Capítulo 3: El secreto que podía destruir nuestra boda
Capítulo 3: El secreto que podía destruir nuestra boda
Me quedé mirando a Colin, incapaz de reconocer al hombre que tenía delante. Hacía apenas unos minutos, todavía creía que mi mayor problema era una suegra que no aceptaba a mi hija. Ahora, mientras escuchaba aquellas palabras sobre Daniel, el padre de June, sentía que el suelo desaparecía bajo mis pies.
—Quiero que me lo cuentes todo —dije, intentando controlar el temblor de mi voz—. Y no vuelvas a ocultarme nada. Ni una sola palabra.
Colin se pasó las manos por el rostro. Parecía agotado, como si llevara días cargando con una verdad que no se atrevía a pronunciar.
—Hace tres semanas, mi madre me llamó a su casa. Me dijo que había encontrado unos documentos entre las pertenencias de Daniel. Documentos que, según ella, demostraban que tu primer matrimonio no había sido tan feliz como tú me contaste.
Sentí una punzada en el pecho.
Daniel había muerto cuando June tenía apenas cuatro años. Su pérdida me había dejado destrozada, pero también me había enseñado a seguir adelante por mi hija. Nunca había ocultado que nuestro matrimonio tuvo dificultades. Habíamos discutido, cometido errores y atravesado momentos dolorosos, como cualquier pareja. Sin embargo, jamás había imaginado que Margaret pudiera conocer algo capaz de cambiar la imagen que June conservaba de su padre.
—¿Qué documentos? —pregunté.
—No los vi todos. Mi madre solo me enseñó una carta y algunas copias de transferencias bancarias. Aseguró que Daniel había pedido dinero prestado a su familia poco antes de morir y que tú lo sabías.
Retrocedí un paso.
—Eso es mentira. Daniel nunca pidió dinero a tu familia. Ni siquiera conocía a Margaret.
—Lo sé —respondió Colin rápidamente—. Eso fue lo que le dije. Pero ella insistió en que había más documentos y que podía hacerlos públicos.
—¿Y tú le creíste?
—No, Paige. Pero tenía miedo de que te hiciera daño.
Solté una risa amarga que no tenía nada de alegría.
—¿Así que decidiste hacerle daño tú a June? ¿Apartarla de nuestra boda, hacerla sentir que no pertenece a nuestra familia y obligarla a esconderse detrás de una sonrisa para que yo no descubriera lo que estaba pasando?
Colin bajó la mirada.
No respondió.
Y aquel silencio me dolió más que cualquier excusa.
En ese instante, escuché un pequeño ruido detrás de la puerta entreabierta.
—¿Mamá?
Me giré de inmediato.
June estaba allí, todavía con su vestido de novia infantil entre las manos. Tenía los ojos enrojecidos y las mejillas húmedas. Había escuchado lo suficiente para entender que estábamos hablando de su padre.
Me arrodillé frente a ella.
—Cariño, ¿desde cuándo estás ahí?
—Desde que Colin dijo que había un secreto sobre papá.
Su voz era tan pequeña que sentí que algo se rompía dentro de mí.
—¿Papá hizo algo malo? —preguntó—. ¿Por eso la señora Margaret no quiere que yo camine contigo?
La abracé con fuerza.
—No, mi amor. Escúchame bien. Nada de esto es culpa tuya. Y nadie tiene derecho a hacerte sentir que debes ganarte un lugar en mi vida.
June escondió el rostro contra mi hombro.
—Pero si papá hizo algo malo, ¿significa que tengo que avergonzarme de él?
Cerré los ojos. No sabía qué contenían aquellos documentos, pero sí sabía que una niña de once años no debía cargar con las amenazas ni las disputas de los adultos.
—Tu papá fue una persona, cariño. Como todos nosotros, pudo cometer errores. Pero lo que él haya hecho o dejado de hacer nunca cambiará cuánto te amó ni cuánto te amo yo.
Cuando June se calmó un poco, la acompañé a una habitación contigua y le pedí que se quedara allí mientras resolvía el problema. No quería que escuchara más discusiones.
Al regresar, encontré a Colin junto a la ventana, mirando hacia el jardín donde los invitados comenzaban a reunirse.
—La ceremonia empieza en cuarenta minutos —murmuró—. Podemos hablar con mi madre, conseguir esos documentos y aclararlo todo antes de que nadie se entere.
