CAPÍTULO 3: EL DOCUMENTO QUE LO CAMBIÓ TODO
CAPÍTULO 3: EL DOCUMENTO QUE LO CAMBIÓ TODO
Durante unos segundos, nadie dijo una palabra.
La música seguía sonando al fondo, la parrilla continuaba soltando humo y algunas personas todavía sostenían sus vasos, pero el ambiente había cambiado por completo.
Daniel miró a Natalie.
—¿Es verdad? —preguntó con voz baja—. ¿Le enviaste dinero al exmarido de Megan?
Natalie tragó saliva.
—No es lo que parece.
Megan soltó una pequeña risa, pero no había nada divertido en ella.
—Eso es exactamente lo que dices cuando algo sí es lo que parece.
Natalie se levantó de la silla.
—Megan, esto no es asunto tuyo.
—Lo era desde el momento en que me involucraste.
Daniel dio un paso hacia Megan.
—¿Qué sabes exactamente?
Megan sacó su teléfono nuevamente.
—Sé que Natalie comenzó a escribirme hace más de un mes. Primero me preguntó por abogados. Después por propiedades. Luego por cómo funcionaba una separación cuando una de las dos personas abandonaba voluntariamente la casa.
Daniel sintió un nudo en el estómago.
—¿Abandonar la casa?
Megan asintió.
—Sí.
Natalie negó rápidamente con la cabeza.
—Yo solo estaba preguntando.
—No —respondió Megan—. Estabas preparando algo.
Daniel miró a su esposa.
—¿Preparando qué?
Natalie no contestó.
Entonces Megan abrió otro archivo en su teléfono.
Era un documento.
Daniel reconoció inmediatamente la dirección de su casa.
—¿Qué es eso?
Megan lo miró directamente.
—Un acuerdo de separación.
Daniel tomó el teléfono.
Leyó la primera página.
Su nombre aparecía allí.
También aparecía el de Natalie.
Pero había algo que le llamó especialmente la atención.
Una de las cláusulas establecía que, si Daniel abandonaba voluntariamente la vivienda durante el proceso de separación, Natalie tendría derecho a permanecer en ella mientras se resolvía la división de bienes.
Daniel levantó lentamente la mirada.
—¿Cuándo se preparó esto?
—Hace cuatro semanas —respondió Megan.
Daniel volvió a mirar a Natalie.
—Hace cuatro semanas me dijiste que necesitabas tiempo para pensar.
Natalie permaneció en silencio.
—Hace cuatro semanas también empezaste a tomar fotografías de mí —continuó Daniel—. Y enviaste dinero.
La expresión de Natalie cambió.
—Daniel…
—¿Cuánto?
Ella no respondió.
—¿Cuánto dinero le enviaste?
Megan respondió por ella.
—Doce mil dólares.
Varias personas alrededor comenzaron a murmurar.
Daniel sintió que el ruido desaparecía a su alrededor.
Doce mil dólares.
Una cantidad que Natalie le había dicho que había utilizado para “pagar unas deudas familiares”.
—¿Para qué era el dinero? —preguntó Daniel.
Natalie finalmente habló.
—Necesitaba ayuda.
—¿Para divorciarte?
—Para protegerme.
Daniel negó lentamente con la cabeza.
—¿De mí?
Natalie bajó la mirada.
Megan intervino.
—Ella quería que pareciera que tú eras el problema. Quería que pareciera que eras controlador, inestable y que estabas abandonando la casa por tu propia voluntad.
—Eso es mentira —dijo Natalie.
—Entonces explícales por qué existe este documento.
Natalie no tuvo respuesta.
Daniel volvió a mirar las fotografías.
Ahora entendía algo que antes no había querido aceptar.
Las fotografías no eran simples recuerdos.
Eran pruebas.
Pruebas construidas para contar una historia.
Una historia en la que él sería el villano.
Una historia en la que Natalie sería la víctima.
Y una historia que podía terminar dejándolo sin su casa.
—¿Quién tomó la fotografía de nuestra habitación? —preguntó Daniel.
Natalie levantó la cabeza.
Por primera vez, parecía realmente asustada.
—Yo no fui.
Daniel frunció el ceño.
—Entonces, ¿quién?
Megan guardó silencio unos segundos.
Después dijo:
—Eso es precisamente lo que intentaba averiguar.
Daniel sintió un escalofrío.
—¿Qué quieres decir?
Megan mostró una última fotografía.
Era diferente de las anteriores.
No había sido tomada desde la puerta.
La imagen parecía haber sido capturada desde dentro de la habitación.
Y en el reflejo del espejo se veía una figura.
Un hombre.
Daniel acercó el teléfono a sus ojos.
No podía distinguir claramente el rostro.
Pero reconoció la ropa.
Una chaqueta gris.
Zapatos negros.
Y un reloj metálico que había visto muchas veces antes.
Daniel levantó lentamente la mirada.
—Yo conozco a ese hombre.
Natalie se quedó completamente inmóvil.
Megan la observó.
—Entonces dile a tu marido quién es.
Natalie cerró los ojos.
Y cuando finalmente habló, su voz apenas fue un susurro.
—Es alguien que tú invitaste a nuestra casa.
Daniel sintió que el corazón le golpeaba el pecho.
Porque, de repente, recordó exactamente quién llevaba aquella chaqueta.
Y lo peor no era que aquel hombre hubiera estado dentro de su casa.
Lo peor era que había estado allí mientras Daniel estaba fuera.
Y Natalie sabía exactamente cuándo iba a ocurrir.