PARTE 3 — LA FIRMA QUE PODÍA DESTRUIRLO TODO – News

PARTE 3 — LA FIRMA QUE PODÍA DESTRUIRLO TODO

PARTE 3 — LA FIRMA QUE PODÍA DESTRUIRLO TODO

PARTE 3 — LA FIRMA QUE PODÍA DESTRUIRLO TODO

Durante varios segundos no pude pronunciar una sola palabra.

Mi madre seguía sentada a mi lado, con las manos entrelazadas sobre el regazo. La mujer que Octavio había declarado muerta estaba allí, respirando, mirándome con sus ojos cansados.

—Señor, ¿está seguro de lo que acaba de decir? —pregunté al notario.

—Completamente. Su esposo presentó un acta de defunción y una autorización para realizar ciertos trámites relacionados con la propiedad. Necesitamos verificar la autenticidad de los documentos.

Colgué y miré a mamá.

—¿Octavio te pidió alguna vez que firmaras algo?

Ella se quedó pensativa.

—Hace unos meses me llevó a una oficina. Dijo que necesitaba mi firma para actualizar unos documentos de la casa.

Sentí un escalofrío.

—¿Qué firmaste?

—No recuerdo exactamente. Me dijo que eran papeles para que pudiera seguir viviendo allí si a ti te pasaba algo.

Cerré los ojos.

Octavio no solamente había estado robando el dinero que yo enviaba. También había estado preparando algo mucho más peligroso.

Después de que el médico revisara a mamá y le indicara un tratamiento urgente, fuimos directamente al despacho de la licenciada Verónica Méndez, una abogada que una compañera de Canadá me había recomendado antes de regresar a México.

Le expliqué todo.

Las transferencias.
La comida sacada de la basura.
Los moretones en las muñecas de mi madre.
La supuesta acta de defunción.
Y la fotografía de Octavio frente a la notaría.

Verónica escuchó sin interrumpirme.

Cuando terminé, abrió su computadora.

—Marisela, necesito que no lo enfrentes todavía. Primero vamos a averiguar qué documentos presentó y quién está intentando quedarse con tu propiedad.

Le entregué todos los comprobantes bancarios.

Ella comenzó a revisarlos.

—¿Cuarenta y ocho mil dólares?

—Aproximadamente. Algunos meses enviaba más porque mamá necesitaba medicamentos.

La abogada levantó la mirada.

—¿Y su esposo le dijo a su madre que usted había dejado de enviar dinero?

—Sí.

Verónica apretó los labios.

—Entonces tenemos que investigar también dónde terminó ese dinero.

A media tarde recibí otra llamada.

Era Natalia.

Esta vez contesté.

—Marisela, necesito hablar contigo. Sé que probablemente me odias, pero hay algo que no te he contado.

—Te escucho.

Su voz temblaba.

—Octavio me dijo que su esposa estaba muerta. Me enseñó documentos. Incluso me dijo que tú habías fallecido en Canadá y que él estaba esperando resolver una herencia.

Me quedé inmóvil.

—¿Y por qué estabas en mi casa?

—Porque me prometió que nos casaríamos cuando terminara el proceso de venta. Me dijo que la casa valía muchísimo y que pronto tendríamos suficiente dinero para comenzar una vida juntos.

Respiré profundamente.

—¿Sabías que mi madre vivía allí?

—Sí, pero Octavio decía que era una mujer con problemas mentales. Que inventaba historias y que no debíamos hacerle caso.

Miré a Verónica.

Ella me hizo una señal para que continuara.

—Natalia, necesito que me digas una cosa. ¿Tienes fotografías de esos documentos?

—Tengo algo mejor. Tengo mensajes de Octavio hablando de la venta y de cómo consiguió la firma.

Mi corazón comenzó a latir más rápido.

—¿Puedes enviármelos?

—Sí. Pero necesito que me prometas que no le dirás que fui yo.

—No puedo prometerte que no habrá consecuencias. Pero sí puedo decirte que quiero descubrir la verdad.

Diez minutos después, mi teléfono recibió varios archivos.

Verónica los abrió.

El primero era una conversación entre Octavio y un hombre llamado Ramiro.

El segundo contenía una fotografía de un documento con mi nombre.

Pero el tercero fue el que nos dejó completamente heladas.

Octavio había escrito:

«Cuando Marisela regrese, ya no habrá nada que pueda reclamar. Si pregunta por su madre, le diremos que se fue a vivir con unos familiares. Para entonces, la casa ya estará vendida».

Debajo, Ramiro había respondido:

«¿Y si descubre lo del dinero?».

La respuesta de mi esposo fue todavía más aterradora:

«No podrá demostrar nada. Todo está a mi nombre».

Verónica dejó el teléfono sobre el escritorio.

—Se equivocó en algo —dijo tranquilamente.

—¿En qué?

—En creer que usted no podría demostrarlo.

Sacó una carpeta y comenzó a organizar los documentos para solicitar las medidas legales correspondientes. También me explicó que debíamos proteger a mi madre y verificar la posible falsificación de las firmas y del acta de defunción.

Pero justo cuando pensábamos que teníamos suficiente información, sonó mi teléfono.

Era Octavio.

Esta vez contesté y activé el altavoz.

—¡Marisela! ¿Dónde demonios estás?

—Con mi madre.

—¡Te dije que no la metieras en nuestros problemas!

Me reí sin ganas.

—¿Nuestros problemas? ¿Te refieres a dejarla sin comida mientras tú brindabas con Natalia?

Hubo un silencio.

Después su voz se volvió fría.

—Escúchame bien. No sabes lo que estás haciendo. Esa casa ya no es asunto tuyo.

—La casa está a mi nombre, Octavio.

—Por ahora.

Verónica levantó la cabeza inmediatamente.

Yo apreté el teléfono.

—¿Qué significa eso?

Octavio soltó una carcajada.

—Significa que mañana vas a recibir una sorpresa. Y cuando la recibas, será demasiado tarde para arrepentirte de haber regresado.

La llamada terminó.

Verónica se levantó de su silla.

—Marisela, no vamos a esperar hasta mañana. Necesitamos actuar ahora.

Pero entonces llegó una notificación de Natalia.

Era un audio de treinta y siete segundos.

Lo reproduje.

Primero escuché la voz de Octavio.

Después reconocí otra voz masculina.

Y finalmente escuché a mi esposo pronunciar unas palabras que hicieron que mi madre se llevara ambas manos a la boca:

—La vieja todavía cree que puede volver a entrar en esa casa. No importa. Cuando firme el último documento, nos desharemos de ella y nadie volverá a preguntarnos dónde está.

Miré a Verónica.

Ella detuvo el audio y me dijo:

—Marisela, creo que su madre no era la única persona a la que Octavio quería desaparecer de su vida.

Y justo entonces, alguien llamó desesperadamente a la puerta del despacho.

Era doña Rosalía.

Tenía el rostro pálido y apenas podía respirar.

—¡Marisela! ¡Tienes que venir conmigo! ¡Octavio acaba de llegar a tu casa con dos hombres y están sacando todas las cosas de tu madre!

Pero lo peor no era eso.

Doña Rosalía se acercó y susurró:

—Uno de esos hombres lleva un documento diciendo que tu madre debe abandonar la propiedad porque legalmente… ya no existe.

Continuará…

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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