Capítulo 4: La grabación que Vanessa nunca debió permitir – News

Capítulo 4: La grabación que Vanessa nunca debió permitir

Capítulo 4: La grabación que Vanessa nunca debió permitir

Capítulo 4: La grabación que Vanessa nunca debió permitir

Daniel llegó al hospital a las ocho de la mañana.

Llevaba una expresión que nunca le había visto durante nuestros veintisiete años de relación profesional.

—Arthur, tenemos la grabación.

Intenté incorporarme.

—¿Qué contiene?

Daniel dejó una pequeña grabadora sobre la mesa.

—Julian la realizó hace aproximadamente tres semanas. Al parecer, empezó a sospechar que Vanessa también planeaba deshacerse de él después de conseguir tu fortuna.

El investigador que lo acompañaba explicó:

—Julian guardó varias conversaciones por miedo a que Vanessa lo traicionara. Después de conocer que estábamos investigando los medicamentos, decidió ponerse en contacto con nosotros a través de su abogado.

Daniel pulsó el botón.

La voz de Vanessa llenó la habitación.

«Cuando Arthur muera, transferiremos el dinero a la cuenta de California. Nadie podrá demostrar que tuvimos algo que ver».

Después se escuchó la voz de Julian.

«¿Y si sobrevive? Los médicos no están completamente seguros».

Vanessa respondió con una tranquilidad aterradora:

«Entonces tendremos que asegurarnos de que no pueda hablar. No voy a perder cuatro años de mi vida por un hombre que podría arruinar nuestros planes».

La grabación continuó.

«¿Y qué pasará conmigo?», preguntó Julian.

Vanessa soltó una pequeña carcajada.

«Tú recibirás tu parte cuando todo esté resuelto. Pero no olvides que yo soy la esposa. Legalmente, nadie sospechará de mí».

La grabación terminó.

Me quedé mirando la grabadora.

Durante cuatro años había compartido mi cama con aquella mujer. Había financiado sus viajes, sus negocios y sus caprichos.

Y ella hablaba de mi muerte como si estuviera organizando unas vacaciones.

—¿Julian está dispuesto a declarar? —pregunté.

El investigador respondió:

—Está negociando su cooperación. Sin embargo, también estamos investigando su participación. Que entregue pruebas no significa que quede libre de responsabilidad.

—Bien —dije—. No quiero que nadie se libre simplemente por traicionar a su cómplice.

Mientras tanto, Vanessa comenzó a perder el control.

A las once de la mañana apareció en el hospital acompañada de un abogado.

No llevaba flores esta vez.

Llevaba una carpeta llena de documentos.

—Arthur, necesitamos resolver esto inmediatamente.

Daniel se interpuso.

—Cualquier asunto relacionado con el patrimonio debe tratarse a través de los representantes legales.

Vanessa lo ignoró.

—Soy su esposa. Tengo derecho a estar aquí.

—Tiene derecho a visitarlo si el hospital lo permite —respondió Daniel—. Eso no le concede autoridad para disponer de sus bienes.

Vanessa abrió la carpeta.

—He preparado una solicitud para que se reconozca que Arthur no está en condiciones de administrar sus asuntos. Su estado es demasiado grave.

Me reí débilmente.

—Qué conveniente.

Ella me miró con rabia.

—No entiendes lo que está pasando.

—Lo entiendo perfectamente. Quieres controlar mi dinero mientras todavía estoy respirando.

Su abogado le susurró algo.

Vanessa apretó los labios.

Entonces cometió un error.

—Si hubieras muerto cuando debías, nada de esto estaría pasando.

La habitación quedó en silencio.

Daniel levantó lentamente la mirada.

El investigador, que estaba presente, tomó nota de sus palabras.

Vanessa se dio cuenta demasiado tarde de lo que acababa de decir.

—Quise decir que… todos estamos sufriendo por tu enfermedad.

—No necesitas explicar nada —respondí—. Ya te he escuchado suficiente.

El investigador se acercó.

—Señora, necesitamos hablar con usted sobre los medicamentos y la póliza de seguro.

