CAPÍTULO 2: LAS CARTAS QUE NUNCA DEBIMOS LEER
CAPÍTULO 2: LAS CARTAS QUE NUNCA DEBIMOS LEER
Por un instante, sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.
Las flores seguían entre mis manos, pero ya no podía sentir los tallos. Solo escuchaba la voz de Beatrice repitiendo aquellas palabras.
«Por supuesto que no. Si hubieran leído esas cartas, habrían empezado a preguntar qué pasó con el resto de su herencia».
¿Nuestra herencia?
¿Cartas de nuestra madre?
Durante veinte años había vivido convencido de que Laura nos había abandonado. Había imaginado cientos de veces aquella estación de autobuses, preguntándome qué clase de madre podía dejar allí a dos niños de tres años.
Ahora descubría que quizá nunca había ocurrido.
Di un paso atrás, intentando no hacer ruido, pero mi codo golpeó una pequeña mesa del recibidor. Un jarrón tembló y cayó al suelo.
El estruendo hizo que las voces de la cocina se apagaran.
—¿Quién anda ahí? —preguntó Beatrice.
No respondí.
Escuché sus pasos acercándose.
Cuando apareció en el pasillo, su expresión cambió al verme. Primero pareció sorprendida. Después, sus ojos se dirigieron a las flores que sostenía.
—Mason… ¿Qué haces aquí?
La miré fijamente.
—He venido a felicitarte por tu cumpleaños.
Ella intentó sonreír.
—Podrías haber llamado antes.
—Sí. Supongo que habría sido mejor.
La abuela Rose apareció detrás de ella. Su rostro perdió el color cuando comprendió que probablemente había escuchado parte de la conversación.
—Mason, cariño…
Levanté una mano.
—No, abuela. Antes quiero hacer una pregunta.
Miré directamente a Beatrice.
—¿Quién era Laura?
Durante un segundo, nadie se movió.
Beatrice recuperó rápidamente la compostura.
—¿De qué estás hablando?
—He escuchado vuestra conversación. Sé que nuestra madre estaba enferma. Sé que dejó dinero para Simon y para mí. Y sé que escribió unas cartas que nunca nos entregaste.
Su mandíbula se tensó.
—No deberías escuchar conversaciones privadas.
No podía creer lo que acababa de decir.
—¿Eso es lo que te preocupa? ¿Que haya escuchado cómo admitías que nos mentiste durante veinte años?
La abuela Rose comenzó a llorar.
—Mason, por favor, siéntate. Hay cosas que necesitas saber.
Beatrice se volvió hacia ella.
—Mamá, no te metas.
—Ya he guardado silencio demasiado tiempo —respondió Rose.
Aquellas palabras cambiaron algo en la habitación.
Por primera vez, Beatrice parecía insegura.
Dejé las flores sobre una silla.
—Quiero saberlo todo.
Beatrice cruzó los brazos.
—Tu madre biológica era una mujer complicada. No estaba en condiciones de criaros. Kenneth y yo hicimos lo que pudimos.
—¿Y la estación de autobuses?
Ella apartó la mirada.
—Era más sencillo explicar las cosas de esa manera.
—¿Más sencillo para quién?
No respondió.
La abuela Rose se acercó lentamente.
—Laura nunca os abandonó, Mason. Estaba enferma y necesitaba recibir tratamiento durante un tiempo. Te dejó a ti y a Simon al cuidado de Beatrice porque confiaba en que estaríais seguros.
Sentí que me faltaba el aire.
—¿Qué enfermedad tenía?
Rose apretó los labios.
—Un cáncer. Cuando los niños eran pequeños, los médicos le dijeron que necesitaba un tratamiento largo y complicado. No tenía familiares que pudieran cuidar de vosotros de forma permanente.
—¿Y por qué nunca volvió?
La abuela bajó la mirada.
—Porque murió, cariño.
Me apoyé en la pared.
Durante años había odiado a una mujer que, según acababa de descubrir, había luchado por sobrevivir mientras intentaba protegernos.
—¿Cuándo murió?
—Unos meses después de que os acogieran.
Cerré los ojos.
No había sido una madre que nos abandonó.
Había sido una madre que sabía que podía no volver a vernos.
Y alguien había utilizado su ausencia para construir una mentira.
—¿Qué pasó con el dinero? —pregunté cuando pude hablar de nuevo.
Beatrice soltó un suspiro irritado.
—No sabes lo que costaba manteneros. La casa, la comida, la ropa, los médicos…
—Kenneth trabajaba. Y también había un seguro, ¿verdad?
La abuela Rose respondió antes que ella.
—Laura dejó una póliza de seguro de vida. El dinero estaba destinado a vuestro bienestar y a vuestra educación.
—¿Cuánto?
