PARTE 8: LA HEREDERA RECHAZÓ A SU PROMETIDO PARA CASARSE CON UN PEÓN… Y NADIE LO SABÍA – News

PARTE 8: LA HEREDERA RECHAZÓ A SU PROMETIDO PARA CASARSE CON UN PEÓN… Y NADIE LO SABÍA

PARTE 8: LA HEREDERA RECHAZÓ A SU PROMETIDO PARA CASARSE CON UN PEÓN… Y NADIE LO SABÍA

Los pasos resonaron con una cadencia pesada, arrastrando la culpa de casi una década sobre la piedra fría. La luz de la linterna en la mano temblorosa de Victoria cortó la oscuridad, barriendo los escalones hasta iluminar unas botas gastadas cubiertas del mismo lodo de los viñedos, y subiendo lentamente hasta revelar el rostro pálido y desencajado del recién llegado.

“¿Ramiro?”, el nombre escapó de los labios de Victoria como un suspiro ahogado.

Ramiro se quedó paralizado en el último peldaño, levantando un brazo para protegerse de la luz cegadora. Su mirada pasó de doña Amalia, que lo observaba con desdén, a Chela, que sollozaba en el suelo, y finalmente se clavó en Tomás. En los ojos del peón leal no había sorpresa, solo la agonía absoluta de un hombre cuyo peor pecado acababa de ser desenterrado.

“Díselo, hermano”, ordenó Tomás. Su voz no denotaba furia, sino una tristeza infinita y abrumadora. “Díselo a la patrona. Dile a Victoria qué fue lo que verdaderamente pasó aquella noche de vendimia hace ocho años”.

Las rodillas de Ramiro cedieron. Cayó sobre la tierra húmeda de la cava, ocultando su rostro entre las manos callosas. Un llanto áspero y gutural rompió el silencio del subterráneo. “Perdóname, Tomás… Te lo juro por la virgencita, yo no quería hacerlo. ¡Yo no quería joderte la vida!”.

Victoria dio un paso vacilante hacia atrás, chocando contra la madera de la vieja barrica. “¿Fuiste tú, Ramiro? ¿Tú robaste la caja fuerte de mi padre y dejaste que Tomás se pudriera en la cárcel?”.

Ramiro levantó el rostro, empapado en lágrimas. “Mi amá se estaba muriendo, patrona”, balbuceó, con la voz rota por la desesperación del recuerdo. “Los riñones le estaban fallando y el hospital del pueblo no la quería recibir sin un anticipo. Yo… yo vi a don Ricardo dejar la llave de la caja chica sobre su escritorio. Fue un momento de debilidad. Solo tomé lo que necesitaba para las medicinas, pensaba devolverlo con mis jornales… pero ella me atrapó”.

Ramiro apuntó con un dedo tembloroso hacia doña Amalia.

La matriarca ni siquiera se inmutó; al contrario, una sonrisa torcida, desprovista de cualquier rasgo de humanidad, se dibujó en su rostro maquillado.

“Esta señora me acorraló en el pasillo”, continuó Ramiro, escupiendo las palabras con asco. “Me dijo que si no quería que llamara a la policía y dejara a mi madre tirada en la calle, tenía que hacerle un trabajo. Me dio el resto del dinero de la caja y me ordenó que lo metiera debajo del colchón del catre de Tomás”.

Victoria giró bruscamente la cabeza hacia Amalia. El estómago se le revolvió. “¿Por qué, mamá? ¿Por qué destruir a un muchacho inocente?”.

“No me llames mamá, ya quedó claro que no lo soy”, siseó Amalia, cruzándose de brazos, su silueta erguida proyectando una sombra monstruosa contra la pared de piedra. “¿Y por qué lo hice? Porque eras una niña estúpida y romántica, Victoria. Te vi mirándolo. Vi cómo te escabullías a los establos para hablar con este muerto de hambre. Eres la heredera de Las Retamas. No iba a permitir que ensuciaras mi apellido largándote con un peón miserable. Necesitaba que lo odiaras, y necesitaba una excusa perfecta para que tu padre lo corriera a patadas”.

“Y de paso…”, intervino Tomás, con la mandíbula tensa, “…se consiguió a un esclavo que jamás se atrevería a exigir un aumento ni a protestar por las condiciones de trabajo. Tenía a Ramiro amarrado por el cuello”.

Amalia soltó una carcajada seca, un sonido agudo que rebotó macabramente en las bóvedas de piedra. “Maté dos pájaros de un tiro. ¿Es un crimen proteger el estatus de la familia?”.