Vanessa palideció.

—No tengo nada que declarar.

—Entonces podrá hacerlo a través de su abogado.

Salió de la habitación sin despedirse.

Aquella misma tarde, Daniel recibió una llamada urgente.

La compañía de seguros había confirmado que la póliza de veinte millones de dólares existía, pero había detectado irregularidades en la solicitud.

El documento incluía una autorización atribuida a mi firma.

El problema era que yo nunca había solicitado aquella cobertura.

Además, el informe preliminar del especialista en documentos indicaba que la firma presentaba características compatibles con una reproducción.

—Arthur —dijo Daniel—, alguien utilizó tus documentos personales para contratar una póliza de vida sin tu autorización.

—¿Y Vanessa era la beneficiaria?

—Sí.

—Entonces quiero que la aseguradora reciba inmediatamente una notificación formal de que no reconozco esa solicitud.

Daniel asintió.

—Ya estamos preparando la impugnación y la preservación de todos los documentos originales.

Dos días después, Julian Cross aceptó reunirse con los investigadores.

La entrevista tuvo lugar en presencia de su abogado.

Entregó mensajes, registros bancarios y varias grabaciones adicionales.

Pero lo más importante fue una conversación que había mantenido con Vanessa seis semanas antes de mi hospitalización.

En ella, Vanessa explicaba que había encontrado una forma de conseguir que yo pareciera cada vez más enfermo.

También mencionaba que, si los médicos empezaban a sospechar, utilizaría mi historial cardíaco para justificar cualquier empeoramiento.

Julian admitió haber recogido algunos medicamentos y haber realizado transferencias a empresas vinculadas a él.

Sin embargo, intentó presentarse como alguien que había seguido las instrucciones de Vanessa sin comprender completamente las consecuencias.

Los investigadores no aceptaron su explicación sin más.

Sus declaraciones serían contrastadas con los registros médicos, financieros y farmacéuticos.

Cuando Daniel me informó, pregunté:

—¿Y ahora qué pasará?

—La fiscalía está preparando las solicitudes correspondientes. Todavía necesitan completar algunas pruebas, pero el caso está avanzando.

Por primera vez en muchos meses, sentí que no estaba completamente indefenso.

Sin embargo, mi salud seguía deteriorándose.

La doctora Helen entró una tarde acompañada de otro cardiólogo.

—Arthur, necesitamos hablar sobre tu pronóstico.

Ya conocía aquella expresión.

—¿Cuánto tiempo?

La doctora tomó una silla.

—Los cinco días que te mencionaron inicialmente eran una estimación basada en tu estado de aquel momento. No podemos garantizar cuánto tiempo tienes. Pero hemos identificado factores que podrían haber agravado tu condición y estamos ajustando el tratamiento.

—¿Puedo recuperarme?

—Es demasiado pronto para prometerlo. Necesitamos estabilizar tu corazón y evaluar la respuesta.

Cerré los ojos.

No quería morir.

No después de descubrir que todavía tenía tantas cosas por hacer.

Pensé en mi empresa, en los empleados que dependían de ella, en Caleb y en su hermana Mia.

Pensé también en los años que había perdido confiando en Vanessa.

Cuando la doctora salió, llamé a Caleb.

—Quiero que te sientes.

El joven se acercó.

—¿Ocurre algo?

—Quiero que sepas que el fondo para Mia seguirá adelante independientemente de lo que ocurra conmigo. Daniel tiene instrucciones para garantizar que los recursos destinados a su tratamiento se administren correctamente.

Caleb comenzó a llorar.

—No debería estar pensando en nosotros ahora.

—Precisamente ahora es cuando debo pensar en lo que realmente importa.

El viernes por la mañana, Daniel llegó acompañado de un investigador.

—Arthur, tenemos noticias sobre Vanessa.

—¿Qué ha pasado?

—La fiscalía ha obtenido autorización para registrar el apartamento que compartía con Julian y varios dispositivos electrónicos. También ha solicitado medidas para impedir que se disponga de determinados fondos relacionados con la investigación.

—¿Encontraron algo?

