Capítulo 4: El testamento que lo cambió todo – News

Capítulo 4: El testamento que lo cambió todo

Capítulo 4: El testamento que lo cambió todo

Capítulo 4: El testamento que lo cambió todo

No salí de la casa.

Me quedé junto a la puerta, con la mano todavía sobre el bolso donde había guardado los documentos.

—¿Mi firma está en el testamento de tu padre? —pregunté.

Madison asintió.

—Sí.

Miré a Daniel.

—Explícamelo.

Él parecía incapaz de encontrar las palabras.

Su padre intervino:

—Ese documento no tiene ninguna importancia.

Me giré hacia él.

—Entonces, ¿por qué están todos tan asustados?

Nadie respondió.

Mi padre se acercó a mí.

—Claire, quizá deberíamos irnos y dejar que ellos resuelvan sus problemas.

—No.

Miré nuevamente a Daniel.

—Quiero la verdad.

Daniel respiró profundamente.

—Hace dos años, mi padre cambió su testamento.

—¿Y?

—Dejó la mayor parte de sus propiedades y acciones a la familia.

—Eso no explica mi firma.

—No.

Daniel tragó saliva.

—Porque para que el testamento pudiera ejecutarse, había que demostrar que ciertas propiedades pertenecían a una estructura empresarial familiar.

Fruncí el ceño.

—¿Y qué tengo que ver yo con eso?

Su padre respondió:

—Tú eras una de las administradoras de la empresa.

—No.

Lo miré fijamente.

—Yo trabajaba en la contabilidad. Nunca fui administradora legal.

Madison dio un paso hacia mí.

—Eso es exactamente lo que intentaron cambiar.

Sentí un escalofrío.

—¿Intentaron?

Ella asintió.

—Crearon documentos para hacer parecer que tú habías aceptado ser responsable de determinadas operaciones.

—¿Qué operaciones?

Madison miró a Daniel.

Él cerró los ojos.

—Deudas.

—¿Cuántas?

—Varias.

—¿Cuánto?

Daniel tardó en responder.

—Más de un millón de dólares.

Mi madre soltó un suspiro.

Mi padre apretó la mandíbula.

Yo permanecí inmóvil.

Un millón.

De repente, los ciento diecisiete mil dólares que había descubierto en mis cuentas parecían solamente la punta del iceberg.

—¿Y querían que yo cargara con todo eso?

Daniel negó con la cabeza.

—Yo nunca quise eso.

—Pero lo permitiste.

—Sí.

—¿Durante cuánto tiempo?

Daniel no contestó.

—Daniel.

—Dos años.

Sentí que las lágrimas comenzaban a acumularse en mis ojos.

No por tristeza.

Por rabia.

—Dos años.

Él asintió.

—Dos años sabiendo que estaban utilizando mi nombre.

—Intenté detenerlos.

—¿Cómo?

—Discutiendo con mi padre.

Su padre soltó una carcajada seca.

—No seas dramático.

Daniel se volvió hacia él.

—¡Papá, basta!

Fue la primera vez que Daniel levantó la voz delante de toda su familia.

Su padre quedó sorprendido.

Madison también.

Daniel continuó:

—Le mentimos durante años. La utilizamos como garantía. Permitimos que Rebecca falsificara documentos. Y ahora intentas quedarte con la casa de sus padres.

Su padre golpeó la mesa.

—¡Todo esto se hizo para salvar a esta familia!

—¡No!

Daniel lo señaló.

—Lo hiciste para salvarte tú.

Silencio.

Mi corazón latía con fuerza.

Entonces miré a Madison.

—¿Por qué me ayudaste?

Ella bajó la mirada.

—Porque yo también estaba atrapada.

—Tú te burlaste de mis padres.

—Lo sé.

Su voz se quebró.

—Y lo siento.

Mi madre la miró sorprendida.

Madison continuó:

—Pensaba que si me comportaba como ellos, nunca me tratarían como trataban a los demás.

—¿Y los veintiocho mil dólares?

—Mi padre me ordenó hacer esos cargos.

—¿Por qué?

—Para cubrir pagos urgentes.

—¿Y aceptaste?

Madison cerró los ojos.

—Sí.

Después sacó su teléfono.

—Pero hace tres semanas descubrí algo.

Me mostró una conversación.

Había mensajes entre su padre y Rebecca.

Leí uno.

“Cuando Claire firme la transferencia, la casa pasará al fideicomiso familiar.”

Sentí un frío recorrerme la espalda.

—Nunca firmé eso.

—Lo sé —dijo Madison.

Deslicé la pantalla.

Había más mensajes.

“Daniel se encargará de convencerla.”

Otro:

“Si se niega, utilizaremos los documentos anteriores.”

Levanté la vista.

—¿Qué documentos anteriores?

Madison miró a Daniel.

Daniel parecía derrotado.

—Los contratos falsificados.

—¿Cuántos?

—No lo sé.

—Entonces vamos a averiguarlo.

Saqué mi teléfono.

Llamé al contable forense que había contratado seis meses atrás.

—Necesito que revises inmediatamente todos los documentos firmados electrónicamente en mi nombre durante los últimos tres años.

Hice una pausa.

—Y necesito algo más.

Miré a Daniel.

—Quiero una copia completa de todos los préstamos, avales, transferencias y documentos relacionados con Harrington Holdings.

Daniel abrió los ojos.

—Claire…

—Ya no tienes que protegerme.

