Capítulo 3: La habitación vacía
Capítulo 3: La habitación vacía
Becky salió corriendo. La silla quedó en el suelo. Y todas las miradas de la mesa giraron hacia la única persona que quedaba por hablar.
Mi madre.
—Dilo —le dije—. Dilo tú, ya que mi hermana te lo ha gritado en la cara. ¿Le compraste tú la primera barriga?
Mi madre se agarró al borde de la mesa como si la mesa pudiera sostenerla.
—Vino a mi casa una noche —empezó, en un hilo de voz—. Con la ecografía en la mano. No había latido. Nueve semanas y no había latido. Lloraba como cuando era pequeña y se caía, ¿te acuerdas? Se sentaba en mi cocina y decía: «Mamá, ahora tampoco yo». Porque tú estabas en el hospital a punto de perder a la tuya y ella no quería ser… la segunda tragedia.
—Y tu solución fue una prótesis —dijo mi esposo. No levantó la voz. No le hacía falta.
—¡Fue solo por unas semanas! —dijo mi madre—. Hasta que pasara el funeral de tu niña. Hasta que la familia respirara. Yo encargué la barriga pequeña, la de los primeros meses, pensando: «ganamos tiempo». Y luego pasó el funeral, y tu hermana vio cómo la miraba todo el mundo, cómo la cuidaban, cómo por fin era ella la que traía una alegría a esta casa en vez de otra desgracia… y ya no supo parar. Ni yo supe pararla.
—¿Y el nombre? —pregunté—. En el funeral de mi hija. Delante de su ataúd. ¿También fue «ganar tiempo»?
Mi madre cerró los ojos.
—Eso fue ella —dijo—. Se le ocurrió allí mismo, al ver a la gente mirándola con cariño. Me quedé helada. Pero si la corregía delante de todos, se caía todo. Así que te grité a ti.
—Me gritaste que no era culpa suya que su bebé naciera sana y la mía no —dije—. Sabiendo que no había bebé. Sabiendo que mi hija estaba muerta y que la suya también. Me gritaste eso, mamá. En su funeral.
—Lo sé —dijo—. Lo sé. Lo sé.
Lo repitió tres veces, cada vez más bajo, como si las palabras le pesaran más que a mí.
Arriba se oyó una puerta. Un cerrojo. Todd ya estaba en el pasillo, llamándola en voz baja.
—Está en la habitación del bebé —dijo al bajar, y se dejó caer en una silla, con la cabeza entre las manos—. Ha echado el cerrojo. Dice que si sale de ahí ya no es nadie. Dice que esa habitación es lo único verdadero que tiene.
—Todd —dije, y esperé a que me mirara—. Tú también perdiste a tu hijo en la semana nueve. Te enteraste ayer. Ni siquiera te han dejado llorarlo.
Él se quedó muy quieto.
—Eso es lo que no paro de pensar —dijo—. Que mi hijo existió. Que estuvo nueve semanas. Y que en esta casa su existencia se convirtió en… —señaló la prótesis, todavía sobre la mesa, junto a los postres— en eso. En un atrezo. Ni siquiera sé si podré seguir casado con ella. Pero no voy a dejarla esta noche sola con su cabeza, eso también lo sé.
Mi esposo me apretó la mano. La misma presión de debajo de la mesa durante la cena. Pero esta vez no era para contenerme. Era para decirme: ve.
Porque yo ya estaba mirando las escaleras.
—No subas a consolarla —me dijo mi madre, desde la mesa, adivinándome—. No te lo merece.
—Tú ya no decides quién merece qué en esta familia —le dije—. Eso se acabó esta noche.
Subí despacio. El pasillo olía a pintura nueva y a talco. Al final, la puerta de la habitación del bebé, cerrada. Me senté en el suelo, con la espalda contra la pared, como se sienta una al lado de una tumba: sin prisa.
—Becky —dije—. No vengo a perdonarte. Todavía no sé si podré. Vengo a decirte una cosa que nadie te ha dicho.
Silencio al otro lado.
—Tu hija existió —dije—. Nueve semanas. Era mi sobrina. Y nadie la ha llorado, Becky. Ni tú. Te pusieron una barriga de silicona encima del duelo y te mandaron a actuar. A mí me dejaron enterrar a la mía con su nombre. A ti ni eso.
Se oyó un sollozo. Largo. De esos que salen de muy abajo.
—Abre —dije, suave—. No para ellos. Para ti.
El cerrojo tardó un siglo en girar.
La puerta se abrió una rendija. Y por la rendija vi la habitación.
La cuna montada. Las estanterías llenas de regalos todavía con sus lazos. El cambiador. El móvil de estrellas sobre la cuna. Y en la pared, encima de la cuna, en letras grandes de madera pintadas de dorado, el nombre que me detuvo el corazón:
«ELSIE-ROSE».
—Mamá decía —susurró Becky desde la rendija, sin atreverse a abrir del todo— que si me quedaba embarazada de verdad más adelante, nadie notaría la diferencia de fechas. Que el nombre ya estaría puesto. Que todo saldría bien al final.