PARTE 4 — EL DÍA EN QUE OCTAVIO DESCUBRIÓ QUE YA NO TENÍA EL CONTROL
PARTE 4 — EL DÍA EN QUE OCTAVIO DESCUBRIÓ QUE YA NO TENÍA EL CONTROL
No recuerdo cómo llegué hasta mi casa.
Solo recuerdo las palabras de doña Rosalía resonando en mi cabeza.
«Legalmente, tu madre ya no existe».
Verónica insistió en acompañarnos y me pidió que no enfrentara a Octavio sin apoyo. También contactó a las autoridades para informar de lo que estaba ocurriendo y solicitar intervención.
Cuando llegamos, encontré el portón abierto.
Dos hombres estaban sacando cajas de la habitación de mi madre. Habían colocado su vieja ropa, sus fotografías y hasta sus medicamentos sobre la banqueta.
Octavio estaba en el patio.
Llevaba una camisa blanca, un reloj costoso y sostenía una carpeta bajo el brazo.
Al verme, sonrió.
—Mira nada más. La viajera decidió regresar.
No le respondí.
Miré las cajas.
—¿Qué estás haciendo con las cosas de mi madre?
—Esta casa ya no es un refugio para personas que no aportan nada.
Mi madre, que había bajado del automóvil con ayuda de Verónica, escuchó aquellas palabras.
—Octavio, por favor. Solo quiero mis cosas.
Él la miró con desprecio.
—Tú deberías estar agradecida de que te haya permitido vivir aquí tanto tiempo.
Me interpuse entre ambos.
—No vuelvas a hablarle así.
Octavio soltó una carcajada.
—¿Ahora vienes a dar órdenes? ¿Después de tres años abandonándonos?
Sentí que la rabia me subía por el pecho.
—Durante tres años envié dinero todos los meses. Dinero para la comida, las medicinas y el cuidado de mi madre. ¿Dónde está?
—Ese dinero era mío. Yo administraba esta casa.
Verónica dio un paso adelante.
—Eso tendrá que demostrarlo ante las autoridades.
Octavio la miró de arriba abajo.
—¿Y usted quién es?
—La abogada de Marisela.
Su sonrisa desapareció.
Verónica abrió su carpeta y mostró copias de las transferencias bancarias.
—Tenemos comprobantes de los depósitos realizados durante los últimos tres años. También contamos con testimonios sobre las condiciones en las que vivía la señora y mensajes relacionados con una posible falsificación documental.
Octavio palideció durante un instante.
Pero enseguida recuperó la arrogancia.
—Todo eso no demuestra nada.
—Entonces no tendrá inconveniente en explicar por qué presentó un acta de defunción de una mujer que está aquí, frente a usted.
Mi madre comenzó a llorar.
Octavio apretó la mandíbula.
—Esa mujer está confundida. No sabe lo que firma.
Mi madre levantó la cabeza.
Por primera vez desde que había regresado, vi algo distinto en sus ojos.
Ya no era miedo.
Era indignación.
—¡Yo sé perfectamente quién soy, Octavio! ¡Y también sé lo que me hiciste!
Él se acercó amenazadoramente.
—Cállate.
—¡Me quitaste la comida! ¡Me escondiste las medicinas! ¡Me dijiste que mi hija se había olvidado de mí!
Octavio levantó una mano.
Pero antes de que pudiera acercarse, Verónica se interpuso.
—Ni un paso más.
En ese momento llegaron dos agentes.
Los hombres que estaban sacando las pertenencias dejaron inmediatamente las cajas en el suelo.
Uno de los agentes pidió a Octavio que mostrara los documentos que justificaban el desalojo.
Él sacó una carpeta y comenzó a hablar de una supuesta autorización firmada por mi madre.
Verónica revisó los papeles.
Entonces encontró algo extraño.
La fecha del documento era posterior al día en que Octavio había afirmado que mi madre había fallecido.
