PARTE 3: LA HEREDERA RECHAZÓ A SU PROMETIDO PARA CASARSE CON UN PEÓN… Y NADIE LO SABÍA – News

PARTE 3: LA HEREDERA RECHAZÓ A SU PROMETIDO PARA CASARSE CON UN PEÓN… Y NADIE LO SABÍA

PARTE 3: LA HEREDERA RECHAZÓ A SU PROMETIDO PARA CASARSE CON UN PEÓN… Y NADIE LO SABÍA

El Lenguaje de la Tierra

La mañana siguiente despuntó con un cielo gris plomizo que amenazaba con aplastar el Valle de las Retamas. El aire estaba pesado, cargado de una humedad eléctrica que presagiaba problemas. En los viñedos, ajeno a las intrigas que se tejían en los pasillos de la casa grande, Tomás trabajaba. Sus manos, encallecidas y recias, se movían entre las parras con una delicadeza sorprendente.

Victoria lo observaba desde la distancia, oculta tras una hilera de cabernet sauvignon. Llevaba puesta una chamarra gruesa contra el viento helado y observaba cómo el peón manipulaba los sarmientos. Finalmente, acortó la distancia y se paró a su lado, intentando imitar su movimiento con una de las ramas rebeldes. Al hacerlo, tiró con demasiada fuerza, provocando un crujido seco.

“Así no, que lo quiebras”, la voz de Tomás fue un murmullo profundo a sus espaldas. Sin pedir permiso, extendió sus manos por sobre los hombros de Victoria y cubrió las manos de ella con las suyas. El calor de su piel traspasó la tela delgada de los guantes de la patrona. “Con cariño, Victoria. Como si le tomaras el pulso a la tierra”.

Victoria tragó saliva, sintiendo que el corazón le latía desbocado, no por el esfuerzo, sino por la cercanía abrumadora de ese hombre. “Nunca me enseñaron a tocar la viña, Tomás”, confesó, bajando la mirada hacia las hojas verdes. “Solo me enseñaron a venderla, a calcular sus ganancias, a tratarla como un número en un libro de contabilidad”.

Tomás dio un paso atrás, devolviéndole el espacio, pero la intensidad de su mirada no disminuyó. “Tu padre era diferente. Él conocía cada raíz de este cerro”.

“Buen día, novios”, la voz socarrona de Ramiro rompió la burbuja que se había formado entre ellos. El peón se acercó empujando una carretilla oxidada. “¿Ya eligieron el vino de la fiesta o todavía están decidiendo si invitan al cura?”.

“Ramiro, la carretilla”, le advirtió Victoria con fingida severidad, ocultando su nerviosismo. El peón soltó una carcajada y siguió su camino por la hilera, dejándolos solos de nuevo.

Victoria se volvió hacia Tomás, la curiosidad ardiéndole en el pecho. “¿Qué hiciste en estos ocho años, Tomás? ¿Cómo es que sabes tanto de esto? Eres un peón, pero tocas las vides como si fueras un enólogo maestro”.

“Cosechas en todo el país”, respondió él, limpiándose el sudor de la frente con el dorso de la mano. “De sol a sol. Y de noche… de noche me dedicaba a leer todo lo que tu papá sabía de vinos. Los libros que dejó en la biblioteca pública del pueblo. Todo lo que él escribió”.

Victoria sintió un nudo en la garganta. “Papá te tenía cariño, ¿sabías? A pesar de que apenas eras un chamaco cuando llegaste la primera vez. Me echó de su oficina más de una vez por estar espiando cómo te explicaba los injertos”.

“Me echó igual cuando desapareció el dinero”, replicó Tomás con dureza, cerrando los puños.

“Antes de morir…”, la voz de Victoria se quebró levemente, “antes de morir preguntó por ti. Yo nunca entendí por qué”.

Tomás se quedó paralizado. Los músculos de su mandíbula se tensaron. Miró hacia el horizonte, donde las nubes oscuras comenzaban a arremolinarse con violencia. “Tal vez él tampoco creyó nunca que fui yo”, susurró, más para sí mismo que para ella. Un suspiro pesado escapó de sus labios.

Señaló hacia la cima de la colina. “Esa es la mejor parcela del valle, la del cerro. La tierra drena perfecto, el sol le pega justo en la tarde. Es el corazón de Las Retamas”.

“Federico quiere arrancarla para construir un hotel boutique”, dijo Victoria, sintiendo el asco retorcerle el estómago. “Dice que la tierra vale más con cemento encima”.