Lo miré con incredulidad.
—¿De verdad crees que lo más importante ahora es salvar la ceremonia?
—No. Lo más importante eres tú y June.
—Entonces dime por qué no me lo contaste hace tres semanas.
Colin apretó los labios.
—Porque mi madre me hizo prometer que no te hablaría del asunto hasta después de la boda. Dijo que, una vez casados, todo sería más fácil de resolver.
Sentí un escalofrío.
—¿Más fácil para quién?
Antes de que pudiera contestar, mi teléfono vibró sobre la mesa.
Era un mensaje de Margaret.
«Paige, espero que ya hayas comprendido que esta boda no puede continuar como si nada. Si quieres conocer la verdad sobre Daniel, ven sola a la biblioteca. Trae también el anillo que mi hijo te entregó. Hay algo que debes saber antes de cometer el mayor error de tu vida».
Debajo del mensaje había una fotografía.
La imagen mostraba un sobre amarillento, una firma que reconocí de inmediato y una fecha escrita a mano: tres días antes de la muerte de Daniel.
Se me heló la sangre.
Conocía aquella letra. Había visto esa firma cientos de veces en tarjetas de cumpleaños, notas pegadas en la nevera y dibujos que Daniel guardaba con orgullo cuando June era pequeña.
Era suya.
Pero lo que me dejó sin respiración no fue la firma.
En la esquina inferior de la fotografía aparecía una frase escrita con tinta azul:
«Si algo me sucede, asegúrate de que Paige nunca descubra lo que ocurrió aquella noche».
Me quedé inmóvil, con el teléfono temblando entre mis dedos.
—¿Qué pasa? —preguntó Colin al ver mi expresión.
Le mostré la fotografía.
En cuanto la vio, perdió el color del rostro.
—No puede ser… —susurró.
—¿Has visto esa carta antes?
Colin no respondió enseguida. Sus ojos permanecieron clavados en la pantalla, como si acabara de reconocer algo que llevaba mucho tiempo intentando olvidar.
Entonces levantó la mirada hacia mí.
—Paige, hay algo que no te he contado. La noche en que Daniel murió, mi madre estaba con él.
Sentí que el corazón me golpeaba las costillas.
—¿Qué acabas de decir?
—No sé exactamente qué ocurrió entre ellos. Pero mi madre me confesó que se encontraron esa noche. Y cuando le pregunté por qué, me dijo que Daniel había ido a exigirle algo.
—¿Exigirle qué?
Colin tragó saliva.
—Dinero, quizá. O que guardara silencio sobre algo que ambos sabían.
En ese momento, desde el pasillo llegó la voz de Margaret.
—Veo que Colin finalmente ha empezado a contarte la historia.
Nos giramos.
Ella estaba en la puerta, impecable con su vestido azul oscuro y una sonrisa fría que no alcanzaba sus ojos. En una mano sostenía una carpeta de cuero; en la otra, un pequeño sobre sellado.
—Dame eso —ordené, señalando la carpeta—. Quiero leer todos los documentos.
Margaret levantó ligeramente el mentón.
—Puedes leerlos. Pero debes entender una cosa, Paige: cuando descubras la verdad, quizá ya no quieras que tu hija lleve el apellido del hombre con el que estás a punto de casarte.
—¡Basta! —exclamó Colin—. ¡Deja de amenazarla!
Por primera vez, la sonrisa de Margaret desapareció.
—¿Amenazarla? Estoy intentando evitar que cometas el mismo error que cometió otra mujer antes que ella.
Abrió la carpeta y sacó una hoja doblada.
Reconocí el nombre de Daniel en la parte superior. Debajo había una declaración firmada, fechada tres días antes de su muerte.
Pero antes de que pudiera leer la primera línea, Margaret puso un dedo sobre el papel.
—Antes de que leas esto, quiero que sepas que Daniel no murió dejando únicamente una esposa y una hija. Dejó una deuda, una promesa incumplida y una verdad que alguien ha mantenido enterrada durante siete años.
La miré, sintiendo que el aire ya no me llegaba a los pulmones.
—¿Qué verdad?
Margaret deslizó el documento hacia mí.
—La verdad sobre quién estaba realmente con Daniel cuando ocurrió el accidente.
Bajé los ojos hacia la primera línea.
Y entonces vi un nombre que jamás habría imaginado encontrar allí.
El nombre de Colin.