PARTE 2: LA HEREDERA RECHAZÓ A SU PROMETIDO PARA CASARSE CON UN PEÓN… Y NADIE LO SABÍA – News

PARTE 2: LA HEREDERA RECHAZÓ A SU PROMETIDO PARA CASARSE CON UN PEÓN… Y NADIE LO SABÍA

PARTE 2: LA HEREDERA RECHAZÓ A SU PROMETIDO PARA CASARSE CON UN PEÓN… Y NADIE LO SABÍA

El sol de mediodía caía a plomo sobre las hileras de vides, pero el verdadero calor en el Valle de las Retamas emanaba de las miradas furtivas y los murmullos a espaldas de Tomás. La noticia de su compromiso con la patrona se había esparcido más rápido que una plaga de filoxera. Mientras ataba con destreza los sarmientos, sintió una sombra proyectarse sobre él. Era don Anselmo, uno de los capataces más viejos de la finca, un hombre cuyo rostro parecía tallado en la misma madera de las barricas.

“Yo te conozco, muchacho”, dijo el viejo, entrecerrando los ojos bajo el ala de su sombrero de paja. “Tú estuviste en la vendimia de hace ocho años en Las Retamas. No me olvido de esa mirada”.

Tomás no detuvo el ritmo de sus manos, aunque cada músculo de su espalda se tensó como la cuerda de una guitarra a punto de reventar. Sabía que este momento llegaría. “Se confunde, don”, respondió con voz áspera, sin mirarlo. “Será otro. Yo recorro muchos valles”.

Don Anselmo escupió al suelo, negando con la cabeza. “Hace ocho años… qué interesante, peón. Justo cuando desapareció la plata de la caja fuerte de don Ricardo”. El viejo se alejó cojeando, dejando a Tomás con el sabor amargo de la pólvora en la boca. El pasado era un perro de caza que no dejaba de rastrearlo.

Esa misma tarde, el sonido del cristal chocando contra la porcelana llenó el inmenso comedor de la casa grande. A pesar de sus protestas, Victoria había insistido en que Tomás almorzara con ellas. Doña Amalia estaba sentada en la cabecera, con la espalda recta como un sable militar, observando al peón con una mezcla de fascinación morbosa y asco contenido.

“Siéntese, Tomás”, ordenó doña Amalia, con una sonrisa que no llegó a sus ojos fríos. “En esta casa hasta los peones comen sentados”.

Tomás tomó asiento frente a Victoria, moviéndose con una cautela felina, consciente de que estaba entrando en la guarida del león. “Gracias, señora. Yo siempre como sentado, aunque sea en el suelo”.

Amalia lo estudió, evaluando la textura de su ropa gastada y la tierra bajo sus uñas. “¿Y de dónde es usted, Tomás?”.

“De todos los valles donde hay que cortar uva”, respondió él, cortante, manteniendo la vista en su plato intacto.

La matriarca inclinó la cabeza ligeramente, sus ojos clavándose en los de él como alfileres. “Sabe… tiene usted una cara muy conocida. Como si lo hubiera visto en otra vida. O en otra vendimia”.

Antes de que Tomás pudiera responder, Victoria intervino, golpeando suavemente la mesa con sus nudillos para desviar la atención. “Mamá, la boda es el 30 de enero en el Registro Civil del pueblo. El treinta”.

El silencio que siguió fue tan espeso que se podía cortar con un cuchillo de trinchar. Amalia dejó caer su tenedor. “Qué apuro tan sospechoso, hija. Las prisas rara vez traen buenas cosechas”.

En ese instante, las puertas abatibles de la cocina se abrieron de golpe. Chela, el ama de llaves, entró cargando una pesada fuente de loza humeante. Al levantar la vista y ver a Tomás sentado en la mesa de los patrones, a la luz cruda del día y sin el barro del campo cubriéndole la mitad del rostro, se quedó de piedra. El color huyó de su cara.

“¡Virgen Santa!”, exclamó Chela. Sus manos temblaron y la enorme fuente de cerámica se precipitó al suelo con un estruendo sordo, esparciendo caldo hirviendo y fragmentos afilados por la alfombra persa.

“¡Chela! ¿Qué te pasa?”, saltó Victoria, levantándose de prisa para socorrer a la mujer mayor.

“Nada, mi niña…”, balbuceó Chela, agarrándose las manos enrojecidas, sin apartar los ojos desorbitados de Tomás. “Que la fuente quema. Quema mucho”.

