Capítulo 3: La cuenta secreta que lo cambiaría todo
Capítulo 3: La cuenta secreta que lo cambiaría todo
Me quedé mirando el nombre que aparecía en la pantalla del abogado.
No podía ser cierto.
La cuenta bancaria estaba vinculada a alguien de mi propia familia, alguien en quien había confiado toda mi vida.
—Tiene que haber un error —susurré—. Esa persona jamás haría algo así.
El abogado no intentó convencerme de inmediato. Colocó los documentos sobre la mesa y me explicó que todavía necesitábamos verificar los movimientos bancarios, las fechas y las firmas. Sin embargo, había una coincidencia que no podía ignorar: varias transferencias de dinero de mi cuenta habían terminado en aquella cuenta secreta.
Mi padre se inclinó para examinar los papeles.
Su rostro cambió al reconocer un número de referencia.
—Ahora entiendo por qué Christopher insistía tanto en que Sabrina pagara las deudas de su familia —murmuró—. No estaba intentando salir de sus problemas. Estaba utilizando su dinero para mantener algo oculto.
Sentí náuseas.
Durante dos años había trabajado hasta quedar exhausta. Había renunciado a comprarme ropa, había aplazado mis propias necesidades y había utilizado mis ahorros para pagar las facturas de una casa donde ni siquiera podía preparar una maleta sin ser acusada de robar.
Y ahora existía la posibilidad de que parte de ese dinero hubiera sido desviado deliberadamente.
—¿Qué podemos hacer? —pregunté.
—Primero, proteger sus cuentas y conservar todas las pruebas —respondió el abogado—. Después, investigaremos quién autorizó las transferencias y si se falsificaron documentos en su nombre. No confronte a nadie hasta que tengamos una imagen más clara de lo sucedido.
Asentí.
Por primera vez, dejé de preguntarme cómo podía conseguir que Christopher me tratara con respeto.
La pregunta ahora era otra: ¿qué había estado haciendo realmente mi esposo mientras yo trabajaba para mantenerlo?
Aquella tarde, recibí un mensaje suyo.
«Tu madre está metiéndote tonterías en la cabeza. Vuelve a casa y deja de hacer el ridículo. Si sigues con esto, no esperes que te reciba con los brazos abiertos».
Lo leí dos veces.
Antes, un mensaje así habría bastado para hacerme sentir culpable. Habría empezado a buscar excusas para sus palabras, pensando que quizá yo había exagerado, que tal vez podía arreglarlo todo si regresaba y pedía disculpas.
Esta vez, hice una captura de pantalla y se la envié al abogado.
Después guardé el teléfono.
No iba a responder.
A la mañana siguiente, mientras desayunaba con mis padres, escuché un automóvil detenerse frente a la casa.
Mi padre miró por la ventana.
Su expresión se endureció.
—Es Christopher.
Mi corazón dio un vuelco.
Christopher bajó del automóvil y caminó hasta la puerta. No parecía arrepentido. Llevaba la misma expresión autoritaria que había mostrado cuando me ordenó regresar temprano.
Mi padre abrió, pero no lo invitó a entrar.
—Vengo a buscar a mi esposa —dijo Christopher—. Esto es un asunto privado entre nosotros.
—Dejó de ser privado cuando le pusiste las manos encima —respondió mi padre con una calma que me sorprendió.
Christopher apretó la mandíbula.
—Fue una discusión familiar. Sabrina me provocó al faltarle el respeto a mi madre.
Aquellas palabras me hicieron levantarme de la silla.
Me acerqué a la puerta.
—¿Provocarte? —pregunté—. ¿Porque no permití que tu madre vaciara mi maleta y me acusara de robar?
Christopher me miró con incredulidad, como si no esperara que me atreviera a contradecirlo delante de mi padre.
—No voy a discutir contigo aquí. Recoge tus cosas. Tenemos que volver a casa.
—No voy a volver contigo.
Su expresión cambió inmediatamente.
