CAPÍTULO 3 — El dinero que nunca debió existir
CAPÍTULO 3 — El dinero que nunca debió existir
Elias volvió a mirar el documento.
Luego miró a Bevis.
—¿Estás seguro?
Bevis asintió lentamente.
—Completamente.
Señaló la pantalla.
—La cuenta aparece registrada a nombre de una organización vinculada a tu antigua unidad.
Elias sintió un vacío en el estómago.
—Eso no tiene sentido.
—Lo sé.
—¿Cuánto dinero salió?
Bevis revisó los registros.
—Veinticinco mil dólares.
—¿Y cuándo?
—Hace seis meses.
Elias miró a Josephine.
—¿Tú recibiste ese dinero?
Ella negó con la cabeza.
—No directamente.
—¿Qué significa eso?
Josephine comenzó a llorar.
—Yo no sabía de dónde venía.
—Pero sabías que existía.
Ella guardó silencio.
Elias comprendió.
—Sabías.
Josephine bajó la mirada.
—Sí.
Matilda seguía detrás de su padre, abrazada a la manta.
Elias se agachó junto a ella.
—Cariño, quiero que subas a tu habitación con la señora Howard. ¿Puedes hacerlo?
La niña asintió.
La vecina, que había llegado junto con los agentes, tomó suavemente la mano de Matilda.
Antes de irse, Matilda miró a su padre.
—¿Vas a volver?
Elias le acarició el cabello.
—No voy a irme.
Cuando la puerta se cerró detrás de ellas, Elias volvió a mirar a su esposa.
Ya no había espacio para más mentiras.
—Ahora vamos a hablar.
Josephine se sentó.
Bonnie permaneció de pie.
Sus tres hermanas se habían quedado juntas en un rincón, sin atreverse a mirarlo.
Elias dejó el documento sobre la mesa.
—¿Quién preparó esto?
Josephine respondió en voz baja:
—El abogado.
—Eso ya lo sé.
—Él dijo que era la única manera.
—¿La única manera de qué?
Josephine empezó a llorar.
—De proteger a Matilda.
Elias soltó una risa amarga.
—¿Protegiéndola de mí?
—Decía que tú estabas demasiado tiempo fuera.
—Estoy fuera trabajando para mantener esta familia.
—Lo sé.
—Entonces ¿por qué intentaste quitarme a mi hija?
Josephine se cubrió el rostro.
—Porque me convencieron de que iba a perderla.
Elias se quedó inmóvil.
—¿Quién?
Silencio.
—Josephine, dime quién.
Ella levantó la mirada.
—Tu antiguo comandante.
Bevis dio un paso adelante.
—¿Qué comandante?
Josephine dijo un nombre.
Bevis se quedó completamente quieto.
—Eso es imposible.
Elias lo miró.
—¿Quién?
Bevis tardó varios segundos.
—General Marcus Reed.
El nombre hizo que Elias frunciera el ceño.
Marcus Reed había sido uno de los oficiales más respetados de su antigua unidad.
También había sido uno de los hombres que recomendó que Elias abandonara determinadas operaciones después del nacimiento de Matilda.
—¿Qué tiene que ver él con Josephine?
Bevis negó con la cabeza.
—No lo sé.
Elias miró a su esposa.
—Explícate.
Josephine respiró profundamente.
—Marcus se puso en contacto conmigo hace ocho meses.
—¿Por qué?
—Me dijo que tú estabas en peligro.
—¿Qué clase de peligro?
—No lo sé.
—Josephine.
—¡No lo sé!
Se levantó de golpe.
—Solo me dijo que había personas investigando a nuestra familia. Que si algo te ocurría, Matilda quedaría bajo mi responsabilidad.
Elias la observó.
—¿Y le creíste?
—Sí.
—¿Por qué?
Josephine empezó a llorar.
—Porque me enseñó documentos.
Bevis extendió la mano.
—¿Qué documentos?
Josephine señaló una carpeta que estaba dentro del bolso.
Bevis la tomó.
La abrió.
Había fotografías de Elias.
Informes de sus viajes.
Horarios.
Registros públicos.
Incluso fotografías de Matilda entrando en la escuela.
Elias sintió que la sangre se le enfriaba.
—¿Quién tomó estas fotografías?
Josephine negó con la cabeza.
—No lo sé.
Bevis pasó varias páginas.
Entonces se detuvo.
—Elias.
—¿Qué?
Bevis señaló una fotografía.
Era una imagen de Elias abrazando a Matilda frente a su escuela.
La fecha era de dos meses atrás.
Pero Elias recordó perfectamente aquel día.
Había sido su único día libre durante una misión.
—¿Quién estaba allí?
—Nadie —respondió Elias.
Bevis amplió la imagen.
En el reflejo de una ventana aparecía un vehículo oscuro estacionado al otro lado de la calle.
—Alguien estaba observándote.
Elias sintió un escalofrío.
Entonces recordó algo.
—La matrícula.
Bevis amplió la fotografía.