Colgué.

El padre de Daniel se levantó.

—No tienes idea de lo que estás haciendo.

—Sí la tengo.

—Si destruyes esta empresa, cientos de personas perderán su trabajo.

—No voy a destruir nada.

Guardé el teléfono.

—Voy a descubrir quién la destruyó primero.

Su rostro cambió.

Por primera vez parecía realmente preocupado.

Nos marchamos.

Durante el trayecto a casa, mi madre permaneció en silencio.

Después de varios minutos, dijo:

—Hija, ¿todavía lo amas?

Miré por la ventana.

No respondí inmediatamente.

—Sí.

Mi madre suspiró.

—Entonces esto debe doler muchísimo.

—Duele.

Miré mi anillo de bodas.

—Pero amar a alguien no significa permitirle destruirte.

Cuando llegamos a casa, encontré una notificación en mi correo.

Era del contable.

Había encontrado algo.

Abrí el archivo.

Había una transferencia realizada seis meses antes.

50.000 dólares.

Desde una cuenta de la empresa.

Destino:

Rebecca Collins.

Pero debajo aparecía una segunda línea.

Concepto: preparación de documentos de propiedad.

Sentí que el corazón me golpeaba el pecho.

Rebecca no solo había falsificado mi firma.

Le habían pagado para hacerlo.

Seguí leyendo.

Había una lista de documentos preparados.

Préstamos.

Avales.

Transferencias.

Y al final, un archivo marcado como:

“Casa de los padres de Claire.”

Lo abrí.

Era una copia de la escritura.

Y debajo había una fecha programada para la transferencia.

El lunes siguiente.

Me quedé mirando la pantalla.

Faltaban cuatro días.

Si no hacía nada, mis padres podían perder su casa.

Entonces llegó otro correo.

Esta vez del banco.

El asunto decía:

“Notificación urgente: incumplimiento de garantía personal.”

Abrí el mensaje.

Mi nombre aparecía como responsable de una deuda de 1,3 millones de dólares.

Me quedé completamente inmóvil.

Daniel había dicho que la deuda era de más de un millón.

Ahora sabía exactamente cuánto.

Pero había algo todavía peor.

La fecha del documento era de hacía tres meses.

Eso significaba que Daniel había recibido aquella notificación.

Y nunca me la había mostrado.

Cogí el teléfono.

Lo llamé.

Contestó después del tercer tono.

—Claire…

—¿Sabías lo de la deuda de un millón trescientos mil?

Silencio.

—Daniel.

—Sí.

Cerré los ojos.

—¿Sabías que intentaban transferir la casa de mis padres?

—Sí.

—¿Y sabías que habían falsificado mi firma?

Silencio.

—Sí.

Sentí que una lágrima bajaba por mi mejilla.

—Entonces ya no tenemos nada que hablar.

—Claire, espera.

—No.

—Puedo arreglarlo.

—No puedes.

—Puedo conseguir el dinero.

—No se trata del dinero.

Mi voz tembló.

—Se trata de que durante dos años supiste que estaban construyendo una mentira sobre mi nombre y decidiste dejarme vivir dentro de ella.

Él comenzó a llorar.

—Tenía miedo.

—Yo también.

Hice una pausa.

—Pero yo no te traicioné.

Colgué.

Me quedé sentada en silencio.

Entonces mi teléfono volvió a sonar.

Era Madison.

Contesté.

—¿Qué quieres?

Su voz sonaba aterrorizada.

—Claire, tienes que escucharme.

—Habla.

—Encontré el archivo original.

—¿Qué archivo?

—El testamento de mi padre.

—Ya lo vi.

—No.

Su voz bajó.

—Ese no es el verdadero.

Fruncí el ceño.

—¿Qué quieres decir?

—El que viste esta noche fue una copia modificada.

Me quedé paralizada.

—¿Y el verdadero?

—Está guardado en la caja fuerte de mi padre.

—¿Qué dice?

Madison respiró profundamente.

—Dice que toda la empresa, todas las propiedades y todas las cuentas pasan a una sola persona.

—¿A quién?

Silencio.

—A ti.

Sentí que el aire desaparecía de mis pulmones.

—¿A mí?

—Sí.

—Eso no tiene sentido.

—Lo sé.

—¿Por qué haría eso?

Madison respondió con una frase que me dejó completamente inmóvil:

—Porque tu suegro sabía que su propia familia estaba robando la empresa.

Miré nuevamente los documentos sobre la mesa.

De repente, todo cambió.

La firma falsa.

La deuda.

La casa de mis padres.

Los préstamos.

Rebecca.

Y aquella cena.

Quizá no habían organizado aquella humillación para hacerme sentir inferior.

Quizá habían querido provocarme.

Querían que me fuera.

Querían que pidiera el divorcio.

Porque si yo abandonaba el matrimonio bajo ciertas condiciones, podían utilizar los documentos falsificados para quedarse con todo.

Madison susurró:

—Claire, hay una última cosa.

—¿Qué?

—El testamento original tiene una cláusula.

—¿Cuál?

—Si alguien intenta transferir ilegalmente una propiedad utilizando tu firma, tú obtienes el control inmediato de todas las empresas familiares.

Me quedé mirando la pantalla.

Por primera vez aquella noche, sonreí.

No porque hubiera ganado.

Sino porque finalmente entendía el juego.

Y esta vez…

yo tenía las reglas.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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