PARTE 2: Abandonó a Su Familia Por Amor… Pero Jamás imaginó que él Escondía…
El auricular del teléfono temblaba ligeramente en la mano de Darío. Al escuchar a Samira, un silencio sepulcral se apoderó de él por unos segundos, como si el aire de la sala de pronto se hubiera vuelto espeso y difícil de respirar.
—Dime dónde la viste, Samira —pidió Darío, con la voz ronca pero contenida. No había furia en sus palabras, solo la angustia de un padre herido—. No voy a enfrentarla. Te lo prometo. Solo quiero ir y comprobar con mis propios ojos que realmente está bien.
Al otro lado de la línea, Samira suspiró, resguardándose de la lluvia bajo el toldo de un puesto de revistas.
—Está orgullosa, don Darío. Orgullosa y asustada al mismo tiempo. Se le nota en la mirada —explicó la muchacha—. Conociendo a Naya, si la presionamos o si usted va a buscarla a su trabajo, va a encerrarse todavía más con Gael. Va a sentir que la estamos juzgando y él aprovechará eso para aislarla.
Darío cerró los ojos, asimilando la amarga verdad en las palabras de la joven.
—Entonces esperaré —concedió, arrastrando las palabras con pesadez—. Pero si ella pide ayuda una sola vez, Samira, quiero estar listo para responder. No la dejes sola, por favor.
Esa misma tarde, Nayara regresó a la Pensión La Esperanza arrastrando los pies. Le dolían los tobillos y la cabeza le daba vueltas por la mezcla de hambre y estrés. Al abrir la puerta del lúgubre cuarto número 14, encontró a Gael recostado en la cama, viendo videos en su celular, con una actitud que rayaba en el cinismo.
—Conseguí trabajo —soltó ella de golpe, dejando su bolso sobre la desvencijada mesa de plástico—. Empiezo mañana en una cafetería. Turnos de ocho horas. Así que ahora, Gael, dime exactamente cuándo vas a cerrar ese negocio tuyo. Voy a ayudarte, voy a aportar para salir de este agujero, pero necesito hechos. Las promesas ya no me alcanzan.
Gael se incorporó lentamente, esbozando una sonrisa a medias, esa misma sonrisa que semanas atrás la derretía, pero que ahora comenzaba a causarle repulsión.
—Tranquila, mi reina. Las cosas buenas toman su tiempo. Todo va sobre ruedas —respondió él, sin mirarla directamente a los ojos.
Pero el tiempo pasaba y las ruedas parecían estancadas en el fango de las mentiras. Días después, el frío de la madrugada calaba los huesos en aquel cuarto sin calefacción. Nayara abrió los ojos, desorientada. Buscó a tientas el cuerpo de Gael en la cama, pero solo encontró sábanas frías. Se sentó de golpe. El reloj de su celular marcaba las 2:54 a.m.
Justo en ese momento, el crujido de la puerta anunció la llegada de Gael. Entró de puntillas, oliendo a cigarro barato y a perfume de mujer, un detalle que el instinto de Nayara captó al vuelo, aunque su mente se negara a procesarlo.
—Son casi las tres de la mañana, Gael —susurró ella en la oscuridad, con la voz temblando de rabia y frío—. ¿Dónde diablos estabas mientras yo dormía sola aquí?
Gael se sobresaltó, pero rápidamente compuso su máscara de indignación.
—Buscando contactos, Nayara. Movilizándome para resolver nuestros problemas —respondió, quitándose la chamarra con movimientos exagerados—. Alguien tiene que pensar en nuestro futuro, ¿no crees? Los inversionistas no tienen horario de oficina.
La tensión se podía cortar con un cuchillo, pero la explosión no llegó en ese momento. Fue a la mañana siguiente, cuando bajaban las escaleras, que la bomba estalló frente a sus caras. Nélida, la dueña de la pensión, los interceptó en el pasillo. Tenía una escoba en la mano y la mirada fulminante clavada en Gael.
—Oye, tú, galancito —le espetó Nélida, sin importarle la presencia de Nayara—. Me dijiste que vivías solo en el cuarto. Espero que esa muchacha que vi entrar contigo ayer en la tarde no sea otra de tus historias raras, porque no te voy a andar aguantando tus teatritos en mi propiedad.
