Capítulo 2: La cuarta fotografía
Capítulo 2: La cuarta fotografía
La primera fotografía era de la estación de Villamar.
Mi madre sonreía a la cámara desde el andén, con su bolsa azul a los pies y un pañuelo al cuello que no le había visto nunca. Ya estaba flaca en esa foto. Ya tenía las mejillas hundidas. La fecha de la esquina era de hacía diez días: tres días antes de la mañana en que me dijo, con su maleta azul y su sonrisa de siempre, que se iba una semana a casa de Margaret.
La segunda era de las dos juntas, en el porche de una casa con una placa de latón: Casa Ferrer.
Margaret existe. Margaret está viva, en una silla de ruedas, con una manta sobre las piernas y los ojos más despiertos que he visto en una fotografía en años. Mi madre se reía a su lado con la boca abierta, de esa manera que no le oigo reír desde antes de la primavera. Y fue entonces cuando bajé a mirar otra vez la etiqueta de la maleta negra, la que no llevaba ni el nombre de Margaret ni el de mi madre.
Decía: M. Ferrer.
El apellido de casada de Margaret. La maleta era suya.
La tercera fotografía era un pasillo de hospital y una pulsera de plástico en la muñeca de mi madre. Al fondo, desenfocado, un cartel: Clínica Santa Ana — Villamar. Mi madre sujetaba una carpeta contra el pecho con las dos manos, como se sujetan las sentencias.
Y la cuarta.
La cuarta fotografía no era de Villamar.
Era de aquí. De nuestra ciudad. De una calle que yo conozco tan bien que podría recorrerla con los ojos cerrados: el antiguo convento de ladrillo convertido hace años en residencia, con su puerta verde y su cartel discreto que tantas veces había leído sin leerlo de camino a la compra.
Hogar Santa Rita. Cuidados y acompañamiento.
En la fotografía, mi madre está en esa puerta, de espaldas a la cámara de Margaret —porque tuvo que ser Margaret quien le prestó la cámara y el valor—, entregándole a una enfermera su bolsa de viaje azul. La pequeña. La de siempre. La fecha de la esquina: hace tres días.
Mi madre no llegó ayer de ningún viaje. Mi madre llegó hace tres días, dejó su bolsa azul en una residencia de cuidados paliativos a quince calles de su casa, y ayer representó su llegada en la estación con una maleta prestada, para que yo no tuviera que hacer preguntas.
Cogí las llaves del coche porque ya lo había entendido, y porque entenderlo en voz baja, en su cocina, era imposible.
Dejé a la vecina sentada en el salón con instrucciones de que si mamá se despertaba me llamara antes de decirle nada, y conduje hasta Santa Rita con las fotografías ardiéndome en el bolsillo como arden las pruebas.
La directora no pareció sorprenderse de verme. Eso fue lo primero que me partió.
—Su madre nos dijo que probablemente vendría alguien de la familia antes del domingo —me dijo, acompañándome a un despachito con dos sillas y una ventana al jardín—. No nos dijo quién. Creo que ni ella lo sabía. Solo nos pidió que, si venía, no le mintiéramos. «En mi casa ya se ha mentido bastante por amor», dijo. Palabras suyas.
Su madre tiene cáncer de estómago. Me lo dijo así, sin rodeos, porque se lo había ordenado una mujer de ochenta años que ha firmado cada papel de su propio final con la letra clara de sus años buenos. Diagnóstico: hace cuatro meses. Pronóstico reservado desde el principio. Hace ocho meses que mamá falta, de vez en cuando, a cosas pequeñas —una merienda, una misa, una tarde de repostería— y yo lo atribuía a la edad, que es el cajón donde guardamos todo lo que no queremos mirar.
El viaje a Villamar era real y era una tapadera, las dos cosas a la vez. Real: Margaret vive allí desde hace ocho años, con una sobrina, y el número que mamá me dio era el de su antigua casa, «porque si llamabas y salía ella, no habría preguntas». Tapadera: en Villamar está la Clínica Santa Ana, donde le confirmaron lo que su médico de aquí ya sabía, y donde le dijeron, con la carpeta que sujeta en la tercera fotografía, que no hay operación que la salve.
—¿Y los tres días? —pregunté—. ¿Por qué volvió tres días antes y no me lo dijo?
La directora abrió una carpeta fina. La carpeta de mamá.
—Porque quiso ver primero la habitación —dijo—. Quiso dormir tres noches aquí, probar la comida, conocer a las enfermeras. Quiso decidirlo ella, como ha decidido todo. La bolsa azul está en su armario. La habitación ocho está pagada y reservada a su nombre. Y nos dejó una instrucción firmada que llevo tres días esperando no tener que enseñarle a nadie tan pronto.
Me tendió una hoja. La letra de mi madre, la de las listas de la compra y las felicitaciones de cumpleaños, escribía:
«Vuelvo el domingo a las seis, después de comer en casa con mi familia. Será mi última cena de los domingos en mi casa, aunque ellos todavía no lo sepan. Si alguien viene antes a preguntar, no le digan que estoy enferma. Díganle que estoy despidiéndome, que es la verdad ordenada de otra manera.»
Me quedé mirando la palabra «domingo» hasta que se me desenfocó.
Mi madre, que nunca ha faltado a una cena de los domingos. Mi madre, que anoche arrastró una maleta ajena hasta su dormitorio y echó la llave no para escondérmela a mí, sino para poder mirarla ella sola un rato y prepararse.
Me levanté con la hoja temblándome en la mano.
—¿Sabe qué es lo último que nos pidió su madre antes de irse a representar su llegada a la estación? —dijo la directora, desde la puerta—. Que en la habitación ocho haya dos sillas. Dice que su familia es de las que se sientan a la mesa hasta el final. Y que el final, si puede ser, también sea una mesa.