Capítulo 3: La mujer de la caja roja
Capítulo 3: La mujer de la caja roja
La puerta se abrió por completo.
Entró una mujer de unos treinta años, acompañada por una enfermera.
Tenía el cabello corto, una cicatriz visible junto a la ceja y una sonrisa tímida.
Alice la observó desde la cama.
—¿Quién es ella?
La mujer se acercó lentamente.
—Me llamo Sarah.
Luego miró al oncólogo.
—¿Puedo?
El médico asintió.
Sarah se sentó junto a la cama y colocó la pequeña caja roja sobre las piernas.
—Hace tres años yo estaba exactamente donde estás tú.
Alice abrió mucho los ojos.
—¿También tenías cáncer?
—Sí.
—¿Y tenías miedo?
Sarah sonrió.
—Muchísimo.
Alice pareció pensarlo durante unos segundos.
—¿Y ganaste?
Sarah tomó aire.
—Tuve mucha suerte. Y tuve médicos que nunca dejaron de buscar una manera de ayudarme.
Abrió la caja.
Dentro había una pequeña figura de Superman.
Alice soltó una risita.
—¡Ese es mi favorito!
—Lo sé.
—¿Cómo lo sabes?
Sarah señaló la estantería.
—Tu mamá me enseñó una foto tuya hace unos meses.
La miré sorprendida.
—¿Me conocías?
Sarah negó con la cabeza.
—No personalmente. Pero conocía tu historia.
Entonces sacó una pequeña carta.
—El día que terminé mi tratamiento, prometí que algún día ayudaría a otra niña que estuviera pasando por lo mismo.
Miró a Alice.
—Cuando los médicos me contaron que había una niña de siete años que necesitaba este tratamiento, supe que quería ayudar.
Sentí un nudo en la garganta.
—Sarah…
Ella levantó una mano.
—No tienes que agradecerme. De verdad.
—Pero…
—Yo tuve personas que hicieron eso por mí.
Me mostró la caja roja.
—Y ahora es mi turno.
Alice tomó la figura de Superman.
—¿Eres una superheroína?
Sarah se rio.
—No.
Alice negó con la cabeza.
—Sí lo eres.
Todos soltaron una pequeña carcajada.
Pero entonces el oncólogo abrió una carpeta.
—Sarah no es la única persona que ayudó.
Sacó una lista.
Había nombres de médicos, enfermeras, antiguos pacientes, familiares e incluso personas que nunca habían conocido a Alice.
Algunos habían donado cinco dólares.
Otros, diez.
Una persona había dejado una nota que decía:
“No conozco a Alice, pero también tengo una hija de siete años. Hoy podría haber sido ella.”
Me tapé la boca.
No podía creerlo.
—¿Cuánta gente participó?
El médico sonrió.
—Más de lo que podemos contar.
Alice miró la lista.
—¿Todos son mis amigos?
—Ahora sí —respondió una enfermera.
Alice sonrió.
Pero yo seguía teniendo una pregunta.
—Doctor, ¿qué tratamiento es exactamente?
Él me explicó que, según los análisis, Alice podía ser candidata para una terapia dirigida diseñada para atacar una característica específica de sus células tumorales.
No era una garantía.
No era una cura mágica.
Pero podía ofrecer una alternativa que antes no teníamos.
—¿Cuándo podemos empezar?
—Tan pronto como terminemos de preparar todo.
Sentí que por primera vez en mucho tiempo podía respirar.
Alice levantó la figura de Superman.
—¿Mamá?
—¿Sí?
—¿Puedo llevarlo conmigo cuando me pongan el tratamiento?
La abracé.
—Claro que sí.
El oncólogo se levantó.
—En realidad, hay algo más.
Alice lo miró.
—¿Otra sorpresa?
—Sí.
Los médicos se miraron entre ellos.
Entonces uno de los enfermeros sacó una caja enorme de detrás de la puerta.
—Todos los pacientes de oncología infantil han dejado algo para ti.
Abrieron la caja.
Había dibujos.
Decenas.
Algunos tenían superhéroes.
Otros tenían arcoíris.
Uno simplemente decía:
“Alice, tú puedes.”
Alice empezó a llorar.
—¿Ellos también están enfermos?
La enfermera asintió.
—Algunos.
Alice tomó uno de los dibujos y lo sostuvo contra su pecho.
—Entonces tengo que ser valiente por ellos también.
El oncólogo se arrodilló otra vez.
—No, Alice.
Ella lo miró.
—No tienes que ser valiente todo el tiempo. Puedes tener miedo. Puedes llorar. Puedes estar cansada. Nosotros estaremos contigo.
Alice permaneció en silencio.
Después extendió los brazos.
El médico la abrazó.
Yo observé aquella escena y comprendí que aquel cumpleaños no había sido una celebración de una enfermedad.
Había sido una celebración de todas las personas que se negaban a dejar que Alice enfrentara aquello sola.
Pero justo cuando pensé que las sorpresas habían terminado, Sarah se acercó a mí.
Su sonrisa había desaparecido.
—Necesito hablar contigo en privado.
La seguí al pasillo.
Cuando estuvimos solas, sacó un documento de su bolso.
—Hay algo que los médicos todavía no le han contado a Alice.
Sentí que el corazón se me aceleraba.
—¿Qué cosa?
Sarah miró hacia la puerta de la habitación.
—El tratamiento que van a darle no fue creado originalmente para niños.
Me quedé helada.
—¿Entonces para quién?
Sarah respiró profundamente.
—Para pacientes adultos con el mismo tipo de mutación.
Me entregó el documento.
—Y tú tienes que saber quién fue la primera persona en recibirlo.
Miré el nombre.
Y sentí que la sangre se me congelaba.
Era el nombre del padre de Alice.
El hombre que llevaba seis años muerto.