El investigador abrió una carpeta.

—Sí. Encontramos una copia del contrato de venta de tu propiedad de Naperville. El documento estaba preparado para transferirla a una sociedad vinculada a Julian.

—¿La habían vendido?

—No. La operación no llegó a completarse. Pero el contrato incluye una autorización atribuida a ti que también está siendo examinada.

Daniel añadió:

—Y hay algo más. Vanessa ha intentado retirar una cantidad importante de una de las cuentas que está siendo investigada.

—¿Cuánto?

—Un millón doscientos mil dólares.

Me quedé en silencio.

—¿Lo consiguió?

—El banco detuvo la operación después de recibir la notificación legal correspondiente.

Por primera vez, sonreí.

—Entonces empieza a comprender que el dinero ya no está a su disposición.

Esa noche, Vanessa llamó desde un número desconocido.

Contesté porque Daniel me había indicado que cualquier comunicación debía conservarse.

—Arthur, tenemos que hablar.

Su voz sonaba diferente.

Ya no había arrogancia.

Había miedo.

—¿De qué quieres hablar?

—Podemos arreglar esto. No tienes que involucrar a la policía.

—Tú involucraste a la policía cuando decidiste envenenarme.

—¡Yo no quería que llegaras a este punto!

—¿A qué punto? ¿A estar en una cama de hospital luchando por vivir?

Comenzó a llorar.

—Estaba desesperada. Julian me convenció. Me dijo que nuestra vida sería mejor…

—No culpes a Julian por tus decisiones.

Hubo un silencio prolongado.

Después susurró:

—Arthur, todavía soy tu esposa.

Miré la fotografía de nuestra boda que tenía Daniel entre los documentos.

—Eras mi esposa cuando te confié mi vida. Y precisamente por eso tu traición fue tan terrible.

Colgué.

No sentí satisfacción.

Solo una profunda tranquilidad.

A la mañana siguiente, Daniel llegó con una última noticia.

La fiscalía había recibido los resultados complementarios del laboratorio y los informes de los dispositivos electrónicos.

Las pruebas respaldaban la sospecha de que había existido una administración no autorizada de digoxina, y las comunicaciones entre Vanessa y Julian mostraban una planificación previa.

Las autoridades estaban preparando las siguientes actuaciones judiciales.

Pero Daniel todavía tenía algo que contarme.

—Arthur, hemos revisado el contrato de tu seguro de vida. La solicitud se presentó utilizando una autorización que supuestamente firmaste seis meses atrás.

—Ya sabemos que la firma es sospechosa.

—Sí. Pero encontramos una diferencia todavía más importante.

Me entregó una copia del formulario original.

En el apartado de contacto de emergencia aparecía un nombre que yo no reconocía.

Dr. Samuel Bennett.

—¿Quién es ese hombre? —pregunté.

Daniel respondió:

—Es el médico que supuestamente recomendó la contratación de la póliza y certificó tu estado de salud.

Miré el documento con atención.

Entonces reconocí el apellido.

Samuel Bennett había sido mi médico personal durante casi diez años.

Pero llevaba más de un año sin trabajar en Chicago.

—Daniel, quiero saber dónde está ese hombre.

Mi abogado levantó la mirada.

—Ya lo estamos buscando.

En ese instante, el teléfono del investigador comenzó a sonar.

Escuchó durante unos segundos y después se volvió hacia nosotros.

—Lo hemos encontrado.

Hizo una pausa.

—El doctor Bennett no está desaparecido. Está trabajando en una clínica privada de Miami.

Daniel frunció el ceño.

—¿Y qué ha dicho cuando le hemos preguntado por la póliza?

El investigador respiró profundamente.

—Ha solicitado hablar con la fiscalía. Dice que tiene información sobre quién le pagó para certificar un documento médico que nunca examinó.

Me quedé inmóvil.

Porque aquello significaba que Vanessa y Julian podían no ser los únicos responsables.

Y si el médico decía la verdad, alguien más había participado desde el principio.

Alguien que conocía mi historial clínico, mis medicamentos y cada una de mis vulnerabilidades.

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Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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