—¿Qué has dicho?
—Que no voy a volver hasta que se aclare lo que has hecho con mi dinero.
Durante unos segundos, nadie habló.
Entonces Christopher soltó una risa nerviosa.
—¿Tu dinero? ¿Ahora resulta que quieres reclamar una casa que pertenece a mi madre? ¿Después de todo lo que mi familia ha hecho por ti?
Sentí que una extraña tranquilidad me recorría el cuerpo.
—Perfecto. Que lo decida un abogado.
Por primera vez, vi miedo detrás de su ira.
Fue apenas un instante, pero lo vi.
Christopher miró a mi padre, después a mí, y finalmente retrocedió un paso.
—No sabes en qué te estás metiendo, Sabrina.
—Entonces explícamelo.
No respondió.
Se marchó sin despedirse.
Mi padre cerró la puerta y me puso una mano en el hombro.
—Hiciste lo correcto.
Sin embargo, yo sabía que aquello no había terminado.
Esa misma tarde, el abogado nos llamó. Había conseguido localizar información adicional sobre la cuenta bancaria y había encontrado una serie de operaciones realizadas poco antes de nuestra boda.
Algunas transferencias coincidían con cantidades que yo había entregado a Christopher. Otras se habían realizado sin que yo recordara haberlas autorizado.
Pero había un movimiento que destacaba por encima de todos los demás.
Una transferencia considerable se había efectuado apenas tres días antes de mi boda, utilizando una autorización firmada supuestamente por mí.
El destinatario era una empresa vinculada a la propiedad de Florence.
—Hay algo más —añadió el abogado—. Hemos encontrado un documento que podría explicar por qué su suegra insiste tanto en que la casa le pertenece exclusivamente a ella.
—¿Qué documento?
Hubo una pausa al otro lado de la línea.
—Un acuerdo relacionado con la propiedad y una deuda que nunca fue declarada correctamente. Su nombre aparece en él, pero necesitamos comprobar si usted llegó a firmarlo.
Miré a mi padre.
La vieja caja de madera seguía sobre la mesa, con los documentos que él había conservado durante años.
De pronto, recordé el sobre sellado que todavía no habíamos abierto.
Mi nombre estaba escrito en el frente.
Lo tomé con las manos temblorosas y rompí el sello.
Dentro había una carta antigua y una copia de un documento fechado varios meses antes de que conociera a Christopher.
Leí la primera línea.
Y sentí que se me helaba la sangre.
El documento indicaba que mi familia había estado relacionada con la financiación original de aquella propiedad mucho antes de mi matrimonio.
Pero lo más desconcertante era la firma que aparecía al final.
No era la de Christopher.
Tampoco era la de Florence.
Era la firma de mi padre.
Levanté la mirada, incapaz de comprender lo que estaba viendo.
—Papá… ¿por qué firmaste esto?
Mi padre palideció.
Durante unos segundos, pareció debatirse entre contarme la verdad y seguir guardando silencio.
Finalmente, se sentó frente a mí.
—Porque hay algo sobre esa casa que nunca te contamos —dijo con voz grave—. Y cuando Christopher empezó a acercarse a ti, jamás imaginé que terminarías viviendo allí.
Hizo una pausa y miró la carta entre mis manos.
—Sabrina, antes de que te cases con él, tu madre y yo ya sabíamos que esa familia tenía problemas financieros. Pero no sabíamos hasta dónde estaban dispuestos a llegar.
Se inclinó hacia mí y pronunció unas palabras que cambiaron por completo mi manera de entender aquellos dos años.
—La casa que Florence llama suya podría estar relacionada con un acuerdo que tu familia nunca llegó a cerrar. Y Christopher quizá se casó contigo sabiendo exactamente quién eras.
En ese momento, mi teléfono volvió a vibrar.
Era un mensaje de un número desconocido.
Solo contenía una frase:
«Si quieres saber por qué Christopher te eligió, busca el nombre de la primera propietaria de la casa».