Capítulo 3: Dos planes
Capítulo 3: Dos planes
Cuando volví a casa, la vecina se levantó del sofá con el dedo en los labios.
—Se ha despertado hace diez minutos —susurró—. Ha ido a la cocina. No le he dicho nada, como me pediste. Pero creo que sabe que sabes. Las madres saben esas cosas por el ruido de las llaves.
Estaba en la cocina, de espaldas, con su delantal de siempre atado sobre un cuerpo que ya no lo llena, mirando la bandeja del horno vacío como se mira un paisaje que se está despidiendo de una. No se giró cuando entré.
—Has tardado —dijo—. Villamar está a tres horas, pero Santa Rita está a quince calles. Has ido a los dos sitios en una sola mañana. Eres igual que tu abuela: cuando sospechas, no preguntas. Vas.
—He estado en Santa Rita, mamá.
Silencio. El reloj de la cocina. Su respiración, que ahora oigo distinta porque por fin sé lo que cuesta.
—Tenía un plan —dijo, por fin, con una irritación fina, de mujer a la que le han movido las sillas de sitio—. Un plan entero, ¿sabes? Con sus papeles, sus fechas y su domingo. Cuatro meses construyéndolo para que nadie tuviera que improvisar nada delante de mí. Y vienes tú con una cámara prestada y me lo desarmas un jueves.
—Me lo desarmaste tú —dije—. Anoche arrastraste una maleta que no era tuya hasta tu cuarto y echaste la llave. Yo solo he seguido las migas que tú misma dejaste, mamá. La cámara de Margaret. Las fotografías. Cuatro. Ni una más. ¿Tú crees que eso es casualidad? Yo creo que una parte de ti quería que la siguiera.
Se giró entonces. Y la mujer que me miró ya no era la de la estación, con su sonrisa forzada de «problema estomacal». Era mi madre de verdad, la de los ochenta años bien llevados, con los ojos secos y la barbilla en alto, furiosa y aliviada en la misma medida, como se está cuando un secreto guardado a pulso por fin se posa en el suelo.
—Siéntate —me dijo—. Ya que lo sabes, lo sabes entero. Odio las verdades a trozos. Son las que más duelen, porque hay que tragarlas muchas veces.
Me lo contó todo en la mesa de la cocina, con dos cafés que se quedaron fríos.
El diagnóstico, hace cuatro meses, con un médico que le habló mirándola a los ojos, cosa que ella agradeció en voz alta. El pronóstico: meses, y no de los largos. Su decisión, tomada esa misma noche, sin consultar a nadie, como se toman las decisiones en esta familia desde que el mundo es mundo: no habría hospitales convertidos en salas de espera familiares, no habría hijos turnándose en una silla de plástico, no habría una casa oliendo a desinfectante y a despedida durante un año. Lo vio con su propia madre: mi abuela murió en casa de mamá, en la habitación de invitados, y mamá tardó dos años en volver a entrar en esa habitación sin oler a muerte al cruzar la puerta.
—Eso no me lo vas a hacer tú a mí, ¿me oyes? —me dijo, agarrándome la muñeca con una fuerza que desmentía su delgadez—. Ni yo te lo voy a hacer a ti. Yo no quiero que tu último año conmigo sea el año en que dejaste de vivir para verme morir. Quiero que sean domingos. Quiero oír la puerta, quiero quejarme del horno, quiero que me riñas por echarle demasiado azúcar a todo. Y cuando ya no pueda darte eso, me iré a Santa Rita, donde hay señoras que cobran por no llorar mientras me ponen la almohada, y tú vendrás los domingos a sentarte en una de las dos sillas y a contarme la semana. Eso es lo que hay. Eso es lo que he firmado.
—¿Y lo que yo quiero? —pregunté, y me salió la voz rota, que era lo que ella había estado evitando con cuatro meses de mentiras bien ordenadas—. ¿Eso no está firmado en ninguna parte, mamá? Tú has decidido qué clase de hija voy a ser: la de los domingos, la de las visitas, la que llega con flores cuando todo está ya limpio y hecho. ¿Y si yo quiero ser la de la silla de plástico? ¿Y si quiero oler a desinfectante? ¿Quién te ha dado permiso para ahorrarme mi propia vida?