Tomás se levantó de inmediato y comenzó a recoger los pedazos rotos del piso, ignorando el caldo hirviendo que le empapaba las rodillas. Cuando sus manos se cruzaron con las de Chela, ella lo agarró de la muñeca con una fuerza desesperada.

Más tarde, en la penumbra del pasillo de servicio, Chela lo acorraló. Las lágrimas surcaban las arrugas de su rostro. “Tú eres el muchacho de aquella vendimia”, susurró, con la voz quebrada. “No me lo niegues a mí, por lo que más quieras en este mundo”.

Tomás dejó caer la máscara de indiferencia. Miró a los ojos de la mujer que había sido como una madre para Victoria. “Yo sé que tú sabías que yo no toqué esa caja, doña Chela. Lo supe siempre. ¿Por qué no habló entonces? ¿Por qué dejó que me llevaran como a un criminal?”.

Chela bajó la cabeza, la vergüenza aplastando sus hombros. “Porque en esta casa la que habla, se va. Y yo no podía dejar sola a mi niña Victoria. Me ataron las manos, muchacho”. Agarró el brazo de Tomás con urgencia. “Ten cuidado con la señora. Doña Amalia no olvida una cara, y cuando recuerde de dónde te conoce, te destruirá. Otra vez”.

“Yo tampoco olvido, doña Chela”, sentenció Tomás, su voz oscura resonando en el pasillo estrecho. “Yo tampoco”.

La tensión en la finca era insostenible. Los trabajadores estaban inquietos, temiendo que el capricho matrimonial de la patrona los dejara en la calle. Esa misma tarde, Ramiro, uno de los peones más leales y amigo de Tomás, se acercó a Victoria mientras ella revisaba las monturas de los caballos.

“Con permiso, patrona”, dijo Ramiro, quitándose la gorra. “Los muchachos preguntan si vamos a cobrar en febrero. Las deudas nos comen”.

Victoria no dudó ni un segundo. “Diles que sí. Aunque tenga que vender mis caballos, nadie se va a quedar sin su pago. Denme hasta fin de mes”.

Mientras Victoria lidiaba con el pánico de sus trabajadores, Federico planeaba su propia emboscada. Caminaba por la sala de barricas subterránea, un laberinto de roble y sombras que olía a vino añejo y humedad, cuando encontró a Tomás revisando unos barriles.

“Tomás”, canturreó Federico, sacando un grueso sobre de papel manila de su saco de diseño. “Déjame invitarte una copa. O mejor aún, déjame invitarte a una nueva vida”.

Tomás se enderezó, limpiándose las manos en el pantalón. “No bebo con gente que me mira desde arriba, Federico”.

Federico soltó una carcajada seca y arrojó el sobre sobre la tapa de una barrica. El impacto resonó con el peso de cientos de billetes grandes. “Aquí hay más de lo que ganarías en diez vendimias partiéndote el lomo bajo el sol. Tómalo y desaparece antes de fin de mes. Si te vas ahora, te olvidas de las deudas de esta familia muerta y te compras tu propio rancho”.

Tomás miró el sobre. Por un instante prolongado, el silencio del sótano fue absoluto. Luego, levantó la mirada hacia Federico, sus ojos ardiendo con una furia fría y contenida.

“Hace ocho años, alguien en esta misma casa también pensó que yo tenía precio”, dijo Tomás, dando un paso amenazante hacia el heredero engreído. “Se equivocaron entonces, y te equivocas tú ahora. Guárdate tu limosna”.

“Vamos, peón, agárralo”, insistió Federico, retrocediendo un paso por instinto, pero sacando sigilosamente su teléfono celular del bolsillo. “Solo piénsalo un segundo”.

Mientras Tomás mantenía la mirada fija y desdeñosa sobre el dinero, sin tocarlo, Federico levantó el teléfono rápidamente y tomó una fotografía. El destello del flash iluminó la penumbra. En la imagen, solo se veía a Tomás inclinándose hacia el abultado sobre de dinero, en lo que parecía una actitud de clara codicia. Una imagen sin contexto que valía más que mil calumnias.

Federico guardó el teléfono con una sonrisa triunfal, recogió el sobre y se dio la vuelta para marcharse. “Ya veremos qué cuenta la foto, ladroncito. Con esta basta. Lo demás… que el valle entero se lo imagine”.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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