Capítulo 4: La persona que Daniel temía
Capítulo 4: La persona que Daniel temía
Miré las transferencias una y otra vez.
Veinte años de movimientos bancarios. Mi nombre aparecía en todos ellos, pero yo jamás había autorizado aquellos pagos.
—Emily, ¿de dónde salió este dinero?
Ella se sentó frente a mí y respiró profundamente.
—De una cuenta que Daniel abrió cuando todavía estabais casados. Me dijo que era una cuenta familiar destinada a emergencias.
—¿Y utilizó mi nombre sin decírmelo?
—No exactamente. La cuenta estaba vinculada a vuestros ahorros, pero Daniel era quien gestionaba los movimientos. Yo no sabía que había utilizado tanto dinero hasta hace unos meses.
Me levanté indignada.
—¡Me estás diciendo que mi marido utilizó nuestros ahorros para mantener a tu hija durante veinte años y que tú lo sabías!
—No fue así. Al principio, Daniel solo ayudaba con pequeños gastos. Después Sophie comenzó a estudiar y él quiso asegurarse de que tuviera oportunidades. Nunca me pidió que le devolviera nada.
—¿Y por qué no me lo contó?
Emily bajó la cabeza.
—Porque sabía que te sentirías traicionada. Y porque yo fui demasiado cobarde para enfrentarme a ti.
No pude contener las lágrimas.
Había perdido a Daniel y ahora sentía que estaba perdiendo también todos los recuerdos que compartía con él.
Entonces recordé el último mensaje.
—Dijiste que Daniel había descubierto quién estaba chantajeando a Sophie. ¿Quién era?
Emily miró hacia la puerta de la habitación.
—No estoy segura. Pero Daniel encontró una conexión con alguien de vuestra propia familia.
Sentí un escalofrío.
—¿Mi familia?
—Alguien sabía que Sophie era hija biológica mía. También conocía los pagos y los documentos de adopción. Esa persona comenzó a exigir dinero a cambio de guardar silencio.
—¿Y Daniel pagó?
—Al principio sí. Pensaba que así protegería a Sophie. Pero después comprendió que los mensajes no iban a terminar.
Abrí de nuevo el último sobre. Entre los documentos había una hoja con varias fechas y anotaciones manuscritas.
Reconocí una de las direcciones.
Era la casa de mi hermana, Laura.
La miré fijamente.
—No puede ser ella.
Emily no dijo nada.
Laura había sido una presencia constante en nuestras vidas. Había asistido a las cenas familiares, celebrado las fiestas con nosotros y acompañado a Daniel durante su enfermedad.
Incluso había ayudado a organizar parte de sus últimos cuidados.
—¿Estás diciendo que mi hermana sabía todo esto?
—No tengo pruebas de que fuera ella quien enviaba los mensajes. Pero Daniel encontró algo que lo hizo sospechar.
—¿Qué encontró?
Emily sacó su teléfono y me mostró una captura de pantalla.
Era una conversación entre Daniel y un número desconocido.
Daniel: «Ya te he dicho que no volveré a pagar. Deja a Sophie fuera de esto».
Número desconocido: «Entonces tu esposa descubrirá lo que has estado ocultando. Y tu hermana también».
Me quedé helada.
—¿Por qué menciona a Laura?
—Eso es lo que Daniel intentaba averiguar.
De repente, mi teléfono comenzó a sonar.
En la pantalla apareció el nombre de mi hermana.
Laura.
Emily y yo nos miramos.
Contesté con la voz temblorosa.
—¿Hola?
—¡Por fin! Llevo toda la mañana intentando localizarte. ¿Dónde estás?
—En la playa. ¿Qué ocurre?
—Necesito hablar contigo. Es sobre Daniel.
Sentí que el estómago se me encogía.
—¿Qué sabes de Daniel?
Hubo un silencio breve.
—Sé que Emily te está contando cosas que no debería. No le creas todo lo que dice.
