Capítulo 3: La dirección que Nora dejó atrás – News

Capítulo 3: La dirección que Nora dejó atrás

Capítulo 3: La dirección que Nora dejó atrás

Capítulo 3: La dirección que Nora dejó atrás

Miré aquella dirección durante casi un minuto.

No podía ser.

No porque fuera imposible que Nora hubiera estado allí.

Sino porque conocía el lugar.

O al menos creía conocerlo.

—¿Dónde está esto? —preguntó mi marido.

Le enseñé el papel.

Su expresión cambió.

—Es una dirección de la carretera vieja.

Asentí lentamente.

—Está cerca del pueblo donde pasábamos los veranos cuando Nora era pequeña.

Elena nos observaba en silencio.

—¿Conocen el lugar?

—Sí —respondí—. Pero no entiendo por qué Nora habría dejado esa dirección.

Elena tomó aire.

—Porque quizá quería que algún día la encontraran.

La miré.

—Entonces, ¿por qué escribió que no debíamos decirle a nadie dónde estaba?

—Porque tenía miedo.

—¿De quién?

Elena negó con la cabeza.

—Nunca me lo dijo.

Nos despedimos de ella después de intercambiar números.

Antes de marcharnos, me detuvo.

—Hay algo más.

Me giré.

Elena señaló la prenda turquesa.

—Cuando me pidió que la escondiera, también me dijo algo.

—¿Qué?

—“Si mi madre aparece algún día, dile que no fue culpa suya.”

Sentí que se me rompía algo por dentro.

Durante ocho años me había hecho la misma pregunta.

¿Qué había hecho mal?

¿Había sido demasiado distraída?

¿Debí acompañarla hasta el puesto de helados?

¿Debí notar algo extraño?

¿Debí haberla agarrado de la mano aquella tarde?

Y ahora mi hija, desde algún momento desconocido de aquellos ocho años, había pensado en mí.

Había querido que supiera que no era mi culpa.

Subimos al coche.

Mi marido condujo.

Ninguno habló durante varios minutos.

Finalmente, él rompió el silencio.

—¿Y si realmente está viva?

Miré por la ventana.

—Entonces la voy a encontrar.

La dirección nos llevó hasta una zona alejada de la costa.

Había casas antiguas, pequeños almacenes y terrenos abandonados.

Al final de una carretera estrecha encontramos una casa blanca.

No parecía abandonada.

Había flores en las ventanas.

Una bicicleta apoyada contra la pared.

Y un buzón.

Mi marido apagó el motor.

Me quedé mirando la casa.

—¿Entramos?

No respondí.

Algo en aquel lugar me resultaba familiar.

Bajé del coche.

Caminé hasta la puerta.

Antes de que pudiera tocar, esta se abrió.

Una mujer de unos cuarenta años apareció delante de nosotros.

Nos miró.

Y palideció.

—¿Quiénes son?

—Buscamos a alguien —dije.

—¿A quién?

Saqué la fotografía de Nora.

La mujer la vio.

Y dio un paso atrás.

No dijo nada.

Eso fue suficiente.

—¿La conoces?

La mujer miró hacia el interior de la casa.

—No deberían estar aquí.

—Por favor.

Mi voz se quebró.

—Llevo ocho años buscando a mi hija.

La mujer cerró los ojos.

—Lo sé.

Sentí que el mundo se detenía.

—¿Cómo sabes quién soy?

No respondió.

Mi marido dio un paso adelante.

—¿Está Nora aquí?

La mujer negó rápidamente.

—No.

—¿Dónde está?

—No lo sé.

—¿Cuándo la viste por última vez?

La mujer bajó la mirada.

—Hace seis meses.

Se me doblaron las rodillas.

—¿Seis meses?

—Sí.

—¿Entonces está viva?

La mujer tardó unos segundos.

—La última vez que la vi, sí.

Lloré.

No pude evitarlo.

Ocho años.

Ocho años de carteles, llamadas, fotografías, búsquedas, cumpleaños sin ella y noches preguntándome si alguna vez volvería a escuchar su voz.