“Tú lo sabías”, Victoria miró a Chela, que seguía en el suelo. “Chela… tú lo sabías”.

Chela asintió, ahogada en llanto. “Yo lo vi, mi niña. Vi a esta bruja obligando a Ramiro. Pero cuando intenté decírselo a tu padre, ella me amenazó. Me dijo que le contaría al valle entero que yo era una cualquiera, que revelaría mi secreto y que don Ricardo no tendría más remedio que echarme a la calle para evitar el escándalo. Me amenazó con que nunca más volvería a verte. Y yo… yo no podía perderte, Victoria. Eres mi sangre”.

Victoria sintió que le faltaba el aire. Toda su vida había sido una obra de teatro grotesca dirigida por una mujer sin alma, donde el elenco estaba compuesto por personas aterradas y obligadas a mentir.

“Es una historia fascinante”, se burló Amalia, sacudiendo una mota de polvo imaginaria de su abrigo. “Digna de una novela barata. Pero, ¿y qué? Las lágrimas de los sirvientes no tienen validez legal. Los papeles ya están firmados en el Registro Civil. Federico tiene el 51% de Las Retamas, y yo acabo de asegurar mi poder sobre el 49% restante. Ustedes tres… la bastarda, la sirvienta y los dos peones rateros, pueden quedarse llorando en este calabozo todo lo que quieran. Mañana mismo estarán en la calle”.

“Se equivoca, señora”, la voz de Tomás cortó el aire como un látigo.

Amalia frunció el ceño, deteniéndose a medio camino de las escaleras. “¿De qué hablas, pedazo de basura?”.

Tomás se acercó al cofre abierto, pasando por encima del documento de filiación que seguía tirado en el barro. Metió la mano hasta el fondo y sacó una libreta vieja, forrada en cuero negro, que había permanecido oculta bajo un doble fondo de madera que él mismo acababa de destrabar antes de que Amalia bajara.

“Usted cree que don Ricardo era un hombre fácil de engañar”, dijo Tomás, levantando la libreta para que la luz de la linterna de Victoria cayera sobre las páginas amarillentas. “Pero él llevaba su propia contabilidad. Y aquí, en su diario personal, no solo documentó cada centavo que usted le robó a la finca durante años para desviarlo a las cuentas de Federico…”.

Amalia palideció bruscamente. Trató de lanzarse sobre Tomás para arrebatarle el libro, pero Ramiro, movido por la ira acumulada de ocho años, se interpuso en su camino, empujándola hacia atrás con su cuerpo robusto. “Ni se le ocurra tocarlo, señora”.

“Pero eso no es lo más importante”, continuó Tomás, acercándose a Victoria y poniéndole la libreta en las manos. “Abre la última página, Victoria. La que tiene el sello de cera roja del notario del pueblo, el viejo don Hilario”.

Victoria, con los dedos temblorosos, abrió el diario en la página indicada. Era una adenda al testamento, escrita a mano por su padre, fechada semanas antes de su infarto fulminante.

“Léelo en voz alta, patrona”, suplicó Ramiro.

Victoria tragó saliva y comenzó a leer, su voz ganando fuerza con cada sílaba. “Yo, Ricardo de Las Retamas, en pleno uso de mis facultades… dejo constancia de que conozco las intenciones de mi esposa, Amalia, de usurpar mi legado. Por tanto, estipulo que, en caso de que Amalia fuerce una venta, fusión o cesión de la finca bajo coacción, engaño o dolo… sus derechos de administración y su porcentaje accionario quedarán inmediatamente anulados”.

Amalia se agarró a la baranda de hierro de las escaleras, sintiendo que el piso de piedra se abría bajo sus pies. “Ese papel es falso…”, susurró, sin aliento.

Victoria continuó leyendo, y por primera vez en ese día infernal, una chispa de esperanza pura brilló en sus ojos. “En dicho escenario, la totalidad del patrimonio de Las Retamas pasará a sus verdaderas dueñas: mi hija biológica, Victoria, y su madre, Graciela Mendoza, quienes heredarán el 100% de la propiedad en partes iguales, para que protejan la tierra que tanto amé”.

“El notario lo certificó”, sentenció Tomás, cruzándose de brazos, su porte volviendo a ser el de un hombre invencible. “Federico no tiene el 51%, señora. Usted le entregó derechos que, en el instante de la firma bajo sus chantajes, dejaron de ser suyos. Las Retamas no le pertenece a Federico, ni le pertenece a usted. Le pertenece a Chela y a Victoria. Y ese contrato de fusión acaba de convertirse en papel mojado”.

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Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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