Miré a mi amiga.
—¿Por qué?
Laura suspiró.
—Porque ella no te ha contado la historia completa. Hay una razón por la que Daniel le dio tanto dinero.
—¿Y cuál es esa razón?
—Emily te está utilizando desde hace años. Siempre ha querido quedarse con algo que te pertenece.
—¿Qué cosa?
Mi hermana bajó la voz.
—La casa.
Me quedé inmóvil.
Nuestra casa había sido el hogar de Daniel y mío durante treinta años. Era donde habíamos celebrado nuestros aniversarios, donde habíamos recibido a nuestros amigos y donde todavía conservaba todas sus pertenencias.
—¿Qué tiene que ver mi casa con todo esto?
—Daniel cambió algunos documentos antes de morir. Y Emily estaba involucrada.
Miré a Emily. Su rostro se había vuelto completamente pálido.
—Laura, voy a preguntártelo una sola vez. ¿Has estado enviando mensajes a Sophie para pedirle dinero?
Al otro lado de la línea se hizo un silencio absoluto.
Después, mi hermana respondió:
—No sabes lo que estás haciendo. Hay cosas que Daniel hizo para protegerte.
—Entonces explícame cuáles.
—No puedo hablar por teléfono.
—¿Por qué no?
—Porque si Emily está contigo, seguramente está escuchando.
Colgó.
Me quedé mirando la pantalla.
Emily comenzó a llorar.
—Hay algo que todavía no te he contado —dijo—. Y esta vez no tiene que ver con Sophie.
—¿Qué más puede quedar por contar?
Sacó una pequeña llave de su bolso.
—Daniel me pidió que te entregara esto cuando llegara el momento. Pertenece a una caja de seguridad. Allí guardó los documentos originales de la cuenta y una grabación que hizo antes de morir.
Tomé la llave.
—¿Qué hay en esa grabación?
Emily me miró directamente.
—La explicación de por qué tu hermana estaba tan interesada en los secretos de Sophie.
A la mañana siguiente fuimos juntas al banco.
Después de verificar mi identidad, el empleado nos condujo hasta una pequeña sala privada. Abrí la caja con las manos temblorosas.
Dentro había una memoria USB, varios documentos y un sobre con mi nombre.
Conecté la memoria al ordenador de la sala.
Apareció un único archivo de vídeo.
Daniel estaba sentado en nuestro salón, con el rostro cansado y una expresión muy seria.
Era una grabación de pocas semanas antes de morir.
—Mi amor —comenzó a decir—. Si estás viendo esto, significa que ya conoces la historia de Sophie. Pero hay algo que todavía no sabes sobre Laura.
Hizo una pausa y miró directamente a la cámara.
—Tu hermana fue quien me presentó a la persona que comenzó a chantajearnos. Y cuando descubrí lo que realmente quería, comprendí que el peligro nunca había estado donde nosotros pensábamos.
La imagen se interrumpió durante unos segundos.
Después Daniel volvió a hablar.
—No fue Emily quien intentó destruir nuestra familia. Fue alguien que llevaba treinta años sentado a nuestra mesa.
En ese instante, el vídeo terminó.
Me quedé sin aliento.
Emily me tomó de la mano.
—Ahora entiendes por qué te pedí aquella última fotografía.
La miré.
—¿Qué tiene que ver una fotografía con todo esto?
Emily sacó su teléfono y me mostró una imagen que había recibido aquella misma mañana.
Era una fotografía mía y de Laura, tomada durante el funeral de Daniel.
Debajo había un mensaje:
«La próxima vez que os reunáis, asegúrate de que tu amiga no esté presente. Porque la verdad sobre la casa todavía no ha salido a la luz».
Y entonces comprendí que la muerte de Daniel no había puesto fin a aquel secreto.
Alguien seguía intentando controlarnos.
Y estaba dispuesto a hacer cualquier cosa para conseguirlo.