Y de repente una desconocida acababa de decirme que mi hija había estado viva seis meses atrás.

—¿Cómo se llama? —pregunté.

—Clara.

—Clara, necesito saber dónde está.

Ella negó con la cabeza.

—No puedo decírselo.

—¿Por qué?

—Porque ella me pidió que no lo hiciera.

—Soy su madre.

—Lo sé.

—Entonces, por favor.

Clara miró la fotografía.

—Ella sabía que algún día usted podría encontrarme.

Mi marido frunció el ceño.

—¿Por qué?

Clara respiró profundamente.

—Porque quería que supiera que no la habían secuestrado.

La frase me golpeó.

—¿Qué estás diciendo?

—Nora se fue por voluntad propia.

Sentí una mezcla de alivio y dolor.

—¿Por qué?

Clara miró hacia la casa.

—Porque alguien le dijo que si volvía con ustedes, algo terrible ocurriría.

—¿Quién?

Clara permaneció callada.

—¿Quién la amenazó?

Finalmente susurró:

—Un hombre.

Mi marido se tensó.

—¿Qué hombre?

Clara negó con la cabeza.

—Nunca vi su rostro.

—¿Nora sí?

—Sí.

—¿Y por qué no acudió a la policía?

Clara me miró con tristeza.

—Porque Nora no confiaba en la policía.

—¿Por qué?

—Porque creía que alguien dentro de la investigación estaba ayudando a ese hombre.

Me quedé sin palabras.

Durante ocho años había pensado que la policía simplemente no había encontrado a mi hija.

Pero ahora aparecía una posibilidad mucho más inquietante.

Quizá alguien había impedido que la encontraran.

Clara nos pidió que entráramos.

En la sala había fotografías.

Nora aparecía en algunas de ellas.

Más mayor.

Más delgada.

Pero era ella.

Estaba viva.

En una de las fotografías tenía unos veinte años.

Sonreía.

Yo llevé una mano a mi boca.

—¿Cuándo fue tomada?

—Hace aproximadamente dos años.

Me acerqué a la fotografía.

Entonces vi algo detrás de Nora.

Un hombre estaba parcialmente oculto por una puerta.

Su rostro no aparecía.

Pero llevaba una chaqueta oscura.

Y en su mano sostenía un objeto.

Un teléfono.

Mi marido acercó la fotografía.

—Espera.

—¿Qué?

Señaló la esquina inferior.

Había una pequeña inscripción.

Una fecha.

Y debajo, unas iniciales.

R.V.

Sentí que la sangre se me congelaba.

—Esas son las iniciales de Nora.

Clara negó.

—No.

Me miró directamente.

—Son las iniciales del hombre que la estaba buscando.

Mi marido se quedó inmóvil.

—¿Quién es R.V.?

Clara no respondió.

Se acercó a una pequeña caja que estaba sobre una estantería.

La abrió.

Sacó un sobre.

Me lo entregó.

—Nora me pidió que se lo diera a usted si alguna vez aparecía.

Mis manos temblaban.

Abrí el sobre.

Dentro había una sola hoja.

La reconocí inmediatamente.

Era la letra de mi hija.

Solo decía:

“Sé que algún día vendrás a buscarme, mamá.

Cuando lo hagas, no confíes en nadie que te diga que mi desaparición fue un accidente.

La persona que me hizo desaparecer…

estaba mucho más cerca de nosotros de lo que imaginabas.”

Levanté lentamente la mirada.

Clara estaba llorando.

—¿Qué significa esto? —pregunté.

Ella respondió con una voz casi inaudible.

—Significa que Nora no desapareció de aquella playa sola.

Y entonces señaló una fotografía antigua que estaba colgada en la pared.

Era una fotografía tomada el mismo día de la desaparición.

Nora aparecía caminando hacia el puesto de helados.

Pero esta vez pude ver algo que nunca había visto.

Al fondo de la imagen, entre cientos de personas, había un hombre observándola.

Y llevaba la misma chaqueta que aparecía en la fotografía de Nora años después.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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