El corazón de Nayara dio un vuelco. Sintió que la sangre se le helaba. Volteó a ver a Gael, exigiendo una explicación con la mirada. Él palideció, pero su cinismo lo salvó de tartamudear.
—Es una prima, doña Nélida. Una prima que está pasando unos días aquí en la ciudad y vino a saludar —dijo Gael, riendo con nerviosismo—. Ya sabe usted cómo es la familia. Y tú, mi amor, sabes que no tengo nada serio con nadie más que contigo.
Nélida soltó una risa burlona, de esas que raspan la garganta.
—Puedes engañar a tus visitas y a tus “primas”, Gael. Pero a mí me pagas la renta hoy mismo o mañana saco tus cosas, y las de tu noviecita, al pasillo. Ya te la sabes.
Ese fin de semana llegó el primer pago de Nayara. Había soportado a clientes groseros, quemaduras de café y dolor de espalda, todo por un sobre con billetes que ahora sostenía en sus manos con recelo. Gael la esperaba en el cuarto, frotándose las manos como si el dinero fuera suyo.
—Revisemos los detalles del acuerdo esta tarde para dejar todo en orden, mi amor. Los notarios me están presionando —le dijo él, acercándose para besarle el cuello.
Nayara se apartó, colocando solo unos cuantos billetes sobre la mesa.
—Este dinero es de mi primera semana de chinga, Gael, y ni siquiera me has preguntado cómo me fue, si me duelen los pies o si comí —dijo ella, con la voz cargada de decepción—. Te daré una parte para que resuelvas eso, pero mañana mismo quiero ver algún documento de esa gestión. Una firma, un papel con sello, lo que sea.
Gael tomó los billetes con rapidez, arrugándolos en su bolsillo.
—Con esto tengo suficiente para esta noche —murmuró, ignorando su reclamo por completo—. Mañana inventaré algo para conseguir el resto. Cuando salgamos de aquí, tendrás tiempo de sobra para descansar. Ahora solo necesito que confíes en mí.
A unas cuadras de allí, en el taller mecánico, Elian se limpiaba la grasa de las manos con un trapo viejo mientras escuchaba a Samira.
—Han pasado días y Nayara apenas responde mis mensajes. Y cuando lo hace, son respuestas cortas, secas —decía Elian, mirando al suelo con tristeza—. Cada silencio suyo me preocupa más, Samira.
—Yo sé, Elian. Pero no podemos forzarla —respondió ella, recargada en el marco del zaguán.
—No quiero aprovechar sus problemas para acercarme a ella como un buitre. Solo necesito que sepa que puede llamarme cuando quiera. Que si el mundo se le cae encima, aquí hay alguien para sostenerla.
Samira le sonrió con ternura.
—Eso es quererla de verdad, Elian. Estar disponible sin convertir su dolor en una deuda.
Pero el mundo de Nayara ya se estaba desmoronando a pedazos. Esa misma noche, Gael entró al cuarto furioso, pateando la silla.
—El trámite se retrasó porque faltaba otro maldito pago de impuestos. Los del municipio son unos ladrones —gritó, lanzando su celular a la cama. Luego miró a Nayara—. Necesito lo que te sobró de tu quincena. Si quieres resultados, deja de interrogarme cada cinco minutos y apóyame.
Nayara se puso de pie, sintiendo que la furia al fin rompía la represa de su paciencia.
—¡No te estoy interrogando, te estoy preguntando! —le gritó, encarando a ese hombre que de pronto le parecía un perfecto desconocido—. ¿Dónde desaparece el dinero que yo me parto el lomo para conseguir? No veo contratos, no veo casas, no veo nada más que esta miseria.
Gael dio un paso atrás, ofendido, adoptando la pose del mártir incomprendido.
—Si vas a tratarme como a un ladrón, entonces quizá fue un error pensar que podíamos construir algo juntos. Yo me estoy partiendo el alma por nuestro futuro y tú solo me juzgas.
Dio media vuelta y caminó hacia la puerta.