—Agente, necesito que observe esto —dijo.
El policía examinó el documento.
—¿Puede explicar esta fecha?
Octavio comenzó a tartamudear.
—Es un error administrativo.
—¿Y esta firma?
—Es de ella.
Mi madre negó inmediatamente.
—Yo nunca firmé eso.
El agente tomó fotografías de los documentos y solicitó que se conservaran como evidencia.
Octavio empezó a ponerse nervioso.
Entonces cometió el peor error de todos.
Señaló a Natalia, que acababa de aparecer en la entrada.
—¡Todo esto fue idea de ella! ¡Esa mujer me manipuló! ¡Yo no sabía nada!
Natalia se quedó paralizada.
—¿Qué? ¡Tú me dijiste que Marisela estaba muerta!
Octavio intentó acercarse a ella.
—¡Cállate! ¡No sabes de qué estás hablando!
Natalia comenzó a llorar.
—¡Yo tengo todos tus mensajes! ¡Tengo los audios donde hablas de vender la casa y quedarte con el dinero!
Octavio perdió completamente la compostura.
—¡Dame mi teléfono!
Ella retrocedió.
—¡No! ¡Ya no voy a protegerte!
Verónica se acercó a Natalia y le pidió que entregara voluntariamente las pruebas para que pudieran incorporarse a la investigación.
Yo observaba todo en silencio.
Durante tres años había imaginado el momento de volver a abrazar a mi madre.
Nunca imaginé que encontraría a mi esposo intentando borrar su existencia.
Pero todavía faltaba algo.
Mientras los agentes revisaban los documentos, uno de ellos recibió una llamada y se apartó unos pasos.
Cuando regresó, habló directamente con Verónica.
—Licenciada, acabamos de recibir información de la notaría. Hay una operación inmobiliaria pendiente y una solicitud de transferencia de fondos relacionada con esta propiedad.
—¿A nombre de quién?
El agente revisó sus notas.
—De una empresa llamada Salcedo Inversiones.
Miré a Octavio.
Él bajó los ojos.
Entonces comprendí que no había querido vender la casa simplemente para comenzar una nueva vida con Natalia.
Había preparado una operación para sacar el dinero de la propiedad y dejarme sin nada.
Verónica me tomó del brazo.
—Marisela, necesitamos comprobar quién está detrás de esa empresa.
El agente añadió:
—Hay otro detalle. El administrador de esa empresa no es el señor Salcedo.
Sentí que el corazón me golpeaba el pecho.
—¿Entonces quién es?
El policía miró el documento y respondió:
—Un hombre llamado Ramiro Salcedo.
Octavio levantó bruscamente la cabeza.
Por primera vez, parecía verdaderamente aterrorizado.
Porque Ramiro no era un desconocido.
Era su hermano mayor.
El mismo hombre que, según Octavio, llevaba años viviendo fuera del país.
Y entonces mi teléfono vibró.
Era un mensaje de un número desconocido.
Solo contenía una fotografía antigua de mi madre junto a Octavio y Ramiro.
Debajo había una frase:
«Marisela, tu esposo no actuó solo. Si quieres saber por qué tu madre fue declarada muerta, tienes que descubrir qué ocurrió realmente hace seis meses».
Miré a mi madre.
Ella reconoció inmediatamente la fotografía.
Sus labios comenzaron a temblar.
—Hija… hay algo que nunca te conté sobre Ramiro.
—¿Qué cosa, mamá?
Me tomó la mano y susurró:
—Él fue quien me entregó el dinero la última vez que pude comprar mis medicinas. Y antes de marcharse me dijo que, si algún día regresabas, no confiaras en tu esposo.
Me quedé helada.
Porque quizá Ramiro no era el cómplice de Octavio. Quizá era la única persona que conocía toda la verdad.
Y al día siguiente, finalmente, iba a presentarse ante nosotros.
Continuará…