“Entonces”, sentenció Tomás, mirándola con una fiereza que la hizo estremecer, “no se la vamos a dejar”.

“Es un decir, patrona”, añadió él, cambiando el tono bruscamente al ver que otros trabajadores se acercaban. “Es un decir”.

El Veneno de la Traición

Mientras tanto, en el opulento despacho de la casa grande, el aire acondicionado no lograba disipar la tensión asfixiante. Federico estaba sentado frente al escritorio de caoba de doña Amalia, con una sonrisa de depredador cruzándole el rostro. Deslizó su teléfono celular sobre la madera pulida.

“Sabía que te había visto antes, ladroncito”, murmuró Amalia para sí misma, sus ojos clavados en la pantalla. La fotografía mostraba a Tomás en la bodega subterránea, inclinándose hacia un grueso fajo de billetes, con el rostro medio en sombras. Parecía la viva imagen de la corrupción.

“Es el mismo ladrón de hace ocho años, doña Amalia”, siseó Federico, recostándose en la silla de cuero. “Aquel escuincle que juraba inocencia mientras la policía se lo llevaba a rastras. Lo tengo en un papel, con sus antecedentes manchados, y ahora lo tengo en una foto aceptando un soborno. O al menos, eso es lo que pensará todo el mundo”.

Amalia levantó la vista, sus ojos brillando con una mezcla de triunfo y malicia. “Eres un hombre muy astuto, Federico. Esta noche soltaremos esto a los medios locales. Y tengo algo más… un pequeño arreglo de audio de nuestra última conversación. Que empiece la función. Mañana, mi ingenua hija no tendrá más remedio que arrastrarse de vuelta a tus brazos cuando vea que su amado peón es solo un mercenario miserable”.

La Furia del Cielo

De pronto, un trueno ensordecedor sacudió los cimientos de la mansión. Los cristales de las ventanas tintinearon y el cielo se volvió negro como la boca de un lobo. El viento comenzó a aullar, arrancando hojas secas y levantando tolvaneras en el patio.

En los viñedos, el grito de pánico de los trabajadores se alzó por encima del bramido del viento. “¡Granizo! ¡Viene granizo del lado del cerro!”.

El terror se apoderó de Victoria. El granizo era la sentencia de muerte para las vides. Unos pocos minutos de piedras de hielo destrozarían las hojas, magullarían los brotes y arruinarían toda la cosecha del año, condenando definitivamente a Las Retamas a la quiebra.

“¡Las mallas de la parcela de arriba están recogidas!”, gritó Victoria, sintiendo que la sangre se le helaba en las venas. La parcela de su padre estaba completamente desprotegida.

Corrió hacia los establos para buscar cuerdas, pero su madre se interpuso en su camino, agarrándola del brazo con uñas que se clavaban como garras. “¿A dónde crees que vas con este tiempo, Victoria? ¡Estás loca!”.

“¡A salvar lo único que todavía es nuestro, mamá! ¡Suéltame!”, rugió Victoria, empujando a Amalia con una fuerza que la sorprendió a sí misma.

Victoria corrió colina arriba, con el viento golpeándole el rostro como si quisiera derribarla. Los primeros granizos, del tamaño de canicas, empezaron a golpear la tierra seca con violencia. Llegó a la cima sin aliento. Las inmensas mallas negras de protección estaban enrolladas y atascadas en los postes. Tiró de las cuerdas con desesperación, pero el mecanismo estaba oxidado y la lona pesaba toneladas por la fuerza del vendaval.

“¡Maldita sea, baja!”, gritó Victoria, llorando de frustración mientras el granizo le golpeaba los hombros y la espalda.

De repente, unas manos enormes y llenas de barro se aferraron a la cuerda junto a las suyas. Era Tomás. Estaba empapado, con la camisa pegada al cuerpo y el cabello revuelto, pero sus ojos ardían con una determinación salvaje.

“Esta malla tiene más mañas que mi suegra”, gritó Tomás por encima del ruido ensordecedor de la tormenta, aferrándose al poste. “¡Agárrala como a tu suegra entonces, del cuello! ¡Déjala! ¡Ayúdame a bajarla! ¡Dale, que no se nos vuele!”.

Trabajaron como un solo cuerpo. Victoria tiraba con el peso de su vida, mientras Tomás usaba toda su fuerza bruta para desenrollar la red. “¡La tengo, pero no aflojes, Victoria! ¡No aflojes!”.

