Capítulo 4: El nombre que nadie esperaba – News

Capítulo 4: El nombre que nadie esperaba

Capítulo 4: El nombre que nadie esperaba

Capítulo 4: El nombre que nadie esperaba

Me quedé mirando el documento.

El nombre de mi esposo estaba allí, impreso en letras negras.

Daniel Morgan.

Durante unos segundos no pude respirar.

—Eso no puede ser —susurré.

Sarah bajó la voz.

—Por eso necesitaba hablar contigo antes de que Alice lo supiera.

—Mi esposo murió hace seis años. Nunca me dijeron que tenía esa mutación.

—Probablemente porque nunca llegó a recibir el diagnóstico completo.

Volví a mirar el documento.

Daniel había estado enfermo durante meses antes de morir. Los médicos habían hablado de una enfermedad agresiva y de un tumor que no respondía a los tratamientos habituales. En aquel momento, yo solo había pensado en mantenerlo con vida.

Nunca imaginé que su enfermedad pudiera estar relacionada con Alice.

—¿Cómo encontraste esto?

Sarah señaló la carpeta.

—Cuando el equipo buscó pacientes anteriores con esta mutación, apareció su nombre. Su muestra biológica estaba almacenada en el hospital.

Sentí que se me llenaban los ojos de lágrimas.

—¿Y por qué nadie me lo dijo?

—Porque el resultado nunca fue confirmado. Y porque Daniel falleció antes de que pudieran completar la investigación.

Miré hacia la habitación.

Alice estaba riendo con sus médicos, sosteniendo la figura de Superman.

—¿Entonces mi hija heredó esto de él?

Sarah asintió.

—Es posible. Pero los médicos todavía tienen que confirmarlo.

Me apoyé contra la pared.

De repente, muchos recuerdos regresaron.

Daniel sentado en la cocina, demasiado cansado para terminar su café.

Las noches en que se despertaba empapado en sudor.

La última vez que me tomó de la mano antes de entrar al hospital.

“Prométeme que cuidarás de ella.”

Yo había pensado que se refería a Alice porque era pequeña.

Ahora entendía que quizá había sabido algo que nunca pudo contarme.

Entré nuevamente en la habitación.

Alice levantó la mirada.

—Mamá, ¿por qué lloras?

Me arrodillé junto a ella.

—Porque estoy muy feliz de que estés aquí.

Ella me abrazó.

—Yo también.

El oncólogo observó nuestra conversación y esperó a que Alice volviera a concentrarse en sus dibujos.

Entonces se acercó a mí.

—Sarah te habló de Daniel.

Asentí.

—¿Por qué nunca me dijeron que su enfermedad podía estar relacionada con Alice?

—Porque no lo sabíamos con certeza. Y no queríamos darte falsas esperanzas ni provocar miedo innecesario.

—¿Y ahora?

El médico abrió una carpeta.

—Ahora tenemos más información.

Me mostró los resultados de las pruebas genéticas de Alice.

Había una coincidencia.

La misma mutación que habían encontrado en la muestra de Daniel aparecía en Alice.

Me quedé mirando la pantalla.

—Entonces sí era de él.

—Probablemente sí.

Cerré los ojos.

Por primera vez desde que Daniel murió, sentí que una parte de él seguía presente.

No solo en los recuerdos.

En nuestra hija.

El médico señaló otra sección del informe.

—Y esto es lo importante.

La terapia que habían utilizado con Daniel años atrás había mostrado resultados limitados porque su enfermedad estaba demasiado avanzada.

Pero en Alice habían encontrado el problema mucho antes.

—¿Eso significa que tiene más posibilidades?

El médico eligió cuidadosamente sus palabras.

—Significa que tenemos una oportunidad de utilizar el tratamiento en una situación diferente. No podemos prometer un resultado, pero los datos que tenemos justifican intentarlo.

Respiré profundamente.

—Entonces hagámoslo.

Él asintió.

—Eso haremos.

Esa tarde, Alice recibió su primer tratamiento.

Antes de comenzar, colocó sus cinco figuras de superhéroes sobre la mesa.

—Necesito que vigilen el medicamento —declaró.

La enfermera sonrió.

—¿Todos?

—Todos.

El tratamiento comenzó.

Alice apretó mi mano.

—Mamá.

—¿Sí?

—Papá también estaría aquí, ¿verdad?

Sentí que se me rompía el corazón.

—Sí, cariño.

—¿Crees que estaría orgulloso?

La besé en la frente.

—Más que nadie.

Ella cerró los ojos.

—Entonces quiero que me vea.

No pude contener las lágrimas.

Pasaron las horas.

No ocurrió ningún milagro inmediato.

Alice estaba cansada.

Tenía náuseas.

Pero había algo diferente.

El equipo médico estaba atento a cada pequeño cambio.

Y esa noche, mientras dormía, el oncólogo entró con una expresión que nunca había visto en su rostro.

—Tenemos los primeros resultados.

Me levanté rápidamente.

—¿Qué pasó?

Miró a Alice dormida.

—Hay una señal positiva.

Sentí que el corazón se me detenía.

—¿Qué significa?

—Su organismo está respondiendo al tratamiento de una manera que no esperábamos tan pronto.

Me llevé ambas manos a la boca.

—¿Es bueno?

—Es alentador.

El médico sonrió.

—Pero necesitamos tiempo para saber si la respuesta se mantiene.

Miré a mi hija.

Por primera vez en meses, no pensé en cuánto tiempo nos quedaba.

Pensé en cuánto tiempo podíamos ganar.

Entonces el médico sacó una pequeña caja de su bolsillo.

—Hay algo que Daniel dejó antes de morir.

La miré confundida.

—¿Qué?

—Una carta.

Me la entregó.

En el sobre había una fecha de seis años atrás.

Y mi nombre.

Lo abrí con manos temblorosas.

Solo había una frase escrita por mi esposo:

“Si algún día Alice necesita el tratamiento que yo no pude recibir a tiempo, no permitas que nadie le diga que su historia termina donde terminó la mía.”

Levanté la mirada hacia mi hija.

Y en ese instante entendí que aquella fiesta de cumpleaños nunca había sido solamente una sorpresa.

Era el comienzo de una historia que Daniel había dejado preparada para su hija.

Una historia que todavía no sabíamos cómo terminaría.

Pero esta vez, Alice no estaba sola.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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