Parte 2 — Lo que Maya había visto
Diez minutos después del despegue, el avión se estabilizó sobre las nubes.
Leo seguía dormido contra mi pecho.
Yo apenas podía apartar los ojos de Maya.
Desde la fila 14 solo alcanzaba a ver la parte superior de su cabeza entre los asientos.
Entonces ella se giró.
Nuestros ojos se encontraron.
Maya no sonrió.
Levantó lentamente una mano y señaló hacia la mujer de 11A.
Después se llevó un dedo a los labios.
No hables.
Sentí un nudo en el estómago.
Tomé mi teléfono y escribí un mensaje.
¿Qué pasa?
Unos segundos después, mi teléfono vibró.
“Mamá, mira a la azafata cuando puedas.”
Levanté la mirada.
La misma auxiliar de vuelo que nos había atendido antes estaba caminando por el pasillo.
Cuando pasó junto a Maya, la niña levantó discretamente la mano.
La azafata se inclinó.
Maya le susurró algo al oído.
La expresión de la mujer cambió inmediatamente.
No dijo nada.
Solo miró hacia la mujer de 11A.
Después caminó rápidamente hacia la parte delantera del avión.
Yo me quedé inmóvil.
¿Qué había visto mi hija?
Intenté levantarme, pero Leo se movió contra mi pecho.
Lo tranquilicé.
Entonces escuché una voz detrás de mí.
—Señora, permanezca sentada, por favor.
Era otra auxiliar.
—Claro.
Pero mi corazón latía cada vez más rápido.
Unos minutos después, la primera azafata regresó acompañada por el jefe de cabina.
Se detuvieron junto a Maya.
La mujer de 11A se quitó los auriculares.
—¿Qué sucede ahora?
El jefe de cabina habló con calma.
—Señora, necesitamos hacerle unas preguntas.
Ella soltó una carcajada.
—¿Por qué?
—Por un objeto que encontramos debajo de su asiento.
La mujer frunció el ceño.
—¿Qué objeto?
Maya levantó la mano.
—Yo lo vi.
La mujer giró bruscamente hacia ella.
—¿Tú?
Maya asintió.
—Cuando estaba guardando mi mochila, vi algo debajo de su pierna.
La mujer se puso rígida.
—No sabes de qué estás hablando.
Maya no respondió.
El jefe de cabina se agachó junto al asiento.
Metió la mano debajo.
Sacó una pequeña bolsa negra.
La mujer palideció.
—Eso no es mío.
El jefe de cabina la sostuvo sin abrirla.
—Entonces no tendrá ningún inconveniente en que revisemos el contenido siguiendo el procedimiento correspondiente.
—¡No pueden hacer eso!
Varias personas comenzaron a mirar.
La mujer intentó recuperar la bolsa.
El jefe de cabina retrocedió.
—Por favor, mantenga las manos donde podamos verlas.
El ambiente cambió completamente.
Ya nadie hablaba.
La bolsa fue entregada a otro miembro de la tripulación.
Mientras la revisaban, Maya miró hacia mí.
Yo hice un gesto para que permaneciera tranquila.
Entonces el jefe de cabina abrió la bolsa.
Dentro había varios objetos.
Un teléfono.
Un pasaporte.
Una pequeña cantidad de dinero.
Y algo que hizo que la azafata dejara de respirar durante un instante.
Una fotografía.
El jefe de cabina levantó la fotografía.
Era de un bebé.
Un bebé pequeño.
Apenas unas semanas de nacido.
La mujer de 11A se levantó de golpe.
—¡Eso no es mío!
El movimiento provocó que varios pasajeros se sobresaltaran.
—Siéntese, por favor —ordenó el jefe de cabina.
Ella no obedeció.
—¡Me están acusando de algo!
Entonces Maya habló.
Y su voz fue tan clara que todo el avión pareció quedarse quieto.
—Ese bebé es el de la fotografía que ella estaba escondiendo en su teléfono.
La mujer se quedó paralizada.
Yo sentí que la sangre abandonaba mi rostro.
—¿Qué teléfono? —preguntó alguien.
Maya señaló discretamente.
—El que estaba debajo de su abrigo.
La mujer miró hacia su bolso.
Demasiado tarde.
El jefe de cabina pidió que permaneciera sentada mientras otro miembro de la tripulación se comunicaba con la cabina de mando.
Maya seguía mirando a la mujer.
Yo conocía a mi hija.
Sabía cuándo tenía miedo.
Sabía cuándo estaba nerviosa.
Pero aquella vez no parecía ninguna de las dos cosas.
Parecía decidida.
Finalmente, el jefe de cabina se acercó a mí.
—Señora, ¿puede venir un momento?
—Tengo a mi bebé.
—Puede traerlo.
Me levanté con Leo en brazos.
Cuando llegué a la fila 11, Maya tomó mi mano.
—Mamá…
—Estoy aquí.
Ella tragó saliva.
—Hay algo más.
—¿Qué?
Maya miró hacia la mujer.
—Yo vi su teléfono antes de que empezara el vuelo.
La mujer bajó la cabeza.
—Cuando me dijo que no empezara —continuó Maya—, vi la pantalla.
Mi corazón se aceleró.
—¿Qué viste?
Maya me miró directamente.
—Una foto de Leo.
El mundo pareció detenerse.
Miré a mi hijo.
Después a la mujer.
Ella permanecía inmóvil.
—¿Por qué tenías una fotografía de mi hijo? —pregunté.
No respondió.
El jefe de cabina también la miró.
—Señora, necesitamos una explicación.
La mujer finalmente habló.
Su voz ya no tenía la seguridad de antes.
—No sabía quién era ella.
Sentí un escalofrío.
—¿Quién?
La mujer cerró los ojos.
—La madre.
Mi hija apretó mi mano.
Entonces el teléfono dentro de la bolsa comenzó a vibrar.
Todos miramos hacia él.
En la pantalla apareció una llamada entrante.
No había nombre.
Solo un número.
El jefe de cabina no contestó.
La llamada terminó.
Un segundo después llegó un mensaje.
Maya alcanzó a verlo.
Su rostro cambió.
—Mamá…
—¿Qué dice?
Ella me entregó su propio teléfono.
Había fotografiado discretamente la pantalla antes de que la mujer pudiera cubrirla.
El mensaje decía:
“¿Ya tienes al bebé?”
Sentí que se me helaban las manos.
Miré a Leo.
Él seguía dormido, completamente ajeno a todo.
Entonces la mujer de 11A comenzó a llorar.
—Yo no iba a llevármelo —dijo.
Nadie habló.
—Solo tenía que confirmar que era él.
—¿Confirmar para quién? —pregunté.
Ella miró hacia la cabina del avión.
Después hacia la puerta.
Y finalmente susurró:
—Para la persona que pagó mi billete.
Maya levantó la cabeza.
—Mamá…
La miré.
—¿Qué?
Sus ojos estaban llenos de miedo.
—Creo que sé quién es.
—¿Quién?
Maya señaló hacia la parte delantera del avión.
—El hombre que nos ayudó a subir las maletas en el aeropuerto.
Y entonces recordé algo.
Un hombre desconocido había insistido en ayudarme con el cochecito de Leo.
Había sonreído.
Había preguntado hacia dónde viajábamos.
Y antes de marcharse, había mirado a mi bebé durante varios segundos.
Yo pensé que simplemente estaba siendo amable.
Ahora entendía que quizá nunca había sido una coincidencia.