Rose miró a Beatrice.
—Ciento ochenta mil dólares.
Sentí un escalofrío.
Ciento ochenta mil dólares.
Era una cantidad que habría podido cambiar nuestras vidas. Habría podido pagar nuestros estudios, ayudarnos a empezar de nuevo y ofrecernos una seguridad que nunca tuvimos.
—¿Y dónde está ahora?
Beatrice levantó la barbilla.
—Se utilizó para mantener esta familia.
—¿Esta familia? ¿O esta casa?
Su rostro se endureció.
—No tienes idea de lo que hice por vosotros.
—Entonces explícame por qué Simon y yo trabajábamos durante los veranos mientras tú nos decías que no podías permitirte comprarnos ropa nueva.
—¡Porque criar a dos niños cuesta dinero!
—¿Y por qué nunca nos dijiste que nuestra madre había dejado dinero para nosotros?
Beatrice no respondió.
La abuela Rose se sentó lentamente.
—Había una cuenta que debía mantenerse separada para los niños. Laura había dejado instrucciones muy claras.
Miré a Beatrice.
—¿Qué cuenta?
—No sabes de lo que estás hablando —respondió ella.
—Entonces enséñame los documentos.
Beatrice dio un paso hacia mí.
—No tienes derecho a venir a mi casa y exigirme explicaciones.
—Tengo derecho a saber qué pasó con el dinero que mi madre dejó para mí y para mi hermano.
La abuela Rose asintió entre lágrimas.
—Tu madre también dejó cartas. Una para cada uno de vosotros. Las guardé durante años porque Beatrice me dijo que ya os las había entregado.
Me volví hacia ella.
—¿Tú también pensabas que las habíamos recibido?
—Sí, cariño. Lo descubrí hace poco. Cuando le pregunté por ellas, me dijo que las habíais perdido.
Beatrice cerró los ojos con impaciencia.
—Esto es ridículo.
—No, hija —dijo Rose—. Lo ridículo fue mentirles durante veinte años.
Salí de aquella casa sin celebrar el cumpleaños de Beatrice.
Conduje hasta un estacionamiento cercano y me quedé dentro del automóvil, mirando el ramo de lirios que había llevado para ella.
Pensé en Simon.
Tenía que contárselo, pero no quería hacerlo por teléfono.
Lo llamé de todos modos.
Respondió después del tercer tono.
—¿Qué pasa, Mason? ¿Ya terminaste de felicitar a nuestra querida madre?
No pude evitar que se me quebrara la voz.
—Simon, necesito que vengas a Nueva Jersey.
—¿Por qué? ¿Qué ha pasado?
Respiré profundamente.
—He descubierto algo sobre nuestra madre biológica.
Su tono cambió inmediatamente.
—¿Qué has descubierto?
—No nos abandonó en ninguna estación de autobuses.
Hubo un silencio tan largo que comprobé si seguía en línea.
—¿Qué?
—Estaba enferma. Nos dejó al cuidado de Beatrice mientras recibía tratamiento. Murió unos meses después.
Escuché cómo Simon soltaba el aire.
—Mason, ¿estás seguro?
—Lo escuché de Beatrice y de la abuela Rose. También descubrí que nuestra madre dejó ciento ochenta mil dólares para nosotros.
—¿Qué dinero?
—Un seguro de vida. Y parece que había una cuenta destinada a nuestra educación.
Simon no dijo nada durante varios segundos.
Después preguntó con voz temblorosa:
—¿Beatrice se quedó con ese dinero?
—Eso parece.
—Voy para allá.
—Simon…
—No. No me digas que me calme. Voy a descubrir qué nos hizo esa mujer.
Colgó.
Me quedé mirando el teléfono.
Por primera vez en veinte años, mi hermano y yo estábamos a punto de enfrentarnos a la misma pregunta:
¿Qué habría sido de nuestras vidas si hubiéramos sabido que nuestra madre nos quería?
Simon llegó a Nueva Jersey a la mañana siguiente.
Lo recogí en la estación y, durante el trayecto hasta mi apartamento, apenas hablamos.
Cuando entró, dejó su mochila en el suelo.
—Enséñame todo lo que tengas.
Le conté la conversación con Beatrice, las explicaciones de Rose y la existencia de las cartas.
Simon caminaba de un lado a otro.
—Nos dijo que nuestra madre no nos quería.
—Lo sé.
—Cuando tenía ocho años, le pregunté si alguna vez volveríamos a verla. Me dijo que las madres que abandonaban a sus hijos no regresaban.
Sentí un nudo en la garganta.
—A mí me dijo que probablemente ya tenía otra familia.
Simon se detuvo.
—¿Y ahora resulta que estaba muriendo?
No supe qué responder.
Nos quedamos en silencio hasta que mi teléfono vibró.
