Capítulo 4: Las letras doradas
Capítulo 4: Las letras doradas
—Ese nombre baja de ahí esta noche —dije.
No lo grité. No hacía falta. Algunas frases, en voz baja, pesan más que un portazo.
Becky se aferró al marco de la puerta.
—Si quito el nombre, no queda nada —dijo.
—Queda la verdad —dije—. Es poco. Pero sería lo primero verdadero que hay en esta habitación.
Todd se subió a una silla sin decir una palabra. Destornillador en mano. Y empezó por la última letra, por la E final, como si desmontar la mentira al revés doliera menos.
Cada letra de madera hacía un ruido pequeño al caer en la caja que mi esposo sostenía. E. S. O. R. Mi esposo las recibía con las dos manos, con cuidado, como se reciben las cosas que han significado demasiado para las personas equivocadas.
Cuando llegó a la primera E, Becky se sentó en el suelo de la habitación vacía y lloró con la cara entre las rodillas. No la consolé. Todd tampoco. Hay llantos que hay que dejar que terminen de caer, como las letras.
Mi madre apareció en el pasillo en algún momento. No sé cuánto llevaba ahí. Miró la pared desnuda, con las marcas claras donde habían estado las letras, y dijo la primera frase útil que le he oído en meses:
—Mañana llamo yo a todas. A tu tía. A las del pueblo. A las que trajeron regalos. —Se le quebró la voz—. Yo lo empecé. Yo lo cuento.
Y lo contó.
No les voy a repetir las llamadas. Fueron tres días de teléfonos que suenan a la hora de comer y se cuelgan a la hora de cenar. Algunos familiares devolvieron los regalos sin decir nada. Otros llamaron a Becky para gritarle. Y otros —los que más me dolieron, porque eran los que más me conocían— me llamaron a mí para decirme: «Perdona que en el funeral pensáramos que exagerabas».
En el funeral de mi hija. Pensaron que exageraba. Porque mi madre llevó meses contando que yo estaba «muy sensible» y «un poco celosa, la pobre».
Todd redactó una carta corta para devolver cada regalo. La firmaron los dos. Decía la verdad sin adornos: que el bebé se había perdido en la semana nueve, que lo habían ocultado, que lo sentían. Sin pedir perdón en abstracto. Nombrando.
Después puso sus condiciones para seguir en la misma casa que su mujer, que no son las condiciones de un marido: son las de un hombre que está de luto dos veces.
—Perdí a mi hijo en la semana nueve y me enteré ayer —le dijo a Becky delante de mí, una tarde, en la cocina ya sin prótesis sobre la mesa—. Y lo perdí otra vez cuando supe que su muerte había sido el disfraz de tu venganza contra tu hermana. Necesito llorar la primera pérdida antes de saber si puedo perdonarte la segunda. Terapia. Verdad. Y ni un solo teatro más. Ni uno.
Becky asintió a todo. Empieza terapia la semana que viene. Duerme en la habitación de invitados. La del bebé ya no tiene cuna: la desmontaron entre los dos y la donaron a una asociación, sin fotos, sin anuncio, sin público. Eso también se lo pedí yo. Y lo hizo.
Mi madre me llamó el domingo.
—Tu tía me ha colgado —dijo—. Dice que le da vergüenza ser mi hermana. Estoy sola con esto, hija.
—Lo sé, mamá —dije.
—¿Tú crees que algún día podrás…? —empezó.
—No lo sé —la corté, con más suavidad de la que esperaba de mí—. Primero tiene que llegar un día en el que no me pidas que cargue con tu vergüenza para poder quererte. Cuando llegue ese día, hablamos.
Colgué y me quedé mirando la mantita rosa, doblada sobre la cómoda de mi cuarto. El nombre hacia dentro. Contra nada. Esperando no sabía qué.
Pasaron once días en silencio.
Once días en los que dormí mejor que en meses. En los que mi esposo y yo volvimos a hablar de cosas pequeñas: del jardín, de una gotera, de nada. Once días en los que empecé a creer que lo peor había quedado desmontado, letra a letra, en una caja de cartón.
Anoche, a las dos de la mañana, sonó mi teléfono.
Era Todd. Con la voz de un hombre que corre descalzo por un pasillo.
—Becky no está —dijo—. La habitación de invitados está vacía. Su coche no está. Ha dejado el móvil en la cocina y una nota en la puerta de la habitación del bebé.
—¿Qué dice la nota? —pregunté, ya de pie, buscando las llaves con la mano que me temblaba.
—Dice: «Necesito despedirme de las dos» —dijo Todd—. Creo que ha ido al cementerio.