PART 3: Arriesgó todo para salvar a su patrón… pero jamás imaginó cómo se lo pagaría…
La lluvia había cedido, dejando a su paso un espeso olor a asfalto mojado y tierra húmeda cuando Rosa volvió a pisar las exclusivas calles de las Lomas de Chapultepec. Las bolsas de lona pesaban en sus manos como si estuvieran llenas de plomo, pero sus pasos eran firmes. Se ocultó tras los inmensos setos que rodeaban la propiedad de la familia Luján, aguardando el momento exacto. Sabía que no podía tocar el timbre; si Valeria la veía por las cámaras de seguridad, jamás le permitiría acercarse a él.
Dentro de la mansión, el ambiente era asfixiante. Alejandro caminaba de un lado a otro en la sala, con el teléfono en la mano, intentando descifrar el caos financiero que había descubierto en sus cuentas.
—Voy a terminar estas llamadas en el despacho —anunció Alejandro, con voz tensa, frotándose el puente de la nariz—. Por favor, Valeria, necesito que me dejes trabajar tranquilo. No quiero interrupciones.
Valeria, que fingía leer una revista de moda en el sofá de cuero blanco, asintió con mansedumbre, aunque por dentro la ansiedad la carcomía. Tenía que comunicarse con Esteban para asegurarse de que el rastro de los desvíos estuviera borrado.
—Está bien, mi amor. Voy a salir a comprar algo para cenar, para que te relajes —dijo ella, tomando las llaves de su camioneta deportiva. Salió de la casa y, en cuanto la pesada puerta de roble se cerró a sus espaldas, sacó su celular—. Esteban, soy yo —susurró apresuradamente—. No me llames mientras esté cerca de la casa. Alejandro está histérico y podría escucharte. Te veo en media hora.
Rosa contuvo el aliento al ver los faros de la camioneta de Valeria alejarse por la avenida. Era su oportunidad. Salió de su escondite y se escabulló por el portón del jardín lateral, que siempre quedaba entornado cuando salía el jardinero. Caminó de puntillas por el pasto húmedo hasta llegar a los grandes ventanales del despacho. Alejandro estaba ahí, de espaldas, sirviéndose un vaso de agua, con la camisa arremangada y la postura derrotada.
—Señor… señor, por favor, acérquese —susurró Rosa a través de la rendija de la puerta de cristal, golpeando suavemente con los nudillos.
Alejandro dio un respingo, derramando un poco de agua. Al girarse y ver el rostro pálido y empapado de Rosa al otro lado del cristal, su expresión de sorpresa se transformó inmediatamente en ira contenida. Abrió la puerta de un tirón.
—¿Qué haces aquí, Rosa? —siseó él, mirando hacia los lados para asegurarse de que nadie la viera—. Te pedí que te fueras. Te di tu liquidación. No vuelvas a empezar con las locuras sobre mi esposa.
—No vine a pedirle trabajo, Don Alejandro —respondió Rosa, mirándolo fijamente, con una voz que ya no temblaba—. Necesito decirle la verdad, la verdad que no pude contarle esta mañana en el aeropuerto. Me callé porque amenazaron a mi familia.
Alejandro iba a cerrarle la puerta en la cara, pero Rosa metió la mano rápidamente en su bolsillo y sacó su teléfono celular. La pantalla brillaba en la oscuridad del jardín.
—Mire esta fotografía —le suplicó, poniéndole el aparato frente a los ojos—. Me la enviaron apenas salí de su casa. Es la casa de mi papá, en Iztapalapa.
Alejandro frunció el ceño, tomando el teléfono con desconfianza. Observó la imagen, la hora de recepción, y luego miró a Rosa. —¿Quién te mandó esto? ¿Por qué diablos no me lo mostraste en el aeropuerto? Yo habría podido ayudarte, Rosa. Habríamos llamado a la policía.
—Intenté hablar, señor —las lágrimas volvieron a asomarse a los ojos de Rosa, pero se negó a dejarlas caer—. Intenté decírselo en la pista, pero ella se me acercó… y me recordó la amenaza delante de usted, al oído. Si yo decía una palabra, mataban a mi padre.