Lloré. Ella no. Ella me sostuvo la mirada como se sostiene una bandeja caliente: sin soltarla y sin quejarse.
—Nadie —dijo al cabo—. Nadie me ha dado permiso. Por eso dejé cuatro fotografías y no cuarenta. —Me soltó la muñeca y se miró las manos, esas manos de repostera que lo han amasado todo en esta casa—. Está bien. Hagamos lo que hace la gente civilizada cuando los dos tienen papeles: competir.
Abrió el cajón de los manteles y sacó una carpeta. La suya. Fechas, costes, la reserva de la habitación ocho, las instrucciones firmadas. La carpeta de una mujer que ha organizado su final como organizaba las Navidades: con antelación y sin dejar a nadie el trabajo sucio.
—Tú quieres cuidarme aquí. Muy bien. Tráeme un plan como este: con nombres, horarios, costes y firmas. Quién me levanta, quién me duerme, qué pasa cuando tú trabajes, qué pasa cuando tú caigas enferma de cansancio, que caerás. Nada de «ya nos apañaremos», que esa frase es el himno de los que luego lloran en los pasillos. Tienes hasta el domingo. Después de comer, ponemos las dos carpetas sobre esta mesa y decidimos. Con la verdad encima, que ya va siendo hora en esta casa.
—¿Y si gana el mío? —pregunté.
—Si gana el tuyo, quemo una cosa —dijo, y señaló el dormitorio con la barbilla—. Y si gana el mío, la lees. Ven. Es hora de abrir la maleta. Contigo. Como tenía que haber sido si yo no fuera tan cobarde con corbata de flores.
La maleta negra de Margaret estaba abierta sobre su cama, y esta vez no tuve que forzar nada: ella misma descorrió la cremallera, despacio, y fue sacando las cosas con el orden con que las había metido.
La ropa bien doblada: camisas suyas, lavadas y planchadas por ella misma «para no llegar a ninguna parte con pinta de dejada», y dos jerséis gruesos de Margaret para el frío de las habitaciones con calefacción vieja. Su neceser. Una novela con el marcapáginas en la mitad, «por si allí las noches son largas y las visitas cortas». Y debajo de todo, el sobre marrón sellado.
Me lo puso en las manos. Pesaba lo que pesan los años.
Dentro estaba el resto de su plan: el contrato de la funeraria, pagado hasta el último céntimo, con una anotación suya en el margen —«flores sencillas, nada de coronas con lazos dorados, que parecen de boda triste»—; la copia de su testamento; las escrituras de la casa con una nota: «Haz lo que quieras con ella, pero no la conviertas en un altar. Las casas son para vivir, no para velar». Y al fondo del sobre, un sobre más pequeño, blanco, con mi nombre escrito en su letra grande de los domingos.
—Esa no —dijo mamá, quitándomela de las manos con una rapidez impropia de sus ochenta años—. Esa es para el domingo. «Para el domingo», se titula, aunque no lo ponga. Si tu plan gana, la quemamos en la cocina, tú y yo, y nos reímos. Si gana el mío… la leerás cuando vuelva de acompañarme a Santa Rita. No antes. Una mujer tiene derecho a una sola carta bien guardada en su propia casa.
Esa noche hice las llamadas que hacen las hijas y los hijos cuando se les cae el techo con fecha: a mi trabajo, para pedir la excedencia que llevaba años sin atreverme a pedir; a la agencia de cuidados que me recomendó la farmacia; al médico de mamá, que me escuchó en silencio y me dijo, con la voz de quien por fin puede dejar de guardar un secreto profesional: «Su madre me hizo prometerle una cosa: que si usted venía, yo le dijera que tiene más fuerza de la que usted cree. Y menos tiempo del que ella le ha contado».
A las cinco de la madrugada me despertó el olor.
Bajo a la cocina y allí está mi madre, con su delantal, el horno encendido y las manos enharinadas, preparando la masa del postre del domingo con tres días de antelación, tarareando bajito una canción que no le oía desde antes de la primavera.
—Las masas buenas no se improvisan —me dijo, sin girarse, amasando como si le fuera la vida en ello, que es exactamente lo que le va—. Y las despedidas tampoco, cariño. Así que vete haciendo tu carpeta. Que yo también estoy haciendo la mía.