Capítulo 4: Lo que Chloe escondía
Capítulo 4: Lo que Chloe escondía
Cole tardó cuatro horas en ponerle nombre al destinatario.
—Alex R., veintidós años. Camarero. Sin antecedentes. —David me enseñó la foto en su teléfono—. Ocho meses recibiendo transferencias de la cuenta de Chloe. Entre tres y cinco mil al mes.
—¿Su novio? —pregunté.
—O algo peor. —David me miró—. ¿Quieres que hablemos con ella primero, o investigo yo?
—Con ella. Pero con cuidado, David. Está asustada.
Encontramos a Chloe en la cafetería del hospital, con Eleanor. Mi madre no se había separado de ella desde la confesión del robo. Cuando nos sentamos, Chloe nos miró con recelo.
—¿Ahora qué? —dijo—. ¿Van a interrogarme?
—Chloe —dije con suavidad—, sabemos adónde iba el dinero. A Alex.
Se quedó blanca.
—¿Cómo…? ¿Me están espiando?
—Te estamos protegiendo —dijo David—. O intentándolo. Chloe, ¿quién es Alex?
—Nadie —dijo rápidamente—. Un amigo. Le presté dinero y…
—Chloe —la interrumpí—. Mírame. Soy tu hermana. Y te quiero. Pero si no nos dices la verdad, no podemos ayudarte.
Se le llenaron los ojos de lágrimas. Miró a Eleanor, luego a mí, luego al suelo.
—Lo conocí hace ocho meses —susurró—. En una fiesta. Era… encantador. Me hacía sentir mayor. Libre. Una noche… —tragó saliva— …me hizo fotos. Fotos íntimas. Yo tenía diecisiete años.
Eleanor se llevó la mano a la boca.
—Al día siguiente me dijo que si no le pagaba, las publicaría. Que se las mandaría a mamá. A internet. A todo el mundo. —Lloraba abiertamente—. Tres mil al mes al principio. Después cinco. Me dijo que si intentaba algo, las publicaba todas.
—¿Por qué no me lo dijiste? —susurró Eleanor—. ¿Por qué no viniste a mí?
Chloe la miró con una mezcla de dolor y rabia.
—¿De verdad me lo preguntas? —dijo—. Mamá, cuando te conté que había robado, tu primera pregunta fue si alguien más lo sabía. No me preguntaste si estaba bien. Me preguntaste por las apariencias. ¿Cómo iba a contarte que un chico tenía fotos mías desnuda?
Eleanor se quedó sin palabras. Por primera vez en mi vida, vi a mi madre sin armadura.
—Chloe —dijo David, con una calma letal—, ¿tienes los mensajes? ¿Las amenazas?
—Todos. En mi teléfono. Nunca borré nada. Por si… por si algún día me atrevía.
—Dámelos. —David se puso de pie—. Cole va a necesitarlos.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó Eleanor, alarmada—. David, por favor, piensa en la reputación de Chloe. Si esto se hace público…
—Su hija fue extorsionada siendo menor de edad —dijo David, y su voz cortó el aire—. Eso es un delito grave. Pornografía infantil y extorsión. Ese chico va a la cárcel. Hoy. —Miró a Eleanor—. Y si le preocupa su reputación más que su hija, dígalo ahora para que lo sepa.
Eleanor bajó la mirada.
—Haz lo que tengas que hacer —susurró.
Cole se movió rápido. A las seis de la tarde, Alex R. estaba detenido. En su teléfono encontraron las fotos, los mensajes de amenaza y los registros de los pagos. El abogado de David lo dejó claro: colaboración total o cargos federales. Alex eligió colaborar. Llorando, según Cole.
—Va a pasar una temporada larga entre rejas —me dijo David—. Y sus dispositivos quedan incautados.
Esa noche, Leo dio otro paso: lo trasladaron de la UCI a una habitación normal. La doctora Reyes sonreía de verdad por primera vez.
—Está fuera de peligro —dijo—. Necesitará reposo y controles, pero… lo peor pasó.
Lloré en el hombro de David. Mi hijo iba a vivir.
Y entonces, por la puerta entreabierta, vi a Eleanor. Estaba en el pasillo, mirando hacia dentro, sin atreverse a entrar.
—Mamá —dije—. Pasa.
Entró despacio. Se acercó a la cama de Leo. Le tomó la manita con dos dedos, como si fuera algo sagrado.
—Hola, mi amor —susurró—. Soy tu abuela. Perdona por tardar tanto.
Leo dormía, pero su manita se cerró un poco alrededor de su dedo. Eleanor lloró en silencio.
—Es igual que tú de pequeño —me dijo sin mirarme—. Los mismos hoyuelos.
—Mamá…
—Déjame —dijo—. Por favor. Déjame estar aquí un rato. Sin hablar. Solo… estar.
Salí al pasillo con David. Nos quedamos mirando por el cristal: Eleanor, sentada junto a la cama de su nieto, acariciándole la frente con una ternura que yo no le conocía.
—¿Crees que puede cambiar? —pregunté.
—Creo que ya está cambiando —dijo David—. A la fuerza, pero cambiando.
Mi teléfono vibró. Era Cole. David contestó y puso el altavoz.
—Señor —dijo Cole—, revisamos el teléfono y el portátil de Alex. Encontramos las fotos, los mensajes… y algo más.
—¿Qué?
—Alex no solo extorsionaba a Chloe. Vendía las fotos. —Hizo una pausa—. Había un comprador. Alguien le pagaba un extra por fotos de Chloe en eventos familiares. Fiestas, galas, vacaciones.
—¿Un comprador? —pregunté—. ¿Quién?
—No lo sabemos todavía. Usaba un correo anónimo y pagaba con criptomonedas. Pero señor… —Cole dudó— …por los mensajes, parece que el comprador conocía a la familia. Sabía dónde iba a estar Chloe. Cuándo. Con quién.
David y yo nos miramos.
—Alguien de su círculo —dijo David lentamente—. Alguien cercano a Eleanor… lleva meses pagando por fotos de su propia hija.