Parte 2 – La niña y el secreto de la mansión
La niña seguía aferrada al abrigo del hombre.
Pero de repente, dejó de llorar.
Sus pequeños ojos se abrieron.
Había escuchado algo.
Un ruido.
Muy débil.
Venía del piso superior.
El hombre de cabello gris también lo escuchó.
Levantó lentamente la mirada hacia las escaleras.
—¿Qué fue eso?
Nadie respondió.
Los dos hombres vestidos de negro intercambiaron una mirada.
El silencio volvió a apoderarse de la mansión.
La niña levantó una pequeña mano y señaló hacia arriba.
—Mamá…
El hombre frunció el ceño.
—¿Tu mamá está arriba?
La niña asintió lentamente.
—Mamá está ahí.
El hombre miró a sus acompañantes.
—Revisen todas las habitaciones.
Los dos hombres subieron inmediatamente las escaleras.
Cada paso resonaba por el enorme vestíbulo.
El hombre permaneció abajo con la niña en brazos.
Mientras esperaba, miró a la mujer que estaba en el suelo.
Ella había dejado de luchar.
Pero no parecía asustada.
Al contrario.
Sonreía.
Una sonrisa pequeña y extraña.
—¿Qué hiciste? —preguntó el hombre.
La mujer no respondió.
—Te hice una pregunta.
Ella levantó lentamente la cabeza.
—Llegaste demasiado tarde.
El rostro del hombre cambió.
—¿Dónde está la madre de la niña?
La mujer soltó una breve carcajada.
—Eso ya no importa.
La niña escondió el rostro contra el pecho del hombre.
Él la abrazó con más fuerza.
—Habla.
La mujer guardó silencio.
Entonces se escuchó un grito desde el piso superior.
—¡Señor!
El hombre levantó inmediatamente la cabeza.
Uno de sus hombres apareció en las escaleras.
Su expresión era seria.
—Encontramos algo.
—¿Qué?
El hombre miró a la niña.
Después volvió la mirada hacia su jefe.
—Será mejor que lo vea usted mismo.
El hombre de cabello gris comenzó a subir las escaleras con la niña en brazos.
La pequeña no quería separarse de él.
Cada vez que él intentaba cambiarla de posición, ella se aferraba nuevamente a su abrigo.
—No tengas miedo —le susurró.
Llegaron al segundo piso.
La puerta de una habitación estaba entreabierta.
Uno de los hombres esperaba junto a ella.
—Está aquí.
El hombre abrió la puerta.
Dentro había una habitación infantil.
Una cama pequeña.
Juguetes.
Fotografías familiares.
Pero algo estaba fuera de lugar.
Un armario había sido abierto.
En el suelo había varias fotografías rotas.
El hombre se agachó.
Tomó una de ellas.
Era una fotografía de la niña junto a una mujer.
La niña sonreía.
La mujer también.
En la parte posterior había una fecha escrita a mano.
El hombre observó la fotografía durante unos segundos.
—¿Dónde encontraron esto?
—Debajo del armario.
Entonces la niña comenzó a inquietarse.
—Mamá…
El hombre se volvió hacia ella.
—¿Dónde?
La pequeña señaló una puerta al fondo de la habitación.
Una puerta que parecía conducir a un pequeño cuarto privado.
Uno de los hombres intentó abrirla.
Estaba cerrada.
—Está bloqueada.
El hombre de cabello gris se acercó.
Golpeó la puerta una vez.
—¡Abra!
Silencio.
Golpeó nuevamente.
—¡Abra la puerta!
Nada.
La niña comenzó a llorar.
—Mamá está ahí…
El hombre miró a sus hombres.
Uno de ellos retrocedió unos pasos.
Después golpeó la cerradura.
La puerta cedió.
Todos quedaron inmóviles.
Al otro lado había una mujer.
Estaba sentada en el suelo.
Cansada.
Asustada.
Pero viva.
La niña gritó inmediatamente:
—¡MAMÁ!
La mujer levantó la cabeza.
Durante un instante, parecía no poder creer lo que estaba viendo.
Después se puso de pie.
—¡Mi hija!
La niña extendió los brazos.
El hombre de cabello gris se acercó lentamente y la dejó en el suelo.
La pequeña corrió hacia su madre.
Las dos se abrazaron.
La madre cayó de rodillas mientras lloraba.
—Pensé que nunca volvería a verte…
La niña la abrazó con todas sus fuerzas.
—Te estaba buscando.
El hombre observaba la escena en silencio.
Pero había algo que no entendía.
Si la madre estaba encerrada allí…
¿Quién había estado cuidando de la niña?
¿Y por qué la mujer de abajo había intentado llevársela?
La madre levantó la mirada hacia él.
Su rostro cambió inmediatamente.
Parecía reconocerlo.
—Tú…
El hombre permaneció inmóvil.
—¿Quién eres?
La mujer tragó saliva.
—Soy la madre de la niña.
—Eso ya lo sé.
Hizo una pausa.
—Quiero saber quién te encerró.
La mujer miró hacia la puerta.
Después bajó la voz.
—No fue una sola persona.
El hombre frunció el ceño.
—¿Qué significa eso?
La mujer abrazó nuevamente a su hija.
—Hay alguien más dentro de esta casa.
Todos guardaron silencio.
Un ruido se escuchó en el pasillo.
Pasos.
Lentos.
Alguien estaba caminando hacia ellos.
El hombre de cabello gris hizo una señal a sus dos hombres.
Ambos se colocaron frente a la puerta.
La madre abrazó a la niña.
Los pasos se acercaban.
Uno.
Dos.
Tres.
Entonces una sombra apareció bajo la puerta.
El hombre de cabello gris miró fijamente hacia el pasillo.
La sombra se detuvo.
Y una voz tranquila rompió el silencio:
—No deberías haber regresado.
El rostro del hombre cambió.
Había reconocido aquella voz.
La niña miró hacia la puerta.
La madre comenzó a temblar.
Y por primera vez aquella noche, incluso los hombres vestidos de negro parecieron dudar.
Porque alguien dentro de la mansión conocía un secreto que podía cambiarlo todo.
La puerta comenzó a abrirse lentamente.
Y la historia apenas estaba entrando en su momento más peligroso.