Era un mensaje de la abuela Rose.
«Mason, he encontrado algo que pertenecía a Laura. Beatrice no sabe que lo conservé. Necesito que vengáis los dos. Es importante».
Simon leyó el mensaje por encima de mi hombro.
—¿Qué ha encontrado?
Respondí inmediatamente.
«¿Qué es?».
La respuesta llegó unos segundos después.
«Una caja con las cartas originales, fotografías y los documentos del seguro. También hay una carta que Laura escribió poco antes de morir. Creo que debéis leerla antes de enfrentaros de nuevo a Beatrice».
Simon me miró.
—Vamos ahora.
La abuela Rose vivía en una pequeña casa a las afueras de Maplewood.
Cuando llegamos, nos esperaba junto a la puerta con una caja de madera entre las manos.
Tenía los ojos rojos.
—Perdonadme, chicos —dijo—. Debí haber hablado antes.
Simon no la abrazó. Yo tampoco.
Todavía estábamos intentando comprender cuánto tiempo nos habían mantenido alejados de nuestra propia historia.
Rose nos condujo hasta el comedor y colocó la caja sobre la mesa.
Dentro había fotografías de una mujer joven de cabello castaño, una pulsera de hospital, varios sobres amarillentos y documentos cuidadosamente doblados.
Tomé una fotografía.
Una mujer sostenía a dos bebés envueltos en mantas idénticas.
Simon se acercó.
—Somos nosotros.
Rose sonrió tristemente.
—Sí. Laura os llevaba a todas partes. Decía que nunca había imaginado que podía querer tanto a dos personas al mismo tiempo.
Se me llenaron los ojos de lágrimas.
Había pasado veinte años creyendo que aquella mujer no había querido tenernos.
Y ahora descubría que nos había amado desde el primer momento.
Rose sacó dos sobres.
En uno estaba escrito mi nombre: Mason.
En el otro: Simon.
La letra era delicada, ligeramente inclinada.
—Estas son las cartas que os escribió —dijo—. Nunca pude entregároslas porque Beatrice se encargó de que no las vierais.
Simon tomó su sobre con manos temblorosas.
Yo hice lo mismo.
Antes de abrirlo, Rose nos entregó un tercer documento.
—Hay algo más. Laura dejó instrucciones para que el dinero del seguro se administrara en beneficio vuestro. No era simplemente una cantidad que Beatrice pudiera gastar como quisiera.
Simon levantó la mirada.
—¿Qué quieres decir?
La abuela señaló un documento firmado.
—El dinero debía mantenerse en un fideicomiso hasta que ambos alcanzarais la mayoría de edad. Había un administrador designado y condiciones específicas sobre su utilización.
Miré la firma de nuestra madre.
—Entonces, ¿dónde está el dinero?
Rose bajó la voz.
—Eso es lo que todavía no sé. Pero hay algo que Beatrice no os contó.
—¿Qué?
La abuela abrió el último sobre de la caja y sacó una hoja que parecía una copia de un extracto bancario.
Había una serie de transferencias realizadas durante varios años.
Simon se inclinó para leer.
Entonces su rostro cambió.
—Mason…
Miré los números.
El dinero no había desaparecido de una sola vez.
Había sido retirado en pequeñas cantidades durante años, incluso después de que ambos cumpliéramos dieciocho.
Al final de la página aparecía el nombre de la persona que había autorizado las últimas operaciones.
Beatrice.
Pero debajo había otra firma.
Una firma que ninguno de nosotros reconoció.
La abuela Rose tragó saliva.
—Hay una razón por la que Beatrice tenía tanto miedo de que leyerais las cartas. Laura dejó escrito que, si algo le ocurría, debíais buscar a una persona concreta.
Simon tomó el documento.
—¿A quién?
Rose señaló el nombre al pie de la hoja.
—A vuestro padre biológico.
Nos quedamos inmóviles.
Durante veinte años nos habían dicho que nuestra madre nos había abandonado y que nuestro padre era un desconocido que nunca quiso saber nada de nosotros.
Pero ahora había una carta, un fideicomiso y una persona cuya existencia nos habían ocultado.
Simon abrió lentamente el sobre que llevaba su nombre.
Yo hice lo mismo.
Y justo antes de leer la primera línea, Rose nos dijo algo que cambió por completo lo que creíamos saber:
—Laura no quería que Beatrice os adoptara para siempre. Quería que os cuidara hasta que vuestro padre pudiera regresar.
Miré a mi hermano.
La historia de nuestra infancia acababa de cambiar otra vez.
Y todavía no habíamos descubierto quién era realmente nuestro padre.
¿Qué decía la carta de Laura? ¿Y por qué Beatrice había ocultado también la identidad del hombre que debía habernos criado?