Alejandro dejó el teléfono sobre el marco de la ventana y soltó un suspiro, cruzándose de brazos. Su escepticismo aún era una barrera de hierro. —Voy a escucharte, Rosa. Dime qué fue lo que viste y qué escuchaste exactamente.
—Su esposa y el señor Esteban estaban de acuerdo para que usted no regresara hoy —soltó Rosa, las palabras brotando de sus labios como un torrente—. El plan era que ella esperara abajo en la pista y lo hiciera subir solo a usted. Señor… su esposa lo engaña con Esteban desde hace tiempo. Son amantes. Y planeaban que el avión se cayera, que usted no regresara de ese viaje para quedarse con la empresa y el seguro. Por eso corrí como loca para detenerlo. No me importó el escándalo.
El rostro de Alejandro palideció por un segundo, pero casi de inmediato, el orgullo de un hombre herido y negado a ver su propia miseria lo hizo reaccionar con brutalidad.
—¡Ya basta, Rosa! —estalló Alejandro, alzando la voz, agarrándose el cabello—. Ahora también vas a inventarle un amante. ¿Esteban? ¿Mi mejor amigo? ¡Estás mal de la cabeza! Estás obsesionada conmigo y quieres destruir mi matrimonio a como dé lugar. Valeria tenía razón. Dime de una vez, ¿estás enamorada de mí? ¿Por eso insistes tanto en separarnos con estas fantasías enfermas?
El golpe fue certero. A Rosa se le cortó la respiración. Estaba de pie frente al hombre por el que había sacrificado su dignidad, y él solo veía en ella a una loca desquiciada.
—Sí, señor… —confesó Rosa, con la voz rota pero llena de dignidad—. Sí lo quiero. Lo he querido en silencio durante años. Pero nunca le pedí nada, nunca lo insinué y nunca le falté al respeto. No confunda lo que yo siento por usted con lo que escuché hoy. Mi amor no inventó esa llamada, ni tomó esa fotografía.
Alejandro la miró con un desprecio que le heló la sangre. —Yo jamás estaría con alguien como tú. Si viniste hasta aquí esperando que dejara a mi esposa por este cuento y me fijara en ti, estás muy, pero muy equivocada.
—Puede decirme que no me quiere, señor —respondió Rosa, irguiendo la espalda—, pero no tiene derecho a tratarme como si yo valiera menos o como si fuera una mentirosa.
—Valeria es mi esposa —sentenció Alejandro, con crueldad—, y pertenece a mi mundo. No confundas los años que llevas trabajando aquí, limpiando mi casa, con otra cosa.
—¡Tú, otra vez aquí! —el grito agudo de Valeria resonó en la terraza. Había regresado antes de lo esperado y los había sorprendido desde el pasillo exterior—. ¡No te bastó con perder el trabajo! Ahora vienes a perseguir a mi esposo hasta su propia casa.
Valeria se interpuso entre ellos, sus ojos echando chispas.
—No vine a perseguirlo, señora —dijo Rosa, sin retroceder un centímetro—. Vine a mostrarle lo que usted me envió. Él ya sabe por qué tuve que callarme en el aeropuerto. Ya vio la foto de la casa de mi padre.
Valeria tragó saliva, pero su instinto de supervivencia era venenoso. Se aferró al brazo de Alejandro. —Alejandro, por amor de Dios, mírala. Está mezclando sus propios problemas familiares, de deudas seguramente, con nuestro matrimonio. ¿De verdad vas a permitir que esta sirvienta siga acosándonos en nuestra propia casa?
—Ya vi el mensaje, Rosa —dijo Alejandro, en un tono sepulcral, apartando la mirada de ambas—. No sé quién lo mandó. Quizás cobradores, quizás alguien de tu barrio. Pero no voy a discutir mi matrimonio ni la lealtad de mis amigos contigo.
El silencio que siguió fue el más doloroso de toda la vida de Rosa. Él había elegido la ceguera. Había elegido su jaula de oro antes que la verdad cruda.
—Está bien, señor —asintió Rosa, bajando la cabeza, recogiendo las bolsas de lona del suelo—. Ya le dije lo que sabía. Cumplí con mi conciencia. No voy a seguir rogándole que me escuche. Que Dios lo bendiga y lo proteja, porque en esta casa, no hay nadie más que lo haga.