El granizo azotaba sin piedad, cortando sus rostros, pero lograron extender la gigantesca red negra sobre las hileras de parras justo cuando lo peor de la tormenta descargaba su furia. La malla crujió bajo el peso del hielo, pero resistió, cubriendo el legado del padre de Victoria como un escudo protector.

Ambos se dejaron caer al suelo embarrado, resguardados bajo un pequeño cobertizo de chapa, jadeando, empapados hasta los huesos y cubiertos de lodo. Victoria se abrazó a sí misma, tiritando violentamente.

“Ya está”, exhaló Tomás, pasándose una mano temblorosa por la cara. “Está cubierta”.

“Lo logramos”, murmuró ella, con una sonrisa exhausta asomando en sus labios temblorosos. “La parcela de papá sigue viva”.

Tomás se acercó, quitándose la chamarra húmeda y echándosela sobre los hombros a Victoria. “Estás temblando, patrona”.

Victoria lo miró a los ojos, con el rostro a centímetros del suyo, sintiendo el calor que irradiaba el pecho del trabajador. “No es de frío, Tomás”, confesó, con la voz apenas audible por encima de la lluvia.

El tiempo pareció detenerse bajo ese techo de zinc. La distancia de clases, el orgullo, las mentiras de su madre, todo desapareció. “Hace ocho años…”, susurró Victoria, “…hace ocho años te elegí a ti, y te dejé ir por miedo. Fui una cobarde. No sé si alguna vez me lo vas a perdonar”.

Tomás levantó la mano y, con el pulgar áspero, le limpió una mancha de barro de la mejilla, un gesto de una ternura tan cruda que a Victoria le dolió el corazón. “Todavía no sé si me perdono yo mismo por haber vuelto a este infierno. Volví por la verdad, Victoria. Solo por eso”.

Ella esbozó una sonrisa triste, cerrando los ojos ante su tacto. “No… volviste por mí, mentiroso”.

Tomás no respondió, pero no apartó la mano.

El crujido de unas botas sobre el barro rompió la magia. Ramiro apareció corriendo con una linterna. “¡Yo no vi nada!”, gritó bromeando al verlos tan cerca. “¡Me voy a contar las mallas! ¡Una, dos, tres… todo en orden!”. Ambos se separaron rápidamente, respirando con agitación.

La Tormenta Digital

Cuando la tormenta amainó, Victoria y Tomás regresaron a la casa grande caminando lado a lado. Estaban cubiertos de lodo hasta las orejas, magullados y exhaustos, pero en el rostro de Tomás asomaba una sonrisa genuina que no había tenido en años.

En la puerta de la cocina, los esperaba doña Chela. Tenía los brazos cruzados y el rostro pálido como el mármol.

“Volviste con barro hasta las orejas y una sonrisa que no te veía hace años, muchacho”, observó Chela con amargura.

“Salvamos la parcela del cerro, Chela”, anunció Victoria, triunfante.

“La parcela, sí. Y algo más, me parece a mí”, murmuró el ama de llaves, sin poder ocultar su angustia. “Enhorabuena por su aventura heroica en la lluvia. Pero hoy el valle entero habla de otra cosa”.

Victoria frunció el ceño, sintiendo que el triunfo se le escapaba de las manos. “¿De qué hablas, Chela?”.

Chela sacó su teléfono celular del delantal, con las manos temblorosas. “Mira tu teléfono, hija. Míralo tú misma”.

Victoria encendió su pantalla. Tenía decenas de notificaciones, mensajes de odio y menciones en redes sociales. Abrió el primer video que le enviaron. Era un archivo de audio filtrado, acompañado por la fotografía de Tomás mirando con codicia un sobre de dinero en la bodega oscura de la casa.

Y entonces, la voz distorsionada pero inconfundible de Tomás resonó en el altavoz del teléfono: “Cuando firme, vendemos la finca y me voy… Me pagaron para casarme y vender”.

“No…”, susurró Victoria, sintiendo que el suelo se abría bajo sus pies. “No puede ser”.

“Le pagaron para casarse y vender, clarito se escucha en todo el pueblo”, dijo Chela, con lágrimas asomando en sus ojos. “Y la pobre patrona… creyendo en el amor”.

El mundo de Victoria se derrumbó en un segundo. Giró lentamente la cabeza para mirar a Tomás, quien observaba la pantalla del celular con una expresión de absoluto horror, dándose cuenta de que la trampa de Federico acababa de cerrarse sobre su garganta como las mandíbulas de un lobo, dispuesta a destruir lo único puro que le quedaba: la confianza de la mujer que, en secreto, nunca había dejado de amar.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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