Los números eran parcialmente visibles.
Los introdujo en la base de datos autorizada.
Esperaron.
Un segundo.
Dos.
La información apareció.
Bevis palideció.
—No puede ser.
—¿Qué?
—Ese vehículo pertenece a una empresa de seguridad privada.
Elias se acercó.
—¿Cuál?
Bevis giró la pantalla.
El nombre apareció claramente.
Northstar Protective Services.
Elias conocía la empresa.
Había trabajado con ellos años atrás.
Pero había algo todavía más inquietante.
—¿Quién es el propietario? —preguntó.
Bevis abrió otro registro.
—No aparece como propietario individual.
—¿Entonces?
—La empresa está registrada a través de una sociedad.
Bevis abrió el documento.
Elias leyó el nombre.
Y sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
Josephine Williams.
Miró a su esposa.
—¿Tú eres la propietaria?
Josephine empezó a llorar.
—No sabía que estaba registrada a mi nombre.
—¿Cómo que no?
—Marcus me dijo que era una empresa que podía utilizar para proteger a Matilda.
Elias se pasó una mano por el rostro.
—¿Cuánto dinero recibiste?
—Nada.
—Entonces ¿quién la financió?
Josephine no respondió.
Bevis revisó nuevamente los registros bancarios.
—Hay transferencias mensuales.
—¿De cuánto?
—Entre ocho y doce mil dólares.
—¿Durante cuánto tiempo?
Bevis levantó la vista.
—Dos años.
Elias quedó en silencio.
Dos años.
Aquello significaba que el plan había comenzado mucho antes de que él sospechara algo.
En ese momento, uno de los agentes recibió una llamada.
Se acercó a Bevis.
—Señor, encontramos algo.
Bevis se alejó unos pasos.
Escuchó.
Luego regresó.
—Elias, necesitas ver esto.
El agente había recuperado una copia de seguridad de la cámara del timbre.
Una grabación que Josephine no había podido borrar.
Era de la noche anterior.
Pero no mostraba a Bonnie ni a sus hermanas.
Mostraba a un hombre entrando en la casa a las 2:13 de la madrugada.
Llevaba una gorra y una chaqueta oscura.
No se le veía claramente el rostro.
Caminó directamente hasta el despacho de Elias.
Estuvo allí durante once minutos.
Luego salió.
—¿Quién es? —preguntó Elias.
—No lo sabemos.
Bevis avanzó la grabación.
El hombre salió por la puerta trasera.
Pero antes de desaparecer, levantó la cabeza hacia la cámara.
Y dejó algo sobre el escalón.
Una pequeña caja negra.
Elias miró la grabación.
—¿La caja sigue ahí?
El agente respondió:
—No.
—¿Quién la recogió?
El agente abrió otra grabación.
La imagen apareció.
A las 2:31 de la madrugada, Josephine salió de la casa.
Recogió la caja.
Y volvió a entrar.
Elias miró a su esposa.
—¿Qué había dentro?
Josephine comenzó a temblar.
—No lo sé.
—¿Dónde está?
—La tiré.
—¿Dónde?
—En el contenedor de basura de la calle.
Los agentes salieron inmediatamente.
Quince minutos después regresaron con la caja.
Estaba dañada.
Pero seguía cerrada.
Elias la abrió.
Dentro había un teléfono.
Un sobre.
Y una fotografía.
La fotografía mostraba a Matilda durmiendo.
Elias sintió que el pecho le ardía.
En la parte posterior había una frase:
«Si Elias sigue haciendo preguntas, la próxima fotografía será diferente.»
Josephine se llevó las manos a la boca.
—Dios mío…
Elias miró a Bevis.
—Esto ya no es una disputa familiar.
Bevis asintió.
—No.
Entonces el teléfono dentro de la caja comenzó a sonar.
Todos se quedaron inmóviles.
Elias miró la pantalla.
Número desconocido.
Contestó.
—¿Quién habla?
Una voz masculina respondió:
—Coronel Williams.
—¿Quién eres?
—Alguien que lleva mucho tiempo observando a tu familia.
Elias apretó el teléfono.
—¿Qué quieres?
—Quiero que dejes de investigar.
—No.
Hubo una breve pausa.
—Entonces perderás algo más que tu casa.
Elias miró hacia las escaleras.
Pensó en Matilda.
—Si vuelves a acercarte a mi hija…
El hombre lo interrumpió.
—No necesitas preocuparte por Matilda.
Elias se quedó helado.
—¿Qué significa eso?
La voz respondió:
—Porque ella ya está a salvo.
Elias miró a Bevis.
—¿Dónde está?
—Con alguien en quien tú confías.
La llamada terminó.
Elias corrió hacia las escaleras.
—¡Matilda!
Nadie respondió.
Subió de dos en dos.
La habitación estaba vacía.
La ventana estaba abierta.
La manta de unicornio estaba tirada sobre la cama.
Y encima de la almohada había una nota.
Elias la recogió.
Solo tenía una frase:
«Llegaste demasiado tarde.»