Se dio la media vuelta y comenzó a caminar hacia el portón, arrastrando sus pocas pertenencias.
—Valeria, entra al despacho —la voz de Alejandro detuvo los pasos de su esposa—. Quiero que me digas, mirándome a los ojos, si lo de Esteban es cierto y por qué Rosa conoce esa conexión.
Valeria palideció. Sabía que si negaba lo evidente con tanta insistencia, él investigaría a fondo. Optó por la táctica más antigua: confesar un pecado menor para ocultar el mayor. Se soltó a llorar, unas lágrimas perfectas y ensayadas.
—Perdóname, Alejandro —sollozó Valeria, abrazándose a sí misma—. Sí… sí estuve con él. Fue una debilidad, un error estúpido en medio de nuestra crisis. Pero te juro que voy a cambiar. No tires nuestros años de matrimonio por un error.
Alejandro cerró los ojos, como si hubiera recibido un balazo en el pecho.
—Rosa, detente —ordenó él. Rosa se giró lentamente—. Y lo del avión. Rosa dice que querías dejarme subir solo. Necesito que me expliques también eso, Valeria.
Valeria negó con la cabeza frenéticamente. —¡Lo de Esteban fue una traición, lo acepto! Sí. Pero ¡jamás planeé nada contra tu vida! Eso es una locura. Rosa escuchó la mitad de una conversación sobre separarnos y está aprovechando mi infidelidad para destruirte la mente y separarnos definitivamente. Quiere quedarse contigo.
Alejandro miró a su esposa llorando, hermosa y vulnerable, y luego miró a la empleada doméstica, empapada, con sus bolsas raídas. Su mundo perfecto tenía una grieta, pero prefirió parcharla con mentiras antes que derrumbarla por completo.
—Esta es la última advertencia —dijo Alejandro, mirando a Rosa con una frialdad absoluta, repitiendo las mismas palabras de su esposa, como si estuviera hipnotizado—. No vuelvas a buscarme ni a hablar de nosotros. Y recuerda a tu familia. No busques problemas donde no puedes ganar.
Rosa sintió que el alma se le desprendía del cuerpo. El hombre por el que había arriesgado todo, acaba de amenazarla usando las mismas palabras que sus verdugos.
—Sí, señor —susurró Rosa, con la voz vacía, muerta por dentro—. Esta será la última vez. Déjeme ir, por favor. Ya no voy a volver jamás a esta casa.
Rosa cruzó el portón de hierro forjado y desapareció en la niebla de la noche de la Ciudad de México, sin hogar, sin trabajo, pero por primera vez en su vida, libre de las cadenas de un amor indigno.
Alejandro vio cerrarse el portón y se volvió hacia Valeria, quien lo miraba con ojos suplicantes.
—Me cuesta creer que me engañaras con mi mejor amigo, Valeria… —murmuró él, pasándose las manos por la cara, derrotado—. Pero tampoco quiero tirar tantos años de matrimonio a la basura sin intentar arreglarlo. Hemos construido un imperio juntos.
—Voy a terminar con Esteban hoy mismo, te lo juro por mi vida —lloró Valeria, abrazándolo por la cintura, escondiendo una sonrisa macabra contra su pecho—. Dame una oportunidad, mi amor, y te voy a demostrar que todavía podemos estar bien, que podemos ser felices.
—Te voy a dar otra oportunidad —concedió Alejandro, abrazándola débilmente, sellando su propia sentencia—. Pero no quiero más mentiras ni volver a enterarme de algo así.
—Entonces, no dejes que Rosa vuelva —susurró Valeria contra su oído, asegurando su victoria—. Mientras siga buscándote con sus obsesiones, nunca vamos a poder dejar todo esto atrás.
—Le dejé muy claro que no vuelva —respondió él, mirando hacia el jardín vacío, hacia la oscuridad donde Rosa había desaparecido—. Ahora necesito estar solo un momento.
Alejandro entró a su despacho, cerrando la puerta a sus espaldas, sin saber que acababa de perdonarle la vida a la víbora que, tarde o temprano, terminaría de inyectarle su veneno.