenía acceso a todos los documentos de mi familia. Si está detrás de esto, voy a encontrarlo.

Aquella misma tarde, los hombres de la empresa regresaron acompañados de un abogado.

—Señor Montalvo, le recomendamos aceptar nuestra oferta. Si no entrega los terrenos voluntariamente, iniciaremos un proceso de embargo.

Sebastián se levantó lentamente.

—Escúcheme bien. Ya perdí demasiado por confiar en personas equivocadas. No voy a entregar ni una sola hectárea de esta hacienda.

El abogado sonrió con desprecio.

—Entonces prepárese para perderlo todo.

Cuando se marcharon, Lucía tomó la mano de su esposo.

—No estás solo, Sebastián. Esta vez no vas a enfrentar la tormenta tú solo.

Él la abrazó y apoyó la frente contra la de ella.

—Eso es lo que más miedo me da, Lucía. Que por estar conmigo termines perdiendo todo lo que tu padre te dejó.

—Mi padre me enseñó que la tierra se defiende con trabajo y dignidad. Y tú me enseñaste que el amor no significa rendirse ante los problemas.

Sebastián la besó.

Pero ninguno de los dos imaginaba que aquella amenaza tenía un rostro conocido.

Al día siguiente, una camioneta negra apareció frente a la entrada principal.

De ella descendió un hombre de cabello gris, traje elegante y una sonrisa que Sebastián reconoció inmediatamente.

—Vaya, vaya. El pequeño Sebastián finalmente encontró una mujer que le enseñara a comportarse.

Sebastián salió de la casa con el rostro endurecido.

—Ernesto.

—Ha pasado mucho tiempo, muchacho.

—¿Qué haces aquí?

El hombre levantó una carpeta.

—Vengo a recoger lo que siempre debió pertenecerme.

Lucía se acercó a su esposo.

—¿Quién es este hombre?

—Fue el administrador de mi padre. Y también fue quien desapareció después de que descubrimos que faltaba dinero de las cuentas de la hacienda.

Ernesto soltó una carcajada.

—No desaparecí, Sebastián. Simplemente me cansé de trabajar para una familia que nunca supo reconocer mi talento.

—Robaste a mi padre.

—Tu padre estaba muerto cuando encontré la oportunidad de hacer negocios. Y ahora tengo algo que tú necesitas.

Ernesto abrió la carpeta y mostró una escritura.

—Tu padre firmó un acuerdo de venta sobre los terrenos del norte. Y aquí está su firma.

Sebastián observó el documento con incredulidad.

—Esa firma es falsa.

—Eso tendrás que demostrarlo.

Lucía tomó la carpeta y revisó cuidadosamente cada página.

De pronto, sus ojos se detuvieron en un pequeño detalle.

—Sebastián, mira esto.

—¿Qué encontraste?

—La fecha de este documento.

Sebastián frunció el ceño.

—¿Qué tiene?

—Tu padre falleció el 12 de agosto. Pero este documento está fechado el 19 de agosto.

El rostro de Ernesto perdió por un instante su sonrisa.

Lucía levantó la mirada.

—¿Cómo pudo firmar una venta siete días después de morir?

Rómulo, que observaba desde la entrada, murmuró:

—Patrona, creo que acaba de encontrar algo muy importante.

Ernesto arrebató la carpeta.

—No tienen idea de lo que están haciendo. Mi abogado se encargará de ustedes.

Y se marchó rápidamente.

Sebastián miró a Lucía con admiración.

—Acabas de encontrar la primera grieta en su mentira.

—Y vamos a encontrar todas las demás.

Esa noche, mientras cenaban, alguien llamó desesperadamente a la puerta.

Era Mateo.

Entró con el rostro pálido y una caja de madera entre las manos.

—Sebastián, necesito que veas esto.

—¿Qué sucede, primo?

Mateo colocó la caja sobre la mesa.

—Encontré algo en la antigua oficina de tu padre. Estaba escondido detrás de un armario.

Dentro había fotografías, recibos bancarios y varias cartas amarillentas.

Lucía tomó una de ellas.

La letra pertenecía al padre de Sebastián.

Comenzó a leer en voz alta:

«Si algún día Ernesto intenta quedarse con Los Cuervos, no confíen en los documentos que presente. Hace años descubrí que estaba trabajando con personas que querían apoderarse de nuestras tierras. Guardé las pruebas en un lugar donde nadie pensaría buscarlas».

Sebastián sintió que se le cortaba la respiración.

—Mi padre sabía que esto iba a suceder.

Mateo sacó otra fotografía.

En ella aparecían Ernesto y un hombre que Sebastián conocía demasiado bien.

