Capítulo 2: El sol amarillo en el dobladillo – News

Capítulo 2: El sol amarillo en el dobladillo

Capítulo 2: El sol amarillo en el dobladillo

Capítulo 2: El sol amarillo en el dobladillo

La mujer me miró como si mi pregunta le pareciera extraña.

—¿Dónde la conseguí? —repitió.

Asentí.

—Sí. Necesito saberlo.

Mi marido llegó detrás de mí.

—Cariño, ¿qué pasa?

No pude responder.

Solo señalé la prenda.

El pequeño sol amarillo seguía allí.

Desteñido por los años, ligeramente torcido, exactamente como lo había cosido mi madre.

La mujer bajó la mirada.

—La encontré hace mucho tiempo.

—¿Dónde?

Ella tardó unos segundos en contestar.

—En una caja.

Sentí que el corazón me golpeaba con fuerza.

—¿Qué caja?

La mujer frunció el ceño.

—¿Por qué le interesa tanto?

Me acerqué un poco.

—Porque yo conozco esa prenda.

Ella sonrió incómodamente.

—No creo que pueda conocerla.

—La hizo mi madre.

La sonrisa desapareció.

—¿Su madre?

—Sí.

La mujer volvió a mirar el pequeño sol amarillo.

—Entonces quizá usted pueda explicarme algo.

Se llevó una mano al cuello de la prenda y tiró suavemente de la tela.

—¿Esto estaba aquí cuando la hizo?

Sentí que se me cortaba la respiración.

En el interior del dobladillo había unas pequeñas letras bordadas.

N. V.

Las reconocí inmediatamente.

Mi hija.

Nora Valdés.

No podía ser una coincidencia.

No después de ocho años.

—Quiero hablar con usted —dije.

La mujer miró hacia la cafetería.

—Podemos sentarnos.

Nos condujo hasta una mesa apartada.

Mi marido permaneció a mi lado.

Yo no podía dejar de mirar la prenda.

—¿Cómo se llama?

—Elena.

—¿Elena qué?

Dudó.

—Elena Marín.

Saqué mi teléfono con manos temblorosas.

Abrí la fotografía que había conservado durante ocho años.

Nora aparecía sonriendo frente al mar.

Llevaba exactamente aquella prenda turquesa.

Le mostré la pantalla.

Elena palideció.

No dijo nada.

Solo acercó el teléfono hacia su rostro.

—¿Quién es? —preguntó finalmente.

—Mi hija.

Elena volvió a mirar la fotografía.

—¿Cómo se llama?

—Nora.

La mujer dejó escapar lentamente el aire.

—¿Nora?

—Sí.

Elena se quedó mirando la mesa.

—No conozco a ninguna Nora.

Sentí una punzada de decepción.

—Entonces, ¿cómo llegó esto hasta usted?

—No lo sé.

—Tiene sus iniciales.

—Ya lo sé.

—Y ese sol lo cosió mi madre.

Elena acarició la pequeña costura.

—Yo no lo cosí.

—Entonces alguien se lo dio.

—Sí.

—¿Quién?

Elena levantó los ojos.

—Una chica.

Mi corazón se detuvo.

—¿Qué chica?

—No sé cómo se llamaba.

—¿Cuándo?

—Hace ocho años.

Mi marido me agarró suavemente del brazo.

Elena continuó.

—Fue durante el verano. Una chica joven apareció cerca del puerto. Estaba sola.

—¿Qué edad tenía?

—Dieciséis, quizá diecisiete.

Sentí que las piernas me fallaban.

—¿Cómo era?

Elena pensó unos segundos.

—Cabello oscuro. Estatura media. Tenía una pequeña cicatriz en la ceja.

Miré a mi marido.

Nora tenía una pequeña cicatriz sobre la ceja izquierda.

Se la había hecho de niña al caerse de una bicicleta.

—¿Qué te dijo? —pregunté.

Elena bajó la voz.

—Me dijo que había perdido sus cosas.

—¿Qué cosas?

—Su teléfono. Su bolso. Todo.

Mi corazón comenzó a latir todavía más rápido.

—¿Y la prenda?

—La llevaba puesta.

—Entonces, ¿por qué se la dio?

Elena negó con la cabeza.

—No me la dio exactamente.

—¿Qué significa eso?

La mujer miró alrededor antes de continuar.

—Me pidió que la escondiera.

Sentí un escalofrío.

—¿Por qué?

Elena apretó los labios.

—Dijo que alguien la estaba buscando.

Mi marido se inclinó hacia delante.

—¿Quién?

—No lo sé.

—¿La policía habló con usted hace ocho años? —pregunté.

Elena negó.

—No.

—¿Nunca?

—Nunca.

—Pero si una chica de dieciséis años desapareció, ¿cómo es posible que nadie preguntara por ella?

Elena bajó la mirada.

—Porque ella no quería que la encontraran.

La frase me golpeó.

—¿Qué?

—Eso fue lo que me dijo.

Me quedé inmóvil.

Durante ocho años había imaginado a mi hija asustada, perdida, herida.

Había pensado que quizá alguien la había obligado a desaparecer.

Pero jamás había imaginado que pudiera haber dicho voluntariamente que no quería ser encontrada.

—¿Te dijo por qué?

Elena asintió lentamente.

—Me dijo que si alguien preguntaba por ella, yo debía decir que nunca la había visto.

—¿Y por qué me estás contando esto ahora?

Elena me miró.

—Porque usted apareció.

—¿Qué tiene que ver conmigo?

La mujer señaló mi bolso.

—La fotografía.

Me quedé desconcertada.

—¿Qué pasa con ella?

—Cuando me enseñó la foto, reconocí a la chica.

Mi corazón dejó de latir durante un segundo.

—¿La reconociste?

Elena asintió.

—Sí.

—¿Era mi hija?

La mujer tardó en responder.

—Creo que sí.

Me llevé una mano a la boca.

Mi marido se levantó.

—¿Dónde está ella?

Elena negó con la cabeza.

—No lo sé.

—¿Cuándo fue la última vez que la viste?

—Hace ocho años.

—¿Qué pasó después?

Elena miró hacia la ventana.

—Una mañana desapareció.

—¿Sin decir nada?

—Dejó algo para mí.

—¿Qué?

Elena metió la mano en su bolso.

Sacó un pequeño papel doblado.

Lo colocó sobre la mesa.

—Esto.

Lo abrí.

Solo había una frase escrita a mano.

Reconocí la letra inmediatamente.

Era la letra de Nora.

“Si algún día viene una mujer preguntando por mí, dile que todavía estoy viva.”

Las lágrimas comenzaron a caer por mi rostro.

Debajo de la frase había una segunda línea.

Una línea que hizo que mi marido se quedara completamente pálido.

“Pero no le digas dónde estoy.”

Levanté la mirada hacia Elena.

—¿Por qué mi hija te dejaría esto?

Elena no respondió.

Entonces mi marido vio algo escrito en la parte inferior del papel.

Una dirección.

Una dirección situada a casi treinta kilómetros de aquella cafetería.

Y debajo había tres palabras.

“Solo después de ocho años.”

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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