Capítulo 3: La niña de la fotografía
Capítulo 3: La niña de la fotografía
No podía apartar los ojos de aquella imagen.
Daniel aparecía frente a una casa pequeña, sosteniendo la mano de una niña de unos cinco años. La pequeña tenía el cabello oscuro, dos coletas y una mochila rosa colgada del hombro.
No reconocía el lugar.
Tampoco reconocía a la niña.
Pero había algo que me hizo sentir un escalofrío: Daniel la miraba exactamente como solía mirarme a mí cuando quería tranquilizarme.
—Emily, necesito que me digas quién es esa niña.
Mi amiga se cubrió la boca.
—Se llama Sophie.
—¿Es hija de Daniel?
Emily cerró los ojos.
—No.
—¡Entonces dime de quién es!
Se quedó callada durante tanto tiempo que empecé a perder la paciencia.
—Es mi hija —susurró finalmente.
Sentí que las piernas me fallaban.
—¿Tu hija?
Emily asintió, con lágrimas recorriéndole las mejillas.
—La tuve hace veintidós años. Pero nadie lo sabe. Ni siquiera mi propia familia.
Me senté lentamente.
—¿Cómo es posible que tengas una hija y nunca me lo hayas contado?
—Porque la entregué en adopción.
La miré sin comprender.
Emily me explicó que, antes de que nuestras vidas tomaran caminos distintos, había quedado embarazada de un hombre que desapareció al enterarse de la noticia. Tenía apenas veintidós años, estaba asustada y no sabía cómo enfrentarse a su familia.
Daniel, que entonces todavía no era mi marido, trabajaba en el mismo edificio que ella. Fue quien la acompañó durante aquellos meses y la ayudó a encontrar una familia que pudiera hacerse cargo de la bebé.
—¿Y por qué Daniel nunca me lo contó?
—Porque se lo pedí. Estaba aterrorizada de que alguien descubriera lo que había pasado. Él prometió guardar silencio.
—Pero yo era tu mejor amiga. ¡Podrías habérmelo contado!
Emily bajó la cabeza.
—Lo sé. Y esa es una de las cosas de las que más me arrepiento.
Me levanté y caminé hasta la ventana.
Treinta y siete años de amistad.
Habíamos compartido cumpleaños, vacaciones, celebraciones y funerales. Yo había llorado con ella cuando su matrimonio terminó. La había ayudado a reconstruir su vida.
Y, aun así, había conseguido ocultarme que tenía una hija.
—¿Daniel seguía viéndola? —pregunté.
—Sí.
Me volví lentamente.
—¿Qué?
—Cuando Sophie cumplió dieciocho años, comenzó a buscar información sobre sus padres biológicos. Daniel se enteró de que había conseguido encontrarme y me pidió que la conociera. Desde entonces, los tres intentamos mantener una relación discreta.
—¿Los tres?
Emily asintió.
—Daniel se convirtió en una especie de figura paterna para ella. Nunca quiso reemplazar a nadie. Simplemente la ayudó con sus estudios, la acompañó cuando tuvo problemas y estuvo presente en momentos importantes.
Sentí una punzada de dolor.
Mientras yo creía que mi marido y mi mejor amiga compartían una relación familiar completamente normal, ambos habían construido una parte de sus vidas de la que yo no sabía absolutamente nada.
—¿Y tú esperas que acepte todo esto?
—No espero que me perdones hoy.
Emily sacó otro documento del sobre.
—Pero hay algo más que debes saber. Daniel no quería que descubrieras la existencia de Sophie solamente por una fotografía. Quería que la conocieras.
Tomé el documento.
Era una carta escrita por Daniel, dirigida a mí.
Reconocí su letra de inmediato.
«Mi amor:
Si algún día lees esto, probablemente Emily ya te habrá contado la historia de Sophie.
Sé que te dolerá descubrir que te oculté algo tan importante. No tengo una excusa que pueda borrar ese dolor.
Pero quiero que sepas que nunca hubo una aventura ni una doble vida romántica. Emily era una amiga que necesitaba ayuda y yo hice una promesa que, con el paso de los años, se volvió demasiado difícil de romper.
Sophie es una joven maravillosa. No tiene la culpa de las decisiones que tomamos los adultos.
Hay algo que me gustaría pedirte: si alguna vez tienes la oportunidad, conócela. No por mí, ni por Emily, sino porque merece saber que hay personas que la quieren.
Y hay otra razón por la que te escribo.
La última vez que hablé con Emily, descubrimos que alguien había estado enviando mensajes a Sophie haciéndose pasar por un familiar suyo. No sabemos quién está detrás de eso, pero me preocupaba que pudiera utilizar su historia para hacerle daño.
Emily tiene la información.
Por favor, escucha toda la verdad antes de tomar una decisión».
Me quedé mirando la última frase.
—¿Qué mensajes? —pregunté.
Emily se secó las lágrimas.
—Hace unos meses, Sophie recibió mensajes de una persona que decía conocer detalles de su adopción. Al principio pensamos que era alguien que quería ayudarla a encontrar a su padre biológico. Pero después comenzó a pedirle dinero.
—¿Y Daniel lo sabía?
—Sí. Investigó todo lo que pudo antes de morir. Descubrió que aquella persona conocía información que solo estaba en documentos privados.
Sentí un escalofrío.
—¿Crees que alguien está utilizando el secreto de Sophie para extorsionarla?
—Eso temía Daniel.
Antes de que pudiera responder, mi teléfono volvió a vibrar.
Esta vez era un mensaje de un número desconocido.
«Si quieres saber por qué Daniel protegió tanto a Emily, pregunta quién pagó los gastos de Sophie durante sus primeros años».
Le mostré la pantalla a Emily.
Su rostro cambió por completo.
—¿Quién te envió eso? —preguntó.
—No lo sé. ¿Tú sí?
Emily comenzó a negar con la cabeza, pero sus manos volvieron a temblar.
Entonces llegó otro mensaje.
«No fue Daniel quien mantuvo a esa niña. Fue tu marido quien utilizó una cuenta a tu nombre».
Sentí que el corazón se me detenía.
—¿Una cuenta a mi nombre?
Emily se levantó rápidamente.
—Tenemos que llamar a la policía.
—¡No! Primero quiero que me digas qué está pasando.
Me miró con una expresión de auténtico terror.
—Hay algo que no te he contado sobre el dinero, y sé que cuando lo descubras vas a pensar que te traicioné por completo.
—¿Qué dinero, Emily?
Sacó lentamente un último sobre de su bolso.
En su interior había copias de transferencias bancarias realizadas durante más de veinte años.
Todas tenían mi nombre como titular.
Y todas estaban destinadas a la misma persona: Sophie.
Pero lo más aterrador no era eso.
En la última transferencia, realizada apenas unos días antes de la muerte de Daniel, aparecía una cantidad que jamás había visto en mi vida.
250.000 dólares.
Miré a Emily, incapaz de pronunciar una palabra.
Ella se acercó y susurró:
—Tu marido no solo quería proteger a Sophie. Había descubierto quién estaba intentando chantajearla… y esa persona está mucho más cerca de ti de lo que imaginas.