—¡Gael, no te vayas así! —exclamó ella, suplicante, odiándose a sí misma por rogarle—. Solo quiero entender qué está pasando entre nosotros. Mírate… tienes ojeras, estás supuestamente trabajando sin parar y seguimos viviendo en esta pocilga. Dime, ¿qué parte de todo esto te hace feliz?
Él se detuvo en el marco de la puerta, mirándola con frialdad.
—No necesito estar feliz cada minuto para saber que una relación merece esfuerzo. Pero al parecer, tú no estás dispuesta a esforzarte.
Cerró la puerta de un portazo, dejándola sola. Nayara se dejó caer en la orilla de la cama, hundiendo el rostro entre sus manos. Las lágrimas fluyeron con violencia. El cuarto se sentía como una celda.
“Una cosa es esforzarse juntos”, pensó, ahogada en llanto, “y otra muy distinta es que yo cargue con todo mientras él solo promete castillos en el aire.”
Sacó su celular. Con los dedos temblorosos, buscó el número de su casa. El número de su madre. Si regreso ahora, pensaba mientras el tono de marcado sonaba en su oído, tendría que admitir frente a mis padres que tenían razón sobre él. Sería darles la victoria.
Al segundo tono, colgó. El orgullo pudo más que el dolor, pero el daño ya estaba hecho.
En la casa familiar, el teléfono sonó y se cortó casi de inmediato. La madre de Nayara, que estaba sentada frente al televisor apagado, tomó el aparato con manos temblorosas. Miró la pantalla: Llamada perdida – Nayara.
—Darío… —llamó a su esposo, con la voz quebrada. Él acudió desde la cocina—. Mamá, no sé por qué marqué tu número si todavía no sé qué decirte… —murmuró para sí misma, interpretando el silencio de su hija—. Darío, Nayara me llamó y colgó. Algo dentro de ella está empezando a pedir ayuda, aunque todavía su orgullo no le permita decirlo.
Darío se arrodilló frente a su esposa y le tomó las manos.
—No la presiones, mujer. Envíale solamente una frase. Un mensaje corto para que sepa que puede volver sin dar explicaciones, sin que nadie le eche en cara nada.
La mujer asintió, secándose las lágrimas, y tecleó lentamente en su celular viejo.
En la pensión, el teléfono de Nayara vibró. Era un mensaje de su madre: “No tienes que demostrarme nada, hija. Si necesitas volver, solo abre esta puerta. Te amamos.”
Nayara leyó el mensaje y rompió a llorar nuevamente, sintiendo el calor de su hogar a través de esas simples palabras. Estaba tan absorta en la pantalla que no escuchó a Gael regresar. Él se asomó por encima de su hombro, leyendo el texto con desprecio.
—Claro que quiere que vuelvas —siseó Gael, arrebatándole el celular de las manos—. Necesita demostrar que fracasaste. Necesita tenerte bajo su control para decir ‘te lo dije’.
Nayara se puso de pie como un resorte y le quitó el teléfono de un manotazo.
—Mi madre no escribió nada de eso, Gael. Eres tú quien está poniendo esas palabras venenosas en su boca.
—Últimamente Samira y tu familia están consiguiendo exactamente lo que querían —atacó él, acorralándola psicológicamente—. Ponerte contra mí. Te están lavando el cerebro.
—¡Nadie me está poniendo contra ti! —estalló ella, empujándolo del pecho—. ¡Tus propias contradicciones, tus excusas y tus mentiras están haciendo ese trabajo solitas! Estoy harta. Estoy cansada de encontrarte cariñoso solo cuando necesitas dinero para tus supuestos ‘trámites’. Esta vez quiero saber qué escondes realmente en esta maldita pensión.
Gael retrocedió, su máscara finalmente agrietándose, revelando un destello de genuina preocupación en sus ojos.
—No escondo nada, Nayara. Por favor, mi amor. Solo… solo dame unos días más. Te demostraré que todo es cierto. Todo lo que te prometí. Te lo juro por lo más sagrado.
Ella lo miró fijamente. La venda al fin había caído de sus ojos.
—Mírame a los ojos, Gael —exigió Nayara, con una calma glacial que lo asustó más que sus gritos—. Doña Nélida habló de otra mujer. ¿También a ella le prometiste una vida que no existe para exprimirle el sueldo?