—No puede ser…

Lucía miró la imagen.

—¿Quién es?

Sebastián respondió con voz temblorosa:

—El padre de Valeria.

El silencio invadió la habitación.

La mujer que años atrás lo había abandonado en el momento más difícil de su vida no había regresado únicamente para recuperar su fortuna. Su familia llevaba años intentando quedarse con Los Cuervos.

Y aquella traición parecía mucho más profunda de lo que Sebastián había imaginado.

Al amanecer, Lucía decidió visitar el viejo establo donde había encontrado a Relámpago por primera vez.

Mientras revisaba unas cajas, escuchó un ruido detrás de la pared de madera.

Movió unas herramientas y descubrió una pequeña puerta oculta.

Dentro había un sobre protegido por una bolsa de cuero.

Su corazón comenzó a latir con fuerza.

En el sobre aparecía escrito su nombre.

«Para Lucía Mendoza. Entrégueselo únicamente a la mujer que tenga el valor de defender esta tierra».

Lucía abrió el sobre con manos temblorosas.

Era una carta firmada por el padre de Sebastián.

Pero lo que decía en las últimas líneas la dejó completamente paralizada.

«Lucía, si estás leyendo esto, significa que mi hijo finalmente encontró a una mujer que ama esta tierra tanto como él. Hay algo que debes saber: el rancho de tu padre y Los Cuervos nunca debieron estar separados. Hace más de treinta años, nuestras familias hicieron un acuerdo que alguien traicionó. La mitad de las tierras que hoy defiendes también pertenece legalmente a tu familia».

Lucía volvió a leer aquellas palabras.

¿Su padre había tenido derechos sobre Los Cuervos?

¿Y por qué nunca se lo había contado?

De pronto, una voz sonó detrás de ella.

—Porque tu padre no quería que conocieras la verdad.

Lucía se giró.

Una mujer mayor estaba parada en la entrada del establo. Llevaba un vestido oscuro y sostenía un viejo bastón.

Lucía la reconoció inmediatamente.

Era Mercedes, la antigua ama de llaves de Los Cuervos, quien había desaparecido poco después de la muerte del padre de Sebastián.

—¿Quién es usted? —preguntó Lucía.

La anciana se acercó lentamente.

—Soy la única persona que conoce lo que realmente ocurrió entre tu padre y el padre de Sebastián.

—Entonces tiene que contármelo todo.

Mercedes respiró profundamente.

—Tu padre no murió por una enfermedad, hija. Lo asesinaron para quedarse con sus tierras.

Lucía sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

—¿Quién lo hizo?

La anciana miró hacia la ventana, como si temiera que alguien pudiera escucharla.

—El mismo hombre que ahora quiere quitarles Los Cuervos.

—¿Ernesto?

Mercedes negó lentamente con la cabeza.

—No. Ernesto solamente era su cómplice.

En ese instante, una camioneta frenó bruscamente frente al establo.

Sebastián bajó corriendo.

—¡Lucía!

Pero antes de que pudiera acercarse, Mercedes le entregó una pequeña fotografía.

En ella aparecían dos hombres jóvenes, una mujer embarazada y un bebé recién nacido.

Lucía reconoció a su padre.

Pero el otro hombre era alguien cuya presencia jamás habría imaginado.

Sebastián miró la fotografía y palideció.

—No puede ser…

Lucía lo miró aterrada.

—¿Qué pasa, Sebastián?

Él levantó lentamente la cabeza.

—Ese hombre no es un desconocido. Es mi propio padre.

Mercedes comenzó a llorar.

—Y ese bebé que aparece en sus brazos, Lucía… eres tú.

Lucía retrocedió un paso.

Durante toda su vida había creído que era hija única y que su padre nunca había tenido relación con la familia Montalvo.

Pero aquella fotografía demostraba que existía un secreto capaz de cambiarlo todo.

Y justo cuando Sebastián intentó abrazarla, Mercedes pronunció las palabras que terminaron de destruir la tranquilidad de aquella mañana:

—Lucía, tú y Sebastián no solamente heredaron dos ranchos. Sus padres escondieron una verdad sobre sus familias que alguien está dispuesto a matar para que nunca salga a la luz.

Y en ese momento, un disparo resonó desde la entrada de Los Cuervos.

La anciana cayó al suelo.

Sebastián corrió hacia ella mientras Lucía gritaba pidiendo ayuda.

Al otro lado del establo, una camioneta negra arrancó a toda velocidad.

El pasado acababa de regresar para cobrar una deuda que llevaba más de treinta años esperando.

Y esta vez, el enemigo no estaba fuera de la familia.

Estaba mucho más cerca de lo que imaginaban…
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Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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